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Tu Peor Deseo

Tu Peor Deseo

Status: Terminada
Genre:Venganza / Completas
Popularitas:504
Nilai: 5
nombre de autor: ska

Para el mundo, Elena Vance es una camaleona indescifrable; para las mujeres atrapadas en relaciones tóxicas, es su última línea de defensa. Elena dirige una organización clandestina que ayuda a víctimas de hombres peligrosos y abusivos. Su método no es la violencia, sino la seducción psicológica: estudia a los objetivos, descubre sus deseos más profundos y se transforma físicamente y en personalidad en su "mujer ideal". Una vez que el abusador muerde el anzuelo y se obsesiona con ella, Elena expone sus verdaderos rostros ante la ley o la sociedad, liberando a sus víctimas.

Sin embargo, jugar con monstruos tiene un costo. El peligro real comienza cuando el detective asignado a investigar la extraña ola de "hombres poderosos arruinados" empieza a seguirle el rastro, desatando un romance de alta tensión, mientras el criminal más peligroso de la ciudad descubre su juego y la convierte en su presa.

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CAPÍTULO 3

El amanecer sobre la ciudad nunca era limpio. Una neblina grisácea, impregnada del hollín de las fábricas del norte y la humedad del puerto, se adhería a los cristales del búnker operativo de Elena Vance. Se había quitado el vestido azul de seda pesada hacía horas, pero la sensación del tejido asfixiante en su cuello parecía persistir como un fantasma dérmico. Ahora, vestida con unos pantalones deportivos negros y una camiseta de algodón holgada, observaba las tres pantallas gigantes que dominaban la pared principal de su santuario subterráneo.

En la pantalla izquierda, un bucle de noticias locales mostraba a Arthur Pendelton, con una chaqueta sobre las esposas y la cabeza gacha, siendo empujado al interior de un vehículo policial. En la pantalla central, el rostro aliviado de Mariana Pendelton saliendo de la fiscalía. En la pantalla derecha, sin embargo, no había noticias. Había un expediente digital que parpadeaba en color ámbar. El siguiente objetivo.

Un golpe suave, rítmico y con una cadencia específica sonó en la puerta blindada de la entrada superior. Tres golpes rápidos, una pausa de dos segundos, un golpe seco.

Elena no se tensó. Era la señal de Marcus, su especialista en tecnología y logística, el hombre que le aseguraba las identidades falsas y limpiaba sus rastros digitales. Pulsó el botón de liberación bajo la mesa de acero. Los cerrojos hidráulicos retrocedieron con un soplido sordo.

Marcus bajó las escaleras de metal sosteniendo dos vasos de cartón con café humeante y una bolsa de papel que olía a pan recién horneado. Tenía las ojeras profundas de quien no había dormido en cuarenta y ocho horas, pero sus ojos oscuros brillaban con la excitación del éxito de la noche anterior.

—Oficialmente somos la peor pesadilla del sector hotelero —dijo Marcus, dejando los cafés sobre la mesa de operaciones, esquivando por poco un teclado—. Las acciones de la cadena Lumina cayeron un cuarenta por ciento antes de la apertura del mercado. Los federales están congelando las cuentas de Pendelton en las Islas Caimán mientras hablamos. Mariana está a salvo en una casa de campo fuera del estado. Buen trabajo, jefa.

Elena tomó uno de los vasos de café, dejando que el calor templara sus manos, que aún conservaban la tensión de la noche anterior.

—No lo habríamos logrado sin la información contable que extrajimos en el último minuto —dijo Elena, dando un sorbo corto—. Pero tuvimos una variable imprevista en esa oficina, Marcus. El detective Cross.

Marcus se congeló con un cruasán a medio camino de la boca. Su expresión se ensombreció.

—¿El sabueso? Me dijiste que lo tenías bajo control en el callejón la noche anterior. ¿Cómo llegó hasta el piso ejecutivo?

—Es más inteligente de lo que sugieren sus antecedentes de la división de homicidios —explicó Elena, caminando hacia las pantallas—. No solo me siguió, sino que vio la extracción de datos. Vio la laptop. Vio mi rostro real, sin el camuflaje completo de Clara. Y en lugar de ponerme las esposas, me ayudó a salir del edificio antes de que Pendelton se diera cuenta.

Marcus dejó la bolsa de papel sobre la mesa y se frotó la sien.

—Un policía que juega a ser el caballero andante es más peligroso que uno que sigue el reglamento, Elena. Si Cross decide usar lo que sabe, puede rastrear esta ubicación. O peor, si sus superiores descubren que encubrió un robo de pruebas, lo arrastrará contigo. ¿Por qué te ayudó?

Elena se quedó callada un momento, recordando la calidez de los dedos de Liam sobre su mandíbula en el interior del coche, la intensidad salvaje de sus ojos verdes a escasos centímetros de los suyos. Había una atracción física evidente, sí, pero era algo más profundo: una fascinación intelectual mutua, el reconocimiento de dos depredadores que operaban en el mismo territorio pero con diferentes reglas.

—Porque odia a los monstruos tanto como yo —respondió Elena en voz baja—. Pero tienes razón. Es un cabo suelto. Monitorearemos sus comunicaciones, pero no podemos detenernos. ¿Qué tenemos sobre el nuevo caso?

Marcus suspiró, aliviado de volver al terreno profesional, y pulsó un comando en su tableta. La pantalla derecha se expandió, mostrando el rostro de un hombre de unos treinta y siete años, de facciones simétricas, cabello rubio cenizo perfectamente peinado y una sonrisa blanca, de diseño, que parecía sacada de una revista de salud.

—Doctor Gabriel Vance... perdón, Gabriel Novak —corrigió Marcus rápidamente, disculpándose con la mirada al notar cómo los ojos de Elena se entrecerraban ante el desliz del apellido—. No tiene relación con tu pasado, pura coincidencia de nombres. Es el cirujano plástico más cotizado de la costa este. Clínicas en tres distritos de alta sociedad. Se especializa en lo que él llama "reconstrucción de la autoestima armónica".

—¿Y cuál es su verdadera especialidad detrás de las cirugías? —preguntó Elena, acercándose a la pantalla para examinar las facciones de Novak. Había algo profundamente artificial en su simetría, una perfección gélida.

—Destrucción psicológica selectiva —dijo Marcus, cambiando la imagen por una serie de fotografías médicas—. Novak selecciona a sus parejas entre mujeres jóvenes, hermosas, pero con sutiles inseguridades. Una vez que se gana su confianza, empieza un proceso de micro-degradación. Les dice que sus narices no son del todo simétricas, que sus párpados denotan cansancio, que sus cuerpos necesitan "pequeños ajustes" para alcanzar el ideal de la belleza absoluta. Las convence de someterse a cirugías menores bajo su propio bisturí. Luego, cirugías mayores.

Elena sintió una oleada de frío recorrer su espina dorsal.

—Las deforma para controlarlas —dedujo, con la voz destilando un desprecio absoluto.

—Peor aún —añadió Marcus—. Las moldea para que se parezcan a un ideal estético que solo existe en su cabeza enferma. Cuando se cansa de ellas, o cuando las mujeres quedan tan traumatizadas que no pueden mirarse al espejo sin llorar, las abandona por un modelo más nuevo. Nuestra cliente es su última víctima, Camille Rossier. Una exmodelo de pasarela. Novak la convenció de operarse los pómulos y el mentón. Ahora sufre de dolor crónico por daño nervioso y su carrera está destruida. Está atrapada en una depresión severa y Novak la ha amenazado con publicar fotos íntimas previas a las cirugías si intenta demandarlo por mala praxis.

Elena deslizó los dedos por la pantalla, analizando el patrón. Arthur Pendelton destruía el espíritu a través del aislamiento y la sumisión social; Gabriel Novak utilizaba la carne y la vanidad como herramientas de tortura.

—¿Cuál es el tipo ideal de Novak? —preguntó Elena, su mente ya comenzando a tejer la red.

—Es un esteta radical —Marcus abrió un archivo con el historial de navegación y las búsquedas privadas de Novak—. Está obsesionado con la simetría clásica. Su fantasía es una mujer que parezca una estatua de mármol cobrando vida. Una belleza fría, aristocrática, de pómulos altos, cabello negro azabache y una seguridad en sí misma que linde en la arrogancia. Le excita la idea de tomar a una mujer que se cree perfecta y ser él quien decida cómo "mejorarla".

Elena se giró hacia el gran espejo de su tocador de transformación.

—Una femme fatale de la alta sociedad —dijo, y su voz ya estaba perdiendo los matices cálidos de Elena, adoptando un tono cortante, sofisticado, con un acento sutilmente europeo—. Una mujer que no necesita a nadie, pero que busca al único cirujano capaz de comprender la geometría de su rostro. Marcus, prepárame una identidad como Valeria Volkova. Una heredera de Europa del Este que acaba de llegar a la ciudad para abrir una galería de arte contemporáneo. Necesito una cita prioritaria en la clínica de Novak para finales de esta semana.

—Considera lo hecho —dijo Marcus, tecleando con rapidez—. Pero Elena... ten cuidado con este tipo. Pendelton usaba los puños y las palabras. Novak usa anestesia y acero. Si dejas que te ponga las manos encima en un quirófano...

—No llegará tan lejos —lo interrumpió Elena, mirándose al espejo—. Los narcisistas del tipo estético caen por su propia vanidad. Solo tengo que dejar que se enamore de la obra de arte antes de que intente destruirla.

El sol de la tarde golpeaba los cristales de la cafetería del distrito financiero, pero el detective Liam Cross apenas lo notaba. Tenía frente a él tres carpetas abiertas sobre la mesa de madera y un vaso de plástico con café frío. Su placa de policía descansaba junto a su teléfono, un recordatorio constante de la línea que había cruzado la noche anterior.

Había pasado la madrugada entera justificando ante su capitán por qué no había estado presente en el momento exacto del arresto de Pendelton, alegando que estaba persiguiendo una pista falsa en el sótano del hotel. Su capitán se había tragado la mentira debido al caos mediático, pero Liam sabía que el tiempo se le agotaba.

—Estás buscando problemas que no puedes resolver, Cross —dijo una voz a su espalda.

Liam levantó la vista. Su compañero de la división, el detective veterano Miller, se detuvo junto a la mesa con una carpeta bajo el brazo.

—La fiscalía federal se está haciendo cargo de todo lo relacionado con Pendelton —dijo Miller, dejando caer la carpeta sobre las de Liam—. Pero el jefe quiere saber quién filtró los archivos de lavado de dinero a la prensa diez minutos antes de que enviáramos la orden de arresto. Alguien hackeó el servidor privado del hotel desde el interior de la oficina presidencial. Las cámaras de ese piso se apagaron durante siete minutos. ¿Tienes alguna idea de quién pudo ser?

Liam cerró las carpetas de golpe, cubriendo las notas manuscritas donde había intentado dibujar de memoria los rasgos de la mujer del callejón: el cabello corto, los ojos grises que parecían contener una tormenta, la barbilla firme que no temblaba ante su placa.

—Probablemente algún socio descontento que quería salvar su propio pellejo arruinando a Pendelton —mintió Liam sin pestañear—. Ese tipo tenía más enemigos que amigos.

Miller lo miró con escepticismo, pero no insistió.

—Como digas. No te obsesiones con los cabos sueltos, Cross. Pendelton está entre rejas. Eso es una victoria para el departamento. Deberías estar celebrando.

—Sí —susurró Liam, viendo a Miller alejarse—. Una victoria.

En cuanto se quedó solo, Liam sacó su teléfono personal, aquel cuyo número no estaba registrado en la base de datos de la jefatura. Abrió la aplicación de mensajería encriptada que había instalado esa misma mañana, siguiendo una intuición que desafiaba toda lógica policial. No tenía el número de la misteriosa mujer, pero había dejado un mensaje en un foro de la "red profunda" que sabía que los vigilantes de la ciudad utilizaban para intercambiar información. Una sola frase: «El sabueso sigue el rastro del camaleón. El café sigue frío en la barra».

Sabía que era una locura. Sabía que arriesgaba su carrera. Pero cada vez que cerraba los ojos, recordaba la firmeza con la que ella se había liberado de su agarre en el callejón, y el aroma a peligro y determinación que emanaba de su piel. No quería arrestarla. Quería entenderla. Quería protegerla de sí misma antes de que se cruzara con un monstruo que no pudiera manejar.

Tres días después, la transformación de Elena en Valeria Volkova estaba completa.

Frente al espejo del búnker, la mujer tímida que leía a Pizarnik o la Elena de vaqueros e intelecto afilado habían sido erradicadas. Valeria Volkova era una aparición de una elegancia deslumbrante y gélida. Una peluca de cabello negro azabache, lacio y cortado en un ángulo geométrico perfecto que enmarcaba su rostro, acentuaba la palidez de su piel, que esta vez no simulaba enfermedad, sino una distinción aristocrática. Con técnicas de contorneado profesional, Elena había elevado visualmente la línea de sus pómulos y alargado la forma de sus ojos grises con un delineado negro felino y afilado.

Vestía un traje de chaqueta blanco de sastre, ceñido al cuerpo, con un escote pronunciado pero geométrico, y unos tacones de aguja de diseñador italiano que la hacían parecer aún más alta y distante. Llevaba joyas sutiles de platino y un perfume con notas de madera de sándalo y ámbar gris; un olor costoso, dominante.

—La cita está confirmada para las cuatro de la tarde —dijo la voz de Marcus a través del intercomunicador—. La clínica privada de Novak en el distrito de las colinas. Entrarás como una consulta VIP. Pagamos en efectivo a través de una transferencia desde una cuenta suiza falsa para evitar rastreos de identidad. Eres una mujer de negocios que busca la perfección absoluta.

Elena tomó un bolso de cuero negro, guardó en su interior un pequeño espejo de mano que contenía un micrófono de alta sensibilidad en el mango y se colocó unas gafas de sol oscuras de gran tamaño.

—Valeria está lista —respondió con una voz de registro más bajo, pausada, arrastrando las consonantes con un deje imperceptible de Europa del Este—. Veamos si el buen doctor sabe apreciar el arte.

La clínica del doctor Gabriel Novak parecía más un museo de arte moderno que un centro médico. Paredes de hormigón pulido, esculturas abstractas de bronce que representaban cuerpos humanos estilizados y una iluminación indirecta que eliminaba cualquier sombra. No había salas de espera comunes; los pacientes VIP eran conducidos directamente a consultorios privados que semejaban salas de estar de un hotel de cinco estrellas.

Elena, interpretando a Valeria, se sentó en el sofá de cuero blanco, cruzando las piernas con una elegancia lenta. No mostraba ni un ápice de la ansiedad típica de los pacientes que asisten a una consulta estética. Mantenía una postura de absoluta superioridad.

A las 4:05 p. m., la puerta de madera de nogal se abrió y Gabriel Novak entró.

Vestía una bata médica de un blanco inmaculado sobre un traje de diseño azul marino. Su presencia física era innegable, pero Elena, entrenada para ver detrás de las máscaras, detectó de inmediato el andar calculado, la sonrisa ensayada que buscaba desarmar las defensas de sus víctimas a través de una falsa empatía profesional.

—Señorita Volkova —diga Novak, extendiendo una mano fina, de dedos largos, las manos de un pianista o de un carnicero refinado—. Es un absoluto placer tenerla aquí. Mi secretaria me dijo que insistió en una consulta de evaluación integral directamente conmigo.

Elena estrechó su mano con un agarre firme, frío, retirándola tras un segundo exacto. Se quitó las gafas de sol con un movimiento deliberado, permitiendo que sus ojos grises y delineados se clavaran en los de él con una fijeza casi desafiante.

—Doctor Novak —dijo ella, su voz fluyendo con el acento extranjero calculado—. He consultado a especialistas en París y en Ginebra, pero me dijeron que en esta ciudad usted es el único que entiende que el rostro humano no es una simple acumulación de carne, sino una estructura arquitectónica. Y yo exijo la perfección en mis estructuras.

Novak sintió un destello de sorpresa en su mirada, seguido inmediatamente por una chispa de codicia intelectual. Aquella mujer no era la típica paciente insegura que venía a pedir que le arreglaran una imperfección menor; era una criatura que se creía una obra de arte y que venía a desafiarlo en su propio terreno. El cebo perfecto para su complejo de dios.

—Tiene usted mucha razón, Valeria —dijo Novak, sentándose en la silla ejecutiva frente a ella y entrelazando los dedos—. La mayoría de las personas ven la cirugía plástica como un método de corrección. Yo lo veo como una búsqueda de la armonía áurea. Su rostro... tiene una simetría impresionante. Una base ósea excelente. Sin embargo...

Novak se inclinó hacia delante, y Elena reconoció el inicio del juego. El depredador estaba buscando la grieta en la armadura.

—¿Sin embargo? —preguntó Elena, arqueando una ceja con una fingida pizca de altivez herida.

—Sin embargo, la perfección absoluta es un ideal esquivo —dijo Novak, su voz bajando a un tono confidencial, casi íntimo—. Si me permite ser completamente honesto, bajo esta luz cenital, noto una ligera asimetría en el arco cigomático izquierdo. Una milésima de desviación que rompe la pureza de su línea mandibular. Y el párpado superior derecho tiene una mínima laxitud que resta fuerza a su mirada. Son detalles que un ojo común jamás vería, Valeria. Pero yo no tengo un ojo común. Y usted tampoco.

Elena forzó a sus dedos a apretar el bolso con una sutil muestra de tensión, permitiendo que Novak creyera que su comentario había tocado una fibra sensible en el ego de la supuesta heredera.

—¿Una asimetría? —susurró ella, bajando el tono de su voz, imitando la duda—. Ningún cirujano en Europa me había mencionado eso antes, doctor.

—Porque los cirujanos en Europa son artesanos, Valeria —respondió Novak, levantándose y acercándose a ella con un espejo de mano profesional. Se colocó detrás del sofá, inclinándose sobre el hombro de Elena. Ella pudo oler su loción para después de afeitar, un aroma cítrico y artificial que no lograba enmascarar la frialdad de sus movimientos—. Déjeme mostrarle. Mire el reflejo. Si hiciéramos una micro-infiltración de hidroxiapatita de calcio en este punto exacto... y un sutil estiramiento de la línea del mentón... yo podría transformar esta belleza que ya posee en algo... legendario. Algo que llevaría mi firma eterna.

Elena miró el espejo, pero no vio su rostro. Vio los ojos de Gabriel Novak reflejados justo encima de los suyos. Eran los ojos de un hombre obsesionado con la posesión y la alteración de la identidad ajena. Sintió una repulsión profunda, recordando las fotos de Camille Rossier y el daño nervioso irreversible que este hombre le había causado solo para satisfacer su ego.

—Es una propuesta atrevida, doctor Novak —dijo Elena, girando la cabeza despacio para mirarlo directamente, manteniendo sus rostros a una distancia mínima—. No suelo permitir que nadie altere lo que la naturaleza me dio. Pero admito que su visión... tiene una audacia que me resulta fascinante.

Novak sonrió, una mueca de triunfo absoluto. Creía haber encontrado a su obra maestra definitiva, la mujer que resistiría al principio solo para otorgarle una mayor satisfacción cuando lograba quebrarla y moldearla en su mesa de operaciones.

—La audacia es la única forma de alcanzar el arte, Valeria —dijo él, devolviendo el espejo a la mesa—. ¿Qué le parece si comenzamos con un estudio fotográfico computarizado en tres dimensiones? Podremos diseñar juntos su nuevo rostro en la pantalla antes de que mi bisturí lo haga realidad.

—Acepto —dijo Elena, levantándose del sofá con toda la estatura que le otorgaban sus tacones, volviendo a adoptar la máscara de Valeria—. Pero con una condición, doctor. Quiero que este proceso sea absolutamente privado. No me gusta que otros pacientes o su personal comenten sobre mis... mejoras.

—Su privacidad es mi ley, señorita Volkova —respondió Novak, inclinando la cabeza con una reverencia que parecía sacada de una obra de teatro—. Mis consultas con usted serán siempre al final de la jornada, cuando la clínica esté cerrada para el público general. Solo usted, yo y la búsqueda de la perfección.

—Perfecto —susurró Elena.

Dos horas más tarde, tras abandonar la clínica con la promesa de regresar para la primera sesión de modelado digital al día siguiente, Elena conducía su vehículo utilitario hacia la zona industrial de la ciudad. Se había quitado el traje blanco en un baño público de un centro comercial, vistiendo de nuevo ropa oscura e informal, aunque el delineado negro de los ojos de Valeria aún persistía como un recordatorio del personaje.

Decidió desviarse antes de ir al búnker. Necesitaba comprobar algo. Conducía despacio por la avenida principal cuando su teléfono personal emitió un pitido suave. Era la alerta de la aplicación encriptada que Marcus había instalado para monitorizar menciones en la red oculta.

Abrió el mensaje mientras se detenía en un semáforo en rojo. Su corazón dio un vuelco sutil al leer las palabras: «El sabueso sigue el rastro del camaleón. El café sigue frío en la barra».

Liam Cross. El detective no solo no se había rendido, sino que había encontrado una forma de enviarle un mensaje directo a través de los canales digitales que ella utilizaba para su seguridad. Era un recordatorio de que, mientras ella cazaba a Novak, Liam la cazaba a ella.

Elena guardó el teléfono, sintiendo una mezcla contradictoria de alarma y una inexplicable calidez en el pecho. Liam Cross era un peligro real para su operación, un intruso en las sombras de su vida clandestina que amenazaba con tirar abajo todo el andamiaje que había construido durante años. Pero al mismo tiempo, era el único hombre que parecía verla a través de todas las máscaras, el único que buscaba a la Elena real detrás del camaleón.

—No te interpongas en esto, Liam —susurró para sí misma mientras el semáforo cambiaba a verde y aceleraba hacia la penumbra de la noche—. Este monstruo corta profundo, y no quiero que tú salgas herido en el proceso.

El caso de Gabriel Novak acababa de abrirse, las líneas de la seducción psicológica estaban trazadas y Elena Vance sabía que, en este juego de espejos y bisturís, cualquier error de cálculo significaría perder no solo su verdadera identidad, sino también la vida que estaba intentando proteger.

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Cliente anónimo
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