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Resucitado Por Venganza

Resucitado Por Venganza

Status: En proceso
Genre:Romance / Reencuentro / Venganza
Popularitas:185
Nilai: 5
nombre de autor: Galeano

Devastada y embarazada, Isabella crio sola a su hijo durante diez años. Pero Alexander no murió: la mafia rusa exhumó su cuerpo y su verdadero padre lo trajo de vuelta a la vida para convertirlo en el heredero de un imperio criminal.
Ahora, Alexander regresa por el amor de su vida sin saber que un niño lleva su nombre, ni que el verdadero villano es el padre de Isabella, quien está dispuesto a matarlo por segunda vez para proteger sus secretos.

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Capitulo 19

La penumbra de la suite privada del hotel envolvía a ambos en una atmósfera cargada de tensión, lágrimas y una verdad dolorosa que llevaba diez años contenida. Alexander permanecía de rodillas frente al sofá donde Isabella intentaba recuperar el aliento. Sus manos, antes frías, sostenían con firmeza pero infinita ternura los dedos temblorosos de la mujer que amaba, mientras las sombras de la habitación atestiguaban el reencuentro más agónico y esperado de sus vidas.

Isabella lo miraba con una mezcla de devoción absoluta y un dolor profundo que amenazaba con desgarrarle la cordura. Tocaba sus pómulos, sus labios y el cuello donde la pulso latía con fuerza irrefutable.

—¿Por qué, Alexander? —sollozó ella, con la voz entrecortada por el llanto que no daba tregua—. Si estabas vivo... si tu corazón volvió a latir, ¿por qué me dejaste sumergida en este luto atroz? ¿Por qué me permitiste creer que te habías ido para siempre mientras el mundo se me caía a pedazos?

Alexander cerró los ojos un instante, dejando que un suspiro cargado de culpa y tormento se escapara de sus pulmones. Levantó la mirada, fija y transparente, conectando esos orbes de un azul gélido con la mirada avellana de su prometida.

—La noche que me sepultaste, mi cuerpo fue exhumado por los hombres de Valentine —comenzó a explicar Alexander, con la voz grave y rasposa por la emoción—. Valentine es el líder supremo de la mafia rusa... y mi verdadero padre, a quien creí muerto desde mi infancia. Mi madre me ocultó esa verdad para protegerme, pero él me encontró en el momento en que mi vida se apagaba. Me inyectaron un suero experimental en sus laboratorios subterráneos; un compuesto sintético de regeneración celular que forzó a mi corazón a latir tras horas de inactividad.

Isabella llevó una mano a su boca, ahogando un gemido de incredulidad mientras escuchaba la pesadilla.

—Estuve en coma farmacológico durante meses, luchando entre la vida y la muerte —continuó Alexander, apretando las manos de Isabella contra su pecho para que sintiera el ritmo acelerado de su corazón—. Cuando desperté, no era más que un prisionero de mi propio cuerpo. Me mantuvieron sedado, bajo un control estricto, sometido a cirugías de reconstrucción en el tórax y a una rehabilitación física brutal en las afueras de San Petersburgo. Durante años no tuve acceso al mundo exterior. Valentine me rodeó de guardias, de científicos y de una red impenetrable.

—¿Y cuando recuperaste tus fuerzas? —interrogó ella entre lágrimas, con un matiz de reproche amargo—. ¿Por qué no enviaste un mensaje? ¿Una señal?

—Porque si intentaba regresar como el hombre vulnerable que cayó en la catedral, nos habrían asesinado a los dos —respondió Alexander con una firmeza de acero en la voz—. Los hombres que ordenaron el ataque en nuestra boda seguían libres. Valentine me dio una alternativa cruel pero imparable: o me convertía en su heredero, dominando el poder, la táctica militar y los recursos del imperio ruso para garantizar nuestra protección, o moriría en el intento. Acepté cada entrenamiento brutal, cada hora de infierno y cada año de soledad por una sola razón, Isabella: para volver por ti y asegurarme de que nadie en este planeta pudiera volverte a hacer daño.

Isabella lo escuchaba con el corazón encogido. Comprendía la magnitud de la tormenta que lo había envuelto, la violencia y el control de la mafia que lo mantuvieron encadenado, pero la magnitud de su propia tragedia no podía ser borrada por las explicaciones. Un sollozo desgarrador brotó desde lo más profundo de sus entrañas, haciendo que su pecho se contrajera con violencia.

Se apartó suavemente de sus manos y se cubrió el rostro, llorando a mares mientras diez años de soledad, miedo y noches en blanco se agolpaban en su mente.

—Tú no entiendes... tú no sabes lo que significó para mí quedarme atrás —gimió Isabella, levantando la mirada para clavar sus ojos bañados en lágrimas en los de él—. Te lloré sobre el mármol de esa iglesia, junté los cristales rotos de nuestro futuro y tuve que vestirme de luto mientras el mundo entero me compadecía. Pero no estuve sola en esa pesadilla, Alexander.

Alexander se quedó inmóvil, sintiendo que una corriente helada le erizaba la piel. Aunque ya conocía la verdad tras haber visto al niño en la plaza, escuchar que ella estaba a punto de revelárselo de su propia boca hizo que su aliento se detuviera de golpe.

—Dos semanas después de tu funeral... descubrí que estaba embarazada —confesó Isabella con la voz rota, temblando incontrolablemente—. Llevaba en mi vientre un pedazo de tu vida. La semilla de nuestro amor concebida antes de que las balas destrozaran nuestro altar.

Alexander bajó la cabeza por un segundo, conteniendo las lágrimas que amenazaban con desbordarlo, permitiendo que ella desahogara el peso que había cargado durante una década.

—Tuve que dar a luz en medio del dolor —continuó ella, con el llanto ahogándole las palabras—. Tuve que secarme las lágrimas sola, tragarme el miedo y aprender a ser madre en un mundo a oscuras. Nació un varón, Alexander... Un niño hermoso, fuerte y valiente al que tuve que criar sola mientras tú estabas literalmente muerto para nosotras. Le puse tu nombre. Se llama Alex.

Isabella se inclinó hacia adelante, tomando a Alexander por las solapas de su esmoquin, mirándolo con una desesperación pura y conmovedora.

—Cada mañana durante diez años he visto tus ojos azules en su rostro —sollozó ella—. Cada sonrisita, cada logro en la escuela, cada vez que se raspaba una rodilla o me preguntaba por qué su papá no estaba aquí para jugar con él... yo tenía que tragarme el nudo en la garganta y decirle que su padre era un héroe que nos cuidaba desde el cielo. ¡Tuve que reconstruir mi vida desde las cenizas para que a nuestro hijo no le faltara nada!

Alexander no pudo contener más el torrente de emociones que lo aplastaba. Las lágrimas resbalaron libremente por sus mejillas mientras se inclinaba hacia ella, tomando su rostro entre sus manos con un fervor sagrado.

—Lo sé, mi amor... Lo sé y me arrodillo ante ti para pedirte perdón por cada segundo de soledad que tuviste que soportar —murmuró Alexander con la voz totalmente quebrada, besando la frente, los párpados y las mejillas húmedas de Isabella—. Sé que existe Alex. Lo vi en el parque... vi sus ojos, vi su sonrisa y hablé con él sin que supiera quién soy realmente. Es el niño más maravilloso de este mundo, y la mujer increíble que eres lo crió como el verdadero milagro de nuestras vidas.

Isabella ahogó un jadeo de sorpresa al escuchar que él ya conocía al pequeño, pero el calor de los labios de Alexander y la devoción con la que la sostenía disiparon cualquier rastro de amargura.

—Volví por los dos, Isabella —sentenció Alexander, envolviéndola en un abrazo feroz que selló sus cuerpos en la penumbra de la habitación—. El infierno terminó. No volverás a criar a nuestro hijo sola, y nadie en esta vida volverá a separarnos. La familia que nos arrebatan en la iglesia la vamos a reclamar hoy con la verdad y con todo el poder de mi sangre.

Inmersos en un llanto sanador y abrazados con la desesperación de dos almas que sobrevivieron a la muerte, Isabella y Alexander unieron sus destinos una vez más, listos para enfrentar juntos la verdad que cambiaría para siempre el mundo del pequeño Alex.

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