"Julián me destruyó, pero Alexander me reconstruyó para ser su arma... y su obsesión."
Micaela era una sombra, una mujer invisible que amó al hombre equivocado. Julián Ferrante no solo la abandonó embarazada en un callejón; se aseguró de que el mundo la olvidara. Pero mientras ella daba a luz en el fango, unos ojos grises la observaban desde la oscuridad.
Alexander Rossi, el implacable CEO de Industrias Rossi, no la encontró por milagro. La eligió. La rescató con un contrato de sangre y oro: su vida y la de su hijo a cambio de su libertad. Ahora, Micaela ha regresado. Ya no pide clemencia, exige deudas. Pero tras la máscara de la esposa perfecta del CEO, Micaela descubre que su salvador es un carcelero mucho más peligroso.
En esta guerra de imperios, Micaela aprenderá que el precio de su venganza es pertenecer en cuerpo y alma al hombre que planeó su ascenso mucho antes de que ella cayera.
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El parto en el fango
Pasaron siete meses que se sintieron como una condena a muerte en vida. Para Micaela, el mundo se había reducido a buscar un rincón donde dormir y una moneda para no desmayarse. Julián Ferrante no solo la había humillado; se había encargado de que su nombre estuviera en una lista negra invisible. Cada vez que conseguía un trabajo limpiando pisos o lavando platos en una fonda de mala muerte, aparecían hombres de traje oscuro que susurraban al dueño. Media hora después, Micaela estaba de nuevo en la calle, con sus pocas pertenencias en una bolsa de plástico.
Terminó viviendo en el sector más peligroso del sur de la ciudad, en una pensión que olía a humedad y desesperanza. Sus manos, que antes Julián besaba, ahora estaban llenas de llagas y grietas sangrantes por lavar ropa ajena con agua helada para ganar unas monedas.
—Aguanta, mi niño —decía cada noche, mientras cenaba un trozo de pan duro—. Tu padre nos quiere muertos, pero tú vas a ser más fuerte que él.
Micaela estaba irreconocible. Su piel tenía un tono cenizo por la falta de alimento y sus pómulos se marcaban con una dureza aterradora. Cada vez que pasaba por un kiosco de revistas y veía la foto de Julián sonriendo en fiestas de gala con su nueva y elegante esposa, sentía que un cuchillo se le retorcía en el pecho. Él vivía en la seda; ella sobrevivía en el lodo.
Una noche de tormenta, cuando los truenos hacían temblar las paredes de madera podrida de su cuarto, el dolor la golpeó. Fue una puñalada en la espalda que la hizo caer de rodillas al suelo frío.
—¡No! ¡Todavía no! —gritó Micaela, aferrándose a la pata de la cama mientras el sudor frío le empapaba la frente.
Apenas tenía ocho meses de embarazo. Salió al pasillo a rastras, buscando ayuda, pero los otros inquilinos le cerraron las puertas con llave. Nadie quería problemas con una mujer que no tenía ni para pagar la luz. Bajó las escaleras de madera y salió a la calle bajo la lluvia torrencial. El hospital más cercano estaba a veinte cuadras, una distancia imposible para su cuerpo al borde del colapso.
Se desplomó en un callejón sin salida, detrás de una montaña de escombros. Allí, en medio del barro, con el frío de la noche cortándole la piel y el agua de lluvia lavando sus lágrimas, Micaela sintió que su hijo venía al mundo. No había médicos, no había mantas limpias. Solo estaba ella y un dolor que le hacía desear que la tierra se la tragara.
—¡Aaaah! —el grito se le escapó cuando sintió que el cuerpo se le partía en dos.
Sola, empapada y perdiendo sangre, Micaela dio a luz en el fango. Cuando escuchó el llanto débil de su bebé, un sonido pequeño que apenas se oía sobre la tormenta, lo tomó en sus brazos temblorosos y lo envolvió en su propio abrigo roto.
—Ya estás aquí... —susurró, sintiendo que la vista se le nublaba—. Perdóname por traerte a este basurero... pero te juro que vas a vivir.
Micaela se recostó contra una pared de concreto, abrazando a su hijo contra su piel, sintiendo cómo sus fuerzas se desvanecían. Estaba lista para morir allí mismo, cuando unas luces blancas y cegadoras iluminaron el callejón.
Un auto negro, inmenso y lujoso, frenó bruscamente frente a ella. Un hombre bajó. No era Julián. Era un hombre con una mirada de acero gris que no se inmutó ante la sangre ni la mugre.
Alexander Rossi. El mayor rival de los Ferrante.
Él se acercó y la miró desde arriba. No hubo lástima en su rostro, solo una satisfacción oscura.
—Mírate, Micaela. Tan bajo has caído por confiar en un Ferrante —dijo Alexander con una voz profunda—. Julián te quiere muerta. Él cree que ya te enterró en este callejón. Pero yo tengo otros planes para ti.
Alexander se agachó y la tomó del mentón con fuerza, obligándola a mirarlo. Sus dedos estaban calientes frente al frío de la muerte que ella sentía.
—¿Quieres vivir? —le preguntó al oído—. ¿Quieres que este niño respire y que Julián Ferrante se arrodille ante él algún día?
Micaela asintió débilmente, aferrándose a la camisa de Alexander con sus dedos sucios de barro.
—Entonces acepta que a partir de hoy, harás lo que te digo—sentenció Alexander, levantándola en sus brazos mientras un subordinado tomaba al bebé—. El precio de tu venganza será tu obediencia absoluta.
El auto arrancó, dejando atrás el callejón de basura. El hambre había terminado, pero una nueva cadena, una hecha de oro y la obsesión de Alexander Rossi, empezaba a cerrarse alrededor de su cuello.