Takumi, un joven de 16 años alegre, honesto y fanático de la justicia, muere en un accidente menor, pero cuando abre los ojos… se encuentra dentro de su videojuego otome favorito. Para su sorpresa, no es la heroína, sino el omega villano, condenado a un final trágico y odiado por todos los personajes. Pero lo que Takumi no esperaba era que su destino en el juego empezara a desviarse… gracias al protagonista secundario, un alfa amable y torpe que parece destinado a sufrir, pero que termina atrayéndolo de formas inesperadas y muy cómicas.
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Capítulo 7: Lo que quedó después de la canción
El reino no volvió a la normalidad al día siguiente del festival.
No hubo proclamaciones ni decretos extraordinarios, pero algo había cambiado de forma silenciosa y persistente. En los mercados, la gente tarareaba una melodía nueva mientras acomodaba sus puestos. En las calles, los niños cantaban versos incompletos, inventando palabras donde la memoria no alcanzaba. Incluso dentro del palacio, el ambiente parecía menos rígido, como si el aire se hubiera vuelto más liviano.
Takumi lo notó desde temprano.
Mientras cruzaba uno de los pasillos principales, escuchó a dos sirvientas hablando en voz baja:
—Dicen que el príncipe escribió esa canción él mismo.
—Mi sobrino no deja de cantarla desde ayer.
Takumi se detuvo un instante, oculto tras una columna.
No… esto se está saliendo de control, pensó, con las mejillas calentándose.
Continuó caminando como si nada, pero el murmullo lo siguió durante todo el día. Donde antes encontraba miradas evasivas, ahora había curiosidad. Donde antes reinaba el silencio tenso, ahora había sonrisas tímidas.
En la sala del consejo menor, el ambiente era distinto al habitual.
Algunos nobles mantenían el ceño fruncido, claramente incómodos. Otros mostraban una amabilidad exagerada, como si aún no supieran qué postura adoptar. Los más experimentados observaban en silencio, midiendo cada palabra.
—El festival fue… inusual —comentó uno de ellos—. Pero no podemos negar que tuvo un impacto positivo.
—El pueblo respondió bien —añadió otro—. Demasiado bien, diría yo.
Takumi mantuvo la espalda recta, las manos apoyadas con calma sobre la mesa. Escuchó sin interrumpir, sin apresurarse a justificar nada.
—La música no cambia las leyes —dijo finalmente—. Pero puede abrir oídos. Ahora es nuestra responsabilidad demostrar que no fue solo una canción.
Hubo un breve silencio.
El rey Leonard Darlight lo observó con atención antes de hablar.
—Entonces… ¿qué propones?
Takumi respiró hondo.
—Destinar parte del presupuesto del festival a reparaciones urgentes en el distrito sur. Y establecer visitas regulares del consejo a zonas que antes no eran prioridad.
Las miradas se cruzaron.
—Eso no se ha hecho antes —murmuró un noble.
—Precisamente —respondió Takumi con calma—. Por eso ahora es necesario.
No hubo aplausos ni aprobación inmediata, pero tampoco rechazo. Uno a uno, los consejeros asintieron.
Mientras tanto, en las calles, los rumores crecían… y se deformaban.
—Dicen que el príncipe canta por amor.
—¿Por amor a quién?
—Escuché que a un capitán de la guardia…
Ese último rumor llegó inevitablemente a oídos de Hikaru Valen.
—¿Perdón? —preguntó, incrédulo, cuando uno de sus compañeros lo mencionó entre risas.
—Vamos, capitán, no se ofenda. El pueblo siempre exagera.
Hikaru frunció el ceño.
—Difundir chismes sobre la familia real no es apropiado.
Pero esa noche, mientras patrullaba el patio interior del palacio, una melodía volvió a su mente sin permiso. La misma del festival. No recordaba la letra completa, solo la sensación.
“No caminarán solos…”
Se detuvo bajo una de las lámparas, mirando al suelo.
—Qué absurdo… —murmuró.
No era su función pensar en el príncipe. No era su lugar. Y, sin embargo, desde el festival, su mente regresaba a esa escena una y otra vez: la voz firme pero temblorosa, la sinceridad sin arrogancia, la reacción del pueblo.
No coincidía con la imagen que le habían enseñado.
Días después, Hikaru fue asignado a una escolta temporal dentro del palacio. Nada especial. Nada personal.
Hasta que lo vio.
Takumi estaba en la biblioteca, rodeado de libros abiertos, con el ceño fruncido y una pluma entre los dedos. Murmuraba para sí mismo, completamente concentrado, sin notar la presencia ajena.
—Su Alteza —saludó Hikaru.
Takumi alzó la vista, sorprendido.
—Ah… capitán Hikaru. Gracias por el trabajo durante el festival. Todo salió mejor de lo esperado.
—Fue un evento tranquilo —respondió Hikaru—. Inesperadamente.
Takumi sonrió de lado.
—Eso dicen.
Hubo un breve silencio.
—¿Sigue… cantando? —preguntó Hikaru antes de pensarlo demasiado.
Takumi parpadeó.
—A veces —admitió—. Me ayuda a ordenar ideas.
Hikaru asintió, sin saber qué decir.
—Es… inusual.
—Lo sé —respondió Takumi con naturalidad—. Yo también me estoy acostumbrando.
Sus miradas se cruzaron un segundo más de lo necesario.
No hubo chispa.
No hubo promesa.
Solo una sensación incómoda y nueva, difícil de clasificar.
Cuando Hikaru se retiró, Takumi lo observó alejarse con curiosidad.
—Es serio… —pensó—. Pero no frío.
Hikaru, por su parte, caminó más rápido de lo habitual.
—No pienses tonterías —se dijo—. Es solo un príncipe extraño.
Pero esa noche, sin darse cuenta, volvió a tararear la canción.
Y esta vez… recordó un verso más.
Sigue así 🥰🥰🥰🥰