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Harina De Otro Costal Cómo No Matarse Con Un Rodillo

Harina De Otro Costal Cómo No Matarse Con Un Rodillo

Status: Terminada
Genre:Aventura / Romance / Completas
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Lobelia

Ramiro y Penélope comparten la misma calle, el mismo amor por la masa y un odio mutuo tan fermentado como el mejor pan. Él es un purista de la tradición; ella, una científica loca del azúcar. Cuando el "Gran Festival del Pastel de Oro" amenaza con arruinar a uno de los dos, se desata una guerra de espionaje industrial casero, sabotajes ridículos y encuentros a medianoche que terminarán demostrando que, en la cocina y en el amor, los opuestos no solo se atraen... se hornean juntos.

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Capítulo 15: Traición en la masa

​El sol de la mañana siguiente no logró disipar la neblina densa que se asentó sobre la calle principal de Villa Delicia. A las diez en punto, un rugido de motor extranjero y pretencioso alteró el ritmo pausado del pueblo. Un automóvil negro de gran cilindrada, con los cristales blindados y las llantas relucientes como espejos de cromo, se detuvo de forma ilegal justo en mitad de la línea discontinua que separaba "El Trigo de Oro" de "LaGlase". La presencia del vehículo cortó el aire con la frialdad de una navaja.

​De la puerta del copiloto descendió Don Cornelio.

​El hombre era la encarnación viva del capitalismo de gran superficie. Vestía un traje de tres piezas gris marengo, cortado a la medida de una ambición sin escrúpulos, y lucía un abrigo de cachemira sobre los hombros. Don Cornelio era el director ejecutivo y dueño absoluto de "Pan-Industrial S.A.", una megacorporación transnacional que dominaba el mercado de la bollería congelada, los panes de molde con conservantes de laboratorio y los dónuts de plástico que duraban tres meses intactos en los estantes de las gasolineras. Su estrategia de expansión era tan simple como sanguinaria: desembarcar en localidades históricas, ahogar los precios de los pequeños productores locales mediante pérdidas calculadas y, una vez que el terreno quedaba yermo, comprar las licencias por una miseria para instalar sus franquicias uniformes de pan precocinado.

​Don Cornelio se detuvo en mitad del asfalto. Se ajustó los puños de la camisa, adornados con gemelos de oro macizo, y paseó sus ojos pequeños, fríos y desprovistos de cualquier rastro de sensibilidad culinaria, por las fachadas de ambos locales. Una sonrisa cínica, una mera contracción mecánica de sus labios delgados, le cruzó el rostro.

​—Un obrador medieval a la izquierda y una feria de luces caducas a la derecha —susurró para sí mismo, con un tono de desprecio absoluto—. Tierra conquistada. En dos semanas, este suelo olerá a conservante industrial.

​Don Cornelio ejecutó su primera maniobra con la frialdad de un ajedrecista corporativo. Entró primero en "El Trigo de Oro". Ramiro, que aún sentía el dolor sordo en los omóplatos por los golpes de Penélope de la noche anterior, lo recibió detrás del mostrador. El magnate no miró las cestas de mimbre; simplemente deslizó una tarjeta de visita plastificada sobre el mármol y, sin preámbulos, abrió un maletín de cuero para extraer un contrato de cesión de derechos.

​—Vengo a hacerle un favor, señor —dijo Don Cornelio, con una voz engolada, mientras señalaba una cifra insultantemente baja en el papel—. Su negocio es insostenible en el mercado actual. "Pan-Industrial S.A." le ofrece esta cantidad por el local. Podrá jubilarse y dejar de madrugar a las tres de la mañana por cuatro monedas.

​Ramiro leyó la cifra. Una corriente de indignación le encendió las mejillas. Se inclinó sobre el mostrador, clavando su mirada noble y rústica en los ojos del tiburón. Sus dedos, callosos por la lealtad al oficio, arrugaron el papel con fuerza.

​—Este obrador no tiene precio, caballero —respondió Ramiro, con una voz profunda que vibró en las soleras de piedra—. Mi abuelo levantó estas paredes con sus manos, y el pan de verdad no se vende a los mercaderes del plástico. Guarde su dinero y salga de mi tienda.

​Don Cornelio no se inmutó. Recogió su tarjeta con un gesto lento, esbozando una mueca de superioridad.

​—El orgullo tradicional es un pésimo negocio, joven. Ya lo entenderá.

​Minutos después, el villano repitió la operación en "LaGlase". Penélope lo escuchó sentada en uno de sus taburetes altos, con la taza de café a medio terminar entre las manos. Cuando Don Cornelio le presentó la oferta de absorción, sugiriendo que su tienda se convertiría en un punto de distribución de dónuts congelados de la cadena, la pastelera sintió una náusea violenta.

​—¿Grasas hidrogenadas en mis vitrinas? —Penélope se levantó, con los ojos echando chispas y la coleta agitándose con furia—. He pedido créditos al banco y he arriesgado mi vida entera para crear repostería de verdad, no para ser el escaparate de su basura plastificada. Coja su maletín y lárguese antes de que use la manguera de limpieza con su traje gris.

​Don Cornelio salió a la calle principal, deteniéndose junto a su coche negro. No estaba enfadado; las respuestas de los artesanos entraban dentro de sus previsiones. Se pasó la mano por el mentón, analizando la situación con una lógica despiadada. Había observado el festival benéfico del asilo y sabía que, tras la sanción del juez de paz, ambos panaderos habían desarrollado una peligrosa alianza. Si unían sus talentos en el Gran Festival del Pastel de Oro, consolidarían el mercado local y "Pan-Industrial S.A." perdería la oportunidad de expandirse en la comarca.

​—Son tercos, pero el orgullo es su punto débil —comentó Don Cornelio a su secuaz, un hombre menudo y de movimientos felinos que esperaba al volante—. No hace falta que compitamos con ellos. Solo tenemos que hacer que se destruyan entre sí antes del sábado. Cuando la confianza muera, recogeremos los escombros de la calle principal por la mitad de lo que les he ofrecido hoy.

​La madrugada regresó con su manto de sombras y un silencio espeso. A las tres de la mañana, la calle principal parecía un escenario abandonado. Sin embargo, una silueta oscura, esquivando el parpadeo de la farola municipal, se aproximó a la puerta trasera de "El Trigo de Oro". Usando una ganzúa profesional proporcionada por los fondos reservados de la corporación, el secuaz de Don Cornelio deslizó el pestillo de la entrada de Ramiro sin emitir un solo chirrido.

​Se coló en el obrador vacío. Avanzó entre las mesas de mármol, buscando la luz residual de la nevera industrial. De su chaqueta extrajo un objeto de alta carga destructiva emocional: una copia fotocopiada y encuadernada de forma idéntica al cuaderno de notas, bocetos y recetas secretas de Penélope; un documento confidencial que la corporación había conseguido sobornando a uno de los proveedores de la pastelera semanas atrás.

​El secuaz dejó el cuaderno "olvidado" sobre el mostrador principal de Ramiro, justo al lado de su báscula de precisión y de su calibre digital, simulando que el panadero lo había estado estudiando minuciosamente durante la noche bajo la luz del flexo. Salió por donde había entrado, cerrando la puerta con un clic definitivo. La trampa estaba lista.

​A las siete de la mañana, el sol comenzó a teñir las aceras. Penélope cruzó la calle principal con el corazón ligero. La cena de las hamburguesas de la noche anterior había dejado un eco dulce en su mente; recordaba el tacto de los dedos de Ramiro en su mejilla y la vulnerabilidad de sus palabras bajo la luz de los neones. En sus manos cargaba un molde de aluminio desmontable que Ramiro le había prestado para el catering del asilo. Quería devolvérselo antes de abrir, quizás compartir una sonrisa cómplice que confirmara que lo de la patata frita no había arruinado la magia.

​Empujó la puerta delantera de "El Trigo de Oro", que ya estaba entornada.

​—¿Ramiro? Traigo tu molde... —su voz se apagó en mitad de la tienda.

​El obrador estaba vacío; Ramiro había bajado al almacén de harina del sótano para recibir un pedido de grano. Penélope avanzó hacia el mostrador para dejar el aluminio. Fue entonces cuando sus ojos se clavaron en el objeto que descansaba bajo la lámpara encendida.

​El aire se congeló en sus pulmones. El molde de aluminio se deslizó de sus dedos, cayendo al suelo con un estrépito metálico que vibró en las paredes, pero ella ni siquiera parpadeó.

​Allí estaba. Su cuaderno de tapas de cuero fucsia, sus anotaciones manuscritas sobre los tiempos exactos de la ganache de menta, las proporciones secretas del glaseado espejo y los esquemas visuales que había diseñado en secreto para la pieza del Gran Festival del Pastel de Oro. El cuaderno estaba abierto por la página del dónut volcánico, con un bolígrafo de Ramiro cruzado sobre las anotaciones.

​Un dolor agudo, físico y lacerante, le atravesó el pecho. Penélope sintió que el suelo se balanceaba bajo sus pies mientras una oleada de frío le recorría las venas. Sus manos comenzaron a temblar de forma incontrolable. Los recuerdos de las últimas cuarenta y ocho horas —las risas histéricas en el suelo aceitado, la tregua del lavavajillas, la mirada intensa entre los vapores de la manguera y los dedos de Ramiro limpiándole la mejilla en el puesto de hamburguesas— se transformaron instantáneamente en una farsa macabra.

​—No... no puede ser —susurró, con los ojos llenándose de lágrimas de rabia y humillación profunda.

​Su mente, herida por el fantasma del miedo al fracaso, procesó la escena con una lógica destructiva: Ramiro nunca había cambiado. Todo había sido una estrategia calculada. El purista metódico la había usado durante la condena del juez de paz para ganarse su confianza, bajar sus defensas y robarle los secretos del concurso para asegurar la victoria del legado de su abuelo. Había sido una espía de pacotilla frente a un estafador profesional.

​Penélope cerró el cuaderno de un golpe seco que levantó una mota de harina. Sus dientes se apretaron con tanta fuerza que le dolió la mandíbula. El dolor de la traición se transformó en un segundo en una furia ciega, un volcán de resentimiento que borró cualquier rastro de la ternura de la noche anterior.

​En ese momento, los pasos de Ramiro resonaron en la escalera del sótano. El panadero emergió con un saco al hombro y una sonrisa limpia en el rostro, listo para saludarla.

​—¡Penélope! Qué pronto has...

​No pudo terminar la frase. Penélope se giró hacia él, con el rostro pálido, las lágrimas corriendo por sus mejillas y los ojos encendidos con un odio tan puro que Ramiro dio un paso atrás, desconcertado. Ella levantó el cuaderno en el aire, mostrándoselo como si fuera un arma delictiva.

​—Eres un monstruo, Ramiro —dijo ella, con una voz temblorosa, rota por la decepción—. Un mentiroso y un miserable. Me usaste. Todo lo de anoche... toda la maldita tregua del lavavajillas fue solo para esto. Para robarme.

​Ramiro dejó caer el saco de harina al suelo, parpadeando con absoluta confusión.

​—¿De qué estás hablando? ¿Qué es ese cuaderno? Yo no he visto eso en mi vida...

​—¡Cállate! —gritó Penélope, arrojándole el cuaderno directamente al pecho. El impacto hizo que las hojas se agitaran antes de caer al suelo—. No quiero volver a escuchar tu voz de purista. Querías guerra para el festival, ¿verdad? Pues la vas a tener. Voy a destruirte en ese concurso, a ti y a tu preciada masa madre de los cojones.

​Dio media vuelta y salió de "El Trigo de Oro" dando un portazo que hizo temblar los cristales del escaparate. Ramiro se quedó solo en mitad del obrador, con la mente en blanco, contemplando las tapas fucsias del cuaderno tirado en el suelo húmedo. La trampa de Don Cornelio se había cerrado con una precisión quirúrgica. La tregua del azúcar había muerto, el romance se había desintegrado y la guerra total de la calle principal había regresado, pero esta vez, el dolor en el pecho no se quitaba con tres golpes en la espalda.

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Cristina Miranda
que lindo va a ser.cuando se.descubra todo!!☺️🥰🤣
Cristina Miranda
Panza llena, corazon contento👏👏🤣🥰
Cristina Miranda
Se esta poniendo bueno, va a terminar como yo dije!!☺️☺️
Cristina Miranda
muy etretenida la historia, liviana, risueña, ya adivino el final, espero que sea como pienso!!😂
Fernanda
se viene una batalla feroz 🤭espero que descubran al verdadero enemigo
Celina Espinoza
🤭duro muy poco la carma
Fernanda
buenas tardes historia ❤️☺️🙏muy divertida
Warriorgame
El olor ok. Pero un sonido tan fuerte... 🤔
Warriorgame
Luces baratas, pero eficaces.
Warriorgame
¿Por qué? Es simplemente publicidad.
Warriorgame
Aunque lo impecable del primero suele atraer, la tecnología pesa mucho actualmente.
Celina Espinoza
felicidades por tu nueva historia🙏
celimar
felicidades autora por esta nueva historia
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