Laura entró en Valdez Enterprises buscando una carrera, pero encontró una perdición.
Bastó una mirada de Adrián Valdez, su jefe, para que la ingenua joven viera desmoronarse su mundo. Lo que comenzó como una admiración profesional se transformó rápidamente en una obsesión voraz: Laura ya no trabajaba para él, vivía para él. Cada gesto, cada orden fría y cada segundo en su presencia se convirtieron en el combustible de un deseo insaciable.
Pero tras la fachada de poder de Adrián se esconden sombras que ella no está preparada para enfrentar. En esta oficina, el deseo no es un juego, es una trampa. Y Laura, cegada por su propia fijación, está a punto de descubrir que entregarse a su jefe es un placer tan intenso como peligroso.
¿Estás listo para cruzar la línea donde la obsesión se vuelve irreversible?
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Capítulo 19: El Incendio del Olimpo.
El piso cincuenta y cuatro ya no se sentía como el olimpo del éxito, sino como las fauces de una bestia de cristal que me conocía demasiado bien.
Caminé por el pasillo de mármol con mis botas de cuero baratas y mis vaqueros, ignorando las miradas de desprecio de Claudia, quien lucía una sonrisa de victoria al verme regresar "derrotada".
Pero yo no sentía derrota; sentía una adrenalina helada, la misma que debe sentir un soldado que regresa al campo de batalla sabiendo que no tiene nada que perder.
Empujé la puerta de roble sin esperar a ser anunciada. El despacho estaba en penumbra, saturado por el olor a sándalo y el humo de un habano que Adrián sostenía entre sus dedos. Estaba de espaldas, mirando la silueta de Manhattan a través del ventanal, pero supe que sabía que yo estaba allí por la forma en que sus hombros se tensaron.
—Has tardado diez minutos más de lo que calculé, Laura —dijo sin girarse. Su voz era un trueno contenido—. Supongo que el transporte público de Queens no es tan eficiente como mi jet privado.
—No estoy aquí para hablar de logística, Adrián —respondí, con voz firme, sin el temblor que él esperaba—. Estoy aquí para terminar con esto. Firma los papeles de mi renuncia y deja de acosarme con tus abogados y tus transferencias. Entiende que no quiero tu dinero y no quiero tu mundo.
Él se giró lentamente. Se veía imponente, con la camisa negra arremangada hasta los codos y esa mirada de acero que parecía querer atravesar mi cráneo.
Dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal con esa gravedad que siempre me dejaba sin aire.
—¿Crees que puedes simplemente marcharte? —soltó una risa seca y carente de humor—. ¿Crees que después de lo que vimos en París, después de cómo me miraste mientras te destrozaba la moral, puedes volver a tu vida de café recalentado y cuentas sin pagar? Eres mía, Laura. Te guste o no, te he marcado de una forma que ningún otro hombre podrá borrar.
—¡No soy un objeto que puedas marcar! —le grité, dando un paso hacia él en lugar de retroceder—. Lo que hiciste en Francia no fue una lección de poder, fue la prueba de tu propia miseria. ¡Necesitas espectadores porque en el fondo estás vacío! Me usaste para sentirte vivo porque eres incapaz de sentir nada que no sea control.
Su rostro se transformó y la máscara de indiferencia se rompió, revelando una furia volcánica. En un movimiento tan rápido que no pude reaccionar, me acorraló contra la puerta de roble. Sus manos se estrellaron a ambos lados de mi cabeza, y su cuerpo me aplastó contra el frío del panel negro.
—¿Vacío? —rugió, con su rostro a milímetros del mío—. ¿Me llamas vacío después de cómo temblabas en mis brazos? ¿Después de cómo buscabas mi mirada en ese club? Lo que sientes por mí es una enfermedad, Laura. Y yo soy la única cura.
Su boca se estrelló contra la mía con una violencia desesperada. No hubo ternura, solo una lucha de voluntades.
Me mordió el labio inferior hasta que sentí el sabor metálico de mi propia sangre, y yo, consumida por una mezcla de odio y un deseo que me quemaba las entrañas, le devolví el beso con la misma ferocidad.
Mis manos se enredaron en su cabello, tirando con fuerza, mientras sus dedos se enterraban en mi cintura con una presión que me dejaría marcas durante semanas.
Era un beso de guerra. Una colisión de dos personas que se odiaban tanto como se necesitaban.
Adrián bajó sus besos a mi cuello, dejando marcas de propiedad, mientras sus manos bajaban por mi espalda con una urgencia que nunca le había visto. El control se había esfumado; el hombre metódico y gélido se había convertido en un animal herido por el abandono.
—No te vas a ir —jadeó contra mi piel—. Te voy a dar todo lo que quieras.
Me separé de él con un empujón que nos dejó a ambos respirando con dificultad. Su mirada estaba desencajada, su cabello revuelto, y el labial borgoña que él tanto amaba estaba ahora manchando su propia boca, una marca de mi resistencia.
—No quiero tu imperio —dije, limpiándome la boca con el dorso de la mano—. Quiero mi vida. Y si intentas usar a tus abogados o tu dinero otra vez, iré a la prensa. Les contaré sobre el club de París, sobre tu "hoja en blanco" y sobre cómo el gran Adrián Valdez no es más que un hombre que necesita humillar a su asistente para sentirse poderoso. ¿Crees que tus accionistas querrán ese escándalo?
El silencio que siguió fue absoluto. Adrián me miró como si me viera por primera vez. Ya no era la chica que bajaba la cabeza. Hoy era la mujer que acababa de ponerle una pistola en la sien a su reputación.
—Me estás amenazando —murmuró, su voz volviendo a ser ese acero frío, pero con un deje de admiración que no pudo ocultar.
—Te estoy liberando —respondí, caminando hacia el escritorio. Tomé el bolígrafo de oro y firmé los documentos de renuncia que él tenía preparados
Proseguí...
—Firma esto, déjame ir y nunca volverás a saber de mí. Quédate con tu rascacielos y tus sombras. Yo prefiero mi libertad en Queens que ser una reina en tu infierno.
Adrián caminó hacia la mesa. Me miró fijamente durante un minuto eterno, un duelo de voluntades que parecía estirar el tiempo. Hasta que finalmente, tomó el bolígrafo y, con un trazo violento que casi rompió el papel, firmó la hoja.
Caminé hacia la puerta sin mirar atrás.
Sentía el peso de su mirada en mi espalda, una mirada que me quemaba, que me rogaba que me quedara y me ordenaba que me fuera al mismo tiempo.
Al salir al pasillo, el aire se sintió diferente, el edificio de Valdez Corp ya no tenía poder sobre mí. Bajé en el ascensor, viendo cómo los números descendían... Cincuenta y cuatro, cuarenta, veinte, diez...
Al salir a la calle, el ruido de Nueva York me envolvió, ya no había música industrial, ni sándalo, ni seda. Había cláxones, gente gritando y el olor a pretzels quemados. Me detuve en la esquina y respiré hondo.
Mi teléfono vibró... Un último mensaje de un número desconocido.
...""Has ganado esta ronda, Laura. Pero recuerda algo: la tinta que usé para escribir en ti es permanente. Puedes cambiar de capítulo, puedes cambiar de libro... pero yo siempre seré el autor de la mujer en la que te has convertido hoy. Nos volveremos a ver.""...
Bloqueé el teléfono y lo guardé en el bolsillo. Miré hacia arriba, hacia la cima del rascacielos que se perdía entre las nubes. Sonreí porque sabía que él tenía razón en algo: ya no era la misma... Pero se equivocaba en lo más importante.
Él no era el autor. Él solo había sido el catalizador.
Caminé hacia la estación del metro, perdiéndome entre la multitud de Nueva York, sintiendo por primera vez que la hoja en blanco no estaba vacía. Estaba llena de mis propias palabras, y el primer capítulo de mi verdadera vida acababa de empezar.
...ΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩΩ...
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💕Queridas lectoras... Por favor den me gusta cuando terminen de leer un capítulo.💕
solo la quiere de espectadora y a ser la sufrir más
y más loca ella sintiendo celos de su prima 🙄🙄🙄 patética Adrian solo las utiliza como trapos y las desecha y ella cree que con ella cambiará