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CREI AMAR A MI ESPOSA

CREI AMAR A MI ESPOSA

Status: En proceso
Genre:Sustituto/a / Novia sustituta / Traiciones y engaños
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Mel G.

Gabriela y Gonzalo apenas llevan poco de casados, pero su matrimonio se verá amenizado cuando Gabriela decide la tontería de intercambiarse con su hermana gemela, quien no es precisamente buena y que, además, está en prisión. ¿Podrá su matrimonio sobrevivir? ¿Podrá Gonzalo darse cuenta de quién está frente a él?

NovelToon tiene autorización de Mel G. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

MUNDOS.

...GABRIELA:...

No quería presionarlo; se haría presente cuando tuviera en orden cualquier cosa que lo hubiera sacado de mi casa.

Estaba molesta…

Y no sabía si era porque se fue, porque no me había llamado o porque una mujer fue la que lo llamó cuando estaba conmigo.

Pero bueno, no había nada serio, ni tampoco se platicó o se puso algo sobre la mesa.

Suspiré.

Necesitaba un momento.

Me dirigía del observatorio a la oficina cuando me encontré con Daniel en el pasillo; él era asistente administrativo.

—Doctora Valencia, buenas tardes. Le llegó un paquete; lo dejé sobre su escritorio. Parece ser un regalo.

—¿Un regalo?

Me sorprendí.

Era un proceso un poco tedioso introducir cualquier paquete al observatorio.

—Gracias, lo revisaré.

Entré a mi oficina y, efectivamente, había una caja de regalo sobre el escritorio.

Me extrañé.

Me acerqué a mi lugar, dejando el portapapeles a un lado.

Era una caja no muy grande, color blanco, con diseño marmoleado rosa pastel con dorado y un moño de tela rosa del mismo tono. Era muy linda.

Delineé el contorno de la tapadera con los dedos. El material de la caja era duro.

Un nombre pasó por mi mente:

Gonzalo.

Desaté el nudo fácilmente.

Puse la tapadera a un lado y encontré una nota dentro:

“Este es un símbolo de lo que significó estar contigo anoche.

Sé que disfrutarás este obsequio, pues mencionaste que lo estabas buscando.

Si me permites, me gustaría explicarte por qué tuve que irme tan apresuradamente.

No estás obligada a escucharme si no quieres, pero el regalo es tuyo.

Si crees que aún vale la pena, estaré esperando tu llamada.

Gonzalo.”

La caja traía una especie de protección, y el paquete venía envuelto en un papel también muy bonito.

Era el libro The End of Everything (Astrophysically Speaking), de Katie Mack.

Sonreí.

El detalle estaba en perfectas condiciones.

Fui a la página legal y me quedé sin aliento.

Era una primera edición.

Me senté en mi silla, con el libro en las manos, acariciando suavemente la portada.

Cerré los ojos un instante y respiré profundo, dejando que el momento me inundara.

Lo abracé ligeramente.

Yo iba a darle la oportunidad de explicarse de todos modos.

Aun así, eso no evitó que el detalle me emocionara.

Quería llamarlo, pero sabía que en ese momento no podría dedicarle el tiempo que su llamada merecía; necesitaba concentrarme en los datos.

Entonces envíe un mensaje.

“Ya recibí tu obsequio. Quiero que sepas que me gustó mucho y que estoy dispuesta a escucharte. Ahora no puedo llamarte, pero si estás libre, podemos vernos más tarde.”

Recibí la respuesta casi de inmediato.

“Pasaré por ti más tarde.”

Suspiré y abracé el libro; una sonrisa se me escapó.

...****************...

l auto estaba en silencio. Gonzalo me sonreía de vez en cuando mientras avanzaba.

Dijo que quería llevarme a un lugar, pero cuando entramos a un fraccionamiento supe que, evidentemente, no íbamos a un restaurante para hablar.

Por fin nos detuvimos frente a una residencia. La casa era enorme.

Yo crecí en casas igual de espectaculares, por lo que no me impresionó. Eso no quitaba lo linda que era.

Nos detuvimos frente a la entrada.

Él bajó primero, pero esta vez alguien más abrió mi puerta.

—Señor, bienvenidos —dijo un hombre cuando Gonzalo se colocó a mi lado—. Buenas tardes, señorita.

—Buenas tardes.

Gonzalo solo asintió y le entregó las llaves del auto.

—¿Gonzalo… esta es tu casa?

Si bien sabía que era un hombre independiente, no imaginé que poseyera una propiedad así.

—Así es —se acercó y tomó mi mano—. Aquí está la razón por la que tuve que irme.

Me impresionaba más el hecho de que me hubiera traído a su espacio que la casa en sí.

—Bien… vamos entonces.

Me guio hacia la entrada.

Al entrar, nos encontramos con una empleada.

—Señor, buenas noches.

—Buenas noches, Elia. ¿Mi madre está despierta?

¿Su madre? Me tensé.

—Sí, señor. Su cena está casi lista, por lo que se encuentra en su habitación.

—¿Puedo ofrecerle algo a la señorita? Disculpe que no tengamos nada preparado, nadie me informó que habría una visita.

—No se preocupe por eso, Elia.

—Yo estoy bien, gracias.

La mujer se retiró.

—Conocerás a mi madre.

¿Qué? ¿Pero…?

—No puedo creerlo.

Gonzalo cerró los ojos, como si algo que había querido evitar hubiera sucedido.

Mi vista se desvió hacia las escaleras. Dos chicas bajaban y se detuvieron frente a nosotros.

—Hermano, no dijiste que tendríamos visita hoy —dijo una de ellas.

Así que ellas eran sus hermanas.

—Solo viene un momento, por eso no mencioné nada.

Me miraban asombradas. ¿Y felices?

—Gaby, ellas son mis hermanas. La mayor es Natalia y la menor Melani —dijo, señalándolas.

—Mucho gusto. Gabriela —dije.

—Un gusto —respondió la mayor.

La menor, en cambio, me abrazó con emoción. Le correspondí por inercia.

Miré a Gonzalo; se llevó los dedos al tabique.

—Mel, contrólate —le pidió.

¿Mel? Así que era ella.

—Lo siento —se disculpó—. Es un gusto conocerte.

—Igualmente.

—¿La vas a llevar arriba? —preguntó Natalia.

—Sí. Y después de eso nos iremos —les lanzó una mirada—. Más vale que se controlen.

Luego se giró hacia mí, posó una mano en mi espalda e hizo un gesto con la cabeza.

—Es por aquí.

Me llevo escaleras arriba, por uno de los pasillos hasta llegar a un puerta.

Me detuve un segundo antes abrir.

No sabía en qué momento me había puesto nerviosa, pero lo estaba.

—Espera —murmuré, jalándolo suavemente de la mano.

Se giró hacia mí.

—¿Qué pasa?

Me acomodé el cabello sin darme cuenta.

—¿Estoy… bien? —pregunté en voz baja—. O sea, ¿me veo presentable? No esperaba conocer a tu mamá hoy.

Él me observó unos segundos, como si la pregunta le hubiera tomado por sorpresa. Luego sonrió, apenas, con algo de diversión cansada.

—Te ves linda —dijo.

—¿Lind…? Gonzalo, no es una cita —repliqué—. No quiero parecer fuera de lugar.

Se acercó un poco más, lo suficiente para que solo yo lo escuchara.

—Te ves bien. —respondió—. Créeme.

Fruncí el ceño.

—Eso no ayuda mucho.

Soltó una breve risa por la nariz y negó con la cabeza.

—Estás bien —repitió, esta vez más firme—. Y no tienes que hacer nada. Solo… acompáñame.

Asentí despacio, respirando hondo.

—De acuerdo.

Él colocó su mano en mi espalda, un gesto simple, protector.

—Vamos.

La habitación estaba con una luz cálida, Olía a algo limpio, a lavanda quizá, pero también a encierro.

Una mujer mayor estaba sentada cerca de la ventana. Miraba hacia afuera, aunque no parecía ver nada en específico.

Una enfermera acomodaba una manta en sus piernas.

—Gracias, puedes dejarnos solos un momento —dijo Gonzalo con voz firme, pero suave.

La mujer asintió.

—Si necesita algo, estaré afuera.

Cuando cerró la puerta, el silencio se volvió más denso.

Gonzalo dio un paso al frente.

—Mamá —dijo.

Ella giró la cabeza despacio. Sus ojos se posaron en él, pero no se iluminaron de inmediato. Lo observó como si tratara de ubicarlo en algún recuerdo.

—¿Ya anocheció? —preguntó, confundida—. Dijeron que no debía oscurecer todavía.

—Sí, ya es tarde —respondió él con paciencia—. Estoy aquí.

Se acercó un poco más y se agachó frente a ella, quedando a su altura.

—Quería presentarte a alguien.

La mujer frunció el ceño, inquieta. Sus dedos se aferraron a la manta.

—¿Es seguro? —susurró—. Dijeron que vendrían… que no debía confiar.

Sentí un nudo en el estómago.

—Está bien, mamá —la tranquilizó Gonzalo—. Nadie viene por nada. Ella está conmigo.

Entonces me miró.

—Ella es Gaby.

La madre alzó la vista hacia mí. Sus ojos me recorrieron con curiosidad… y algo más. Algo que no terminaba de anclar en este lugar.

—Llegaste tarde —murmuró de pronto—. Te he estado esperando.

Me quedé inmóvil.

—Mamá… —intentó Gonzalo con suavidad.

Ella negó con la cabeza y lo miró con una seriedad que no le había visto antes.

—Tenías que encontrarla —continuó—. La princesa. Te lo dije.

Si no están juntos, el mal gana.

Mis dedos se tensaron sin darme cuenta.

—Por eso te escondiste tanto tiempo —añadió, más bajo—. Para protegerla… y protegerte.

Gonzalo tomó su mano con cuidado.

—Ya está bien —le dijo—. Estoy aquí.

La mujer parpadeó varias veces, como si algo se reacomodara dentro de ella. Sus facciones se suavizaron.

—No la pierdas —susurró—. Esta vez no.

Yo entendí algo entonces.

No todo… pero lo suficiente.

Su mirada se desvió de él.

—Mamá —volvió a decir Gonzalo—. ¿Me escuchas?

Ella no respondió.

Su mirada se había perdida en un punto fijo, en un mundo que no comprendíamos.

—Mamá… —insistió, un poco más bajo.

Nada.

La mano de Gonzalo seguía sosteniendo la suya, pero era como si ella ya no estuviera ahí del todo. Sentí la tensión recorrerle el cuerpo, esa frustración contenida de quien ya conoce ese silencio.

Sin pensarlo demasiado, di un paso al frente.

Me incliné apenas, con cuidado, como si temiera romper algo frágil.

—Majestad —dije en voz suave—, es un placer conocerla.

Los ojos de la mujer se movieron lentamente hacia mí.

Algo se encendió.

—Sabía que vendrías —susurró—. Siempre llegan cuando la noche cae.

Asentí, siguiendo su lógica.

—Tenía que hacerlo —respondí—. No podía dejar que el mal avanzara sin avisarle.

Sus labios temblaron, casi sonrientes.

—¿Lo encontraste? —preguntó, mirando a Gonzalo—. ¿Lo ayudaste a recordar?

—Sí —contesté por él—. Está a salvo. Por ahora.

Ella cerró los ojos un instante, como si esa respuesta le diera descanso.

—Entonces aún hay tiempo —murmuró—. Mientras estén juntos… hay esperanza.

Gonzalo me miró, sorprendido.

No dijo nada.

La mujer suspiró, cansada, y su cuerpo pareció aflojarse poco a poco.

—Pueden irse —dijo de pronto—. Las paredes escuchan cuando uno se queda demasiado.

Me enderecé despacio.

—Descansé, majestad —añadí—. Nosotros vigilaremos.

Ella no respondió.

Esta vez, el silencio fue distinto. Más definitivo.

Gonzalo apretó un poco su mano antes de soltarla.

—Gracias —murmuró, sin saber si lo decía para ella… o para mí.

Cuando salimos de la habitación, cerró la puerta con cuidado.

Se quedó un segundo apoyado en ella, los ojos cerrados.

—No tenías que hacer eso —dijo al fin.

—Lo sé —respondí—. Pero funcionó.

Abrió los ojos y me miró.

Había algo nuevo en su expresión. Algo más profundo.

—Gracias —repitió, esta vez mirándome de verdad.

Y entendí que, sin buscarlo, había cruzado una línea invisible.

Avanzamos hacia abajo.

—A veces… —empezó, mientras descendíamos — cree que el mundo está por acabarse.

Guardó silencio un segundo.

—Cuando Melani me llamo esa noche, no la encontraban. Pensaba que tenía que huir.

Lo miré sin interrumpirlo.

Llegamos hasta abajo. Al borde de la escalera.

Me miro.

—No podía quedarme —dijo al fin—. Si algo le pasa y yo no estoy… no me lo perdonaría nunca.

—Gonzalo, no tenías que traerme —dije en voz baja—. Si me lo hubieras explicado, lo habría entendido.

Él tardó un segundo en responder.

—Lo sé —admitió al fin—. Pero no pude evitar sentir que las palabras no serían suficientes. Quería que lo vieras.

Ya no dije nada, no supe hacerlo.

—¿Entonces, Gabriela, te quedas a cenar? Ya está todo servido.

La voz de Natalia resonó detrás de mí, acompañada por la presencia silenciosa de su hermana.

Miré a Gonzalo por un momento. Antes había dicho que, al salir de con su madre, nos iríamos.

No quería ponerlo en una posición incómoda.

Él sostuvo mi mirada, como si leyera exactamente lo que estaba pensando. No dijo nada al principio. Solo esperó.

—No sé… —dije al fin, con cautela—. No quisiera interferir o molestar.

Natalia negó de inmediato.

—No es ninguna molestia —respondió—. Al contrario.

Gonzalo soltó el aire despacio, casi imperceptible, y entonces asintió.

—Si te quieres quedar —dijo, mirándome—, me gustaría.

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