Choi Min‑jun es un adolescente de 16 años, tímido y amante de los webtoons, que vive una vida normal en el Liceo de Gangnam… hasta que una chamana ancestral le entrega el Sello de Jade Blanco, una piedra mágica que lo transforma en Jade Blanco, el héroe capaz de curar lo roto y purificar las Sombras de Han: seres corrompidos por el rencor que amenazan con destruir Seúl.
Su compañero de batalla es Ámbar Negro, un héroe de fuerza bruta y carácter seguro que siempre le cubre la espalda. Lo que Min‑jun no sabe es que, bajo la máscara de ámbar, se esconde Park Seo‑jun: el capitán de baloncesto del instituto, por quien él está perdidamente enamorado. Y Seo‑jun, a su vez, adora a Jade Blanco sin imaginar que es el chico tímido que le sonroja en el salón.
Mientras luchan contra el malvado Tejedor de Han —un ser que usa el dolor ajeno para crear villanos—, ambos deberán proteger su identidad secreta, luchar contra sus sentimientos y enfrentar una revelación que cambiará la vida de Min‑jun
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CAPÍTULO 2: Mentiras y leche de plátano
El sol apenas empezaba a teñir de naranja y rosa los tejados de Seúl cuando Choi Min‑jun llegó al portón del Liceo de Gangnam. Llevaba la mochila colgada de un solo hombro, se le había desabrochado un botón de la camisa y los cordones de sus zapatos estaban desatados sin que se diera cuenta. Dio un paso distraído, tropezó con el pequeño escalón de entrada y casi se va de bruces al suelo; al intentar sostenerse, se le abrió la cremallera de la mochila y cayeron al camino lápices, hojas sueltas, su estuche y hasta un pequeño peluche que siempre llevaba consigo.
—¡Ay, ay, ay…! —balbuceó, poniéndose rojo de la vergüenza mientras se agachaba a recoger todo apresuradamente—. Qué torpe soy… perdón, perdón…
Algunos compañeros que pasaron sonrieron con ternura y le ayudaron a recoger un par de hojas, pero todos ya conocían a Min‑jun: el chico dulce, despistado, que siempre se le olvidaba algo, que se perdía mirando las nubes o dibujando en su mente, y que parecía vivir en su propio mundo. Nadie habría imaginado jamás que detrás de esa apariencia tan inofensiva se escondía una mente brillante, capaz de analizar cada detalle y encontrar la solución más lógica a cualquier problema.
—¿Te ayudo yo con esto?
Una voz suave y cálida lo hizo levantar la vista. Allí estaba Park Seo‑jun, con el uniforme impecable, el cabello un poco alborotado por la brisa matutina y esa sonrisa que siempre lograba calmar los nervios de Min‑jun. Tenía en una mano su propia mochila y en la otra dos cartones de leche de plátano bien fría. Se agachó con naturalidad, recogió el cuaderno que se había deslizado hasta el borde de la acera y se lo entregó con cuidado.
—G‑gracias… —murmuró Min‑jun, tomando el cuaderno y metiendo las cosas al azar dentro de la mochila sin ni siquiera ordenarlas—. No sé qué me pasa hoy… parece que todo se me cae de las manos.
—No te preocupes, le pasa a cualquiera —Seo‑jun se puso de pie y le pasó uno de los cartones de leche—. Toma, te lo compré al pasar por la tienda. Noté ayer que te gusta mucho.
Min‑jun tomó el cartón con las manos un poco temblorosas. El corazón le latía a mil por hora, y no solo por la ternura que le provocaba ese gesto: era la misma persona que apenas unas horas antes había estado junto a él en medio del caos del mercado de Namdaemun, con la voz firme y el traje de Ámbar Negro. Ahora lo tenía ahí, tan cercano, tan amable, sin sospechar absolutamente nada.
—Gracias de verdad… —repitió Min‑jun, bajando la mirada hacia la bebida—. Eres muy bueno conmigo.
—Es que te lo mereces —respondió Seo‑jun con sencillez, y le apartó suavemente un mechón de pelo que le caía sobre los ojos—. Pero te veo muy cansado. Ayer te fuiste corriendo tan rápido que no pude ni despedirme bien. ¿Todo está bien con tu abuela? ¿Tuviste que hacer algo muy pesado?
La pregunta era inocente, pero Min‑jun sintió como si le apretaran el pecho. La excusa de la abuela era lo único que tenía para explicar su desaparición repentina, y odiaba tener que mentirle a la persona que más quería. Pero la promesa hecha a Yeo‑wol era una regla absoluta que no podía romper por nada del mundo: **nadie, ni amigos, ni familia, ni siquiera la persona que amas, debe saber que eres Jade Blanco**. El Tejedor de Han no dudaría en usar a quienes él quería para dañarlo, y Min‑jun no se perdonaría jamás poner a Seo‑jun en peligro por un descuido.
—Sí… sí, todo está bien —dijo al fin, con voz bajita y mirando el suelo—. Solo que se retrasó más de lo que pensábamos y tuve que ir corriendo. Lo siento si te hice esperar o si te preocupé.
—No tienes que pedir perdón por nada, Min‑jun —le aseguró Seo‑jun mientras caminaban juntos hacia el edificio del colegio—. Solo quiero que estés bien y que estés seguro. Si alguna vez tienes algún problema, o algo que te preocupa, o incluso si solo necesitas que alguien te escuche… ya sabes que puedes contar conmigo. Siempre estaré aquí para ti.
Esas palabras le llenaron el corazón a Min‑jun, pero al mismo tiempo le hicieron sentir más pesado el secreto. Durante toda la mañana, intentó mantener su papel al pie de la letra: cuando el profesor le preguntó algo, tartamudeó y dijo que no recordaba la respuesta; cuando le prestaron un lápiz, al rato ya no sabía dónde lo había dejado; cuando sus compañeros le contaron una anécdota, se quedó mirando por la ventana como si estuviera en las nubes. Sin embargo, en su interior, su mente trabajaba a toda velocidad: ya había repasado cada movimiento de la noche anterior, había analizado cómo se comportaba la sombra, qué la hacía reaccionar, cuáles eran sus puntos débiles y había elaborado hasta tres planes diferentes, cada uno con su explicación lógica, por si se volvían a encontrar con una amenaza similar. Nadie sospechaba nada; para todos él seguía siendo el chico despistado y dulce que todos querían cuidar.
A la hora del recreo se sentaron juntos en su banco habitual del patio, bajo la sombra de los árboles. Comieron en silencio unos minutos, hasta que Seo‑jun dejó su bocadillo a un lado y lo miró con una expresión más seria y atenta.
—Min‑jun… hay algo que me ha estado dando vueltas en la cabeza desde ayer —empezó a decir con tono suave—. Cuando te fuiste, más o menos a esa misma hora, se armó un alboroto muy grande en el mercado de Namdaemun. Dicen que la gente corría asustada, que había cosas que se movían solas… cosas muy raras. Y tú te fuiste precisamente hacia esa zona. ¿Estás seguro de que no viste nada extraño? ¿No te pasó nada?
Min‑jun sintió que se le helaba la sangre, pero hizo un esfuerzo enorme para mantener su actitud de siempre: abrió los ojos con sorpresa, encogió los hombros y sonrió con inocencia.
—¿Ah sí? No tenía ni idea… —dijo con voz tranquila pero fingida—. Yo solo fui hasta la casa de mi abuela que vive por allá, pero fui directo y no me detuve en ningún lado. No vi nada raro, de verdad… Qué cosa tan espantosa, ¿no? Espero que nadie haya salido herido.
Seo‑jun lo observó unos segundos más, escudriñando su mirada como si intentara descubrir si le ocultaba algo, pero al final negó con la cabeza y volvió a sonreír, aunque con un rastro de preocupación.
—Seguramente solo fue una coincidencia y yo estoy imaginando cosas —dijo—. Pero por favor, ten mucho cuidado. No andes por sitios solitarios o que parezcan peligrosos, ¿vale? Me daría mucho miedo que te pasara algo malo.
—Te lo prometo, tendré mucho cuidado —respondió Min‑jun, y aunque sus palabras sonaron sencillas, en su mente ya estaba calculando la mejor forma de vigilar esas zonas él mismo, para evitar que Seo‑jun o cualquier otra persona terminara en medio de un peligro.
Cuando terminó el recreo y pasaron las últimas clases, llegó la hora de volver a casa. Se despidieron en la esquina, y apenas Seo‑jun dio la vuelta, el brazalete de hilo rojo en la muñeca de Min‑jun empezó a vibrar suavemente, llamándolo. Min‑jun miró a los lados para asegurarse de que nadie lo viera y tomó el camino hacia el bosque que rodeaba el Monte Namsan.
Al cruzar el viejo portón de piedra del santuario y ver a Yeo‑wol esperándolo, su postura cambió al instante: la torpeza y la timidez desaparecieron por completo, su espalda se enderezó, su mirada se volvió clara, aguda y llena de determinación. Ya no era el chico despistado del colegio: ahora era Jade Blanco.
—Llegas justo a tiempo —dijo Yeo‑wol con calma—. ¿Has podido pensar en lo que ocurrió ayer?
—Sí, lo he analizado todo detenidamente —respondió Min‑jun sin dar rodeos, con una voz segura y razonada—. He llegado a la conclusión de que el Tejedor de Han no elige a sus víctimas al azar. Siempre son personas que llevan dentro un sentimiento de injusticia, de dolor o de rencor que no han podido resolver. Si nos limitamos a esperar a que aparezcan las sombras para luchar contra ellas, siempre iremos con retraso. Lo más lógico y eficiente sería tratar de identificar esos casos antes de que se conviertan en una amenaza, y así poder actuar antes de que sea demasiado tarde.
Yeo‑wol lo miró con una mezcla de asombro y orgullo, asintiendo lentamente.
—Tu mente es tan brillante como la luz que llevas dentro, Min‑jun —reconoció—. Pero no olvides nunca que debes mantener esa agudeza oculta en tu vida cotidiana. Cuanto más inofensivo y corriente parezcas, más difícil será para cualquiera sospechar de ti, y más protegidos estarás tú… y todos los que te rodean.
Min‑jun asintió, sabiendo que tenía toda la razón. Se quedó un momento mirando hacia la ciudad iluminada, pensando en Seo‑jun: en su sonrisa, en su preocupación sincera, en la fuerza con la que luchaba como Ámbar Negro sin saber que a su lado tenía a alguien que siempre buscaría la mejor manera de cuidarlo y protegerlo.
Nadie sabría sus identidades. Por ahora, mantener ese secreto era la única forma de mantener a salvo a la persona que amaba.
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**FIN DEL CAPÍTULO 2*