Raeliana fue despojada de la mansión murió sabiendo que fue utilizada.. despierta en el pasado, con todos sus recuerdos intactos y una sola meta: no volver a casarse con el conde que la llevó a la muerte. Esta vez, antes de que el palacio la destruya, ella cambiará el destino…
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carta
La mañana después del baile amaneció extrañamente silenciosa.
La mansión Rosenthal, que la noche anterior había estado llena de música, risas y pasos elegantes, parecía ahora descansar en un suspiro largo y cansado.
Raeliana desayunaba junto a la ventana del comedor pequeño. Aún llevaba el cabello suelto, sin peinar, y una bata ligera sobre los hombros.
—Anoche fue un éxito, señorita —comentó Marta mientras servía el té.
—Para todos menos para mí —murmuró Raeliana.
—Muchos nobles preguntaron su nombre.
—Eso es precisamente lo que me preocupa.
Marta sonrió con dulzura, pero no respondió.
Cerca del mediodía, el sonido de cascos en la grava anunció la llegada de un mensajero.
Raeliana no prestó atención al principio.
Hasta que vio al mayordomo cruzar el vestíbulo con una bandeja de plata… y un sobre sellado con cera oscura.
No reconoció el sello.
Pero sintió un nudo en el estómago.
—¿Es para mí? —preguntó al verlo pasar.
—Para los condes, señorita.
Nada más.
Raeliana lo siguió con la mirada hasta que desapareció en el despacho de su padre.
Y algo dentro de ella se tensó.
Las horas siguientes fueron inquietas.
La puerta del despacho permaneció cerrada.
Nadie entraba.
Nadie salía.
Hasta que, al caer la tarde, voces comenzaron a elevarse en el interior.
Raeliana pasaba por el pasillo cuando las escuchó.
Se detuvo sin hacer ruido.
—Es una propuesta sólida —decía su madre con firmeza—. El conde Aurenval es viudo, tiene tierras, prestigio y necesita una esposa.
—Necesita una heredera —corrigió el conde Rosenthal con dureza—. No es lo mismo.
Raeliana dejó de respirar.
—Nuestra hija estará protegida —insistió su madre—. No podemos rechazarlo.
Silencio.
Uno largo. Pesado.
—No me agrada —dijo su padre finalmente—. Pero negar una alianza así sería imprudente.
Raeliana apoyó la mano en la pared.
Entonces… sí era eso.
Un pretendiente.
Una decisión.
Sin mí.
Esa noche, nadie la llamó para explicarle nada.
Nadie mencionó la carta.
Nadie habló del asunto en la cena.
Y eso le confirmó que era demasiado importante.
En su habitación, mientras Marta cepillaba su cabello antes de dormir, Raeliana preguntó en voz baja:
—¿Alguna vez las hijas de los condes pueden elegir con quién casarse?
Marta dudó.
—A veces… cuando tienen suerte.
Raeliana miró su reflejo en el espejo.
—Creo que yo no estoy destinada a tenerla.
Esa noche, durmió poco.
Y sin saberlo, mientras ella intentaba descansar, en el despacho de su padre se escribía la respuesta que sellaría su futuro.
Raeliana estaba en la biblioteca cuando el mayordomo entró .
—¿Ocurre algo? —
Preguntó ella, cerrando el libro.
—Los condes la esperan en el comedor privado, señorita.
El tono respetuoso no logró ocultar la tensión.
Raeliana sintió el presentimiento hacerse certeza.
Su madre estaba de pie. Su padre, sentado con el rostro endurecido.
Nadie sonreía.
—Siéntate, Raeliana —ordenó su padre.
Ella obedeció.
—Ha llegado una solicitud formal de matrimonio —dijo su madre sin rodeos—. Del conde Aurenval.
Raeliana no reaccionó de inmediato.
El nombre le resultó familiar.
La mirada oscura.
El hombre del baile.
—¿El mismo que bailó conmigo?
—El mismo —respondió su padre.