En un mundo donde la luna elige a quienes están destinados a amarse, Alessandra Montenegro Valerius ha pasado toda su vida huyendo de cualquier emoción. Fría, racional y convencida de que el amor solo destruye, ha construido una existencia perfecta… pero vacía.
Todo cambia cuando asiste al compromiso de su hermana y descubre que ese lugar no pertenece al mundo humano, sino a uno donde los hombres lobo gobiernan y los lazos del destino son imposibles de romper. Allí, no solo enfrentará secretos ocultos sobre su propia sangre —un antiguo linaje de brujas—, sino también al único hombre capaz de desafiar todo lo que cree: un rey que ha esperado siglos por ella.
Entre magia, poder, heridas del pasado y un amor que ninguno de los dos desea aceptar, Alessandra tendrá que decidir si seguir negando lo que siente… o arriesgarse a vivir por primera vez.
Porque a veces, el destino no pide permiso. Solo reclama lo que siempre fue suyo.
NovelToon tiene autorización de Claudette para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 6: EL PESO DE LA VERDAD
Alessandra salió de la biblioteca con las piernas temblando. No del miedo, aunque miedo había. Era algo más. Era el peso de todo lo que acababa de escuchar presionando sobre sus hombros como una losa.
Hombres lobo. Brujas. Un sello en su magia. Una compañera destinada. Doscientos años de espera. Seis meses para aprender a sentir.
La palabra resonaba en su cabeza como una campana: sentir.
Toda su vida había hecho lo contrario. Había construido muros, cavado trincheras, levantado fortalezas para no sentir. Y ahora le decían que la única manera de salvarse era hacer exactamente lo que había evitado desde que tenía memoria.
Subió las escaleras con pasos lentos, aferrándose al pasamanos como si fuera a caerse. Las sombras la seguían, pegadas a sus talones, pero ya no le daban miedo. Ahora sabía lo que eran. Eran ella. Eran la parte de sí misma que habían mantenido dormida durante veintiséis años.
En el pasillo del segundo piso, una figura la esperaba.
—Fiorella —dijo Alessandra, deteniéndose.
Su hermana del medio estaba apoyada contra la pared, con los brazos cruzados y una expresión que Alessandra conocía bien: era la expresión de alguien que ha estado esperando y no le gusta que la hagan esperar.
—¿Te lo contó? —preguntó Fiorella.
—¿Tú también sabías?
—Clarissa me lo dijo hace unos meses. Cuando empezó a sospechar que Sebastián no era humano.
Alessandra cerró los ojos. Por supuesto. Por supuesto que sus hermanas lo sabían. Por supuesto que habían estado guardándole secretos mientras ella vivía en su burbuja de hielo, creyéndose la única cuerdas en un mundo de locos.
—¿Por qué no me lo dijiste? —preguntó, y en su voz había un filo que no era solo dolor.
—Porque no ibas a creerlo. Porque ibas a analizarlo, a buscar explicaciones lógicas, a archivarlo en esa parte de tu mente donde guardas todo lo que no quieres enfrentar. Como hiciste con las sombras.
La verdad dolía. No porque fuera cruel, sino porque era cierta.
—¿Y ahora? —preguntó Alessandra, abriendo los ojos—. ¿Ahora qué se supone que haga?
Fiorella se apartó de la pared y se acercó a ella. En sus ojos marrones no había burla ni reproche. Había algo que Alessandra no esperaba: comprensión.
—Ahora dejas de correr —dijo, tomándole las manos—. Ahora te quedas. Ahora permites que te ayuden. Porque no puedes seguir así, Al. No puedes seguir fingiendo que no sientes nada cuando todo en ti está gritando que sí.
—No sé cómo —susurró Alessandra, y su voz se quebró—. No sé sentir. No sé cómo se hace.
—No tienes que saber. Solo tienes que dejar de no hacerlo.
Las palabras de Fiorella fueron simples, pero Alessandra sintió su peso. Dejar de no sentir. No era aprender algo nuevo. Era dejar de hacer lo que había estado haciendo toda la vida. Era desarmar las fortalezas que había construido con tanto cuidado.
—¿Y si duele? —preguntó, y la pregunta sonó infantil, pero era la única verdad que tenía.
—Va a doler. —Fiorella apretó sus manos con más fuerza—. Va a doler mucho. Pero también vas a reír. Y vas a llorar. Y vas a estar enojada. Y vas a estar feliz. Y todo eso va a ser nuevo y aterrador y maravilloso. Y nosotras vamos a estar ahí. Yo, Clarissa, mamá, papá. Y él también.
—¿Él?
—Aeron. —Fiorella sonrió, y había algo en su sonrisa que Alessandra no esperaba: ternura—. Te mira como si fueras la única luz en la oscuridad, Al. Como si hubiera estado esperando verte toda la vida. Porque eso es lo que ha hecho.
—No siento nada por él.
—Mientes.
La palabra cayó entre ellas como una piedra. Alessandra quiso negarlo, pero las palabras no salían. Porque desde el momento en que vio sus ojos dorados en el pasillo, algo se había movido dentro de ella. Algo que no podía nombrar, algo que no sabía controlar, algo que la aterraba.
—Estoy cansada —dijo en lugar de eso—. Quiero dormir.
Fiorella asintió y soltó sus manos.
—Duerme. Pero cuando despiertes, no vuelvas a cerrarte. Por favor. Por ti.
Alessandra no respondió. Entró en su habitación y cerró la puerta, apoyando la espalda contra la madera. Las sombras se arremolinaban a sus pies, inquietas, como si sintieran su tormenta interna.
Se dejó caer en la cama sin quitarse la ropa. Cerró los ojos, pero el sueño no llegaba. Las palabras de Aeron resonaban en su cabeza, mezcladas con las de Clarissa y Fiorella.
Sientes. Sientes ahora. Tienes miedo. Tienes rabia. Tienes algo que no sabes nombrar.
Tenía razón. Por primera vez en años, Alessandra podía nombrar lo que sentía: miedo. Miedo a lo que iba a descubrir. Miedo a lo que iba a sentir. Miedo a que, cuando el hielo se rompiera, no hubiera nada debajo.
Pero también había otra cosa. Algo más pequeño, más frágil. Algo que apenas se atrevía a asomar la cabeza.
Esperanza.
Despertó varias horas después, con la luz de la tarde filtrándose por las cortinas. Por un momento, no recordó dónde estaba. Luego, el peso de la verdad cayó sobre ella otra vez, y por un instante quiso volver a cerrar los ojos y fingir que nada había pasado.
Pero no lo hizo.
Se levantó, se lavó la cara con agua fría y bajó las escaleras. En la cocina, Clarissa y Fiorella estaban preparando la cena. Fiorella cortaba verduras con más energía que precisión, y Clarissa removía una olla con la concentración de quien está siguiendo una receta al pie de la letra.
—¿Dónde están los demás? —preguntó Alessandra desde la puerta.
Clarissa se giró con una sonrisa que no lograba ocultar su preocupación.
—Sebastián fue a revisar algo con Nicolás. Aeron está… —Hizo una pausa, como si buscara las palabras—. En algún lugar.
—¿En algún lugar?
—A veces necesita estar solo. Sobre todo cuando algo lo afecta.
Alessandra no preguntó qué era lo que lo afectaba. Ya lo sabía.
—Quiero hablar con él —dijo, y la decisión salió más firme de lo que esperaba.
Clarissa y Fiorella intercambiaron una mirada. Luego, Clarissa señaló hacia la ventana.
—Hay un camino detrás de la casa que bordea el lago. Lo encontrarás al final, junto al viejo roble.
Alessandra asintió y salió sin decir nada más.
El camino era de tierra, bordeado de árboles que filtraban la luz de la tarde en manchas doradas. El lago estaba a su izquierda, quieto como un espejo, reflejando el cielo que empezaba a teñirse de naranja.
Caminó sin prisa, sintiendo las sombras moverse a su alrededor. Ya no las ignoraba. Las observaba, las sentía, las dejaba estar. Eran parte de ella. Habían estado ahí toda su vida. Era hora de dejar de fingir que no.
Al final del camino, junto al lago, estaba el roble. Era enorme, más grande que cualquier árbol que hubiera visto antes. Sus ramas se extendían como brazos abiertos, y en la base del tronco, sentado con la espalda apoyada en la corteza, estaba Aeron.
No se giró cuando ella se acercó. No dijo nada. Alessandra se detuvo a unos pasos, sin saber qué hacer.
—Puedes sentarte —dijo él, sin abrir los ojos—. No muerdo. A menos que me lo pidas.
Alessandra soltó un bufido que podría haber sido una risa.
—No sé si es un chiste o una amenaza.
—Las dos cosas.
Aeron abrió los ojos. En la luz de la tarde, sus pupilas doradas parecían estar ardiendo con un fuego interno. La miraron con la misma intensidad de siempre, pero había algo más. Algo que Alessandra no había visto antes.
Vulnerabilidad.
Se sentó a su lado, apoyando la espalda en el tronco del roble. Las sombras se arremolinaron a sus pies y luego se calmaron, como si el árbol les diera paz.
—Me dijiste que te quedaras —dijo Aeron después de un largo silencio—. No que me hablaras.
—Cambié de opinión.
—¿Por qué?
Alessandra miró el lago. El sol se estaba poniendo detrás de las montañas, y el agua reflejaba los colores del crepúsculo: naranja, rosa, un púrpura tan oscuro que parecía casi negro.
—Porque tengo preguntas.
—Hazlas.
—¿Por qué doscientos años? ¿Por qué no encontraste a tu compañera antes?
Aeron tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz era grave, como si estuviera sacando las palabras de un lugar profundo.
—Porque la luna no la envió antes. Porque tu línea de sangre tuvo que llegar hasta ti. Porque alguien puso un sello en tu magia antes de que nacieras, y ese sello nos mantuvo separados.
—¿Mi abuela?
—Sí.
—¿La conoces?
—La conocí hace mucho tiempo. Fue ella quien me dijo que mi compañera sería una mujer con el corazón sellado, que no podría amarme hasta que aprendiera a sentir.
Alessandra sintió un nudo en la garganta.
—¿Y esperaste todo este tiempo? ¿Solo por una profecía?
Aeron se giró hacia ella. En la penumbra, sus ojos dorados brillaban como dos luces.
—No esperé por una profecía. Esperé porque sabía que existías. Porque sentía que en algún lugar del mundo, estabas esperando nacer, crecer, llegar hasta aquí. Porque cada día que pasaba, te estaba esperando.
Las palabras cayeron sobre Alessandra como agua caliente. Quemaban. Pero no era un dolor malo. Era el dolor de algo que se descongela después de mucho tiempo de estar congelado.
—No sé si voy a poder sentir lo que sientes tú —dijo, y su voz tembló—. No sé si voy a poder sentir nada. Tengo miedo de que cuando el hielo se rompa, no haya nada.
Aeron levantó una mano. Esta vez, Alessandra no se apartó cuando sus dedos rozaron su mejilla.
—Hay algo —dijo—. Hay mucho. Lo sé porque te vi mirar a tus hermanas esta mañana. Te vi sonreír cuando Fiorella se quejó del pan. Te vi preocuparte por Clarissa cuando pensaste que nadie te veía. Eso es sentir. Eso siempre ha sido sentir.
—Pero no es suficiente.
—Es un comienzo.
El contacto de sus dedos en su mejilla era suave, casi imperceptible. Pero Alessandra lo sentía. Lo sentía con una intensidad que no había sentido nada en años.
—¿Y si no aprendo a tiempo? —preguntó—. ¿Y si llego a los veintisiete y sigo igual?
La mano de Aeron se detuvo. Sus ojos dorados se encontraron con los suyos.
—Entonces perderé a mi compañera antes de haberla tenido. Pero al menos habré conocido lo que es esperar por algo que valía la pena.
Alessandra sintió algo en el pecho. Algo que no era el eco de siempre, no era la vibración lejana. Era algo más agudo. Más real. Como un cuchillo de hielo que se derretía lentamente.
—No quiero que me esperes —dijo, y su voz sonó extraña—. No quiero que pierdas más tiempo.
—No es tiempo perdido si es contigo.
El sol se había puesto del todo. Las estrellas comenzaban a aparecer en el cielo, y la luna asomaba sobre las montañas. En la penumbra, las sombras de Alessandra se movían suavemente, danzando alrededor del tronco del roble como si estuvieran celebrando algo que ella aún no entendía.
—Enséñame —dijo, y las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas—. Enséñame a sentir.
Aeron la miró. Por un momento, Alessandra vio algo en sus ojos que no había visto nunca en nadie. No era deseo. No era pasión. Era algo más profundo. Algo que había estado esperando doscientos años para sentir.
—No puedo enseñarte a sentir —dijo, con una sonrisa pequeña—. Eso tienes que descubrirlo tú. Pero puedo estar aquí. Contigo. Mientras lo descubres.
Alessandra asintió. No dijo nada más. Se quedó junto a él, con la espalda apoyada en el roble, mirando las estrellas reflejarse en el lago.
Las sombras se calmaron a su alrededor. Ya no bailaban. Ya no se agitaban. Estaban quietas, como si supieran que, por primera vez en veintiséis años, su dueña estaba exactamente donde debía estar.
Cuando regresaron a la casa, la cena estaba lista. Sebastián había vuelto con Nicolás, y Fiorella había logrado no quemar nada. Clarissa los recibió con una sonrisa que no preguntaba pero lo sabía todo.
Se sentaron a la mesa como la noche anterior. Pero todo era diferente.
Alessandra seguía sin creer en el amor. Seguía sin saber si podría sentir lo que Aeron sentía por ella. Seguía teniendo miedo de que, cuando el hielo se rompiera, no hubiera nada.
Pero por primera vez en su vida, quería averiguarlo.
Y esa noche, mientras las estrellas brillaban sobre el valle y las sombras descansaban a sus pies, Alessandra Montenegro Valerius sintió algo que no había sentido desde que tenía memoria.
Ganas de seguir viviendo.