Rubí, princesa consorte de Evans. Muere por el desprecio de su esposo. Ella renace en el siglo XXI, sin embargo, muere tras una misión peligrosa. Vuelve a su primera vida. está vez, ella no morirá por la distancia de su marido, si es necesario lo obligará a mucha cosa por el bienestar suyo y el de reino.
En una noche, con un cuchillo en el cuello del principe, rubí lo amenaza.
—No te obligare a amarme. Pero si a estar juntos por la seguridad mía y del reino. De lo contrario, te haré sufrir.
Evans, extrañamente le empieza a gustar su lado peligroso.
—Con gusto me gustaría cumplir tus deseos
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Capítulo XXI
La mañana llegó al fin. No hubo pájaros que despertará, ni campanas, ni ese falso optimismo que suele traer el amanecer cuando el mundo decide fingir que nada ha ocurrido. El sol apenas se insinuó entre las torres del palacio, tiñendo de gris dorado los pasillos que seguían cargados de tensión. La noche se había ido, pero no había dejado descanso.
Rubí y Evans no durmieron. No porque no pudieran, sino porque no lo necesitaron. Sus dones mantenían sus cuerpos en un estado que desafiaba lo humano: alerta constante, mente clara, músculos firmes. No había ojeras, ni cansancio visible. Solo una quietud peligrosa, la de quienes han pasado horas pensando sin llegar a una respuesta.
El asesinato seguía siendo un vacío.
Ni rastro de pólvora fuera de lo evidente. Ningún movimiento sospechoso registrado por los guardias. Klaus no había vuelto. La sombra de Rubí no había respondido al llamado. Todo indicio llevaba a un punto muerto.
Evans estaba de pie frente a una mesa cubierta de documentos. No los leía realmente. Sus ojos pasaban por ellos sin detenerse. Rubí permanecía junto a la ventana, observando los jardines que despertaban ajenos a la tragedia. Su reflejo en el vidrio era incompleto. Algo faltaba.
El silencio fue interrumpido por pasos apresurados.
— Majestades.
El ministro cruzó el umbral con una reverencia rígida. Su rostro mostraba una mezcla incómoda de formalidad y urgencia.
— Habla —ordenó Rubí sin mirarlo.
El ministro de Sael tragó saliva.
— He cumplido con el protocolo. Hace una hora envié un ave mensajera a Blossom informando de la muerte del embajador Arnold.
El aire cambió bruscamente. Rubí se giró con rigidez. Su mirada no fue sorpresa. Fue peor. Algo que nadie se atrevería a verla por lo intimidante que es. El ministro sintió cómo se le tensaba la espalda.
Evans reaccionó de inmediato.
— ¿Qué hiciste? —exclamó, dando un paso al frente.
— Era necesario —respondió el ministro, intentando mantener la compostura—. Así lo dejó estipulado el antiguo emperador en caso de incidentes diplomáticos graves. Cuando me enteré del asesinato, recordé sus instrucciones. Puede consultarlo con él.
Rubí avanzó hasta quedar frente a él.
— No tenías autorización —dijo a casi de m golpearlo—. Ni mía ni del emperador actual.
— Lo sé, emperatriz —respondió—. Pero el padre de su majestad fue claro. La transparencia inmediata evita sospechas mayores.
Evans apretó los dientes.
— Esa decisión nos expone —dijo—. Antes de tener pruebas. Antes de entender qué ocurrió. ¡Van a querer guerra sin tregua!
— Su padre pensaba igual —insistió el ministro—. Creía que ocultar información era una debilidad política.
Evans cerró los ojos un segundo.
— Quiero verlo —dijo—. Ahora.
El ministro asintió con rapidez.
— Por supuesto. Aunque, el emperador retirado pidió que no se le moleste.
Evans se giró sin esperar más y caminó hacia los aposentos de su padre. Rubí no lo detuvo. Sabía que era inútil.
Las puertas estaban custodiadas. Antes de que Evans pudiera decir una palabra, la voz se escuchó desde el interior, firme, inquebrantable pese a los años.
— No entres.
Evans se quedó quieto.
— Padre.
— Necesito descansar —continuó la voz—. Este imperio sigue en pie. Tú sigues al mando. Aún así, después de mi retiro, ya has dejado en mal la imagen del Norum. Dejaste morir a un aliado. Me decepcionas.
Evans quedó perplejo ante aquello. Su padre jamás hablaría algo así hacia él. Ni mucho menos con ese tono.
— Blossom ya ha sido notificada. Según por tu ministro, que tomó esa decisión por tí.
— Lo esperaba —respondió el antiguo emperador—. Actuó como debía.
— No como yo ordené.
— Gobernar no siempre es hacer lo que quieres —dijo la voz—. Es cargar con las consecuencias de los hechos.
— Voy a entrar.— la puerta no cedió por más que quiso.
— Retírate, Evans. Por favor. Tan pronto caiga el día, iré con ustedes.
No hubo respuesta inmediata. Luego, Evans dio media vuelta y se marchó. El ministro lo alcanzó unos pasos más atrás.
— Lamento no haberle informado antes —dijo—. Actué con prisa.
Evans se detuvo y lo miró. Ya no con la familiaridad de siempre. Algo había cambiado. El ministro inclinó la cabeza, incómodo para darle paso.
Rubí no participó en ese intercambio. Se había alejado hacia el ala este del palacio, en el templo interno. Loid hablaba con ella.
— Klaus no ha vuelto —dijo ella sin rodeos—. Ya no tengo mi sombra natural.
Loid la observó con atención. Era cierto, cualquiera que viera ahora a la emperatriz se asustaría al ver que camina sin su sombra.
— No es normal —respondió él—. Tu vínculo no se debería romper con facilidad.
Rubí miró al suelo. Allí donde su sombra debía proyectarse, solo había luz.
— Ya no se refleja —dijo—. Es como si una parte de mí estuviera… ausente. No le he querido decir nada a Evans. Pero me he sentido rara. Estamos a punto de una guerra, lo menos que quiero es ser un estorbo.
Loid frunció el ceño.
— Eso explicaría la sensación extraña que dejé pasar esta madrugada.
Rubí levantó la mirada.
— Dímelo.
— Hay una interferencia —respondió—. Algo está bloqueando tu conexión.
Rubí sintió una presión en el pecho, más fuerte que la primera vez. No era dolor. Era debilidad. Cansancio y fatiga en su cuerpo. Al darse cuenta de la ausencia su sombra, su cuerpo comenzó a manifestarse.
Loid dio un paso hacia ella.
— Rubí, permanece cerca de Evans. Estás debilitándote más sin tu sombra.
— Llévame. Mis pies no me responden.
El mundo se inclinó.
Rubí dio un paso hacia delante. Luego otro. La visión se le nubló apenas un instante, suficiente para que Loid reaccionara. Ella intentó mantenerse firme. No era su estilo caer.
— No estoy bien.
No lo estaba. La falta de sombra, la tensión acumulada, la interferencia invisible. Todo se alineó en ese segundo. Sus rodillas cedieron sin aviso.
Loid la sostuvo antes de que tocara el suelo.
— Llama a Evans —ordenó—. Ahora.
El cuerpo de Rubí estaba frío. Su respiración, regular pero profunda. Hasta que perdió todo conocimiento en la brazos del sumo sacerdote.