Susana Reyes es fuego puro. Una teniente de la Fuerza Aérea estadounidense de raíces mexicanas que ha pasado su vida desafiando las expectativas de quienes la creen demasiado pequeña para dominar los cielos. Cuando es enviada a una remota base militar en las profundidades de Rusia como parte de un programa de intercambio de élite, espera encontrar resistencia, pero no un muro de hielo impenetrable.
Ese muro tiene nombre: Mikhail Volkov.
Con 1.90 de estatura, una disciplina de acero y una mirada azul que parece congelar el aire a su paso, Mikhail es el capacitador encargado de convertir a Susana en una piloto experta de los imponentes cazas Su-35. Para él, ella es una distracción impulsiva; para ella, él es un gigante arrogante que necesita una lección de humildad.
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capítulo 12
La oficina del General de División era un bloque de silencio y humo de tabaco. Sobre el escritorio de roble, una carpeta roja con el sello de "Clasificado" esperaba ser abierta. Susana y Mikhail estaban firmes, con sus uniformes de gala perfectamente planchados, guardando la distancia reglamentaria de un metro entre ellos. No había rastros de las marcas en la piel ni del calor de la noche anterior; sus rostros eran máscaras de disciplina militar.
—Esta misión no existe en los registros oficiales —sentenció el General, su voz como el crujir de la grava—. Hemos detectado actividad sospechosa en una estación de radar abandonada en una isla privada cerca de la frontera con Estonia. Inteligencia cree que un grupo de mercenarios está intentando vender códigos de transpondedores rusos al mercado negro. Necesito a mis dos mejores pilotos, pero no irán en un caza.
Mikhail asintió, su mirada azul fija en un punto invisible en la pared.
—Infiltración por inserción a baja altura, señor —dijo Mikhail, con un tono tan profesional y gélido que Susana sintió un escalofrío. Era impresionante cómo podía compartimentar su mente. El hombre que la había poseído con ferocidad horas antes había sido reemplazado por una máquina de guerra perfecta.
—Exacto, Capitán Volkov. Irán como civiles. Una pareja de empresarios europeos en un jet privado "extraviado" por el mal tiempo. Reyes, usted será la cara visible; su acento y su carisma son su mejor arma. Volkov será su seguridad personal... y el músculo si las cosas se tuercen.
La Metamorfosis
Seis horas después, la Base Aérea Central quedaba atrás. En el hangar civil de una ciudad cercana, Susana se miraba en el espejo de la cabina de un elegante Gulfstream G650. Había cambiado su traje de vuelo por un vestido de seda negro, entallado y costoso, con un abrigo de piel sintética que gritaba opulencia. Mikhail, por su parte, lucía un traje a medida gris carbón que resaltaba su envergadura física de una manera casi amenazante.
—Recuerde el protocolo, Teniente —dijo Mikhail mientras revisaba su pistola Glock oculta bajo la chaqueta—. En esta isla, usted es la heredera de una firma de logística y yo soy su guardaespaldas. No hay "nosotros". Solo hay la misión.
Susana lo observó. Él ni siquiera la miraba a los ojos con la ternura de antes. Estaba en modo operativo completo. Su profesionalismo era una barrera infranqueable, una armadura que separaba su vida personal de su deber con una precisión quirúrgica.
—Lo sé, Capitán —respondió ella, ajustándose un pendiente de diamantes—. No es la primera vez que actúo. Pero admita que este traje le queda mucho mejor que el G-suit.
Mikhail no sonrió. Ni siquiera parpadeó.
—Mantenga el enfoque, Reyes. Si fallamos, no habrá rescate. El gobierno ruso negará cualquier conocimiento de nuestra existencia.
Inserción en el Nido del Lobo
El jet aterrizó en la pista privada de la isla bajo una lluvia torrencial. El lugar era una fortaleza de piedra rodeada de acantilados escarpados. Al bajar por la escalerilla, fueron recibidos por hombres armados con rifles de asalto automáticos.
Susana caminaba con una elegancia altiva, su barbilla en alto, mientras Mikhail caminaba medio paso detrás de ella, con las manos entrelazadas al frente, sus ojos escaneando constantemente el entorno, identificando salidas, cámaras y puntos ciegos. Era la sombra perfecta.
—Bienvenidos —dijo un hombre con cicatrices en el rostro que los esperaba en la entrada de la mansión—. El mal tiempo es una excusa conveniente para aterrizar en propiedad privada, ¿no creen?
—Mi tiempo es demasiado valioso para gastarlo en explicaciones climáticas —replicó Susana con un tono de arrogancia aristocrática, entregando su abrigo a un criado—. Mi piloto cometió un error. Arréglennos una habitación y preparen el combustible. Pagaremos el doble por la molestia.
Mikhail se mantuvo en silencio, su presencia emanando un peligro latente que hacía que los mercenarios mantuvieran la distancia. Durante la cena y las horas de "espera", Susana y Mikhail interpretaron sus papeles a la perfección. Ni una mirada cómplice, ni un roce accidental. Mikhail se mantenía de pie cerca de la puerta de la habitación que les asignaron, vigilando el pasillo mientras Susana fingía descansar.
—La señal del radar está en el sótano, tres niveles bajo nosotros —susurró Mikhail cuando estuvieron seguros de que no había micrófonos activos—. Saldremos a las 02:00.
Profesionalismo bajo Fuego
A la hora acordada, la pareja de "empresarios" desapareció. Se movieron por los conductos de ventilación y las sombras de los pasillos de servicio con una coordinación asombrosa. Susana hackeaba los paneles de seguridad con una tableta táctica mientras Mikhail la cubría, moviéndose como un fantasma de acero.
Cuando llegaron al núcleo del servidor, fueron emboscados. Tres guardias irrumpieron en la sala.
—¡A cubierto! —ordenó Mikhail.
Susana se lanzó tras una consola de metal mientras Mikhail eliminaba a dos de los hombres con disparos precisos y silenciosos. El tercero se abalanzó sobre él. Susana vio cómo Mikhail desarmaba al hombre con una llave de brazo brutal, rompiendo el hueso con un chasquido seco antes de noquearlo. No hubo duda, no hubo piedad. Era el "Alfa" en su estado más puro y letal.
—Descargando datos... 80%... 90%... ¡Listo! —gritó Susana, extrayendo la unidad de memoria—. ¡Vámonos, Mikhail!
La alarma empezó a aullar en toda la isla. Tuvieron que abrirse paso hacia la pista de aterrizaje luchando. En medio del caos, una bala rozó el brazo de Susana, rompiendo la seda de su vestido y dejando un rastro de sangre.
Mikhail la vio sangrar. Por un microsegundo, la máscara de profesionalismo flaqueó y sus ojos mostraron una furia volcánica, pero se contuvo. No corrió hacia ella para consolarla; en su lugar, intensificó su fuego de cobertura, permitiéndole a ella llegar al avión.
—¡Arranque los motores, Reyes! ¡Yo cubro la retaguardia! —gritó él.
Susana saltó a la cabina del Gulfstream, encendiendo las turbinas mientras las balas impactaban contra el fuselaje. Mikhail subió de un salto justo cuando el avión empezaba a rodar.
El Regreso al Silencio
Una vez que estuvieron a salvo en el espacio aéreo internacional, el silencio volvió a reinar en la cabina. Susana estaba sentada en el asiento del piloto, vendándose el brazo con un botiquín de primeros auxilios. Mikhail estaba sentado en la parte trasera, limpiando su arma con un paño, con la misma expresión imperturbable con la que había comenzado el día.
Susana lo miró por el espejo retrovisor. Quería decirle que había tenido miedo, quería que él se acercara y la abrazara, que dejara de ser el Capitán Volkov por un momento. Pero Mikhail siguió allí, con la espalda recta, revisando los datos de la misión.
—Misión cumplida, Teniente —dijo él sin levantar la vista—. Informe a la base que tenemos los códigos. Excelente trabajo de infiltración. Su manejo de la cobertura fue impecable.
—Gracias, señor —respondió ella, suspirando. Entendía el mensaje. En el trabajo, eran soldados. En el trabajo, no había sentimientos.
Solo cuando aterrizaron de nuevo en la base y el General les dio el visto bueno, Mikhail se permitió un pequeño gesto. Mientras caminaban hacia los barracones, bajo la luz de las farolas, él se detuvo un momento y, sin que nadie los viera, rozó con sus dedos el hombro sano de Susana.
—Vaya a la enfermería por ese brazo —susurró, y esta vez, solo por un segundo, su voz recuperó el tono profundo y cálido de la noche anterior—. No quiero que su cicatriz arruine mi vista favorita cuando estemos de nuevo en mi habitación.
Se alejó antes de que ella pudiera responder, recuperando su paso de marcha militar. Susana sonrió, sintiendo el ardor en su brazo y el fuego en su corazón. Habían sobrevivido a los mercenarios y al frío del Báltico, pero lo más importante es que habían aprendido a ser un equipo en todas las facetas posibles.