Bajo el cielo de Madrid
Camila viaja a España con su pequeña hija buscando una nueva oportunidad. Lo que nunca imaginó era que su vida cambiaría al conocer a Nicolás Ferrer, uno de los futbolistas más importantes del mundo.
Él lo tiene todo... excepto paz. Ella solo busca empezar de nuevo. Pero cuando el destino insiste en cruzar sus caminos, ambos deberán decidir si están dispuestos a arriesgarlo todo por un amor que nunca debió existir.
NovelToon tiene autorización de Camila Da Ponte para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Lo que no debía sentir
Capítulo 16: Lo que no debía sentir
El lunes amaneció con un aire fresco después de un fin de semana soleado. Camila dejó a Lola en el colegio como cada mañana. Antes de entrar, la pequeña la abrazó con fuerza.
—¿Hoy volvés temprano?
—Sí, princesa. Te lo prometo.
—Entonces después hacemos galletitas.
Camila sonrió.
—Es un trato.
Ver a Lola feliz era el mejor comienzo para cualquier día. Con una sonrisa en el rostro, tomó el metro rumbo al Grupo Ferrer, sin imaginar que aquella jornada removería muchas emociones.
En la empresa, Laura reunió al equipo administrativo.
—Necesito informarles que dentro de dos semanas realizaremos un evento benéfico organizado por el Grupo Ferrer. Recibiremos empresarios, periodistas y deportistas. Todo debe salir perfecto.
Los empleados comenzaron a tomar notas.
—Camila, quiero que seas parte del equipo organizador.
Ella abrió los ojos con sorpresa.
—¿Yo?
—Sí. Has demostrado ser muy responsable.
—Muchas gracias. Haré lo mejor posible.
Cuando terminó la reunión, Elena se acercó sonriendo.
—Eso significa que vas a trabajar mucho más cerca de Nicolás.
Camila negó con la cabeza.
—Significa que voy a trabajar más, nada más.
Pero en el fondo sabía que Elena tenía razón.
Mientras tanto, Nicolás terminaba una práctica con su equipo. El entrenamiento había sido intenso, pero su mente estaba lejos del campo de juego.
Durante una pausa, uno de sus compañeros le dio un codazo amistoso.
—¿En qué pensás? Hace días que estás distraído.
Nicolás sonrió sin responder.
Ni él mismo sabía cómo explicar lo que estaba sintiendo.
Al llegar a la empresa, fue directamente a la sala donde se preparaba el evento. Al entrar encontró a varias personas trabajando... y entre ellas estaba Camila.
Llevaba el cabello recogido en un rodete desprolijo y revisaba una lista de invitados con absoluta concentración.
Ni siquiera notó que él había entrado.
Nicolás se quedó observándola unos segundos hasta que Laura se acercó.
—Justo a tiempo. Necesitamos decidir la distribución de las mesas.
Camila levantó la vista.
—Buenos días.
—Buenos días.
Fue un saludo breve.
Profesional.
Pero ambos sintieron ese cosquilleo que empezaba a hacerse imposible de ignorar.
Durante casi una hora trabajaron junto al resto del equipo.
Cada tanto intercambiaban alguna opinión sobre la organización.
Nada más.
Sin embargo, los dos parecían buscarse con la mirada sin darse cuenta.
Cuando terminaron, los demás comenzaron a salir de la sala.
Camila recogía unas carpetas cuando una caja pesada resbaló de una mesa.
Antes de que pudiera caer al suelo, Nicolás la sostuvo.
—Cuidado.
Ella levantó la vista.
—Gracias.
—Creo que el destino insiste en que siempre tenga que ayudarte.
Camila soltó una risa.
—O tal vez soy demasiado distraída.
Los dos rieron.
Era un momento simple.
Natural.
Hasta que el teléfono de Nicolás volvió a sonar.
La pantalla mostraba el nombre de Valentina.
Su sonrisa desapareció.
Contestó.
—Hola.
La voz de Valentina sonaba seria.
—¿Podemos cenar esta noche?
—Sí, claro.
—Necesitamos hablar.
—Ahí estaré.
Cuando terminó la llamada, encontró a Camila guardando los últimos documentos.
Ella fingió no haber escuchado nada.
—Bueno... ya está todo listo.
—Gracias por tu ayuda.
—Es mi trabajo.
Por alguna razón, aquella frase le dolió a Nicolás.
Porque tenía razón.
Eso era todo lo que debía existir entre ellos.
Una relación profesional.
Nada más.
Esa noche, Nicolás llegó puntual al restaurante donde lo esperaba Valentina.
Después de unos minutos de conversación, ella respiró profundamente.
—Necesito hacerte una pregunta... y quiero que me respondas con sinceridad.
Él la miró en silencio.
—¿Seguís enamorado de mí?
Nicolás bajó la vista.
Las palabras no salían.
No quería lastimarla.
Pero tampoco podía seguir fingiendo que todo estaba igual.
Valentina comprendió la respuesta antes de escucharla.
Sintió que el corazón se le rompía.
—Creo que te estoy perdiendo...
Él cerró los ojos unos segundos.
—Nunca quise hacerte daño.
Ella sonrió con tristeza.
—Lo sé.
Pero, a veces, el amor se termina antes de que tengamos el valor de admitirlo.
Mientras tanto, en el pequeño departamento de Camila, el aroma de las galletitas recién horneadas llenaba la cocina.
Lola tenía harina en la nariz y no dejaba de reír.
—¡Mamá, quedaron riquísimas!
Camila la abrazó.
—Son las mejores porque las hicimos juntas.
La pequeña apoyó la cabeza sobre su hombro.
—¿Sabés qué?
—¿Qué pasa?
—Desde que vivimos en Madrid... sonreís más.
Camila sintió un nudo en la garganta.
No respondió de inmediato.
Miró por la ventana hacia las luces de la ciudad.
Quizás Lola tenía razón.
Quizás algo estaba cambiando.
Pero también sabía que ese cambio tenía un nombre que no debía ocupar sus pensamientos.
Nicolás Ferrer.
Y cuanto más intentaba alejar esa idea, más difícil le resultaba convencer a su corazón de que aquello... era un sentimiento que no debía nacer.