Después de una noche entera terminando el arreglo de un traje de exhibición, Julia se fue a la cama por la madrugada. Su cabeza apenas había tocado la almohada cuando su alarma sonó, y se dió cuenta de que no estaba en su habitación, ¡y alguien se había llevado el traje que tanto se había esforzado en reparar!
Un momento... ¿Quién, en nombre de su santo internet, era esa persona en el espejo?
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16.
Ni siquiera se había dado cuenta del momento en el que había llegado la fiesta de compromiso.
Es decir, sí, sabía que llegaría, pero aun así fue inesperado. Así que cuando se levantó un día aleatorio de la semana, se vio abordada por su madre, vestida elegantemente y rebuscando en su armario con impenitencia.
De hecho, podía ver varias prendas volar por los aires cada vez que la mujer sacaba algo de allí y no le parecía bien. El ama de llaves estaba a un lado y juntaba la ropa del piso en un cesto.
Cuando Julia por fin pudo dar un paso fuera de la cama, la mujer salió con un conjunto que, según ella, era pasable y la arrastró al baño, diciéndole que se prepare bien y se ponga presentable. Le dio un límite de tiempo, saliendo rápidamente de la habitación. Dejó un desastre a su paso, y a Julia desorientada.
Supuso que eso era lo que se refería su padre cuando le dijo que tendría que aguantar injusticias ese día.
—Lo siento, señorita. La señora me obligó a abrir su puerta. —El ama de llaves se disculpó por entrar en una habitación cerrada sin permiso y se dispuso a salir para planchar las arrugas de algunas prendas que la mujer mayor había tirado.
Ya sin intrusos, cerró la puerta del baño y se aseó. Se maquilló, se arregló el cabello y se vistió. Con el paso del tiempo y con productos de cuidado personal, toda su piel se puso más bonita. Tenía un color saludable, con la hidratación correcta y muchas de sus cicatrices habían desaparecido con cremas que promovían la recuperación celular.
Bajó a la sala de estar, encontrándose con Javier sentado en el sofá.
El tipo la miró de arriba a abajo y le dio una mueca de burla. Antes de que dijera algo que le podría hacer ganar un golpe, apareció su padre con un plato de tostadas, se lo tendió a Julia, mientras le halagaba diciéndole lo hermosa que se veía. Por muy buenas que se vieran las tostadas untadas con mantequilla y azúcar encima, tuvo que rechazarlas; se escuchaban los gritos de su madre por toda la casa y sabía que no tendría tiempo para volver a lavarse la boca una vez que ella bajara con la hermana menor.
Una vez que las dos últimas personas bajaron, pudieron salir y subir a los autos que los esperaban.
Ambos padres fueron en el auto de adelante, y Julia tuvo que subir al auto de atrás con sus hermanos.
La atmósfera era algo incómoda. Su hermana menor la ignoraba, más concentrada en su celular, mientras su hermano mayor iba conversando con alguien en videollamada y hablando del lugar al que iban.
Casi una hora después, llegaron a un estacionamiento subterráneo. Julia no le prestó atención a la última parte del camino, solo se dio cuenta cuando aparcaron y la niña abrió la puerta para salir.
—Despierta, estamos aquí. Vamos.
Su hermano le abrió la puerta y le dio un golpe en la frente con el dedo. De mala gana lo siguió, viendo que su madre tenía una mirada de desaprobación en su rostro mientras se acercaba al ascensor.
Todos subieron, llegando a un estudio en uno de los pisos más altos e iluminados por el sol.
Una recepcionista los acompañó a una de las oficinas. En el lugar había un hombre viejo que estaba arreglando algo en un maniquí, completamente concentrado en ello. Cuando la familia entró, la madre dio un paso al frente y le llamó la atención al hombre.
—Tío Tomás. Estamos aquí.
El sastre se giró, vio a su familiar cerca y le dio un pequeño abrazo, saludando con la cabeza al resto de la familia. La mujer pronto comenzó a hablar de cosas con el hombre y les hicieron una seña para sentarse en los sofás que estaban a un costado de una ventana.
Julia miró a su alrededor cuando se acercó a tomar asiento, el lugar estaba lleno de muestras de telas, maniquís, prendas a medio confeccionar y otras cosas más. No se sentiría fuera de lugar en un ambiente como este, es más, casi lo anhelaba.
Mientras ellos permanecían sentados allí, el sastre llamó a una asistente y comenzó a encargarle algunos paquetes con prendas de ropa para repartir entre la familia.
Sin embargo, Julia no recibió nada. En cambio, la asistente la llamó aparte, a un cambiador y la ayudó a ponerse un vestido con cierre trasero.
La prenda era exquisita, bellamente confeccionada y con un gran estilo. Julia se sentía muy bonita usando algo como eso, aunque cuando se miraba al espejo, sentía que su maquillaje no combinaba del todo.
Salió del probador, su padre se paró del sofá con las manos cubriéndose la boca y con los ojos poniéndose vidriosos.
Julia no entendía realmente la emoción, después de todo, era solo un atuendo de compromiso. Seguramente el vestido de novia sería más deslumbrante que esto.
Su hermano había cambiado de posición y ahora la miraba con ojos complicados. Su madre se había quedado en silencio, sin mirarla nunca a la cara pero contemplando la pieza. El sastre aplaudió una vez, mientras la guiaba a una tarima bien iluminada para que pudiera ver mejor los detalles ahora que estaba puesto en la persona que lo iba a vestir.
Las medidas eran casi justas, apenas unos pequeños arreglos en una zona que le quedaba suelta y el vestido estaría completamente listo para Julia.
El sastre la hizo caminar por todos lados para ver si le apretaba o si le incomodaba, diciéndole que cualquier cosa que no se sintiera bien, debía comunicárselo. Mientras ella iba y venía, sus padres y sus hermanos también fueron arreglados por el sastre.
Los hombres tenían accesorios como corbatas o pañuelos, mientras las mujeres obtuvieron una versión más simple y oscura del diseño principal.
Parecía que toda la familia iba a vestirse acorde con la situación, pero siempre dejándola a ella como el centro, la más llamativa y a la que todos debían mirar en un día tan especial.