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ME CANSÉ DE SER BUENO EL PADRINO DE LA MAFIA MUESTRA SUS DIENTES

ME CANSÉ DE SER BUENO EL PADRINO DE LA MAFIA MUESTRA SUS DIENTES

Status: Terminada
Genre:Mafia / Villana / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:1k
Nilai: 5
nombre de autor: EspirituCreativo

Dante Valero nunca fue un hombre bueno. Solo fue tolerante.
Durante años permitió que su familia viviera de su fortuna, soportó las manipulaciones de su primo Mateo y cedió una y otra vez para evitar que el enfermizo muchacho sufriera una crisis. Incluso aceptó que su prometida, Valeria Zorich, lo abandonara momentáneamente por él.
Pero el día de su boda, Mateo cruzó la última línea.
Dante dejó el altar, rompió el compromiso y abrió las puertas de un poder que todos creían dormido. Lo que nadie sabía era que el único heredero del imperio Valero jamás había sido débil. Simplemente se había contenido.
Ahora sus enemigos descubrirán lo que significa enfrentarse al verdadero Dante.
Mientras las familias que lo traicionaron caen en deudas, escándalos y ruinas, Elena Cruz, la única mujer que siempre conoció su verdadera naturaleza, regresa a su lado.
Él perdió una novia.
Ellos están a punto de perderlo todo.

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LA FIESTA DE SOLTERÍA DE DANTE VALERO

La iglesia estaba llena hasta la última banca. Flores blancas por todas partes, el órgano sonaba solemne, cientos de invitados vestidos de etiqueta murmuraban en voz baja, emocionados por lo que todos llamaban la unión del año. Altar, con velas y lirios, y allí, de pie, esperando, estaba Dante Valero.

Impecable. Traje negro hecho a medida, sin una sola arruga. El cabello peinado con precisión. Los ojos oscuros, fijos en la puerta principal, sin parpadear. No estaba nervioso. No estaba impaciente. Estaba contando los minutos.

Dante era el único heredero del imperio Valero: construcción, comercio, finanzas, conexiones que nadie nombraba pero todos respetaban. Todo venía de su padre, línea paterna, pura y exclusiva. Los Ruiz —su tía, su tío, y ese primo suyo, Mateo— no eran nada. Eran la rama materna, parientes de su madre, sin apellido Valero, sin derecho, sin vínculo con los negocios. Eran parásitos que llevaban años viviendo de su generosidad. Y él lo sabía. Siempre lo supo.

Mateo, ese primo débil, enfermizo, que siempre tosía, que siempre temblaba, que siempre tenía una crisis justo cuando más estorbaba… Dante lo había tolerado. Le había dado techo, dinero, médicos, todo. No por afecto. Por lástima. Lo veía flaco, pálido, con unos padres que no sabían mantenerlo, y se había dicho: “Déjalo. No le hago daño a nadie si lo dejo vivir cómodo.” Pero también sabía que era envidioso. Que lo miraba con odio disfrazado de admiración. Que manipulaba su debilidad para conseguir todo lo que quería. Y Dante había fingido no verlo. Se había contenido. Por años.

Pero hoy era su boda. Su día. Y vio la señal. Mateo, sentado al lado del pasillo, lo miró a los ojos… y sonrió. Una sonrisa pequeña, satisfecha, cruel. Y Dante entendió todo.

Va a hacer algo. Va a arruinarlo.

Y en lugar de enfadarse, algo se rompió dentro de él. No fue ira. Fue la liberación de toda esa contención que había cargado durante años.

Pasaron diez minutos. Veinte. Treinta. La música se detuvo. Los invitados empezaron a murmurar. Los padres de Valeria, los Zorich, sentados en la primera fila, se pusieron de pie, inquietos. El sacerdote frunció el ceño. Un mensajero corrió por el pasillo, sudando, nervioso, y se acercó a Dante, susurrando lo suficientemente fuerte para que los que estaban cerca escucharan:

— Señor Valero… lo siento mucho. La señorita Zorich no va a venir. Su primo Mateo ha tenido una crisis médica muy grave. Ella se quedó con él. Dice que no puede dejarlo solo. Que lo espere. Que lo entienda.

Silencio absoluto. Cientos de miradas clavadas en él. Esperaban que se pusiera pálido. Que gritara. Que saliera corriendo destrozado. Que humillara al apellido Valero.

Dante dio un paso al frente. Enderezó la espalda. Y soltó una carcajada corta, seca, cargada de un desprecio tan pesado que hizo retroceder al mensajero.

— ¿Crisis médica? —repitió Dante, con voz fuerte, clara, que resonó en toda la iglesia—. ¡Qué original! ¡Qué oportuno! ¡Siempre enfermo, siempre sufriendo, siempre justo en el momento en que no debe estorbar!

Se quitó el anillo de compromiso del dedo. Lo levantó, lo miró un segundo… y lo dejó caer sobre el altar. El sonido del metal contra la madera fue nítido, como un golpe.

— ¡Genial! —exclamó, y aplaudió. Dos aplausos secos, lentos—. ¡Perfecto! Aquí se acaba esta farsa.

Giró sobre sus talones y clavó la mirada en los padres de Valeria. Los miró a los ojos, uno por uno, sin parpadear, con una frialdad que les heló la sangre.

— Ustedes son testigos. Su hija no respeta este compromiso. No me respeta a mí. No respeta el trato, mi tiempo, ni el honor de mi apellido. Y si ella no respeta… yo no tengo por qué respetarlos a ustedes. Olvídense del trato comercial. Se cancela. Se acabó. Hasta aquí llegamos.

— ¡Dante, espera, es una emergencia, no seas cruel! —gritó la madre de Valeria, poniéndose de pie.

— ¿Cruel? —se acercó un paso, y su voz bajó, se volvió más grave, más peligrosa—. Yo soy el que está aquí, esperando, como un tonto, mientras ella prefiere consolar a un mentiroso que a su futuro esposo. ¿Me habla de crueldad? No. Yo soy claro. Su hija es débil. Y yo no comparto mi trono con nadie que se desmorone ante las primeras lágrimas de un falso enfermo. Necesito una reina a mi lado, no una niña que no sabe distinguir la verdad de la manipulación. Ella falló. Y no hay segundas oportunidades. No en mi mundo.

Se dio la vuelta y caminó por el pasillo central. No caminaba despacio, ni corría. Caminaba con autoridad, con furia contenida, con la seguridad de quien sabe que nadie se atreverá a detenerlo. La gente se apartaba a su paso, atónita, sin saber qué decir. Llegó a la puerta principal, salió al pórtico, se detuvo… y volvió la cabeza hacia todos los que seguían allí de pie, mudos.

— Ah, cierto —dijo, con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Hay un banquete servido en el salón de recepciones. Todo pagado, todo listo. Pueden pasar y comer todos. A mi nombre. Consideren esto oficialmente… mi fiesta de soltería.

Salió. La puerta se cerró detrás de él. Y dentro de la iglesia, el silencio seguía siendo tan pesado que se podía cortar con un cuchillo.

Dante no se fue a ninguna parte. Se quedó en el vestíbulo de la mansión, esperando. Sabía que vendrían. Y no tardaron mucho. Mateo, pálido, apoyado en su padre, la tía Ruiz detrás, todos con cara de indignación, de víctimas, de personas a las que se les había tratado injustamente. Entraron como si la casa fuera suya.

— ¡¿Cómo te atreves?! —gritó la tía, nada débil, nada enferma—. ¡Humillar a tu primo así, romper la boda, hacer escándalo! ¡Eres un monstruo! ¡Mateo casi muere y tú te ríes!

Dante estaba de pie, junto a la escalera, con las manos en los bolsillos del pantalón. Los miró llegar, uno por uno, y cuando terminaron de hablar, soltó una risa baja, cargada de desprecio.

— ¿Casi muere? —repitió, y dio un paso hacia ellos—. Déjeme decirle algo, tía mía. Yo he tolerado años de mentiras. He pagado médicos que me han dicho que no tiene nada grave. He visto cómo se pone enfermo solo cuando le conviene. He callado. He bajado la cabeza. Por lástima. Porque pensé: “no es su culpa, es débil, no puede más.” Pero hoy… hoy cruzaron la línea. Usaron mi boda, mi día, mi futuro… para jugar a ser víctimas. Y eso… eso ya no lo tolero.

Se acercó a Mateo, que retrocedió instintivamente. Dante lo tomó del brazo, con firmeza, sin lastimarlo pero sin dejarle escapatoria, y lo miró directo a los ojos.

— Tú sabías lo que hacías. Me miraste a la cara antes de que empezara todo y sonreíste. Creyiste que yo era un tonto. Creyiste que siempre iba a dejarme pisotear. Pues escúchame bien, primo: yo nunca fui bueno. Fui tolerante. Y la tolerancia se acabó.

Lo soltó de golpe, como si le asquease tocarlo, y se giró hacia el tío y la tía, con la voz que estalló por fin, llena de furia, de autoridad, de todo lo que había contenido durante años:

— ¡Y ustedes! ¡Se aprovecharon de mi bondad durante años! ¡Vivieron a costa mía, gastaron mi dinero, dieron órdenes en mi casa como si fueran los dueños! ¡Pues se acabó! ¡Esta casa es mía! ¡Este dinero es de los Valero! ¡Del lado de mi padre! ¡Ustedes son RUIZ! ¡No tienen nada aquí! ¡NADA!

— ¡No puedes echarnos, somos familia! —gritó el tío, rojo de ira.

— ¡Familia que me roba, me miente y me humilla en mi propia boda no es familia! —bramó Dante, dando un golpe seco contra la columna de mármol—. ¡Llévense sus cosas y salgan de mi casa AHORA MISMO! ¡Tienen cinco minutos! ¡Y si no se han ido para entonces, llamo a seguridad y los saco a la fuerza, y antes les digo lo que les espera!

Se acercó al tío, invadiendo su espacio, imponente, furioso, implacable:

— Tú. Desviaste fondos de la empresa durante tres años. Tengo las facturas, los testigos, los recibos. Quieres que vaya a la justicia? ¿Quieres ir a la cárcel por robo y fraude? ¿Eh?

Se giró hacia la tía, con la misma frialdad cortante:

— Y tú. Las joyas de mi madre. La colección de relojes de mi abuelo. Los vendiste. Sé dónde. Tengo los registros. ¿Quieres que te demande por robo de bienes ajenos? ¿Quieres que todo el mundo sepa lo que hiciste?

Y por último, miró a Mateo, que temblaba ahora de verdad, de miedo:

— Y tú. Las tarjetas de crédito que usaste para tus fiestas, tus vicios, tus viajes. Todo a mi nombre. Todo sin mi permiso. He cancelado todas. Y te voy a cobrar cada centavo. Con intereses. Tienes una semana para empezar a pagar. Si no lo haces… te meto en la cárcel por fraude y usurpación de identidad. No me conoces, Mateo. No sabes de lo que soy capaz cuando dejo de contenerme.

Los tres se quedaron mudos, pálidos, aterrorizados. Creyeron que Dante era débil, que era suave, que siempre perdonaba. No sabían que dentro de ese hombre tranquilo dormía un volcán. Y acababa de entrar en erupción.

— Cuatro minutos —dijo Dante, señalando la puerta con un gesto seco—. Lárguense. Antes de que cambie de opinión y llame a la policía ahora mismo.

Corrieron. Subieron las escaleras, recogieron lo que pudieron, bajaron con maletas temblando, sin atreverse a mirarlo a la cara. Salieron de la mansión Valero como lo que siempre fueron: invitados que se quedaron demasiado tiempo.

Dante se quedó solo en el vestíbulo. Respiró hondo, despacio, dejando que la furia se asentara, se calmara, se convirtiera en esa fría determinación que lo acompañaría de ahora en adelante. Miró hacia la puerta, hacia donde se habían ido, y sonrió, tranquilo, satisfecho.

— Nunca fui bueno —susurró, con voz firme, segura—. Solo fui tolerante.

Y salió al jardín, donde la fiesta de soltería empezaba. Y Dante Valero brindó por sí mismo, por el hombre que acababa de nacer: el rey que ya no se contenía para nadie.

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