Criada por un temido jefe mafioso, Isabella siempre creyó que sus padres murieron cuando era niña. Hasta que una verdad enterrada sale a la luz: su verdadero padre está vivo… y lidera la mafia enemiga.
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cap n°17
Pasaron algunos minutos y el silencio comenzó a hacerse pesado en la habitación. Isabella, sentada en el piso con las piernas cruzadas, jugaba con la costura de la alfombra, deshaciendo hilos invisibles con la punta de los dedos. Ya había contado los cuadros de la pared y observado por décima vez el reloj antiguo. Pero nada lograba distraerla por mucho tiempo.
Aunque estaba aburrida, seguía obedeciendo lo que el señor León le había dicho: "Quédate aquí y no te muevas." Y ella lo cumplía. Solo que... no le gustaba no saber qué pasaba.
De pronto, escuchó el sonido firme de unos pasos. Era León regresando.
—Isa... —dijo su voz grave, apenas suave, mientras le tocaba suavemente la espalda.
Ella se dio la vuelta de inmediato, con sus grandes ojos curiosos.
—¿En qué estaba, señor León? —preguntó, con tono inocente, aunque sus ojos se posaron al instante en la camisa del hombre.
Había salpicaduras de sangre. No era mucha, pero lo suficiente para hacerle tragar saliva. No preguntó de inmediato. No quería parecer entrometida… pero la curiosidad era un fuego difícil de apagar.
León se percató de la mirada de Isabella. Bajó la vista hacia su propia ropa, luego volvió a mirarla.
—No fue nada, no te preocupes —dijo con calma—. Cosas del trabajo.
—¿Y... dolió? —preguntó Isa de repente, refiriéndose a él, no a la víctima.
León esbozó una leve sonrisa, con esa mezcla de ternura y dureza que lo caracterizaba.
—No. Estoy bien. Solo fue una charla… intensa —respondió sin más detalle.
Isabella dudó por un segundo, bajó la mirada y luego, con la voz más baja pero decidida, preguntó:
—¿Me enseña a usar un arma?
León frunció el ceño. No por enojo, sino por sorpresa. Se cruzó de brazos, observándola con detenimiento.
—¿Por qué quieres aprender eso?
—Porque... si algún día pasa algo... no quiero solo mirar. Quiero saber defenderme. Quiero ayudarte —dijo ella, seria.
Hubo un silencio entre los dos. León no respondió de inmediato. Su instinto gritaba que era muy pequeña, que no debía cargar con eso. Pero la realidad del mundo en que vivían le decía otra cosa: Isabella algún día tendría que enfrentarse a esa vida… y él lo sabía.
—No es un juego, Isa —dijo al fin—. No es como en las películas. Es peligroso. Y una vez aprendes... no hay vuelta atrás.
Ella asintió lentamente.
—Lo sé.
León suspiró y caminó hacia ella. Se agachó un poco y le revolvió el cabello con una mezcla de afecto y resignación.
—Mañana, temprano. Te mostraré lo básico. Pero solo si me prometes algo.
—¿Qué?
—Que lo aprenderás para protegerte… no para atacar. No somos salvajes.
Isabella sonrió, aliviada por la respuesta.
—Lo prometo.
Y aunque no lo dijo en voz alta, León sabía que ese momento marcaría el inicio de algo más grande. Isabella ya no era solo una niña en su cuidado… estaba comenzando a ser parte de su mundo. De su verdadera familia.
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La tarde ya comenzaba a caer cuando finalmente llegaron a la mansión. El auto se detuvo frente a la gran entrada, y apenas se abrieron las puertas, las sirvientas salieron a recibirlos. Llevaban delantales blancos impecables y sonrisas cálidas.
—Buenas tardes, señor León —dijo una de ellas con una leve reverencia.
—Buenas tardes —respondió él, mientras salía del auto y le abría la puerta a Isabella.
—¡Hola, señorita Isabella! —saludó otra, agachándose un poco para quedar a su altura—. ¿Cómo estuvo el paseo?
Isabella asintió con una tímida sonrisa. Su mente aún revoloteaba entre la sangre que vio, la conversación con León y lo que vendría mañana.
—Bien… un poco raro, pero bien —murmuró, mientras bajaba del auto y caminaba junto a León hacia el interior de la casa.
El ambiente en la mansión era cálido, perfumado con el suave aroma de vainilla y lavanda. Las luces estaban encendidas y el sonido de una música clásica suave llegaba desde el salón principal. Todo parecía tranquilo, como si el mundo allá afuera no existiera.
León puso una mano en la espalda de Isabella y la guió por el pasillo.
—Vamos, es tarde. Te llevaré a tu habitación —dijo con voz serena.
—¿Y mañana... vamos a entrenar? —preguntó Isabella mientras subían las escaleras.
—Sí, mañana. Pero antes… descansarás bien. Porque si no duermes, no tendrás buena puntería —respondió él, medio en broma.
Isabella soltó una pequeña risa.
—¿Y qué haremos exactamente?
—Eso lo sabrás mañana —le guiñó un ojo—. Pero te prometo que lo pasarás muy bien.
—¿Aunque sea con armas?
—Incluso con armas. Pero antes de eso, pensaba darte un desayuno gigante. ¿Qué te parece?
—¡Me encanta! Pero solo si hay panqueques.
—Hecho. Panqueques, fruta y jugo. O tal vez chocolate caliente… depende de si duermes temprano o no.
—Entonces correré a dormir —dijo ella, apurando el paso hacia su cuarto.
León sonrió, siguiéndola con tranquilidad. Cuando llegaron, él abrió la puerta con cuidado y esperó a que ella entrara. La habitación estaba tibia, las sábanas ya tendidas y una lámpara de luz tenue encendida sobre la mesita.
—Vamos, ponte cómoda. Yo te espero aquí.
Isabella se quitó los zapatos y se subió a la cama. León se acercó, acomodó las mantas sobre su cuerpo y la miró con ternura. A pesar de todo lo que había vivido y lo que estaba por venir, en ese momento Isabella no parecía una niña rota, sino una niña fuerte… lista para aprender, lista para crecer.
—Buenas noches, Isa —le dijo, agachándose para besarle la frente.
—Buenas noches, señor León —respondió ella, con los ojos ya medio cerrados.
—Mañana será un gran día —añadió él, apagando la luz—. Te lo prometo.
Cerró la puerta con suavidad. Y mientras bajaba por las escaleras, en silencio, pensó en lo rápido que crecía aquella pequeña. Y en cómo, sin darse cuenta, ya era parte de su mundo... y de su corazón.
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