Pasado y Caos es una novela de terror psicológico y suspenso que se mueve entre el dolor humano y lo inexplicable. Sigue a Evan, un niño marcado por una pérdida temprana, mientras el mundo a su alrededor intenta dar explicaciones racionales a hechos que parecen negarse a ser entendidos del todo.
La historia avanza entre recuerdos rotos, silencios incómodos y una presencia que nunca se muestra del todo, pero que se siente en cada página. No se apoya en el terror fácil, sino en la incomodidad de lo que persiste: la culpa, la memoria y aquello que se hereda sin querer.
Es una novela oscura, íntima y emocional, donde el verdadero miedo no siempre viene de afuera, sino de lo que uno guarda cuando deja de hablar.
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Capítulo 16: El eco entre las paredes
11 de agosto de 1950 – 12:40 hs
Sala de estudio del orfanato
Elena estaba sentada frente a una mesa pequeña, iluminada apenas por una vela. Sus manos
temblaban alrededor del diario, que parecía más pesado que nunca. Las páginas latían, y cada tanto la
tinta se movía como si respirara.
La puerta se abrió despacio y apareció el Padre Mauricio, con el rostro cansado y la sotana húmeda
por la lluvia.
padre Mauricio —Elena… me mandaron decir que me buscabas.
Elena levantó la vista. Tenía ojeras, como si no hubiera dormido en días.
Elena —Padre… yo no puedo seguir con esto.
Empujó el diario hacia él, con un gesto nervioso. El libro se deslizó por la mesa, emitiendo un sonido
extraño, como si no fuera papel sino carne arrastrándose.
padre Mauricio —¿Qué es esto?
Elena —Es todo. Todo lo que él quiere que recordemos. Si lo sigo guardando, va a consumirnos.
El sacerdote lo tomó con ambas manos. Al hacerlo, sintió un pulso contra sus dedos, un latido
irregular. Lo retiró como si se hubiera quemado.
padre Mauricio —¿Tú lo escribiste?
Elena —No lo sé. Algunas páginas son mías, pero otras… se escriben solas.
Mauricio abrió el diario al azar. Las letras parecían moverse bajo la luz, formando frases que no
estaban allí un segundo antes:
"Él sabe que lo lees. Él escucha con tus ojos."
Mauricio cerró el diario de golpe.
El silencio de la sala era tan denso que parecía que alguien más respiraba con ellos.
padre Mauricio —Elena… Esto no es un simple cuaderno. Esto es un altar. Y lo que vive aquí… ya no
pertenece a este mundo.
Elena tragó saliva y se abrazó los brazos.
Elena —Entonces, quédese usted con él. Yo ya no puedo.
Mauricio la miró un instante, dudando.
Finalmente asintió.
padre Mauricio —Está bien. Yo cargaré con esto. Pero prométeme algo: no vuelvas a escribir aquí.
Nunca más.
Elena asintió con un nudo en la garganta.
El sacerdote guardó el diario bajo su sotana, contra el pecho, y salió de la sala.
La vela titiló con violencia, como si una corriente invisible hubiese pasado tras de él.
En el pasillo, camino a su oficina, Mauricio juró escuchar un murmullo detrás de las paredes.
Un murmullo que repetía:
"Ahora es tuyo.”
El aire se corta
11 de agosto de 1950 – 13:00 hs – Oficina del Padre Mauricio
La oficina del Padre Mauricio olía a papel viejo, cera derretida y humedad.
La lámpara colgante proyectaba una luz amarillenta, demasiado débil para contener las sombras que
se acumulaban en los rincones.
Jacinta estaba de pie frente al escritorio, con las manos apoyadas en el borde. Su postura era
tranquila, pero en sus ojos había un brillo inquietante.
Jacinta —Padre… tenemos que hablar de lo que hiciste.
Mauricio se mantuvo erguido, con los brazos cruzados sobre el pecho.
padre Mauricio —No hay nada que hablar.
La acusación
Jacinta ladeó la cabeza, y por un segundo, sus facciones se distorsionaron, como si fueran el reflejo en
agua agitada.
padre Mauricio —¡Quemaste su cuerpo. Lo redujiste a cenizas!
padre Mauricio —¡Era la única forma de detenerlo!
Jacinta sonrió con calma.
Jacinta —No lo detuviste. Solo lo liberaste.
El peso de las paredes
Las paredes comenzaron a crujir, como si algo invisible las empujara desde fuera.
El crucifijo colgado detrás del escritorio tembló y cayó al suelo con un golpe seco.
Mauricio sintió un sudor frío recorrerle la espalda, pero trató de sonar firme:
padre Mauricio —Esta es mi oficina. Aquí él no tiene poder.
Jacinta se inclinó hacia adelante.
Jacinta —Padre… Aquí es donde más lo tiene.
El recuerdo
Jacinta dio un paso más. Su voz bajó a un murmullo.
Jacinta —¿Recuerda la noche en que lo escuchó por primera vez? Esa voz que lo llamó mientras
usted dormía en esa misma silla…
Mauricio apretó los puños.
Su respiración se volvió irregular.
padre Mauricio —No pienso seguir ese juego.
Jacinta —No es un juego. Es un pacto. Y usted ya lo aceptó.
Mauricio miró de reojo el reloj de pared. Marcaba las 13:00. Habían pasado minutos, tal vez media
hora, y sin embargo… seguía marcando la misma hora.
El tiempo se había roto allí dentro.
El primer ataque
Jacinta golpeó el escritorio con la palma.
La lámpara osciló, proyectando sombras deformes que se arrastraban por las paredes.
De entre los cajones cerrados brotó un hilo de tinta negra, que se extendió por el suelo como un
riachuelo vivo.
Mauricio levantó su crucifijo, pero al tocarlo sintió la madera húmeda, pegajosa. Un líquido espeso le
quemó la piel.
La voz en la tinta
La tinta en el suelo comenzó a formar símbolos que se movían como gusanos retorciéndose.
Jacinta los observó con ternura.
Jacinta —Él está aquí, padre. Está escuchando cada palabra que decimos.
El hilo negro trepó por la pata de la silla hasta la pierna de Mauricio.
El contraataque
En un acto desesperado, Mauricio tomó un frasco de agua bendita y lo arrojó sobre Jacinta.
El líquido chisporrotea al contacto.
Un grito agudo llenó la oficina.
Pero Jacinta no cayó.
Sus ojos se volvieron completamente negros, y en ellos se reflejó un pasillo interminable lleno de
puertas cerradas.
La amenaza
Con una voz doble —la suya y la del monstruo— habló:
Jacinta y monstruo —Si vuelves a tocarlo, padre… yo abriré todas las puertas de ese pasillo. Y cada
niño que duerme en este orfanato caminará hacia él.
Mauricio tragó saliva. Sus manos temblaban.
Jacinta y monstruo —Él no necesita tu fe. Necesito tu recuerdo. Y tú ya lo recuerdas.
El golpe invisible
Una fuerza lo lanzó contra la estantería.
Libros y reliquias cayeron al suelo.
Uno de los tomos se abrió frente a él. Mostraba una ilustración que no recordaba haber visto: un
sacerdote de pie frente a una figura sin rostro, con las manos manchadas de tinta.
Jacinta lo miró desde el otro lado.
Jacinta —Ese hombre… ¿eres tú?
El intento de exorcismo
Mauricio, jadeando, comenzó a recitar el rito de exorcismo.
Pero la voz de Jacinta lo imitaba palabra por palabra, formándose en un eco burlesco.
Las velas del escritorio se apagan una a una, hasta dejar solo la lámpara temblorosa.
El intercambio
Jacinta se detuvo, como si hubiera tomado una decisión.
Jacinta —Te propongo algo, padre. Devuélveme lo que me quitaste… y yo me iré.
padre Mauricio —No tienes nada que reclamarme.
Jacinta y monstruo —Oh, sí lo tengo… y late dentro del diario que guarda Elena.
El retiro estratégico
Jacinta se giró hacia la puerta. La abrió lentamente y, antes de salir, dijo:
Jacinta —Si no me lo entregas… Él vendrá por ti esta noche. Y no vendrá solo.
La puerta se cerró de golpe.
El crucifijo seguía balanceándose en el suelo.
Susurros en la oscuridad
El aire pesaba, como si las paredes respiraran.
Mauricio se dejó caer en la silla, con la cabeza entre las manos.
El diario de Elena estaba abierto sobre el suelo, brillando débilmente. Sus páginas parecían palpitar,
como si hubieran registrado cada palabra del enfrentamiento.
Mauricio comprendió: no sólo contenía recuerdos. Contenía al monstruo mismo.
De pronto, un leve temblor recorrió la oficina. Los libros en el suelo se movieron, formando un círculo
alrededor del diario.
Y una voz, suave y venenosa, susurró en su mente:
monstruo —El fin no llegará con la destrucción… sino con la memoria. Mientras recuerdes, creceré.
Mientras escribas, viviré.
Mauricio apretó la pluma entre sus dedos temblorosos.
Sabía que cada palabra podía ser un arma… o un nuevo hilo en la tela del monstruo.