Se burlaron. La humillaron. La destruyeron.
Pero cometieron un error…
Nunca supieron que tenía una gemela.
Y ella no perdona.
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CAPÍTULO 20: ANTES DE QUE HABLES
Hay secretos que pueden soportar el tiempo.
Otros…no soportan una sola palabra.
Y el mío estaba en manos de la peor persona posible.
Mateo.
No era el más inteligente.
No era el más fuerte.
Pero acababa de encontrar la única grieta capaz de romper todo lo que había construido.
La carpeta.
El expediente.
La fecha.
Mi hermana.
Mi lugar.
Todo.
No podía permitir que hablara.
No todavía.
Salí de la biblioteca con el pulso firme, pero la mente trabajando a una velocidad brutal, repasando cada posibilidad, cada movimiento, cada forma de anticiparme a lo que él iba a hacer.
Adrián caminó a mi lado.
—Va a usarlo —dijo.
No lo miré.
—Lo sé.
Silencio.
—¿Qué piensas hacer?
Esa pregunta se quedó suspendida unos segundos.
La respuesta ya estaba dentro de mí.
Solo faltaba decidir cómo.
—Llegar primero.
Adrián guardó silencio.
No preguntó más.
Porque entendía.
Porque esto ya no era solo venganza.
Ahora era control de daños.
Supervivencia.
El resto del día fue una tortura silenciosa.
Mateo no habló.
No me buscó.
No intentó acercarse.
Y eso era peor.
Porque el silencio de alguien que tiene poder…es una amenaza.
Lo vi guardar la carpeta en su mochila antes de salir.
No se fue con nadie.
No habló con Valentina.
No miró a nadie.
Solo caminó directo hacia la salida trasera del colegio.
Perfecto.
Lo seguí.
Esta vez sin ocultarme.
Sin rodeos.
Sin dejarle creer que no sabía.
El cielo empezaba a oscurecer.
La parte trasera estaba casi vacía.
Solo el ruido lejano de la calle y el eco del viento entre las rejas.
—Mateo.
Mi voz lo detuvo.
Se giró lentamente.
Y sonrió.
No con arrogancia.
Con ventaja.
Eso me hizo odiarlo más.
—Sabía que vendrías —dijo.
Silencio.
Di un paso al frente.
—Dame la carpeta.
Mateo soltó una pequeña risa.
—Ahora sí quieres hablar.
Lo miré.
Fijamente.
—Dámela.
Él negó lentamente.
—No.
Silencio.
Corto.
Peligroso.
—Entonces dime qué quieres —pregunté.
Mateo levantó levemente la mochila sobre su hombro.
—Quiero saber quién eres.
Porque no buscaba verdad.
Buscaba poder.
—Ya lo sabes —respondí.
Mateo sonrió más.
—No —dijo—. Sé quién no eres.
Esa frase…era un arma.
Y él lo sabía.
Di otro paso hacia él.
La distancia entre nosotros se volvió mínima.
—Si hablas…Mateo interrumpió.
—¿Qué? —preguntó—. ¿Vas a hacerme lo mismo que a los demás?
Silencio.
Lo observé.
—No me provoques.
Él volvió a reír.
—Ya no me asustas.
Mentía.
Lo veía en sus ojos.
Pero necesitaba sostener esa ilusión.
Necesitaba sentirse por encima.
—Mañana voy a mostrar esto —dijo, tocando la mochila—. A al rector, a los profesores… a todos.
Mi respiración se tensó apenas.
Solo un segundo.
Pero Adrián lo notó.
—Mateo —intervino desde atrás—. Piensa bien lo que haces.
Mateo lo miró.
—¿Y tú? —escupió—. ¿Desde cuándo la defiendes?
Adrián avanzó.
Tranquilo.
Frío.
—Desde que entendí quiénes son ustedes.
Silencio.
Eso golpeó.
Mateo apretó la mandíbula.
—No tienes idea de lo que está haciendo.
Lo miré.
—Tú sí.
Silencio.
Pesado.
Real.
Entonces Mateo hizo el movimiento que no esperaba.
Sacó la carpeta.
La levantó frente a nosotros.
Como un trofeo.
Como una amenaza viva.
—Se acabó —dijo.
Y en ese segundo…supe que no podía dejarlo ir.
No así.
No con eso.
Di un paso rápido hacia él.
Mateo retrocedió.
Demasiado tarde.
Sujeté su brazo con fuerza, intentando arrancarle la carpeta, pero él reaccionó, forcejeando, tratando de apartarse.
La carpeta cayó al suelo.
Los papeles se dispersaron.
El viento los levantó.
No.
No.
No.
Me lancé hacia ellos.
Mateo también.
Y en medio del forcejeo…
su cuerpo perdió equilibrio.
El golpe contra la reja metálica fue fuerte.
Seco.
Doloroso.
Quedó inmóvil por un segundo.
Solo uno.
Pero suficiente para congelar el aire.
Adrián me miró.
Yo lo miré a él.
Silencio absoluto.
Mateo respiraba.
Pero estaba aturdido.
Débil.
—Tenemos que irnos —dijo Adrián en voz baja.
Miré los papeles dispersos.
La foto de Sara.
La fecha.
La firma.
Todo.
Me agaché rápido y recogí cada hoja con manos firmes.
No podía dejar nada.
Nada.
Cuando levanté la mirada, Mateo ya intentaba incorporarse.
Nos estaba mirando.
Con rabia.
Con dolor.
Y con algo peor.
Certeza.
—Esto no termina aquí —murmuró.
Lo sostuve con la mirada.
—Nunca pensé que terminara.
Me giré con Adrián y empezamos a alejarnos.
Rápido.
Sin correr.
Sin mirar atrás.
Pero por dentro…ya sabía.
A partir de ese momento…esto ya no tenía vuelta.
Porque hay secretos que solo sobreviven si silencias a quien los conoce.