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El Pecado De Los Inmortales

El Pecado De Los Inmortales

Status: En proceso
Genre:Demonios / Ángeles / Reencarnación / Romance oscuro
Popularitas:380
Nilai: 5
nombre de autor: Lumina Bazan Enamorado

«El Cielo la condenó. El Infierno la reclamó. Ella decidió que ambos debían arder».

Desde el principio de los tiempos, ángeles y demonios han protegido un equilibrio sostenido por juramentos de sangre y secretos que jamás debieron revelarse.

Cuando una joven comienza a recordar vidas que nunca vivió y a soñar con un hombre de ojos carmesí, su existencia se convierte en una amenaza para ambos reinos.

El Cielo ordena destruir su alma. El Infierno exige capturarla.

Y él, un soberano infernal que una vez la amó y la odió con la misma intensidad, recibe la misión de entregarla a sus enemigos.

Pero ella no recuerda su rostro, sus promesas ni la traición que los separó.

Entre pactos prohibidos, recuerdos manipulados y un amor condenado, descubrirá que los monstruos no siempre habitan en el Infierno.

Porque ella no fue creada para salvar el mundo.

Fue la razón por la que una vez estuvo a punto de desaparecer.

Y el mayor pecado de los inmortales fue olvidar a quién debían temer.

NovelToon tiene autorización de Lumina Bazan Enamorado para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Las promesas que sobreviven

Época moderna — Ciudad de Vespera

Habían transcurrido apenas unos minutos desde que Seraphine Veyrath y Kaelith Nocthar acordaron investigar juntas.

Y ella ya había descubierto un problema inesperado.

El soberano del Reino Infernal no sabía utilizar correctamente un teléfono móvil.

—No tienes que mirarlo como si fuera a atacarte —dijo Seraphine.

Kaelith sostenía el aparato entre dos dedos.

—Estoy intentando comprender por qué necesitas tantas aplicaciones.

—Porque vivo en este siglo.

—Yo también.

Seraphine levantó una ceja.

—Ah, ¿sí? ¿Y cuántos mensajes ha enviado en los últimos cien años?

—Ninguno.

—Exactamente.

Kaelith contempló la pantalla con una expresión que habría resultado intimidante si no intentara guardar un contacto.

—¿Por qué aparece una fotografía tuya?

—Porque es mi perfil.

—Ya sé que eres tú.

—Entonces no veo el problema.

—No, dijo que existe uno.

Seraphine entrecerró los ojos.

—Estabas a punto de preguntarme quién tomó la fotografía, ¿verdad?

Kaelith guardó silencio.

Ella soltó una carcajada.

—Eveline. La tomó Eveline.

—No había preguntado.

—No hizo falta.

El demonio le devolvió el teléfono.

Seraphine comprobó que había guardado su número correctamente y escribió un mensaje.

El aparato de Kaelith vibró.

Él bajó la mirada.

—¿Qué significa esto?

—Que ahora puedes comunicarte conmigo sin aparecer en mi balcón.

Kaelith leyó el mensaje.

«Recuerda utilizar la puerta».

Una sonrisa apenas perceptible apareció en sus labios.

—Eres insistente.

—Y tú eres difícil de educar.

Kaelith dejó de sonreír.

Durante un instante, su mirada pareció dirigirse hacia algún lugar muy lejano.

—Hay algo... —murmuró.

Seraphine se enderezó.

—¿Qué sucede?

Él cierra los ojos.

Una voz femenina resonó fugazmente en su memoria.

«Que gobiernes un reino no significa que puedas decidir por mí».

Después, nada.

Ni un rostro.

Ni un lugar.

Solo el eco de aquellas palabras y una sensación de vergüenza que no consiguió explicar.

Kaelith abrió los ojos.

—Creo que alguna vez me dijiste algo parecido.

Seraphine lo vigilará con atención.

—¿Lo recuerdas?

—Una frase. Nada más.

—¿Y qué sentiste?

Kaelith tardó en responder.

—Que tenías razón.

Seraphine hizo.

— ¿Acabas de admitir que estabas equivocado?

—No abuses del momento.

Ella sonrió.

Pero, al observar el reloj de bolsillo sobre el escritorio, recordó por qué habían decidido trabajar juntos.

—Tenemos cosas que investigar.

Kaelith asintió.

—Entonces empecemos por lo que sabemos.

Reino Infernal — Galerías inferiores de Nocthar

Darius Vhal llevaba varios minutos contemplando la puerta sellada.

La inscripción plateada había desaparecido.

La voz femenina tampoco había vuelto a manifestarse.

Pero el recuerdo permanecía.

El juramento no se rompió. Fue olvidado.

Había escuchado aquellas palabras en su propia voz.

No recordaba dónde había estado.

Ni quiénes lo acompañaban.

Solo conservaba la sensación de haber pronunciado una promesa que no debía incumplir.

Darío apartó la mano de la piedra.

Durante siglos había creído que sus recuerdos de la última guerra eran completos.

Recordaba los ejércitos.

Las ciudades destruidas.

La caída de los antiguos estandartes.

Y grababa a Kaelith después de la pérdida de Seraphine.

Aquello nunca había logrado olvidarlo.

Pero ahora comprendía que había espacios vacíos incluso en su propia memoria.

La pregunta era quién los había creado.

Se volvió hacia el corredor.

Una figura lo esperaba al otro extremo.

Lilithra Morvayne.

—Empiezo a pensar que te gustan demasiado los lugares donde nadie debería encontrarte —comentó.

Darius aguantó la expresión.

—No deberías estar aquí.

—Curioso. Iba a decirte exactamente lo mismo.

Lilithra avanzó lentamente.

Sus ojos se detuvieron en la puerta.

—¿Qué estás buscando?

—Nada que te concierna.

—Entonces debe de ser importante.

Darius pasó junto a ella.

Lilithra lo sujetó del brazo.

—El fragmento de obsidiana sigue desaparecido.

—Lo sé. 

—Y Kaelith está investigando documentos que deben permanecer enterrados.

Darius se volvió.

—¿Cómo lo sabes?

Lilithra llamativamente sin alegría.

—Porque no eres el único que presta atención.

El general retiró suavemente su brazo.

—Ten cuidado, Lilithra.

—Eso intento.

Su expresión se volvió seria.

—Escúchame. No sé qué ha encontrado detrás de esa puerta, pero alguien está utilizando los secretos de hace tres mil años para movernos como piezas de un tablero.

Darius sostuvo su mirada.

—¿Y qué propones?

—Que dejemos de fingir que podemos resolverlo solos.

Aquellas palabras le resultaron incómodamente familiares.

No por el recuerdo del juramento.

Sino porque, en el fondo, sabía que tenía razón.

—Hay algo que debes saber —admitió finalmente.

Lilithra dejó de sonreír.

—Te escucho.

Darius miró hacia la puerta sellada.

—Creo que participé en una ceremonia de la que no conserva ningún recuerdo completo.

—¿Qué ceremonia?

Él tardó en responder.

—El juramento de los olvidados.

Lilithra palideció.

Y Darius comprendió que, a diferencia de él, ella sí reconocía aquel nombre.

Ciudad de Vespera — Apartamento de Seraphine

Sobre el escritorio había tres grupos de documentos.

Seraphine había insistido en organizarlos.

Kaelith observaba el proceso con una paciencia que comenzaba a agotarse.

—No entiendo por qué necesitas separarlos por colores.

—Porque facilita encontrar las cosas.

—Puedo recordar dónde ha colocado cada hoja.

—Felicidades. Yo no.

Seraphine señaló el primer grupo.

—Esto es lo que podemos comprobar.

Había colocado allí la fotografía del retrato, los registros de restauración de la capilla y la imagen del símbolo de la rosa.

—La pintura tiene al menos ochocientos años. La puerta de piedra fue tapiada durante una restauración documentada. Y el mismo dibujo aparece en un manuscrito antiguo y en mi reloj.

Kaelith examinó las fotografías.

—La semejanza es exacta.

—Eso pensé.

—Pero no demuestra que ambos objetos tuvieran la misma función.

Seraphine levantó la mirada.

—Precisamente.

Kaelith pareció sorprendida.

—¿Qué?

—Que no hayas intentado convertir una coincidencia en una profecía.

—Estoy aprendiendo.

—Milagroso.

Ella señaló el segundo grupo.

—Esto es lo que hemos visto, pero todavía no podemos explicarlo.

Allí había escritas las inscripciones de la capilla, las palabras aparecidas en el reloj y una descripción de sus visiones.

Kaelith leyó una de las frases.

La reina no murió. Fue dividido.

Su expresión se ensombreció.

— ¿Estás seguro de que decía eso?

—Completamente.

—¿Y no apareció ante Eveline?

-No. Ella solo vio la pared.

Kaelith examinó nuevamente la anotación.

—Quizá hemos cometido un error desde el principio.

—¿Cuál?

—Suponer que todos los mensajes esos hablan de ti.

Seraphine dejó la pluma sobre la mesa.

—¿Crees que se refieren a otra mujer?

—Es posible.

Ella recordó el nombre que había escuchado en la capilla.

Había intentado olvidarlo.

No lo había conseguido.

—¿Y si se refieren a Nyxara?

Kaelith levantó la cabeza.

Durante un instante, una presión inexplicable le oprimió el pecho.

No fue un recuerdo.

Tampoco una visión.

Solo una sensación desagradable, como si hubiera escuchado una palabra que no debía pronunciarse.

—¿Qué has dicho?

Seraphine advirtió el cambio en su expresión.

—Nyxara. Ese fue el nombre que escuché frente a la estatua.

Kaelith repitió mentalmente aquellas sílabas.

No encontré nada.

—No lo reconozco.

—Pero te ha afectado.

Él la miró.

-Si.

Seraphine se acercó.

—¿Qué sentiste?

—Inquietud.

—¿Por qué?

—No lo sé.

Ella suspiró.

—Al menos estamos siendo sinceros.

Kaelith.

—¿Por qué no me lo habías mencionado?

Seraphine cruzó los brazos.

—Porque hasta hace unos minutos no habíamos acordado compartir lo que encontramos.

Él aceptó la respuesta.

—Tienes razón.

Seraphine volvió a su escritorio.

—Entonces tenemos otra pregunta.

Escribió el nombre en una hoja.

NYXARA.

Debajo añadió:

¿Persona, título o algo diferente?

Kaelith observó la anotación.

—¿Por qué esas opciones?

—Porque no tenemos pruebas de que sea el nombre de una persona.

El demonio suena ligeramente.

—Estás empezando a pensar como una investigadora.

Seraphine levantó una ceja.

—Y tú estás empezando a comprender que no todo se resuelve con una espada.

—Discrepo.

—No me sorprende.

Ciudad de Vespera — Apartamento de Seraphine

—Ahora el tercer grupo —anunció Seraphine.

Kaelith contempló la última pila.

Solo contiene una hoja.

—¿Y esto?

—Lo que todavía no sabemos.

Kaelith la tomó.

Había una lista de preguntas.

¿Quién era la mujer del retrato?

¿Por qué Seraphine tenía su rostro?

¿Qué había sucedido realmente hace tres mil años?

¿Quién había alterado los recuerdos?

¿A quién pertenecía la corona?

¿Qué era la llave?

Kaelith leyó hasta el final.

—Ha escrito muchas preguntas.

—Y todavía me faltan algunas.

—No todas podrán responderse al mismo tiempo.

—No pretendo hacerlo.

Seraphine recuperó la hoja.

—Pero podemos empezar por una.

—¿Cuál?

Ella señaló el dibujo de la rosa.

—Este símbolo.

Kaelith observó la imagen.

—¿Por qué ese?

—Porque es algo que ambos podemos examinar. No depende de una visión y no tenemos que entrar en una cámara embrujada para estudiarlo.

—Eso último resulta especialmente tranquilizador.

—Me alegra que lo aprecies.

Kaelith extendió la mano hacia el reloj.

—¿Me permites?

Seraphine.

El demonio lo sostuvo con cuidado.

Durante unos segundos contempló el grabado.

Después cierra los ojos.

Séraphine permaneció en silencio.

Kaelith recordó un jardín.

Rosas blancas.

Una brisa cálida.

Y una figura femenina sentada junto a una fuente.

No consiguió distinguir su rostro.

Solo vio unas manos sosteniendo algo pequeño.

El recuerdo desapareció antes de que pudiera acercarse.

Kaelith abrió los ojos.

—Hay algo.

Seraphine se incorporó.

—¿Qué viste?

—Un jardín de rosas blancas. Una mujer estaba junto a una fuente.

—¿Era yo?

Kaelith vaciló.

—Lo sentí así. Pero no pude verle el rostro.

Seraphine avanza lentamente.

—¿Qué sostenía?

—No lo sé.

Ella tomó una hoja nueva.

Escrito:

Recuerdo fragmentario de Kaelith: jardín de rosas blancas. Mujer no identificada junto a una fuente. Objeto desconocido.

Kaelith observó cómo añadía signos de interrogación.

—¿Por qué no has escrito tu nombre?

—Porque no sabes si era yo.

El demonio contempló la anotación.

—Eres más cuidadosa de lo que esperaba.

Seraphine levantó la mirada.

—¿Eso es un cumplido?

—Lo es.

—Qué acontecimiento tan extraordinario.

Kaelith dijo.

—También eres bastante difícil.

—Eso no es un cumplido.

—Depende de quién lo diga.

Seraphine sintió que el calor ascendía lentamente hasta sus mejillas.

Desvió la mirada hacia los documentos.

—Bien. Supongo que podemos dar por terminada la investigación de hoy.

Kaelith parecía divertido.

—¿Bronceado pronto?

—Tengo sueño.

—Por supuesto.

—Y tú deberías regresar a tu reino.

—¿Me estás echando?

—Con mucha educación.

Kaelith dejó el reloj sobre la mesa.

—Entonces me marcharé.

Se acercó a la ventana.

Seraphine lo observó.

—Kaelith.

Él se volvió.

-¿Si?

Ella vaciló.

—Gracias.

La expresión del demonio cambió ligeramente.

—¿Por qué?

—Por escucharme.

Kaelith tardó un instante en responder.

— Debería haberlo hecho hace mucho tiempo.

Seraphine no supo qué decir.

El demonio inclinó la cabeza y desapareció en un destello de luz rojiza.

Ella permaneció junto al escritorio.

Después miró su teléfono.

Había recibido un mensaje.

Kaelith: He recordado utilizar la ventana para salir.

Seraphine soltó una carcajada.

—Idiota.

Pero sonriendo mientras escribía la respuesta.

La próxima vez, la puerta.

Reino Celestial — Cámara de los Juramentos

Elyndra Caelith colocó el cristal sobre un pedestal.

Había pasado siglos impidiendo aquella decisión.

La memoria encerrada en su interior pertenecía a Seraphine.

No podía abrirla sin quebrantar una promesa.

Pero tampoco podía ignorar que algo estaba cambiando.

Una luz tenue recorrió el interior del cristal.

Elyndra extendió la mano.

—No voy a liberarte —murmuró—. Todavía no.

El aumento apenas brilla.

Durante un instante, apareció una imagen incompleta sobre la superficie.

Varias manos extendidas.

Una corona que descansaba sobre una mesa.

Y una habitación cuyos límites no conseguimos distinguir.

Después de escuchar un murmullo.

«Si uno recuerda...»

La voz se interrumpió.

La imagen desapareció.

Elyndra retiró la mano.

No había abierto la memoria.

Aquella breve manifestación había surgido sin su intervención.

Y no podía determinar si se trataba de un fragmento auténtico, una advertencia o una alteración provocada por el despertar de Seraphine.

Observó el cristal con inquietud.

Durante siglos había creído conocer exactamente lo que custodiaba.

Ahora comenzaba a dudarlo.

— ¿Qué está ocurriendo? —susurró.

El cristal permaneció inmóvil.

Elyndra lo cubró cuidadosamente.

No intenté provocar otra manifestación.

Sabía que una memoria incompleta podía resultar más peligrosa que el silencio.

Reino Infernal — Salón privado de Lilithra

Lilithra Morvayne permanecía frente a Darius.

Entre ambos descansaba una copa de vino que ninguno había tocado.

—Vuelve a decirme lo que recuerdas —pidió.

Darío respiró profundamente.

—Una habitación iluminada. Varias figuras. Una promesa.

—¿Reconociste a alguien?

-No.

Lilithra reflexionó.

—¿Viste una corona?

Darius levantó la mirada.

—No lo recuerdo.

Aquella respuesta pareció inquietarla.

—¿Por qué preguntas? —insistió él.

Lilithra se acercó a un pequeño compartimento oculto en su escritorio.

Extrajo un pergamino protegido por una cinta negra.

—Mi familia conserva documentos relacionados con antiguos pactos. Algunos fueron reunidos mucho antes de que yo naciera.

Darius observó el pergamino.

—Y eso ¿qué tiene que ver conmigo?

—Hay un texto que menciona un juramento relacionado con la pérdida de ciertos recuerdos.

Lilithra desenrolló cuidadosamente el documento.

La escritura estaba incompleta.

En uno de los márgenes aparecía una anotación realizada por una mano distinta.

«Quien acepte guardar el nombre entregará también el recuerdo de haberlo pronunciado».

Darío sintió un escalofrío.

—¿Qué significa?

—No lo sé con certeza.

—Pero tienes una sospecha.

Lilithra.

—Quizá el olvido no fue un castigo impuesto después.

Levantó la mirada.

—Quizá formó parte de la ceremonia.

Darius contempló la frase.

Aquella posibilidad explicaría algunas cosas.

Pero también podía ser una interpretación equivocada.

—Sabemos ¿quién escribió esto?

-No.

—¿Y si es una falsificación?

—No puedo descartarlo.

El general examinó el pergamino.

—Entonces no podemos tomarlo como una prueba definitiva.

—No —admitió Lilithra—. Pero hay algo más.

Darius levantó la cabeza.

—¿Qué cosa?

—Según el inventario familiar, el documento llegó a nuestra colección procedente de unos antiguos custodios de la corona.

El general sintió que el pulso se le aceleraba.

Su mano se dirigió instintivamente hacia la llave que llevaba bajo la armadura.

La corona atravesada por una espada.

El símbolo que había custodiado durante siglos.

Y que nunca había comprendido del todo.

Lilithra advirtió el movimiento.

—Darío...

El general se levantó.

—Necesito hablar con Kaelith.

— ¿Vas a contarle lo que recuerdas?

Darius permaneció inmóvil.

Durante siglos había servido a su soberano con una lealtad que jamás había cuestionado.

Pero ahora existía la posibilidad de que hubiera participado en una promesa relacionada con la pérdida de Seraphine.

Y no sabía si aquella promesa había sido hecha para protegerla.

O para condenarla.

—Voy a contarle lo que sé —respondió finalmente.

Lilithra lo observó con cautela.

-¿Hacer?

Darius bajó la mirada.

—Todo lo que realmente recuerdo.

Ciudad de Vespera — Apartamento de Seraphine

Seraphine había apagado la lámpara.

El reloj de bolsillo descansaba sobre su mesa de noche.

Su teléfono permanecía junto a la almohada.

Por primera vez en varios días, no tenía intención de quedarse despierta buscando respuestas.

Cerró los ojos.

Pensó en Eveline.

En los documentos.

En el jardín de rosas blancas que Kaelith había grabado.

Y de la manera en que él había sostenido su mano.

No sabía si estaba empezando a sentir algo por un desconocido.

O si una parte de ella reconocía a alguien que había amado antes de nacer.

Quizás ambas cosas.

ninguna.

No quería apresurarse a descubrirlo.

El sueño comenzó a envolverla.

Y entonces suscitó una voz.

No provenía de la habitación.

Tampoco del pasillo.

Parecía surgir desde algún lugar al que no podía llegar estando despierto.

—No todos aceptaron olvidar.

Seraphine abrió los ojos.

La habitación estaba oscura.

No había nadie.

Se incorporó lentamente.

—¿Quién está ahí?

Ninguna respuesta.

Miró el reloj.

Las manecillas continuaban avanzando.

No había símbolos nuevos.

Ni luces.

Ni mensajes.

Solo el silencio de su apartamento.

Durante unos segundos permaneció sentado, intentando decidir si había escuchado una voz real o los últimos restos de un sueño.

Finalmente volvió a acostarse.

Pero una pregunta permaneció despierta mucho después de que cerrara los ojos.

Si algunas personas habían aceptado olvidar...

¿Quiénes se habían negado?

Y, sobre todo...

¿Qué había ocurrido con ellas?

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Orlov ♛ ★J² de mafia♾️ 🚬
Wooow, tenias razón quiero maaaas
Elizabeth Bazan Enamorado: espero y el nuevo capítulo te guste tanto como a mi lamento no haber estado publicando continuamente, me enferme pero regresamos con todo.
total 1 replies
Erislandy Quevedo Horta
siguiente capítulo por favor
Elizabeth Bazan Enamorado: Hola el día de mañana publicaré otros 6 capítulos 🤭 me sorprende la velocidad de tu lectura gracias por apoyar mi trabajo ☺️.
total 1 replies
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