Soy Seraphina El principe y yo Crecimos juntos y con nosotros la obsesión de el Era tanta Que me dijo que si no era suya no sería de nadie más y me lo demostró con hechos y clavando una espada en mi pecho
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Capitulo 5
Pasaron tres semanas.
Tres semanas desde que desperté en este mundo absurdo. Tres semanas desde que Cyran comenzó a esperarme cada mañana en la puerta de mi casa. Tres semanas desde que empecé a depender de él sin darme cuenta.
Y lo peor de todo: tres semanas desde que dejé de preguntarme si recordaba.
Porque Cyran era... perfecto.
Demasiado perfecto.
Cada mañana estaba ahí, puntual, con esa sonrisa que ya no me parecía peligrosa sino familiar. Me explicaba las cosas sin reírse (bueno, sin reírse demasiado). Me esperaba cuando me quedaba atrás, embobada mirando algún aparato extraño. Me sostenía la puerta, me cargaba la mochila cuando pesaba demasiado, me defendía de las miradas acusadoras de las otras chicas.
—¿Por qué eres tan amable conmigo? —le pregunté un día, mientras cruzábamos el parque.
Él me miró con esa expresión suya, la que no sabía descifrar.
—¿Por qué no iba a serlo?
—Porque no somos amigos. O no lo éramos. Tú tienes tu grupo, tus cosas, tu vida. Yo soy solo... una chica rara que no entiende nada.
Cyran se detuvo. Me miró fijamente.
—¿Sabes qué pienso yo?
—¿Qué?
—Que la gente interesante siempre es un poco rara. Los normales aburren.
Y siguió caminando como si nada.
Yo me quedé paralizada un segundo, con el corazón haciendo cosas raras.
No. No. Es mi asesino. No puedo sentir cosas.
Pero entonces él se giró y me tendió la mano.
—¿Vienes o te quedas ahí parada?
Y yo, idiota, sonreí.
El problema de que Cyran me prestara atención era que no era la única que lo notaba.
Ellas.
Las chicas del instituto.
Siempre había pensado que la envidia era cosa de cortesanas y damas de compañía. Pero en este mundo era peor. Mucho peor.
Empezó con miradas. Luego con susurros. Luego con "accidentes" en los pasillos.
—Perdona —dijo una rubia altísima después de chocarse conmigo y tirar mis apuntes al suelo.
No era perdón. Era amenaza.
—Ten cuidado, Seraphina —susurró otra, mientras recogía mis cosas con una sonrisa falsa—. Hay lugares que no son para cualquiera.
Yo no entendía. No entendía nada.
Hasta que un día, en el baño, me encontré con ellas.
Tres. Bloqueando la puerta.
—¿Sabes una cosa, rarita? —la rubia, la líder, se acercó demasiado—. Cyran es nuestro. Del grupo. De las chicas guapas. De la gente normal. No de bichos raros que no saben ni usar el móvil.
—Yo no... yo no quiero nada con Cyran —mentí.
—Mientes —dijo otra—. Siempre está contigo. Siempre te mira. ¿Qué le hiciste? ¿Brujería?
Casi me río. Brujería. Si supieran.
—No le hice nada. Él... él solo es amable.
—¿Amable? —la rubia soltó una risa fea—. Cyran no es amable con nadie. ¿Por qué iba a serlo contigo?
No supe responder.
Porque era verdad. ¿Por qué?
—Aléjate de él —ordenó—. O te arrepentirás.
Salieron del baño y me dejaron temblando.
Ese día no fui a clase.
Me quedé en el baño mucho rato, hasta que mis piernas dejaron de temblar. Luego salí y caminé sin rumbo, buscando un lugar donde nadie me encontrara.
Terminé en la biblioteca.
Un rincón apartado. Un libro que no entendía. Lágrimas que no podía controlar.
—Aquí estás.
Levanté la vista.
Cyran estaba en la puerta. Con el uniforme desordenado, el pelo revuelto, la respiración agitada. Como si hubiera estado buscándome.
—¿Cómo supiste que estaba aquí?
—Pregunté. Busqué. No apareciste en clase. Me preocupé.
—No debes preocuparte por mí.
—Demasiado tarde.
Se sentó a mi lado. No dijo nada. Solo se quedó ahí, en silencio, acompañándome.
Y yo, que había jurado odiarlo, que había jurado no confiar, que había jurado recordar siempre lo que me hizo... sentí que el miedo se disipaba.
Solo un poco.
Solo por hoy.
—Las chicas... —susurré.
—Ya lo sé.
—¿Lo sabes?
—Me enteré. No volverán a molestarte.
Lo miré. Sus ojos no eran tormenta ahora. Eran otra cosa. Algo más cálido. O más peligroso. No lo sabía.
—¿Qué les hiciste?
—Nada. Solo hablé con ellas.
—¿Y?
—Y entendieron.
No pregunté más. Porque en el fondo, no quería saber.
Esa tarde, camino a casa, no hablamos mucho.
Pero justo antes de llegar a mi puerta, él se detuvo.
—Seraphina.
—¿Mmm?
—Sé que no confías en mí. Sé que te parezco extraño. Y sé que hay cosas que no entiendes de este mundo. Pero quiero que sepas una cosa.
Aguardé.
—Puedes contar conmigo. Siempre. Pase lo que pase. Digas lo que digas. Hagas lo que hagas. Yo voy a estar aquí.
—¿Por qué? —pregunté, y mi voz sonó pequeña—. ¿Por qué haces esto?
Sonrió. Esa sonrisa suya. La que ya no me daba miedo.
—Porque alguien tiene que hacerlo.
Y se fue.
Yo me quedé en la puerta, viéndolo alejarse.
¿Por qué?, pensé. ¿Por qué me protege? ¿Por qué se preocupa? ¿Por qué me mira así?
Y entonces, un pensamiento terrible cruzó mi mente:
¿Y si... y si no me importa que me haya matado?
¿Y si... y si me gusta cómo es ahora?
¿Y si... y si estoy empezando a...?
No terminé la frase.
Pero mi corazón sí.
Mientras tanto, en la casa de Cyran
Cyran entró a su habitación, cerró la puerta, y se dejó caer en la cama.
Sonreía.
—Hoy la protegí —susurró al techo—. Hoy me buscó con la mirada. Hoy... hoy casi confía en mí.
Se llevó una mano al pecho, donde el corazón latía con fuerza.
—Voy a lograrlo —dijo—. Esta vez sí. Esta vez me va a elegir.
Cerró los ojos.
Y en la oscuridad, con una sonrisa que helaría la sangre de cualquiera, añadió:
—Y si no... siempre hay otro mundo.