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Crónicas De Los Cuatro Reinos: La Saga Arcana

Crónicas De Los Cuatro Reinos: La Saga Arcana

Status: En proceso
Genre:Venganza / Reencarnación / Mundo de fantasía
Popularitas:541
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis Ochoa

En un mundo dividido por magia y poder, seis protagonistas luchan por el destino de los Cuatro Reinos. Entre traiciones, alianzas y secretos ancestrales, cada uno debe enfrentar su propio pasado para conquistar un reino al borde del caos. Una saga épica de magia, intriga y supervivencia donde solo los más fuertes definirán el futuro.

Crónica de los Cuatro Reinos: La Saga Arcana.
Libro 1: El Legado de Drakthar.
Libro 2: Fuego y Hielo en Frostvale.
Libro 3: Los Secretos de Ironspire.
Libro 4: El Juramento de Embercliff.
Libro 5: La Corona Rota.
Libro 6: Las Sombras del Trono.

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Capítulo 12

El asedio de Drakthar continuaba con una furia implacable. Las Sombras Subyugadas, erráticas y destructivas, se multiplicaban con cada grito de terror, sus formas retorcidas desgarrando la ciudad. El aire estaba espeso con el hedor a humo, miedo y la extraña frialdad que irradiaban las criaturas. Elowen, agotada, había pasado horas moviéndose entre los escombros, usando su magia de sombras para crear pasajes seguros para los civiles, desviar ataques, o simplemente para ofrecer un velo momentáneo de esperanza en la oscuridad. Zylos y Zyla eran sus ojos y oídos, sus guías en el laberinto del caos, arriesgando sus vidas para proteger a los inocentes.

Pero la escala del desastre era abrumadora. Las defensas de la ciudad estaban rotas, los guardias diezmados, y Atheris, un faro de resistencia, parecía cada vez más desesperado. La noticia de que Valerius buscaba la Máscara de la Noche Eterna, en un intento de controlar el desastre que había desatado, resonaba en la mente de Elowen. No podía permitirlo. Si Valerius unía su locura a la Máscara, Drakthar no tendría salvación.

Mientras intentaba ayudar a una anciana herida a llegar a un refugio improvisado en una vieja taberna, una ola de Sombras Subyugadas, más grandes y feroces que las anteriores, se abalanzó sobre el grupo. Eran casi transparentes, sus garras fantasmales, pero su toque dejaba una sensación de congelación interna, de vida drenada. La magia de Elowen apenas las ralentizó. Una de las criaturas se lanzó directamente hacia Zyla, que estaba distrayendo a otra.

—¡Zyla! —gritó Elowen, el pánico atravesándola.

En un instante, la criatura se abalanzó sobre la joven ladrona, sus garras extendidas. Zyla se preparó para el impacto, pero el tiempo pareció detenerse.

En ese momento, algo dentro de Elowen se rompió. No fue el miedo, ni la ira, sino una desesperación profunda por la impotencia, por la inminente pérdida. La imagen de su padre, su reino, los rostros de los inocentes, la voz de Maeve, el juramento de venganza, todo se unió en un punto de presión insoportable en su pecho. El legado de Drakthar, de sus ancestros, que corría por sus venas, el poder de las sombras que era suyo por derecho, no una corrupción como la de Valerius, demandaba ser liberado.

Un calor abrasador estalló desde su núcleo, no como el fuego de un dragón, sino como el nacimiento de una estrella en las profundidades del Vacío. No era la fría oscuridad de Valerius, sino una sombra viva, pulsante, antigua, que latía con el ritmo de la propia tierra. Su visión se agudizó, cada hebra de sombra retorcida, cada criatura de Éter Oscuro, brillando con una energía que ahora podía no solo percibir, sino *comprender*.

Sus ojos, que siempre habían sido de un profundo azul medianoche, brillaron con un oro fundido, como si dos pequeños soles se hubieran encendido en su rostro. Su cabello azul oscuro pareció ondular con una energía invisible. Una fuerza primordial, latente durante siglos, se despertó.

Un rugido escapó de su garganta, no de su propia voz, sino una resonancia de algo mucho más viejo, un sonido que vibró a través de la piedra de Drakthar y a través de la esencia misma de las Sombras Subyugadas.

La criatura que atacaba a Zyla se detuvo, como si el sonido la hubiera congelado.

Elowen extendió sus manos, pero esta vez, la magia que emanaba de ella no era un velo protector. Era una marea imparable de sombras puras, no oscuras, sino *absolutas*. Estas sombras no solo repelían a las criaturas; las envolvían, las consumían, las desintegraban en una lluvia de ceniza y energía que desaparecía en el aire.

La criatura que amenazaba a Zyla se desvaneció en la nada con un lamento inaudible.

—¡Elowen! —gritó Zyla, sus ojos fijos en la princesa, el terror en su rostro transformándose en un asombro reverente.

La misma Elowen apenas podía comprender lo que estaba sucediendo. Era como si su cuerpo fuera un canal, y el poder del propio Drakthar, la esencia de su linaje dracónico, fluyera a través de ella. Sentía cada sombra retorcida en la ciudad, cada criatura de Valerius, como una mancha de discordia en un lienzo de noche.

Con este nuevo poder, no solo podía repelerlas; podía controlarlas, absorberlas, transformarlas. Cuando otra ola de Sombras Subyugadas se acercó, Elowen no las repelió. Abrió su ser a ellas, y las criaturas, en lugar de atacarla, se disolvieron en un torbellino de oscuridad que se fusionó con ella, fortaleciéndola, dándole una comprensión aún más profunda del Éter Oscuro. Eran como fragmentos de su propia esencia, retorcidos y corrompidos, pero aún conectados.

Los ojos dorados de Elowen se posaron en el palacio, donde la figura de Valerius, rodeada de sus Cultistas del Velo, se cernía sobre el caos. Un aura de sombra, teñida con el oro de su poder ancestral, la envolvió. Ya no era solo la princesa exiliada. Era el despertar del dragón de Drakthar, la encarnación de la protección y la venganza.

En las murallas de la ciudad, Atheris vio el resplandor dorado y la ola de sombras puras que emanaba de Elowen, barriendo a las criaturas de Valerius. Un grito ahogado escapó de su garganta.

—¡La princesa! —murmuró, sus ojos llenos de lágrimas y una esperanza renovada—. ¡El poder de la Casa de Drakthar! ¡El verdadero poder!

Los guardias que estaban a su lado, moribundos y desesperados, vieron el cambio en el campo de batalla, el nuevo faro de poder. Una chispa de coraje reavivó en sus corazones.

Dentro del palacio, Lysandra, observando desde una ventana oculta, vio el despertar de Elowen. Sus ojos, ya rojos por las lágrimas, se abrieron de par en par. La Máscara de la Noche Eterna estaba en las manos de Valerius, pero él aún no se la había puesto. Estaba demasiado absorto en su propia locura y en el fracaso de su "ejército". El rostro de Lysandra se transformó, el miedo aún presente, pero ahora entrelazado con una determinación helada. La promesa de Elowen sobre Elara resonaba en sus oídos.

—Él no ganará —susurró Lysandra, y una decisión inquebrantable se forjó en su corazón.

Valerius, desde lo alto de la torre más alta, sintió el cambio en la marea mágica. El éter oscuro que había estado forzando ahora se sentía... respondón, casi reacio. Sus ojos, inyectados en sangre, buscaron la fuente de la perturbación. Cuando vio a Elowen, envuelta en esa sombra dorada, una furia demencial se apoderó de él.

—¡Imposible! —gritó Valerius, apretando la Máscara de la Noche Eterna en sus manos, los dedos blancos por la presión—. ¡Esa abominación no puede tener ese poder! ¡Es mío! ¡Es mi derecho!

Los Cultistas del Velo, que lo rodeaban, intercambiaron miradas nerviosas. Habían sentido el poder antiguo, un poder que superaba con creces la "magia del Vacío" que prometían manipular. Algunos incluso retrocedieron.

Fuera de los muros, en el Bosque Prohibido, Lyra abrió los ojos, sus manos aún aferradas a las raíces. Una sonrisa débil se dibujó en sus labios.

—El dragón ha despertado —susurró—. El equilibrio será restaurado.

Maeve asintió, una chispa de orgullo en sus ojos ancestrales.

—La Sombra ha encontrado su luz. Kael, el tiempo de la espera ha terminado. La princesa necesita que ataquemos. ¡Ahora!

Kael, con una mirada feroz, desenvainó su espada. El asedio de Drakthar no había terminado, pero su naturaleza había cambiado irrevocablemente. Elowen, ahora la encarnación del poder de su linaje, se movió con un propósito renovado. Las Sombras Subyugadas retrocedían, desintegrándose ante su presencia, o siendo absorbidas por su aura, convirtiéndose en parte de su fuerza.

Con un paso decidido, Elowen se lanzó hacia el palacio. El dolor, el miedo, la desesperación, todo se había fusionado en una única y poderosa determinación. No solo reclamaría su trono y vengaría a su padre; salvaría a Drakthar de la oscuridad que Valerius había invocado. El poder del dragón había despertado, y el usurpador se enfrentaría ahora a la verdadera heredera del Legado de Drakthar, una fuerza que él nunca podría comprender, y mucho menos controlar. La confrontación final era inevitable.

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