Ella no recuerda nada. Él no puede olvidar. Atados por una maldición que los obliga a renacer para perderse, Rose y Dagmar se encuentran de nuevo en el siglo XXI. Él es un brujo que desafía las leyes de la magia; ella, una estudiante de arte que ignora su pasado real. ¿Podrá esta vez, Dagmar cambiar el destino?
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Capítulo 11: Encuentro
—A mí me parece un plan excelente, Rose. Sobre todo, huir de ese hombre antes de que se active el ciclo. No entiendes la magnitud del peligro.
—No me gusta la idea de huir —repliqué, sintiendo una rebeldía que nacía desde lo más profundo de mi ser—. Además, me ocultaron lo de mis padres. Dijeron que fallecieron por protegerme... ¿cómo? ¿quién los mató?
Clarisa suspiró, acercándose para tocar mi brazo, pero yo retrocedí un paso.
—Mi niña, estás saturada. Demasiada información en muy poco tiempo. Mejor deja el resto de la historia para después, cuando tu mente esté más tranquila.
La verdad era que me sentía congestionada. Mi cerebro intentaba procesar que mi linaje era una fuente de poder codiciada y que mi muerte era el objetivo de un grupo de cazadores. Era demasiado para una chica que solo quería graduarse en Filosofía y tomar café con un hombre guapo.
—Me voy a cambiar —anuncié para cortar la tensión—. Voy al cumpleaños de Leslie.
—¿Crees que es prudente salir esta noche, Rose? —preguntó Egle con tono de advertencia.
—Ustedes mismas dijeron que el peligro real empieza con el contacto físico, piel con piel, entre Dagmar y yo. Y eso no ha ocurrido —dije, señalando el suéter que cubría mis brazos—. No veo el problema. No voy a dejar de vivir mi vida. Leslie es importante para mí y no pienso faltar a su fiesta.
—Vale, está bien —cedió Egle a regañadientes—. Pero mantén el teléfono a mano. Avísanos cualquier cosa, por mínima que sea.
Me vestí mecánicamente: unos jeans oscuros, un suéter blanco de cuello alto que me hacía sentir protegida, y mis botas favoritas. Crucé la ciudad bajo el manto de la noche, sintiendo que cada sombra en las esquinas me observaba. Al llegar a casa de Leslie, el contraste fue absoluto. La música retumbaba en las paredes, las luces de colores se filtraban por las ventanas y el estruendo de risas y conversaciones llenaba el aire. Leslie tenía un don para atraer a la gente; su espíritu era como una hoguera que convocaba a todos a su alrededor.
—¡Viniste! —gritó ella al verme, abriéndose paso entre la multitud con una copa en la mano—. Por un momento pensé que tus tías te habrían encerrado bajo llave.
—Sabes que no podría fallarte hoy, Leslie. ¡Feliz cumpleaños de nuevo!
Ella me abrazó con fuerza, radiante.
—Amiga, ¡Marcos me trajo un regalo increíble! —me mostró unos aretes y una pulsera de oro que brillaban bajo las luces estroboscópicas—. Es tan majo, de verdad. Es un hombre de oro, comprometido conmigo y con todo lo que hace. Estoy tan feliz...
—Se nota, Leslie. Te mereces a alguien que te valore así —le dije con sinceridad, sintiendo una pizca de envidia por la sencillez de su amor, un amor que no arrastraba maldiciones ni siglos de sangre.
—Hablando de hombres... —Leslie bajó la voz y señaló con la barbilla hacia la entrada de la casa—. No sé si el tuyo es un ángel protector o un acosador con un gusto excelente para la moda, pero fíjate... ahí viene.
Mi corazón dio un vuelco que me dejó sin aire, destacando entre los estudiantes universitarios con ropa colorida, estaba él. Dagmar vestía de negro, su presencia irradiaba una autoridad silenciosa que parecía congelar el tiempo a su alrededor. Sus ojos recorrieron la sala con una precisión hasta que se clavaron en los míos. El ruido de la fiesta se desvaneció en un zumbido lejano.
Tenía tantas preguntas. Tantos reproches. Tanta necesidad de saber si lo que mis tías decían era verdad o si él era la única verdad que me quedaba.
—Leslie, discúlpame un momento —le dije a mi amiga sin apartar la vista de él—. Tengo que hablar con él. A solas.
Caminé hacia él sintiendo que cada paso me alejaba un poco más de la Rose que había sido hasta ayer. Dagmar no se movió; me esperó con la paciencia de quien ha esperado siglos, con una expresión que oscilaba entre la devoción y el dolor más profundo.
Caminé con una determinación que no sabía que poseía, ignorando el ruido de la fiesta de Leslie y las miradas curiosas de los invitados. Mis pasos me llevaron directamente hacia él, deteniéndome a escasos centímetros de su pecho, donde el aire parecía vibrar con una energía distinta.
—Debemos hablar. Ahora —sentencié, con la voz firme a pesar del temblor interno.
Dagmar no se inmutó. Sus ojos recorrieron mi rostro con una mezcla de alivio y melancolía
—Este no es el sitio adecuado, Rose. Sígueme.
Lo seguí en silencio, sintiendo cómo la música de la fiesta se desvanecía a nuestras espaldas. Nos subimos a su auto, un vehículo que parecía una extensión de su propia sombra. Él comenzó a conducir con una calma gélida, alejándose de las luces de la ciudad.
—¿A dónde vamos? —pregunté, viendo cómo los edificios eran reemplazados por la silueta oscura de los árboles
—A un sitio seguro. Un lugar donde las paredes tienen memoria y nadie podrá escucharnos.
—No hace falta ir tan lejos... —murmuré, sintiendo un nudo de ansiedad. La lógica me decía que era una locura subirme al auto de un hombre que mis tías consideraban una maldición.
Dagmar apretó el volante, y por un momento, su voz fue un susurro cargado de una tristeza antigua.
—Tranquila, Rose. No pertenezco a ninguno de los grupos que quieren hacerte daño. Nunca te lastimaría... no de forma directa.
Esa última frase quedó flotando en el aire, cargada de una culpa que no logré descifrar. El viaje continuó en un silencio eterno. Empezamos a subir por una zona montañosa, donde la carretera se volvía serpenteante y la niebla comenzaba a lamer los cristales del auto. De pronto, un enorme tronco atravesaba el camino, bloqueando el paso de forma deliberada. Dagmar detuvo el auto y bajó. Lo observé se acercó a la mole de madera y, con un movimiento fluido, como si el tronco no pesara más que una pluma, lo rodó hacia el arcén sin el menor esfuerzo. Era una exhibición de fuerza que desafiaba toda ley física.