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REENCARNE EN UNA GORDITA EN VENTA.

REENCARNE EN UNA GORDITA EN VENTA.

Status: Terminada
Genre:Venganza de la protagonista / Reencarnación / Grandes Curvas / Venganza por acoso / Completas
Popularitas:52.4k
Nilai: 4.9
nombre de autor: CINTHIA VANESSA BARROS

Morir traicionado fue lo de menos.

Vincent Moretti vivió como un depredador en las calles de Nueva York: sin miedo, sin remordimientos… y con una sola regla: nunca confiar.
La rompió una vez. Y lo pagó con la vida.

Pero la muerte no fue el final.

Despierta en un mundo que no reconoce… dentro del cuerpo de Emilia, una joven despreciada, vendida por su propia familia a un viejo repugnante como si fuera mercancía.
Débil. Invisible. Encerrada en una vida que no eligió.

Error.

Porque bajo esa piel suave y ese cuerpo que todos subestiman… sigue latiendo el alma de un criminal.

Y Vincent no sabe ser víctima.

Ahora tiene que aprender nuevas reglas:
un cuerpo que no responde, un mundo moderno lleno de cámaras, enemigos con poder… y una familia que cree que puede seguir controlándola.

Pero ellos no entienden algo.

La chica que compraron ya no existe.

Y lo que regresó en su lugar…
es mucho más peligroso.

Entre mafias, traiciones, deseo y venganza, Emilia no solo va a sobrevivir.

Va a

NovelToon tiene autorización de CINTHIA VANESSA BARROS para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 10: El trato del diablo con su propia cara.

El auto era negro, largo y silencioso por dentro como una tumba con asientos de cuero. Vicente Antonov estaba sentado en el lado izquierdo con las piernas cruzadas y la postura de un hombre que lleva toda la vida esperando que el mundo se ajuste a su horario y no al revés. Cuando Vincent abrió la puerta y se subió con el vestido de novia ocupando medio asiento trasero, Antonov soltó un suspiro que no se molestó en disimular, el tipo de suspiro que dice "otra obligación más" sin necesidad de palabras.

—Seré claro —dijo, antes de que Vincent terminara de acomodarse y antes de que el auto arrancara, como si la conversación fuera un trámite que quería despachar rápido—. Sabes que esto es solo por dinero. No me importa que seas gorda, coja o fea, lo importante es que te comportes como mi esposa frente a todos y que estés lista para la guerra. Por eso te escogí: alguien que parece ser débil. Si te mantienes callada, ellos no te atacarán.

Lo dijo mirando al frente, sin girar la cabeza, como si hablarle a la mujer con la que acababa de casarse no mereciera el esfuerzo de un contacto visual. Y esa voz, esa maldita voz que era la suya pero no era la suya, le retumbó a Vincent en el pecho como un eco de otra vida.

Acaba de decirme que me compró para usarme de escudo. Directo al grano, sin flores ni mentiras. Así hablaba yo. Exactamente así.

—¿A qué te refieres? —dijo Vincent, y la voz de Emilia salió más firme de lo que Antonov esperaba, porque el hombre giró la cabeza medio centímetro, no lo suficiente para mirarlo pero sí lo suficiente para indicar que había escuchado algo que no encajaba con lo que le habían contado—. Me vendieron como mercancía, eso lo tengo claro. Pero no soy una mujer sumisa. No me dejo intimidar y me importa una mierda si eres mafioso, asesino o lo que sea que hagas cuando no estás comprando esposas.

El silencio que siguió duró exactamente cuatro segundos, y en esos cuatro segundos Vincent vio cómo algo cambiaba en la cara de Antonov, algo sutil, como un músculo que se relaja donde debería tensarse: la comisura de la boca se le curvó hacia arriba en una media sonrisa que no era amable ni divertida, sino curiosa, la sonrisa de un hombre que abre una caja esperando encontrar algo ordinario y encuentra algo que no sabe clasificar.

—Veo que mi esposa tiene agallas —dijo, y ahora sí la miró, de reojo, con esos ojos claros que eran como los que Vincent veía en sus propios recuerdos pero más fríos, más controlados, como si alguien hubiera tomado la misma materia prima y la hubiera pulido hasta quitarle cualquier rastro de calor—. Espero que sigas pensando eso cuando lleguemos a la mansión.

El auto se puso en marcha y la ciudad empezó a deslizarse por las ventanillas polarizadas como una película que Vincent no terminaba de entender. Antonov volvió a mirar al frente y habló con el tono de alguien que repasa las cláusulas de un contrato.

—Como mi esposa tendrás el dinero que necesites. Ropa, zapatos, lo que quieras. Podrás hacer lo que se te dé la gana dentro de la casa y fuera de ella, con una sola condición: nunca saldrás sola. Tengo muchos enemigos y no quiero quedar viudo tan pronto.

—Sé cuidarme —dijo Vincent.

—Lo dudo.

—Pero ya que tú hablaste, es mi turno —continuó Vincent ignorando el comentario con la misma naturalidad con la que habría ignorado un insulto en una mesa de póker—. Quiero algo a cambio de ser tu esposa trofeo.

Antonov levantó una ceja. La media sonrisa volvió, más pronunciada esta vez, como si la conversación estuviera tomando un rumbo que no esperaba pero que no le desagradaba del todo.

—Quiero acabar con el bastardo que dice ser mi padre y con toda su familia —dijo Vincent, y lo dijo con la misma tranquilidad con la que habría pedido un café, porque las peticiones de venganza suenan más serias cuando se dicen sin levantar la voz—. Si me ayudas con eso, seré más mansa que una rata de laboratorio.

Antonov se giró por primera vez para mirarla de frente, y Vincent sostuvo la mirada sin pestañear porque había sostenido la mirada de hombres que mataban por deporte y este, por muy idéntico que fuera a su reflejo de 1924, no iba a ser el primero en hacerlo bajar los ojos.

—Sabes que ya pagué por ti —dijo Antonov con una voz que no era amenaza pero que tampoco era negociación, era una simple exposición de hechos—. No tengo que complacerte en nada. Me perteneces, Emilia Mendoza.

—Me importa una mierda —respondió Vincent sin perder un segundo—. Le pagaste a mi padre, felicidades, compraste una esposa. Pero te aseguro que si me lo propongo puedo ser un maldito dolor de huevos, y por lo que vi en esa boda creo que problemas te sobran. ¿De verdad quieres agregar uno más a la lista?

Antonov no contestó inmediatamente. Se quedó mirándola con esa expresión que Vincent conocía bien porque era la misma que él ponía cuando alguien le proponía un negocio inesperado y necesitaba unos segundos para calcular si le convenía o le iba a explotar en la cara. Los engranajes girando detrás de los ojos claros, sopesando costos y beneficios con la frialdad de un hombre que toma decisiones sobre personas con la misma facilidad con la que otros deciden qué cenar.

—Bien —dijo finalmente, y la palabra salió como un candado abriéndose—. Pero lo haremos cuando te ganes el favor de mi abuelo. El viejo sigue sin darme el liderazgo de las empresas, y mientras no lo haga no puedo estabilizarme. Tú haz que el viejo esté contento conmigo, con nosotros, con esta farsa de matrimonio, y yo te doy el bate para que hagas lo que quieras con tu padre.

—Bien. Tenemos un trato, esposo.

—Tenemos un trato, esposa.

Ninguno de los dos extendió la mano para sellar el acuerdo porque ninguno de los dos era el tipo de persona que necesita gestos para confirmar una palabra. Vincent porque venía de una época donde tu palabra era tu contrato y romperla significaba una bala, y Antonov porque venía de un mundo donde los tratos se cumplían por la misma razón.

El auto avanzaba por una avenida ancha bordeada de árboles que empezaban a quedarse sin hojas, y el silencio que se instaló entre los dos no era incómodo sino estratégico. Cada uno pensando, calculando, evaluando al otro con el mismo cuidado con el que se estudia a un rival antes de una partida larga.

Vincent miraba por la ventanilla sin ver realmente la ciudad, porque su cabeza estaba en otro lugar: procesando la conversación, archivando cada palabra, cada gesto, cada pausa de Antonov como fichas en un tablero que apenas estaba empezando a armar.

No es un idiota. No es un bruto. Es calculador, directo y no le tiembla nada al hablar. Exactamente como yo era. Exactamente.

Lidiar con mi propio clon no va a ser fácil. Pero tampoco imposible. Lo conozco. Lo conozco porque soy yo, o era yo, o lo que sea que signifique tener mi cara pegada en otro cuerpo. Sé cómo piensa un hombre así porque pensé así durante treinta y cuatro años. Sé qué lo mueve, qué lo frena, dónde están las grietas.

Y las grietas siempre están en el mismo lugar: en la gente que crees que controlas y que un día decide que ya no.

Pero eso es para después. Por ahora, el trato me conviene. Dinero, protección, acceso. Y una promesa de venganza que pienso cobrar hasta el último centavo.

Al otro lado del asiento, Vicente Antonov miraba por su ventanilla con una expresión que desde afuera parecía aburrimiento pero que por dentro era cualquier cosa menos eso. Porque el hombre que había pagado una fortuna por una esposa de conveniencia basándose en un informe de investigadores privados estaba descubriendo que el informe no valía el papel en que estaba impreso.

Le habían dicho que Emilia Mendoza era una mujer rota, silenciosa, el tapete de una familia que la pisoteaba desde niña. Que casi nunca hablaba, que obedecía sin chistar, que su única habilidad aparente era comer y que su único acto de rebeldía conocido había sido intentar huir después de la muerte accidental de su primer marido. La candidata perfecta: una mujer que no haría ruido, que no causaría problemas, que se sentaría donde le dijeran y sonreiría cuando le indicaran.

Y lo que se encontró fue una gorda en vestido de novia que le dijo "me importa una mierda" a la cara, que negoció una venganza familiar como quien pide un favor menor, y que lo miró a los ojos sin bajarlos ni una sola vez durante toda la conversación.

Debería despedir al investigador, pensó Antonov, mientras el auto tomaba la salida hacia las afueras de la ciudad. O mejor, debería investigar quién es realmente esta mujer. Porque la Emilia Mendoza de los informes y la que está sentada a mi lado no son la misma persona.

El auto siguió avanzando en silencio, llevando a dos desconocidos que acababan de firmar un pacto de conveniencia sin saber que cada uno estaba subestimando al otro de maneras que iban a cambiarles la vida a los dos.

1
pequeña sole
Fascinante, esta historia, me ha encantado de principio a fin... Me he enamorado de su protagonista y el "no te amo"... gracias por escribir esta bella historia...
MarlingJCF
/Facepalm//Facepalm/
MarlingJCF
Miel ga! osea que te vas a casar con tu Doppelgänger!🤭
MarlingJCF
Para que respete! 😂
MarlingJCF
clm! 🤣🤣🤣🤣
MarlingJCF
/Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm//Facepalm/
MarlingJCF
La pesadilla de toda mujer! La menstruacion🤭🤭
MarlingJCF
Sal de ese Cuerpo Cassidy!🤭🤭
MarlingJCF
"Confiar es bueno, pero No confiar es mejor".
MarlingJCF
Me encanta este tipo de Reencarnação sirmpre son muy interesantes y divertidas.
Cliente anónimo
bien echo emilia duro con todos , pero deja de comer tanto empezaste haciendo ejercicio cuando estabas encerrada y ahora no has echo nada más. es por tu bien ayudarla Vincent 😂
Luisa Esperanza Bautista Angarita
mil felicitaciones
Luisa Esperanza Bautista Angarita
lastima que se acabó
Chanylu💕
Uhmm muy rápido para que sea náuseas matutina recién paso una semana.. O no?
🥀Mia♡
.
Yolanda Plazola Arroyo
Hola Autora gracias por ésta novela me enamore de ella de Emilia y de Vicente
llore también pero también me encantó cada capítulo me reí 😂 con las ocurrencias de ella felicidades y espero La siguiente gracias y bendiciones /Drool/
Chanylu💕
Parezco loca riendo en la calle.... Es que no puedo más con sus sorpresas
Luisa Esperanza Bautista Angarita
me gustaría más si la nombran por emilia
Cliente anónimo
Espectacular
Rubí Salgado
me encanto la historia gracias por cada capitulo 👍👍👍👍👍❤️❤️❤️❤️❤️❤️
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