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EL AMOR NO SIEMPRE LLEGA CON PALABRAS BONITAS

EL AMOR NO SIEMPRE LLEGA CON PALABRAS BONITAS

Status: En proceso
Genre:Reencuentro / Amor de la infancia / Mafia
Popularitas:850
Nilai: 5
nombre de autor: miamartina

Soy Natalia Salazar. Tengo veintitrés años y jamás imaginé que una amistad de la infancia pudiera convertirse en algo más.

En Puerto Marina nadie pronunciaba el apellido Salazar sin bajar la voz. Mi padre era el hombre más temido de la ciudad, y crecer bajo su sombra significó vivir entre guardaespaldas, reglas y puertas cerradas. Mientras otros hacían amigos en la escuela o salían los fines de semana, yo aprendí a mirar el mundo desde lejos.

Pero no estaba completamente sola.

Tenía a Marcos y a Alex.

Nos conocíamos desde niños y, aunque rara vez podíamos vernos fuera de los eventos organizados por nuestras familias, ellos eran lo más parecido a una vida normal que había tenido.

Hasta aquella noche.

Lo vi entre la multitud y algo cambió.

No fue una mirada, ni una sonrisa, ni una palabra bonita. Fue algo peor: la sensación de que, por primera vez en mi vida, estaba a punto de desear algo que nunca debería haber querido.

NovelToon tiene autorización de miamartina para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

lo que me costó admitir

natalia

Cuando llegamos a la casa, Alex recibió una llamada.

Él solía recibir varias durante el día, pero esta vez algo me inquietó.

—Voy a atender. Andá adentro, que ya voy.

Asentí sin preguntar nada.

Algo me tenía intranquila.

A Alex nunca parecía molestarle contestar llamadas cuando yo estaba cerca. Esta vez, en cambio, se había alejado apenas escuchó sonar el teléfono.

Estaba a punto de subir a mi habitación, pero la curiosidad pudo más.

Decidí esperarlo en la cocina y prepararle una taza de café.

Pasaron varios minutos hasta que finalmente entró.

—Te preparé un café.

Me miró por un instante y después volvió a mirar su celular, como si estuviera esperando alguna respuesta.

—Gracias.

Tomó el café y se lo bebió prácticamente de un solo trago.

Después dejó la taza sobre la mesa.

—Tengo que salir. Por favor, quedate en casa, ¿sí?

Lo observé con atención.

Se lo veía ansioso.

Preocupado.

—¿Pasó algo?

—Nada. Un pequeño inconveniente.

—¿Querés que te acompañe?

Las palabras salieron de mi boca antes de que pudiera pensarlo.

Hasta yo me sorprendí.

Alex me miró en silencio durante unos segundos.

—Aguardá un segundo. Tengo que hacer una llamada.

Subió prácticamente corriendo a su habitación.

Unos minutos después volvió a bajar, todavía más apurado.

—Abrígate bien. Voy a preparar algo… no te tardes.

Asentí.

Subí rápidamente a buscar un abrigo más grueso y bajé.

No entendía por qué, pero algo dentro de mí me decía que tenía que acompañarlo.

Alex manejaba mucho más rápido de lo normal.

No pregunté nada.

Cuando finalmente llegamos, pude notar que seguía intranquilo.

Me llevó directamente hasta su oficina.

—Quedate acá, ¿sí?

Por primera vez en toda la noche, su expresión se suavizó un poco.

—Esperame aquí. Enseguida vuelvo. Si querés algo, me avisás o llamás a Mirko.

Asentí y me senté en el sillón.

Cuando salió, comencé a observar la oficina.

Era completamente gris, con todos los muebles negros.

No había prácticamente ninguna decoración.

Solo unos cuantos libros en un estante.

Por un momento pensé que tendría algo interesante para leer, pero me decepcioné al descubrir que todos eran libros de contabilidad.

Suspiré.

Como no tenía nada mejor que hacer, encontré una hoja en blanco sobre el escritorio y comencé a dibujar.

No sabía cuánto tiempo había pasado.

Pero, por alguna razón, estar ahí me hacía sentir tranquila.

Aunque todavía tenía la sensación de que algo no estaba bien.

alex

Cuando fui a buscar a Natalia al trabajo, como hacía habitualmente, noté que todos comenzaban a bajar.

Todos menos ella.

Me pareció extraño.

Subí hasta su oficina para buscarla, pero no había nadie.

La llamé.

Una vez.

Dos.

Diez.

Incontables veces.

Nada.

El teléfono daba tono, así que al menos sabía que lo tenía encima, pero no contestaba.

Eso solo consiguió ponerme más nervioso.

Pensé en todos los lugares a los que podía haber ido.

Y entonces mi instinto me llevó hasta un lugar.

El hipódromo.

Cuando llegué, escuché varios disparos provenientes del interior.

Bajé del auto y entré rápidamente.

No tardé demasiado en encontrarla.

Ahí estaba.

Suspiré aliviado.

No quería que notara cuánto me había preocupado.

—¡Natalia!

Grité para que pudiera escucharme.

Ella me miró.

Y después volvió a girarse.

No sé por qué, pero ese gesto consiguió molestarme.

Y, al mismo tiempo, había algo en la forma en que me desafiaba que me atraía más de lo que quería admitir.

Volví a ponerme serio.

—Te estoy hablando, Natalia.

—Te escuché.

Respiré hondo, intentando mantener la calma.

—Me hubieras avisado que venías para acá.

Ella se giró hacia mí.

—¿Tengo que avisarte a todos los lugares a los que voy?

La miré seriamente.

—Sabés que se lo prometí a tu papá. Me tenías preocupado.

Las palabras salieron antes de que pudiera pensarlas.

Y, aunque era verdad, había algo más detrás de ellas.

Algo que todavía no estaba dispuesto a reconocer.

La esperé afuera.

Cuando salió, fuimos directamente a casa.

Apenas llegamos, Mirko me llamó.

Contesté con normalidad, pero después de escuchar sus palabras sentí que todo mi cuerpo se tensaba.

Miré a Natalia.

—Entrá adentro.

Ella no preguntó nada y se fue.

—¿Qué pasó, Mirko?

—Alex… no es él, pero trabaja para él.

Me quedé en silencio.

—¿Dijo algo que nos sirva?

—Nada. No quiere hablar.

Sentí cómo la rabia me recorría el cuerpo.

—Ya voy. Me ocupo yo. Seguí intentando.

Colgué.

Cuando entré a la casa, Natalia estaba esperándome en la cocina.

Me ofreció un café.

Lo acepté y me lo bebí en segundos.

Entonces le dije que tenía que salir.

Y fue ahí cuando ella pronunció esas palabras que me dejaron completamente desconcertado.

—¿Querés que te acompañe?

No sabía qué responder.

Por eso subí rápidamente a la habitación y llamé a Nico.

—Alex, cuánto tiempo sin llamarme.

—Lo sé. Pero necesito hablar urgentemente con Alejandro.

Hubo un pequeño silencio.

—¿Es por Natalia?

No respondí.

No hizo falta.

—Ya le aviso.

Unos segundos después escuché la voz de Alejandro.

—Decime.

—Apareció alguien que trabaja para él. Estaba por ir, pero no sé si dejarla sola. Ella quiere acompañarme.

—¿Le dijiste adónde vas?

—No. Simplemente quiere ir.

—Llevala.

Fruncí el ceño.

—¿Seguro?

—Pero no le digas quién es. La conozco, Alex.

Guardé silencio.

—No se preocupe, jefe. Pero, si me permite decirle algo… ella ya no es una niña.

Alejandro no respondió.

—El tiempo que estuve acá me hizo darme cuenta de que creció. Entiende muy bien dónde está parada y lo que está haciendo.

Hice una pausa.

—Y eso es justamente lo que me preocupa.

—¿Por qué?

—Porque no sé si va a poder controlarse. Y tengo miedo de que termine haciéndole algo.

Del otro lado hubo unos segundos de silencio.

—Solamente hacé que hable.

La llamada terminó.

Bajé lo más rápido que pude.

Cuando llegamos al lugar, no le dije nada a Natalia sobre lo que realmente estaba pasando.

La llevé hasta mi oficina y la dejé ahí.

—Quedate acá.

Después bajé hasta el pequeño sótano que tenía preparado para ese tipo de situaciones.

Mirko estaba allí.

—¿Ya habló?

—No, señor.

Respiré profundamente.

—Andá afuera de mi oficina y quedate en la puerta.

Mirko me miró.

—¿La señorita Natalia?

—Sí. Cuidala. No quiero que baje nadie y tampoco quiero que ella baje.

—Entendido.

Esperé a que saliera.

Entonces me acerqué al hombre.

—A ver… ¿cómo te llamás?

No respondió.

Miré la información que tenía delante.

—Patricio. Alias "El Puerco".

Sonreí apenas.

—Curioso apodo.

El hombre mantenía la cabeza agachada.

—Decime quién te mandó a seguirla.

No respondió.

Volví a preguntar.

Nada.

La paciencia comenzó a agotarse.

—Te estoy dando la oportunidad de hablar por las buenas.

El hombre siguió en silencio.

Suspiré.

—Entonces vamos a hacerlo de otra manera.

Pasó bastante tiempo.

Demasiado.

Cuando finalmente subí, todavía tenía la tensión de lo ocurrido encima.

Me limpié las manos antes de volver a la oficina.

No quería que Natalia viera nada.

Cuando entré, la encontré dormida en el sillón.

Me quedé observándola unos segundos.

Había una hoja sobre el escritorio.

Su dibujo seguía ahí.

No pude evitar sonreír.

Me acerqué y la levanté con cuidado.

La llevé hasta el auto y emprendimos el camino de regreso.

Cuando llegamos, la llevé hasta su habitación.

Era la primera vez que entraba.

Por alguna razón, siempre había imaginado que sería completamente diferente.

Pensaba que tendría colores fuertes, muchos detalles, fotografías por todas partes.

Pero no.

Todo era bastante simple.

Colores neutros y fríos.

Poca decoración.

Casi demasiado ordenada.

Levanté las frazadas y la acosté con cuidado.

Estaba a punto de soltarla para cubrirla cuando sentí que me agarraba con fuerza del brazo.

—Quedate conmigo…

La miré sorprendido.

Estaba dormida.

Intenté moverme, pero volvió a sujetarme con más fuerza.

—Necesito irme a bañar.

Le hablé como si pudiera escucharme.

—No… te quedás acá.

Suspiré.

Una parte de mí quería quedarse.

Pero no así.

Yo quería que me lo pidiera estando despierta.

Quería escuchar esas mismas palabras de sus labios mientras pudiera mirarme a los ojos.

Me quedé unos segundos observándola.

Después miré hacia el techo.

No entendía por qué deseaba tanto que estuviera despierta.

Finalmente, Natalia aflojó la mano.

Me liberé con cuidado y fui directamente a darme una ducha.

Mientras el agua caía sobre mí, intenté ordenar mis pensamientos.

Pero cuanto más pensaba, más preguntas aparecían.

¿Por qué quería que Natalia me pidiera que me quedara?

¿Por qué me incomodaba verla con cierta ropa?

¿Por qué me gustaba cuando me llevaba la contraria?

¿Por qué me alegraba descubrir que compartíamos los mismos gustos?

¿Por qué me importaba tanto lo que pensara de mí?

Cerré los ojos.

Había estado intentando ignorarlo desde que había regresado.

Convencerme de que solo era nostalgia.

Que simplemente quería recuperar el tiempo perdido.

Que la protegía porque se lo había prometido a su padre.

Pero ya no podía seguir mintiéndome.

No después de esa noche.

No después de la forma en que había reaccionado al verla desaparecer.

No después de haber deseado que se quedara conmigo.

Solté el aire lentamente.

Y finalmente acepté aquello que había intentado negar desde el principio.

Me gustaba Natalia.

Más de lo que debería.

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