Rafael Arismendi es un hombre de hielo, un tiburón de los negocios cuya única pasión es el poder. Brisa es una abogada penalista invicta, capaz de desarmar a cualquier criminal con una mirada. No creen en el amor, pero creen en la estrategia. Cuando un ultimátum familiar amenaza con arrebatarle a Rafael la presidencia de su empresa, y la presión materna asfixia la carrera de Brisa, ambos deciden reactivar una vieja promesa de juventud: casarse para que el mundo los deje en paz. Seis cláusulas, un año de duración y una regla de oro: prohibido enamorarse. Pero entre cenas familiares orquestadas y besos fingidos que saben a verdad, el contrato que juraron proteger está a punto de convertirse en su sentencia más peligrosa.
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Capítulo 16: Conociendo a la nuera
Al abrir la puerta, me encontré con la estampa de la distinción. Patricia y Carlos Arismendi no eran los monstruos corporativos que yo había imaginado. Eran dos señores de porte impecable, pero con unas sonrisas tan genuinamente amables que me hicieron sentir una punzada inmediata de culpa.
—Hola, mucho gusto. Mi nombre es Brisa —alcancé a decir, tratando de mantener la voz firme.
—El gusto es nuestro, querida —respondió Patricia, envolviéndome en un abrazo que olía a talco y rosas—. Yo soy Patricia, y este es mi esposo, Carlos. Rafael no ha dejado de hablar de ti.
Pasamos al comedor. Mi madre, servía té y bocadillos con la agilidad de una anfitriona experta. Durante la primera media hora, la conversación fluyó con una naturalidad aterradora. Hablamos de mi trabajo en el bufete, de los recuerdos de la infancia de Rafael y de cómo el destino nos había vuelto a unir. Los padres de Rafael eran dulces, atentos y parecían ver en mí la respuesta a todas sus plegarias.
—Para nosotros es un verdadero regalo conocerlas hoy —dijo Patricia, tomando la mano de mi madre—. Saber que nuestro hijo ha encontrado a alguien de una familia tan honorable nos da mucha paz.
—El gusto es nuestro, señora —respondió Doña Julia, radiante—. Mi Brisa siempre ha sido una mujer de metas claras, y verla feliz con Rafael es todo lo que una madre puede pedir.
De repente, el ambiente cambió. Rafael dejó su taza de té sobre la mesa con un clic sonoro que llamó la atención de todos. Se levantó lentamente, y antes de que yo pudiera procesar lo que estaba pasando, se arrodilló frente a mí. El tiempo pareció congelarse. Sacó una pequeña caja de terciopelo azul de su bolsillo y la abrió, revelando un diamante que capturaba toda la luz de la habitación.
—Brisa... —comenzó él, mirándome con una intensidad que, si no conociera las cláusulas de nuestro contrato, me habría hecho desmayar—. Estoy enamorado de ti desde siempre. Desde que te reencontré en esa boda, estoy seguro de que no te quiero dejar ir, como tampoco quiero perder más tiempo. ¿Quieres casarte conmigo?
Era el momento. El clímax de la obra de teatro. Inspiré profundamente, fingiendo que el aire se me escapaba de los pulmones por el asombro.
—¡Siii! ¡Acepto! —grité, con una emoción ensayada que sonó peligrosamente real para los oídos de nuestras madres.
Nos envolvimos en un abrazo. El contacto se sintió extraño; su cuerpo estaba rígido, pero sus brazos me rodeaban con una firmeza que pretendía convencer a los jueces presentes. En medio de los aplausos, mi madre se acercó para abrazarme y me susurró al oído con malicia:
—¿Hija, lo tienes a pan y agua? ¡Qué apurado está este muchacho!
Sentí un calor subir por mi cuello. Si supieras, mamá. Solo me quedé callada y le devolví una sonrisa cómplice, afirmando su sospecha para no romper el hechizo.
Patricia se acercó a mí, con lágrimas en los ojos.
—¡Qué felicidad tan grande! Ven acá, querida mía, mi futura nuera hermosa. Eres mucho más bella de lo que Rafael nos describió, y además, tan inteligente...
Miré de reojo a Rafael. Así que el gran CEO había estado presumiendo mi cerebro y mi belleza ante sus padres. Ese detalle no estaba en el contrato, pero servía para blindar nuestra historia.
—Bienvenida a la familia, Brisa —dijo Carlos, estrechando mi mano—. Ahora que ya es oficial... ¿por qué no fijamos una fecha? No queremos que este compromiso se tarde eternamente.
—¿Por qué tanto afán? —intervino mi madre, tratando de defender el protocolo—. Todavía falta la fiesta de compromiso, los preparativos...
Patricia suspiró con una tristeza que olía a estrategia pura.
—Oh, no, no es que queramos presionar... pero es que Carlos y yo tenemos un viaje no postergable. En un mes estaremos saliendo hacia Japón por negocios y proyectos benéficos durante un año entero. Se nos hará imposible venir a la boda si no es ahora. Claro que, si quieren hacerlo sin nosotros presentes, lo entenderíamos... pero nos rompería el corazón.
"Qué señora más inteligente", pensé. Su manipulación era de nivel profesional. Era obvio que era una excusa coordinada con Rafael para acelerar el trámite antes de que el primo se acercara más a la presidencia.
—¡Ah, no! —exclamó Doña Julia, cayendo redonda en la trampa—. Si es así, hijos, lo ideal es apresurar el evento. Tienen razón los señores Arismendi, la familia debe estar completa. ¿Qué fecha proponen?
—Si es por mí, mañana mismo —soltó Rafael con una audacia que me hizo querer patearlo por debajo de la mesa.
—Ya va... —intervine yo, tratando de poner un poco de cordura—. Tenemos que organizar todo bien. ¿Qué tal en dos semanas?
—¡Maravilloso, futura hija! —exclamó Carlos, dándome un beso en la mano—. Estás cumpliendo un sueño para nosotros.
Esa noche, cuando finalmente se fueron y la casa quedó en silencio, me sentí como si acabara de salir de un juicio donde yo misma me había dictado la sentencia. Había caído en el juego de todos: en la ambición de Rafael, en la manipulación de Patricia y en la ilusión desmedida de mi madre. Ya no había marcha atrás.
Lo peor vino después. Mi futura suegra decidió que, para "facilitar las cosas", se quedaría en la ciudad. En cuestión de días, ella y mi madre se convirtieron en una unidad táctica de planificación de bodas. Las dos estaban radiantes, repartiéndose tareas entre encajes, flores y banquetes, mientras yo me sentía morir por dentro cada vez que me pedían mi opinión sobre el color de las mantelerías
—Hija, mira este encaje para el velo —me decía mamá cada mañana.
—Brisa, he reservado el salón más exclusivo para el banquete —me informaba Patricia por la tarde.
Mientras ellas trabajaban en mi boda, yo me refugiaba en el bufete, duplicando mi esfuerzo para ganar el reto de Roberto. Trabajaba hasta la madrugada, redactando escritos y preparando a mis pasantes, usando la adrenalina legal para anestesiar la culpa de engañar a las dos personas que más me querían. Era una vida esquizofrénica: durante el día era la abogada de hierro que no perdía un caso; durante la noche, era la novia dócil que se probaba vestidos blancos frente a un espejo que le devolvía una mirada de absoluta derrota personal.
El tiempo se escurrió entre mis dedos como arena fina. Las dos semanas pasaron en un parpadeo de estrés y mentiras. Y así, sin darme cuenta, llegó el gran día. Mi juicio final. El día en que el contrato se convertiría en ley y mi libertad se firmaría con un anillo de oro. Estaba lista para el estrado, pero esta vez, el veredicto era para siempre.