Camila Luna tiene una vida soñada, un marido perfecto y una familia envidiable. Pero dentro de las cuatro paredes de su hogar nada es lo que parece. Ella deberá decidir si seguir sosteniendo ese matrimonio y aprender a amar a su esposo, o tomar una decisión que implique un escándalo ante su entorno.
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Capítulo | 17
Camila
Al llegar a casa, acostamos al niño y luego nos preparamos para dormir. Me puse la pijama, intentando dejar el día atrás.
Antes de meterse en la cama, Nicolás se acercó y me rodeó la cintura con un gesto espontáneo.
—Estoy muy feliz contigo —dijo, sin preámbulos.
Sus palabras me tomaron por sorpresa.
Sonreí y lo miré a los ojos unos segundos.
—Fue un día largo —respondí, apoyando una mano en su brazo—. Descansemos.
Asintió sin reproches.
Cuando nos acostamos, me buscó. No con urgencia, no con deseo explícito. Solo me rodeó con sus brazos, con una cercanía tranquila, segura.
Sentí la culpa. El recuerdo. El dolor aún tibio.
Pero también sentí calma.
Y así, entre emociones que no terminaban de ordenarse, me quedé dormida en sus brazos.
La mañana llegó sin sobresaltos aparentes.
El sol entraba suavemente por la ventana de la cocina mientras preparaba el desayuno. El ruido del café al servirse, el pan tostándose, los pequeños sonidos domésticos que solían darme una sensación de control. Sin embargo, mi mente no estaba allí.
El comentario de Arturo seguía rondándome desde la noche anterior.
Nicolás se sentó a la mesa frente a mí, revisando algo en su teléfono mientras bebía café. Parecía tranquilo. Demasiado.
—Nicolás —dije, finalmente—. Lo que dijo Arturo anoche…
Levantó la vista.
—¿Qué cosa?
—Lo de las amenazas —aclaré—. Dijo que alguien te había amenazado después del juicio.
Suspiró, apenas perceptible, y apoyó la taza sobre la mesa.
—Camila, no es nada —respondió con naturalidad—. Pasa siempre. Cuando un juicio termina mal para una de las partes, alguien se enoja. Son palabras, nada más.
Fruncí levemente el ceño.
—¿Siempre? —pregunté—. No parecía algo menor.
Sonrió, intentando restarle peso.
—De verdad. No fue serio. Nadie hizo nada, nadie volvió a aparecer. No tienes por qué preocuparte.
Lo observé con atención.
Había algo ensayado en su tono. No estaba mintiendo, pero tampoco estaba diciendo todo. Lo conocía lo suficiente para notar cuándo evitaba profundizar.
—Está bien —dije al cabo de unos segundos.
Acepté su respuesta, aunque no me convencía del todo.
Terminamos de desayunar en silencio. Nicolás se levantó, tomó su abrigo y revisó la hora.
—Hoy voy a llegar un poco más tarde a la empresa —comentó—. Voy a reunirme con un socio que va a presentarme a un posible inversor interesado en asociarse con la empresa. Don Ernesto quiere que yo esté en esa reunión y verifique si nos conviene o no.
Asentí.
—Entiendo —respondí—. Nos vemos luego.
Se acercó y dejó un beso breve sobre mi frente.
—Te escribo más tarde.
Lo vi salir y cerrar la puerta detrás de él.
Me quedé unos segundos inmóvil, con la sensación de que algo había quedado flotando en el aire. Algo que no se había dicho. Algo que, tarde o temprano, volvería a aparecer.
Respiré hondo y seguí con mi rutina.
Por ahora, eso tendría que ser suficiente.
Cuando llegué a la empresa, aproveché que Nicolás no estaba para hablar con Arturo y que me contara qué pasó exactamente el día del juicio.
Fui a buscarlo a su oficina con una excusa vaga. Cuando me vio entrar, levantó la vista de unos documentos.
—Camila ¿Todo bien? —preguntó. — Es raro verte por aquí.
—Buenos días, Arturo.
—Si buscas a Nicolás, él todavía no llega — dijo evitando mi mirada.
—No busco a Nicolas. Necesito hablar contigo, Arturo —dije—. Es algo muy privado.
Arturo dudó un instante, pero se levantó y cerró la puerta.
—Dime de qué se trata — dijo, algo nervioso.
—¿De verdad no te imaginas?
Tragó saliva.
—Si es por lo de anoche… —comenzó—. Camila, si Nicolás decidió no contarte, es porque no quiso preocuparte.
—Arturo —lo interrumpí—. Es mi esposo. Tengo derecho a saber qué pasó. Y si es algo serio, necesito estar al tanto.
Me sostuvo la mirada en silencio durante unos segundos. Pude ver el conflicto interno, la lealtad dividida.
—Nicolás va a matarme —murmuró al fin—. Pero está bien. Te lo diré.
Suspiró.
—Después del juicio, cuando salió del edificio, lo estaba esperando el hermano del imputado. Primero lo insultó. Después lo amenazó. Intentó provocarlo para que reaccionara.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Y Nicolás?
—Se defendió sin llegar a los golpes. Le dio un discurso profesional y se fue. Pero antes de irse, el tipo le dijo que se iba a arrepentir… y le mostró un arma que llevaba en la cintura.
La sangre se me heló.
—¿Un arma? —repetí—. ¿Y él no me dijo nada?
—Porque no quiso alarmarte —respondió Arturo—. Y porque, si Nicolás dice que no es grave, suele ser porque sabe manejar la situación.
Negué con la cabeza, alterada.
—¿Cómo no va a ser grave que alguien lo amenace con un arma?
Arturo me observó con una mezcla de paciencia y algo más profundo.
—Al parecer, no conoces a Nicolás —dijo—. Él sabe defenderse. Creció en un barrio donde aprendió a lidiar con este tipo de gente. No es la primera vez que enfrenta algo así.
Sus palabras me dejaron en silencio.
Tenía razón. Yo conocía al Nicolás empresario, al esposo atento, al hombre correcto y medido. Pero no conocía ese otro lado. El que había aprendido a sobrevivir. A protegerse.
Y, de pronto, quise conocerlo.
El resto del día transcurrió entre reuniones interminables. Casi todas por videollamada, con empresas del exterior. Pasé horas encerrada en mi oficina, concentrada, intentando no pensar.
Al caer la tarde, regresé a casa.
Revisé mi teléfono. Solo tenía un mensaje de Nicolás que me envió antes del mediodía avisando que ya había vuelto a la empresa, pero no tuve tiempo de revisarlo.
Mientras esperaba en casa supuse que estaría retrasado por alguna reunión más. Tamara me comentó lo mismo.
—Es extraño que el señor Nicolás no haya llegado todavía —dijo—. Suele llegar antes que usted.
Intenté no preocuparme.
Pero el tiempo pasó.
Lo llamé. No respondió.
Cuando la inquietud ya se me hacía insoportable, escuché el ruido del auto entrando al garaje.
Me levanté de inmediato y me quedé observándolo a través del ventanal.
Lo vi bajar y algo en su forma de caminar me heló la sangre. Avanzaba despacio, como si cada paso le doliera.
Cuando entró a la casa, lo vi con claridad.
Tenía el rostro golpeado. Moretones visibles. El labio partido. Una ceja abierta de la que aún corría un hilo de sangre. La camisa manchada, desarreglada.
Corrí hacia él.
—¡Nicolás! ¿Qué te pasó? —pregunté, aterrada.
—Estoy bien —dijo—. No te preocupes.
Pero su cuerpo decía otra cosa.
Lo ayudé a sentarse en el sillón.
—Tamara, por favor, trae algo para limpiar sus heridas —pedí, sin apartar la vista de él.
Cuando comencé a limpiar sus heridas, las lágrimas me nublaron la vista.
— Fue ese tipo ¿Verdad? ¿Por qué no me dijiste nada? —le reclamé, con la voz quebrada—. ¿Qué te hicieron?
—Camila… —murmuró.
Me tomó las manos y me detuvo.
—Tranquila. Ya está resuelto.
Respiré hondo, intentando calmarme.
—Ese tipo… y otros dos más —continuó—. Me esperaron afuera de un restaurante después de la reunión. Me llevaron a un callejón. Hubo golpes, sí. Pero nada más.
—¿Nada más? —susurré.
—Ellos también se llevaron lo suyo —añadió—. Alguien pasó y nos vio, vino en mi ayuda y dijo que llamaría a la policía, pero los tipos salieron corriendo.
Lo miré, todavía temblando.
—Esto no es algo que puedas ocultarme —dije—. Somos una familia. Somos un equipo. No estás solo.
Se quedó en silencio.
Y entonces sonrió.
A pesar de los golpes, de la sangre, de todo.
Había un brillo distinto en sus ojos. Algo que no había visto antes.
Me abrazó.
Y yo me dejé abrazar.
Sentí esa cercanía real. Ese refugio silencioso. Y entendí, con una claridad que me estremeció, que Nicolás me importaba mucho más de lo que había querido admitir. Mucho más.