Mi nombre es Sara Miller, y antes de llegar a la Universidad de Minnesota, creía que la distancia geográfica era un factor suficiente para alterar el resultado de un trauma. Huí de Boston con una beca de excelencia académica y el alma rota, buscando desaparecer entre la nieve de Minneapolis. Pero el destino no entiende de estadísticas. En mi primer día de clases, la ecuación de mi supervivencia colapsó al encontrarme frente a frente con Thomas y Carter, los mismos dos monstruos con uniforme de hockey que habían convertido mi pasado en una pesadilla y que ahora jugaban para los Gophers.
Fue en ese pasillo helado donde todo cambió. Cuando la violencia física era inminente, apareció la variable más impredecible de todo el campus Jhon King.
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## Capítulo 2
—¿Qué mierda te pasa, Jhon? ¿Desde cuándo defiendes a las perras de Boston?
La puerta del vestuario ni siquiera se había terminado de cerrar detrás de mí cuando la voz de Carter golpeó las paredes de concreto. El olor a sudor, desinfectante barato y cinta de hockey inundaba el lugar, un ambiente que usualmente me daba paz, pero que hoy solo me revolvía el estómago. Me quité la sudadera gris de los Gophers con calma, ignorando deliberadamente la mirada furiosa que me lanzaba desde el banco central.
—Aprende a hablar en un vestuario, Carter —respondí sin mirarlo, arrojando la sudadera dentro de mi casillero—. Y cuida tu jodido lenguaje si vas a referirte a un estudiante de esta universidad.
—No me jodas, King —Thomas se levantó de su asiento, cruzando sus enormes brazos sobre el pecho. Su uniforme a medio poner dejaba ver las cicatrices de la pretemporada—. Esa tipa es Sara Miller. ¿Tienes idea de quién es? Nos jodió la vida en Boston. Por su culpa tuvimos que transferirnos a este maldito congelador a mitad del año pasado.
Su maldito expediente casi nos cuesta la carrera.
—Su expediente no les costó nada porque sus jodidos padres pagaron para borrar la mierda que ustedes hicieron —me giré lentamente, clavando mis ojos en los suyos. El vestuario se quedó en absoluto silencio; el resto de los jugadores de segundo año que estaban cambiándose se congelaron en sus lugares, oliendo el peligro—. Sé perfectamente quién es. Sé lo que pasó en Boston. Y sé lo que ustedes dos intentaron hacer en ese vestuario.
—Ella mintió —siseó Carter, dando un paso hacia adelante, con el rostro enrojecido—. Estaba buscando atención. Es una maldita nerd muerta de hambre que no aguantaba que dos titulares del equipo no le hicieran caso.
Y tú vas y te pones de su lado en el pasillo.
Nos hiciste quedar como idiotas frente a los novatos.
—No necesitaron mi ayuda para quedar como idiotas, Carter. Lo hacen bastante bien solos —me acerqué a él hasta quedar a menos de diez centímetros. Mi estatura obligaba a Carter a inclinar la cabeza hacia arriba para sostenerme la mirada—. En este equipo hay una sola regla de oro: lo que afecte la temporada se corta de raíz. Si el decano o el entrenador se enteran de que están acosando a la nueva becada de honor en el edificio de ciencias, estamos jodidos. Nos suspenden el programa deportivo completo.
—Ella no va a decir nada —intervino Thomas, intentando sonar seguro, aunque la veta de pánico en su voz era evidente—. Está muerta de miedo. La viste. Estaba temblando.
—Estaba respondiéndoles con tu maldito promedio académico en la cara, Thomas. Eso no es miedo, es desprecio —solté una carcajada amarga—. Y no va a decir nada porque yo me voy a encargar de que ustedes dos no vuelvan a respirar el mismo aire que ella. A partir de hoy, Sara Miller es intocable.
Carter soltó un bufido de incredulidad, golpeando con fuerza la puerta de metal de su casillero.
—¿Intocable? ¿Desde cuándo el capitán del equipo se vuelve el caballero de brillante armadura de una muerta de hambre? Jhon, juegas en nuestra misma línea. Se supone que nos cubres las espaldas, no que te alías con el enemigo.
—Mi espalda está perfectamente cubierta por mi talento en el hielo, no por dos idiotas que no pueden mantener sus manos quietas fuera de la pista —mi voz bajó a ese tono que el equipo conocía perfectamente, el que usaba cuando el entrenador me dejaba a cargo del vestuario—. Sara Miller es mi nueva tutora oficial de cálculo multivariable. Si no paso el parcial del viernes, el entrenador me sienta en la banca contra Wisconsin. ¿Quieren cubrirme las espaldas? Perfecto. Asegúrense de que mi tutora llegue viva, tranquila y sin un solo susto a la biblioteca todos los días a las cuatro de la tarde.
Thomas guardó silencio un momento, analizando mis palabras con la poca velocidad cerebral que le quedaba. Su mandíbula se tensó.
—La estás usando para salvar tu promedio. Solo es eso.
—Estoy haciendo lo necesario para ganar el campeonato, algo que ustedes dos parecen haber olvidado entre tanta fiesta y tanto acoso —me colgué la mochila al hombro y cerré mi casillero con un golpe seco que resonó como un disparo en el vestuario—. Escúchenme bien, y esta es la última vez que lo digo porque no me gusta repetirme. Si veo a alguno de ustedes a menos de diez metros de Sara, si me entero de que le enviaron un mensaje, si alguien me dice que la miraron raro en la cafetería, los hundo tan profundo en la banca que van a pasar el resto de su carrera universitaria limpiando las navajas de mis patines. ¿Les queda claro?
—Esto es ridículo, Jhon —protestó Carter, dando un paso atrás, derrotado por la jerarquía—. Estás exagerando por una maldita nerd.
—Pruébame, Carter —lo desafié, dándole un toque leve pero firme en el pecho con mi dedo índice—. Juro por Dios que tengo el poder para hacer que sus contratos de transferencia se vuelvan humo antes del fin de semana. El entrenador me escucha a mí, no a dos defensas sustituibles que promedian un uno punto dos en álgebra lineal.
Thomas tomó a Carter por el hombro, frenándolo antes de que cometiera una estupidez mayor. Sabía que no estaba faroleando. En la Universidad de Minnesota, el capitán del equipo de hockey tenía más peso dentro del campus que la mitad de los miembros del consejo estudiantil. Si yo decía que estaban fuera, estaban fuera.
—Vámonos, Carter. Deja que el capitán tenga a su mascota —escupió Thomas, dándose la vuelta con desprecio—. Pero recuerda esto, Jhon: las nerds como ella siempre terminan rompiendo los contratos. Son demasiado frágiles para este mundo.
—Ella sobrevivió a ustedes dos en Boston —sentencié, caminando hacia la puerta de salida—. Eso me dice que es mucho más fuerte que cualquiera de los dos. Limpien su mierda y muévanse.
Tenemos práctica en veinte minutos.
Salí del vestuario azotando la puerta, sintiendo el eco de la adrenalina recorrer mis venas. El pasillo del área deportiva estaba lleno de pósteres de campeonatos anteriores, fotos de leyendas de la NHL que habían pisado este mismo suelo. Yo quería estar ahí. Necesitaba estar ahí. Mi futuro entero dependía de mantener mi mente enfocada en el disco y en la red, pero ahora, una variable inesperada llamada Sara Miller se había cruzado en mi ecuación.
Caminé hacia el estacionamiento, buscando las llaves de mi camioneta en los bolsillos. Sabía que Thomas y Carter eran escoria; lo había sabido desde el día en que llegaron transferidos con esos expedientes sospechosamente limpios y esas sonrisas de suficiencia. Nunca los quise en mi equipo, pero el entrenador insistió en que necesitábamos fuerza en la defensa. Lo que el entrenador no sabía era que la fuerza sin cerebro solo servía para causar problemas.
Saqué el papel firmado de mi sudadera y lo miré por un segundo antes de subir al vehículo. La firma de Sara era pequeña, precisa, con trazos rectos que denotaban una disciplina militar. Una chica que corregía a los profesores de cátedra en su primer día de clases y que no se achicaba ante dos tipos que le doblaban el tamaño.
—Inmunidad —susurré para mí mismo, encendiendo el motor—. Más vale que valga la pena el dolor de cabeza, Miller. Porque acabas de convertirte en el objetivo más vigilado de todo Minneapolis.