Haberle querido fue un error, pero seguía deseándole…
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Capitulo 12
–¿Ah, sí? –preguntó con voz ronca.
–Claro que sí. Eres guapo y tenemos un pasado. Estamos juntos en esta enorme casa en la que no hay distracciones. Si decidimos que queremos volver a acostarnos, no tendrá nada que ver con el trabajo. ¿Está claro? –lo miró desafiante.
–Sí, señora. ¿Significa eso que estás dispuesta a pasar un fin de semana en Nueva York?
–Me encanta la idea. Hagámoslo.
***
Helena estaba en un buen aprieto. Se había esforzado en mantener una actitud de normalidad al trabajar con Dan. Pero, si él iba a llevársela a una de las ciudades más románticas del mundo, corría el riesgo de olvidarse de protegerse el corazón. De todos modos, había aceptado. Tenía demasiadas ganas de estar con él.
Se planteó las consecuencias de volver a acostarse con él. Ahora era mayor y tenía más experiencia, a pesar de que seguía deseando algo que estaba fuera de su alcance. Quería que él la necesitara con desesperación. Y no para una relación sexual momentánea, sino para todo lo que un hombre necesita a una mujer.
Tenía claro que había tomado la decisión correcta al romper con él, ya que a Dan le importaba más el esquí que ella o cualquier otra mujer. Una dolorosa verdad. Además, estaba el asunto del dinero. Dan y ella no procedían de mundos distintos, sino de diferentes planetas.
Lo importante era saber si podía darse el capricho de hacer ese maravilloso viaje y no acabar acostándose con él. La tentación aparecería, sin lugar a dudas. En poco tiempo, Dan ya no requeriría ayuda profesional y el trabajo de ella en su casa habría acabado.
Cuando él pudiera volver a Portland y retomar todas sus responsabilidades, ella podría volver a ser la mano derecha en el departamento de I+D.
Durante las cuarenta y ocho horas que faltaban para marcharse, Dan apenas se dejó ver y Helena se sumergió en el trabajo. Se vio obligada a mandarle correos electrónicos con sus preguntas, porque estaba escondido en algún lugar de aquella casa grande y solitaria.
El viernes por la mañana, la mezcla de ansiedad y emoción de Helena alcanzó su punto álgido. Le había preguntado a Dan si podían parar en Portland para recoger algunas cosas que necesitaba para el fin de semana. Él se había negado tajantemente y le había explicado que los gastos del viaje corrían a cargo de la empresa y que su director ejecutivo podía permitirse pagarle dos vestidos de fiesta.
Dijo las últimas palabras en tono despectivo, como si las prendas de diseño fueran solo un poco más caras que una camiseta. Probablemente lo eran para él.
Por fin, se montaron en el avión y despegaron. Helena intentaba no parecer embobada. No había sido la novia de Dan el tiempo suficiente para viajar en aquel elegante y lujoso jet, el vehículo perfecto para un fin de semana de ensueño.
Dan fue a hablar unos minutos con el piloto y volvió a su asiento. De la pequeña nevera que había al lado sacó dos botellitas de vino y una bandeja envuelta en celofán con queso, fruta y galletas saladas.
–Come algo. Puede que haya mucho tráfico en el aeropuerto y tardemos en aterrizar. Quién sabe a qué hora comeremos.
–Acabamos de desayunar –protestó ella. Pero tomó la copa que él le ofrecía y comió.
Las ventanas del avión eran anchas. El cielo estaba azul y brillante. No había nada que temer. El avión parecía deslizarse por encima de las nubes.
Animada por el vino, Helena le preguntó:
–¿Te sientes así cuando vuelas montaña abajo?
Dan se estremeció y, durante unos segundos, ella percibió su pesar.
–Se podría decir así. Es el silencio y la libertad. No hay nada como eso.
Tras su respuesta dolorosamente sincera, Helena lamentó haberle hecho la pregunta. No quería que estuviera triste. Y no quería recordar que el esquí le proporcionaba algo que ella no podía darle.
Ese día llevaba un traje hecho a medida que resaltaba su musculoso cuerpo, y las gafas de carey para leer, esas que a ella la derretían de deseo.
–No sabía que llevaras gafas. ¿Cuándo empezaste a usarlas?
–Durante las operaciones, era complicado utilizar lentillas. Me compré estas gafas y ahora me he acostumbrado a ellas.
Aterrizaron en Nueva York. Cuando salieron del aeropuerto, los esperaba un coche. Helena contempló boquiabierta los taxis amarillos y los rascacielos. Dondequiera que mirara, la ciudad hervía de actividad.
Dan había reservado habitaciones en el Carlyle, en el Upper East Side. A Helena le encantó el edificio en cuanto lo vio.
Un botones los condujo a sus habitaciones, una al lado de la otra, en la planta trigésimo sexta. Con las cortinas descorridas, la vista del parque era asombrosa. Cuando el botones se fue a dejar el equipaje de Dan en su habitación, Helena dio un breve abrazo a su antiguo amante.
–Es mi primer viaje a Nueva York. Gracias, Dan. Esto es increíble.
La complacida sonrisa de él le indicó que se alegraba de que estuviera impresionada.
–Lo primero que vamos a hacer es ir de compras. O tal vez sea mejor comer antes.
–¿Qué te parece si compramos unos perritos calientes en un puesto de la calle y nos sentamos en un banco para comérnoslos al sol? Siempre he querido hacerlo.
–No hay puestos de perritos calientes en este exclusivo barrio. Pero puedo buscar un sitio para comer pizza. ¿Te parece bien?
Mientras se comían la pizza, Helena se relajó. Tal vez se acostasen ese fin de semana o tal vez no. Tenía la mala costumbre de darles demasiadas vueltas a las cosas, porque le gustaba controlarlo todo.
No le vendría mal tranquilizarse un poco.
Cuando Dan y ella salían, discutían mucho sobre dinero. Ella creía que malgastaba su fortuna; él, que ella dejaba que sus parientes vivieran a su costa.
Para Helena , el dinero servía para compartirlo y hacer el bien. Sus padres siempre habían tenido que hacer esfuerzos para llegar a fin de mes, pero ayudaban a los vecinos. En su opinión. Dan, con la fortuna de los Maxwell a su disposición, debería haber sido un filántropo.
En su defensa, Helena reconocía que ella no tenía una relación sana con sus seres queridos. Era la única persona de su familia que había ido a la universidad, por lo que llevaba una vida cómoda, en tanto que sus hermanos y primos vivían al día. Cuando se sentía culpable por su desahogada posición económica, dejaba que la convencieran para prestarles dinero que no le devolvían.
La pelea más importante que Dan y ella habían tenido se produjo poco antes de la ruptura. Helena le pidió consejo sobre programas de rehabilitación. Cuando él le preguntó para qué, le dijo que estaba pensando en pagarle uno al novio de su hermana.
Dan se puso furioso. Le dijo que el novio, que había estado varias veces en prisión, no iba a acceder y que, si lo hacía, no acabaría el programa.
Helena le dijo que era cruel; él, que era ingenua y crédula. La amarga disputa había empañado el resto del tiempo que estuvieron juntos.
Después, el padre de Dan intervino, y la humillación de Helena fue completa…