Tu nombre en mi pasado
En la ciudad de Vareth, donde el poder se mueve en silencio y la lealtad se paga con sangre, Adrián Voss vive atrapado en un pasado que nunca logró enterrar.
Años después de la muerte de su padre, una sola pista aparece de la nada: un nombre que no debería existir… Elena Rivas.
Ella es todo lo que no encaja en su mundo: tranquila, normal, aparentemente ajena a la oscuridad que domina la ciudad. Pero en Vareth, nadie es inocente… y nadie aparece por casualidad.
Mientras Adrián se acerca a ella buscando respuestas, lo que encuentra es algo mucho más peligroso: una conexión que no entiende, una atracción que no puede controlar… y un secreto que podría destruirlos a los dos.
Porque alguien más ya los está observando.
Y esta vez…
el pasado no viene a recordarse.
Viene a cobrarse.
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Lo que despiertas
La llave encajó.
No hubo resistencia.
No hubo error.
Como si siempre hubiera pertenecido ahí.
Un leve sonido mecánico recorrió la estructura.
Bajo.
Profundo.
Como algo despertando después de mucho tiempo.
Elena contuvo la respiración.
—Adrián…
Pero él no respondió.
No podía.
Estaba mirando cómo el dispositivo cobraba vida frente a él.
Luces débiles comenzaron a encenderse en la terminal. No eran modernas… eran antiguas, frías, casi quirúrgicas. Pantallas opacas vibraban con interferencias antes de estabilizarse lentamente.
Mateo retrocedió un paso.
—No pensé que funcionaría tan rápido…
Adrián no apartaba la vista.
—Mi padre no dejaba nada a medias.
Silencio.
Y entonces…
las pantallas mostraron algo.
No números.
No códigos.
Nombres.
Elena se acercó.
—¿Qué es eso…?
Mateo respondió en voz baja.
—La lista.
Adrián sintió un nudo en el pecho.
Los nombres estaban organizados en columnas. Algunos tenían símbolos al lado. Otros… estaban marcados.
—¿Qué significan las marcas? —preguntó Elena.
Mateo dudó.
—Activos… caídos… comprometidos.
Silencio.
Elena siguió recorriendo la lista con la mirada.
Hasta que se detuvo.
—Espera…
Se acercó más.
—Este nombre…
Adrián la miró.
—¿Qué pasa?
Ella tragó en seco.
—Ese soy yo.
El tiempo se detuvo.
Adrián se giró de golpe hacia la pantalla.
Ahí estaba.
Elena Rivas.
Y al lado…
un símbolo.
Desconocido.
Pero claramente distinto a los demás.
—No… —murmuró Adrián.
Mateo se acercó también.
Y su expresión cambió.
—Eso no estaba antes…
Elena sintió que el aire le faltaba.
—¿Cómo que no estaba?
—Esa marca… —dijo Mateo— no es de la red original.
Silencio.
—Entonces alguien la puso después.
Un golpe resonó en el túnel.
Más cerca.
Mucho más cerca.
Adrián reaccionó.
—Nos encontraron.
Pero esta vez…
no se movió.
No podía.
Porque algo no encajaba.
—¿Por qué estás en la lista? —preguntó, mirándola directo.
Elena negó, confundida.
—Yo no sé… te lo juro.
Mateo observaba la pantalla.
Pensando rápido.
—No estás aquí por casualidad.
Elena dio un paso atrás.
—Yo nunca he estado en esto…
—No —interrumpió Mateo—. Pero puede que siempre hayas estado conectada.
Silencio.
Esa idea…
era peor que cualquier otra.
Adrián volvió a mirar la pantalla.
Desplazó los datos.
Más nombres.
Más marcas.
Y entonces…
otro.
Uno que lo paralizó.
—No puede ser…
Mateo se acercó.
—¿Qué?
Adrián señaló.
Mateo Kade.
Marcado.
Pero no como activo.
No como caído.
Como… eliminado.
El silencio fue absoluto.
Mateo se quedó quieto.
Demasiado.
—Eso… —murmuró— no es posible.
Elena lo miró.
—¿Qué significa?
Mateo no respondió de inmediato.
Pero cuando lo hizo…
su voz ya no era la misma.
—Significa que, para ellos…
Pausa.
—Yo ya estoy muerto.
El sonido en el túnel volvió.
Más claro.
Pasos.
Voces.
Ya no había duda.
Estaban ahí.
Adrián apretó la mandíbula.
—Tenemos que movernos.
Pero nadie se movió.
Porque ahora…
todo había cambiado.
Elena miró la pantalla otra vez.
Su nombre.
Esa marca.
—Adrián… —susurró— esto no es sobre nosotros encontrándonos.
Él la miró.
—Lo sé.
—Esto ya estaba escrito.
Silencio.
—Antes de conocernos.
Esa verdad cayó pesada.
Pero no los rompió.
Los unió más.
De una forma peligrosa.
Mateo reaccionó primero.
—Hay otra función.
Adrián lo miró.
—¿Cuál?
Mateo señaló la terminal.
—Si esto es lo que creo…
Pausa.
—No solo muestra nombres.
—¿Qué más hace?
Mateo lo miró directo.
—Los controla.
El aire se congeló.
—Explícate —exigió Adrián.
—Si alguien accede completamente…
Puede activar, borrar… o revelar a cualquiera en la red.
Elena sintió un escalofrío.
—¿Estás diciendo que…?
Mateo asintió.
—Que en tus manos…
Señaló a Adrián.
—Está el poder de destruir todo esto.
Silencio.
Demasiado grande.
Un disparo rompió el aire.
Lejano.
Pero claro.
Ya no había tiempo.
Adrián miró la llave.
Luego la pantalla.
Luego a Elena.
Y en ese momento…
tuvo que decidir.
No como hijo.
No como parte del pasado.
Sino como alguien que podía cambiarlo todo.
Elena dio un paso hacia él.
—Si haces algo con eso…
Pausa.
—No hay vuelta atrás.
Adrián la miró.
Sus ojos ya no eran los mismos.
—Nunca la hubo.
Pero esta vez…
no sonó igual.
Sonó más frío.
Más decidido.
Más peligroso.
Mateo se acercó.
—Decide rápido.
—¿Por qué?
—Porque si no decides tú…
Pausa.
—Van a decidir por ti.
Elena sostuvo la mirada de Adrián.
Y en ese instante…
todo se redujo a algo simple.
No la red.
No los nombres.
No el pasado.
Solo ellos.
—No te pierdas en esto —le dijo en voz baja.
Silencio.
Adrián respiró hondo.
Y por primera vez…
dudó.
No por miedo.
Sino por ella.
Los pasos ya estaban en la puerta del túnel.
Sombras moviéndose.
Armas listas.
El final del momento.
O el comienzo de algo peor.
Adrián giró lentamente hacia la terminal.
La llave aún dentro.
Las pantallas activas.
El poder… real.
Y entonces…
tomó una decisión.
Porque algunas cosas…
no se activan por accidente.
Se activan porque alguien decide hacerlo.
Y cuando eso pasa…
ya no hay historia de amor que te salve.
Solo una verdad.
El amor también puede ser el detonante.