Durante tres años, Luciana fue utilizada por la familia de su esposo. Casada con Matías, se vio obligada a convertirse en donante de sangre permanente para Sofía, la hermana del mejor amigo fallecido de él. En esa casa no era esposa: cocinaba, limpiaba y obedecía. En la empresa, nadie la tomaba en serio.
Todo terminó cuando Sofía le envió fotos íntimas con Matías. Luciana no discutió. Pidió el divorcio y se fue.
Lo que dejaron atrás fue un error.
Tras regresar a su hogar, Luciana reveló su verdadera identidad: heredera de una familia millonaria. La sumisión no era necesidad, sino elección. Lejos del matrimonio, vuelve al mundo empresarial con capital, poder y memoria.
Esta vez, no será utilizada.
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Capítulo 17
Matías observaba cómo el coche de Ricardo y Luciana se alejaba entre las luces del atardecer, el motor ronroneando mientras desaparecían por la avenida. Su semblante era oscuro y tenso; algo en Luciana había cambiado radicalmente después del divorcio. Ya no era aquella mujer cautelosa y sumisa, temerosa de cada gesto o palabra; ahora caminaba con una seguridad intimidante, con un aura que hacía difícil anticipar sus movimientos y decisiones. Su transformación era total, y Matías no podía evitar sentirse incómodo ante ello.
A su lado, Valeria, empapada y humillada aún por el incidente del restaurante, no podía aceptar la situación. La rabia le llenaba los ojos y el rostro le palidecía por la impotencia. Intentó dar un paso hacia el coche de Luciana, deseando detenerla o al menos reprocharle el gesto, pero la voz firme y cortante de su hermana la detuvo en seco.
—¡Quédate donde estás! —le ordenó con severidad—. No vas a seguir corriendo detrás de ella.
Valeria resopló, cruzando los brazos, pero su enojo no menguó.
—¡Ella se cree con derecho a todo! ¡Olvida quién la trajo a la mansión! —gritó—. ¡Es una ingrata!
Matías frunció el ceño y la interrumpió con voz gélida:
—¿Ingrata? ¿Y tú por qué te llevaste las joyas que pertenecen a Luciana del seguro de la casa?
Valeria se rió con desprecio, girándose para mirarlo con arrogancia.
—Esas joyas no le correspondían. No tiene derecho a ellas; yo las tomé y punto.
Matías suspiró, sin querer entrar en más discusiones estériles. Se dirigió hacia la recepción del restaurante y solicitó revisar las grabaciones de seguridad. La mirada de Valeria se tornó inmediata en pánico, pero su arrogancia la mantuvo firme; aun así, murmuraba que la estaban difamando y que todo era un malentendido.
—Eso es ridículo —replicó—. ¡No me estoy inventando nada! —dijo, tratando de mantener la compostura mientras su voz temblaba levemente—. ¡Ella merece ser señalada por su actitud y sus actos!
Matías la interrumpió, su tono más cortante que nunca:
—¡Silencio! —vociferó—. No toleraré que difames a Luciana.
El dueño del restaurante, anticipando la llegada de Matías y siguiendo instrucciones de Ricardo, había preparado las grabaciones de vigilancia con anterioridad. En la pantalla se veía claramente la secuencia completa: Carmen y Valeria insultando, humillando y provocando a Luciana desde el primer momento. Sus gestos, sus palabras y cada movimiento eran evidencias que dejaban claro quién había iniciado la agresión.
Matías se acercó a la pantalla y se apoyó en el borde del escritorio. Sus ojos recorrieron cada segundo del video, y con cada escena su rostro se tornaba más sombrío. Comprendió de golpe que Luciana no era inexperta ni indefensa; estaba acostumbrada a este tipo de humillaciones, y aquello que acababa de ocurrir en el restaurante no había sido un caso aislado. Probablemente había soportado situaciones similares muchas veces, con paciencia y discreción, hasta que decidió que ya no era necesario seguir cediendo.
Con un gesto brusco, apagó la pantalla y se giró hacia Valeria. La mirada de Matías era ahora helada, implacable.
—Dime la verdad —exigió—. ¿Cuántas veces la has humillado de esta manera?
Valeria se tensó, el rostro se le tornó pálido y sus labios temblaron. Intentó balbucear una negativa rápida:
—¡No… no es cierto! ¡Yo nunca…!
Pero Matías ya no estaba dispuesto a creerle. Su sonrisa, cargada de desdén, no dejaba dudas sobre su incredulidad.
—No me mientas más —dijo con voz baja y cortante—. Ve a pedirle disculpas a Luciana ahora mismo.
Valeria abrió la boca para replicar, su orgullo herido y su rabia contenida se mezclaban en un torrente de palabras.
—¡Nunca! —gritó, alzando los brazos en desafío—. ¡No me humillaré ante ella! ¡Esa mujer no merece que me incline! ¡Es una traidora y…!
Matías la interrumpió con un gesto firme, acercándose a un paso y manteniéndola bajo su control visual.
—Basta —sentenció—. Ahora mismo, vas a cumplir con lo que te he dicho, o asumirás las consecuencias de tus actos.
Pero Valeria, ni siquiera intimidada por la fría autoridad de Matías, continuó su ataque verbal, acusando a Luciana de ser desagradecida y recordando a viva voz que había sido expulsada de la familia. Sus palabras resonaban por el salón, cargadas de veneno y obstinación.
Matías apretó los puños, conteniendo su ira, mientras Luciana y Ricardo no estaban presentes para intervenir. Sin embargo, el mensaje estaba claro: Valeria se había enfrentado a alguien que ya no se dejaría someter ni manipular, y Matías lo sabía. La fuerza de Luciana, incluso ausente, estaba marcando la diferencia en la manera en que se debía enfrentar a los arrogantes y los inescrupulosos.
Valeria, con el rostro enrojecido y los ojos llenos de furia, permaneció inmóvil unos segundos, evaluando si debía retroceder o seguir con su resistencia. Su terquedad, sin embargo, estaba a punto de chocar con la realidad de que, aquella vez, su desafío no encontraría cómplices.
Matías, respirando profundamente, se mantuvo erguido, observando cómo la joven enfrentaba la evidencia que había dejado la vigilancia y su propia autoridad. Sabía que, aunque Valeria se negase a ceder, la verdad de la situación ya estaba establecida: Luciana había demostrado que no se dejaría intimidar, y que el pasado no volvería a repetirse.
no le pongas tanto relleno a las novelas, haz que la mujer se enamore, no tan rápido, ni tan lento, que allá pasión, amor etc..
eso es lo que amarra, a una persona en leer novelas, y con esta son dos novelas que me pasa lo mismo y fatal.
espero que cuando vuelva a leer una de tus obras nuevamente, hayas mejorado.
Me gusta como hablan los argentinos pero leer el vos, tenés, etc. no.