Ella es la mayor de seis hermanos y siempre ha tenido una vida difícil.. Pero tiene la posibilidad de volver a vivir en un nuevo mundo y poder ser feliz ayudando a otros.
*Esta novela pertenece a un mundo mágico*
** Todas las novelas son independientes**
NovelToon tiene autorización de LunaDeMandala para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Condes Harrington 2
Para sorpresa de Rose, Lady Lucille había dejado absolutamente todo muy bien organizado.
Durante sus primeros días en la casa de cuidados, Rose esperaba encontrar una cantidad enorme de problemas.
Después de todo, la hija de los condes se había marchado hacía poco.
Y además había dejado un puesto que, por lo que había entendido, era bastante importante.
Sin embargo...
No había prácticamente ningún desastre que resolver.
Los registros estaban ordenados.
Las cuentas estaban claras.
Los suministros tenían inventarios actualizados.
Los tratamientos estaban registrados.
Incluso había instrucciones detalladas para muchas de las tareas que debían realizarse.
Rose pasó varias horas revisando documentos.
Después dejó el último sobre sobre el escritorio.
—Vaya...
Miró nuevamente los registros.
[¡Esta mujer es increíble!]
Cada vez que encontraba un sistema perfectamente organizado, se sorprendía un poco más.
Lady Lucille no solo había creado aquella casa de cuidados.
La había administrado con una eficiencia impresionante.
Y cuanto más tiempo pasaba allí, más entendía por qué.
Las personas hablaban de ella constantemente.
—Lady Lucille siempre se preocupaba por los pacientes.
—Nunca rechazaba a alguien porque no pudiera pagar.
—Ella misma revisaba los registros.
—Incluso cuando estaba agotada, siempre encontraba tiempo para escuchar.
Rose escuchaba esas historias mientras trabajaba.
Y sonreía.
[Definitivamente es una buena persona.]
Pero no era la única persona de la que hablaban con cariño.
También escuchaba constantemente un nombre.
Jack.
El esposo de Lady Lucille.
El mago Jack.
Había trabajado durante unos meses en la casa de cuidados.
Y, según los relatos de quienes lo conocieron, también había sido extraordinariamente eficiente.
Era un excelente mago.
Un buen sanador.
Y, aparentemente, tenía una paciencia enorme.
Rose comenzó a entender por qué la partida de ambos había dejado tantos espacios vacíos.
No era simplemente que hubieran perdido a dos personas que trabajaban muy bien.
Habían perdido a las dos personas que prácticamente habían hecho funcionar aquella casa desde que empezó.
Por eso los condes habían tenido que contratar asistentes.
Y también nuevos sanadores.
Rose estaba feliz de poder ocupar una pequeña parte de ese vacío.
Aunque, sinceramente...
Había días en los que terminaba agotada.
Muy agotada.
Su relación con los condes Harrington era siempre cordial.
Ambos la trataban con respeto.
Nunca la hacían sentir inferior por su origen.
Nunca cuestionaban su educación.
Y, poco a poco, Rose comenzó a conocerlos mejor.
Descubrió que además de Lady Lucille tenían otro hijo.
El hijo mayor.
Actualmente estudiaba en la Academia Militar.
Cada vez que hablaban de sus hijos, los rostros de ambos cambiaban.
El conde podía estar hablando de una cuenta complicada o de algún problema administrativo...
Y de pronto..
—Nuestro hijo nos escribió ayer.
Su expresión se iluminaba.
La condesa dejaba inmediatamente lo que estuviera haciendo.
—¿De verdad?
Entonces comenzaban a hablar sobre él.
Sus estudios.
Sus entrenamientos.
Sus progresos.
Y lo mismo ocurría cuando recibían noticias de Lady Lucille.
Rose lo observaba todo en silencio.
No era difícil darse cuenta de algo.
Los condes estaban orgullosos de sus hijos.
Pero no era un orgullo basado únicamente en sus logros.
No era..
"Estamos orgullosos porque nuestro hijo está en la Academia Militar."
Ni..
"Estamos orgullosos porque nuestra hija se casó con un mago importante."
Era algo mucho más sencillo.
Los amaban.
Simplemente por ser sus hijos.
Rose lo comprendió una tarde.
La condesa estaba leyendo una carta.
De repente sonrió.
Después soltó una pequeña carcajada.
Rose levantó la mirada.
—¿Ocurrió algo?
La condesa negó con la cabeza.
—Mi hijo.
Volvió a mirar la carta.
—Escribió que casi se quedó dormido durante una clase.
Rose sonrió.
[¿Y eso le causa gracia?]
La condesa volvió a reír.
—Siempre fue terrible para despertarse temprano.
Rose observó aquella escena.
Y sintió una pequeña presión en el pecho.
[Así que asi se ve a una madre hablando de su hijo]
Una madre que recibía una carta de su hijo y simplemente...
Sonreía.
No porque él hubiera conseguido algo extraordinario.
No porque hubiera ganado un premio.
No porque fuera importante.
Solo porque era él.
Rose bajó lentamente la mirada.
Dolía.
Todavía dolía.
Pero esta vez no dejó que la tristeza se apoderara de ella.
Terminó su trabajo.
Esa noche escribió otra carta.
A su madre.
Le contó sobre la casa de cuidados.
Sobre los condes.
Sobre su trabajo.
Sobre los pacientes.
Sobre las cosas que estaba aprendiendo.
Le contó que estaba feliz.
Que tenía un buen lugar donde vivir.
Que estaba ayudando a otras personas.
Y que esperaba que su madre estuviera bien.
Envió la carta.
Y esperó.
Pero nuevamente...
No recibió respuesta.
Esperó unos días más.
Nada.
Finalmente comprendió.
Quizás su madre no quería responder.
Quizás todavía estaba enojada.
Quizás jamás respondería.
Y aunque dolía...
Rose decidió aceptarlo.
[Está bien.]
[No puedo obligarla.]
Así que volvió al trabajo.
Y, curiosamente, el trabajo era muchísimo.
Muchísimo más de lo que había imaginado.
Porque la magia utilizaba mana.
Y el mana no era una fuente infinita de energía.
Era la energía interna de cada persona.
Cada hechizo consumía una cantidad determinada.
Cuanto más poderoso fuera el hechizo...
Más mana necesitaba.
Rose comenzó a comprender por qué su magia de luz había sido tan débil durante tanto tiempo.
No solo le faltaba entrenamiento.
También había pasado gran parte de su vida comiendo mal.
Trabajando demasiado.
Durmiendo poco.
Y descansando todavía menos.
Así que decidió cambiar sus hábitos.
Comenzó a alimentarse mejor.
Comía de forma más regular.
Intentaba dormir suficiente.
Descansaba cuando podía.
Y comenzó a prestar atención a su propio cuerpo.
[En mi primera vida nunca hice esto.]
La ironía no se le escapaba.
Había pasado años cuidando a otras personas.
Y ahora estaba aprendiendo a cuidarse a sí misma.
Poco a poco notó cambios.
Tenía más energía.
Podía concentrarse mejor.
Su magia también comenzó a mejorar.
Su luz era más estable.
Podía mantenerla durante más tiempo.
Y sus hechizos de sanación se volvieron un poco más precisos.
Pero había algo que descubrió que le gustaba todavía más.
Ayudar.
No solamente utilizando magia.
A veces un paciente necesitaba algo mucho más sencillo.
Que alguien lo escuchara.
Que alguien le explicara lo que estaba ocurriendo.
Que alguien se sentara junto a él.
Rose comenzó a hacerlo.
Escuchaba historias.
Miedos.
Preocupaciones.
Quejas.
Esperanzas.
A veces simplemente se sentaba a conversar.
Y descubrió que tenía una facilidad natural para comprender a las personas.
No siempre podía solucionar sus problemas.
Pero podía escucharlos.
Y eso muchas veces era suficiente.
Una tarde, una mujer mayor tomó suavemente la mano de Rose.
—Gracias por escucharme.
Rose sonrió.
—No tiene que agradecerme.
—Todos están ocupados aquí.
La mujer sonrió.
—Pero usted se quedó.
Rose sintió algo cálido en el pecho.
[Quizás esto también es ayudar.]
No siempre se necesitaba magia.
No siempre se necesitaba dinero.
A veces...
Solo había que quedarse.
Rose continuó trabajando.
Cada día aprendía algo nuevo.
Cada día conocía a alguien diferente.
Cada día sentía que estaba construyendo una vida que realmente le pertenecía.
Y aunque todavía había una pequeña tristeza cuando pensaba en su madre...
Ya no era una tristeza que la detenía.
Era simplemente una parte de su historia.
Una parte que había decidido llevar consigo.
Pero no permitiría que definiera su futuro.
Rose sonrió mientras caminaba por uno de los pasillos de la casa de cuidados.
Una pequeña esfera de luz apareció sobre su mano.
Esta vez era mucho más brillante que antes.
La observó con orgullo.
[He mejorado.]
La luz iluminó suavemente su rostro.
Y Rose sonrió.
[Qué bonito es estar viva.]