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Cuando Todo Parecía Perdido

Cuando Todo Parecía Perdido

Status: Terminada
Genre:Autosuperación / Completas
Popularitas:273
Nilai: 5
nombre de autor: Eliany Justo

Sinopsis

Sofía tiene dieciocho años y una beca universitaria que promete cambiarlo todo. Pero nadie le advirtió que el primer día de clases iba a descubrir algo peor que la pobreza: la invisibilidad.
Sofia no es la chica que solo soñaba, ahora es la chica que camina cuarenta minutos con un teléfono que se apaga a media clase que toma apuntes en hojas y llega tarde a su clase porque sale todos los días a vender tortas con su mamá ya muy tarde
Un día su teléfono dejó de funcionar se apaga en medio de un examen virtual que vale el treinta por ciento de la nota, Sofia corre por las calles buscando un enchufe, una sombra, un milagro de dos minutos, no lo encuentra pierde el examen, llora en una esquina y por primera vez se pregunta si su sueño realmente vale el precio de su dignidad.

NovelToon tiene autorización de Eliany Justo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El regalo del vecino Cap 5

Don Rafael vivía en la casa de al lado desde antes de que yo naciera. Era un hombre jubilado, de manos nudosas y silencio largo. Nunca lo veía hablar con nadie. A veces salía a barrer la vereda a las seis de la mañana, con una escoba que parecía más vieja que él, y se quedaba mirando el horizonte como si esperara algo que nunca llegaba.

Yo lo saludaba siempre. Él asentía. Nada más.

Por eso me sorprendió cuando un día, al volver de lo de mi tía, me paró en la puerta.

—Sofía —dijo. Su voz era ronca, como si no la usara seguido—. Ven.

Entré a su casa por primera vez. Olía a madera envejecida y a remedios. Las cortinas estaban cerradas. En el living, apoyada contra la pared, había una computadora. No era moderna. Era una torre blanca amarillenta, enorme, con un monitor de esos que pesan como ladrillo y un teclado con teclas amarillentas por los años.

—Era de mi hijo —explicó, sin mirarme a los ojos—. Se fue al sur hace cinco años. Dejó esto. No sirve bien, hace un ruido terrible, pero capaz te sirve.

Me acerqué. Toqué la carcasa. Sentí el plástico áspero, las marcas de los golpes. La máquina parecía muerta. Pero yo había aprendido a no juzgar por las apariencias.

—Don Rafael, yo no puedo pagarle…

—¿Quién te habló de plata? —me cortó, con una brusquedad que no era enojo. Era cansancio. O quizás vergüenza—. Llevátela. Si la hacés andar, me alegro. Si no, la tirás.

No supe qué decir. Las palabras se me atascaron en la garganta. Él ya había dado media vuelta y caminaba hacia la cocina. Su espalda encorvada me dijo más que cualquier discurso.

—Gracias —atiné a decir.

Él levantó una mano sin mirarme. Era su forma de decir "de nada".

Esa noche mi madre y yo cargamos la computadora hasta nuestra casa. Pesaba una barbaridad. Caminamos los pocos metros pegados a la pared, turnándonos, riéndonos de lo ridículo de la escena. La apoyamos en la mesa del comedor —la misma donde comíamos, donde hacíamos las tortas, donde mi madre contaba las monedas— y la enchufamos.

Mi madre apretó el botón de encendido con la punta de los dedos, como si temiera una explosión.

El ventilador rugió. Un sonido grave, potente, como un tractor arrancando en medio de la sala. La pantalla parpadeó en blanco. Luego se puso negra. Luego parpadeó otra vez. Mi madre me miró con cara de "te lo dije".

—Esperá.

Y entonces, después de una eternidad que medí en latidos de mi corazón, apareció el escritorio. Fondo de pasto verde. Iconos gigantes. Una lentitud dolorosa. Pero apareció.

—No anda bien —dijo mi madre.

—Anda —respondí, con una certeza que no sabía de dónde salía—. Solo necesita cariño.

No sabía nada de computadoras. Nunca había tenido una. Pero esa noche, mientras mi madre se iba a dormir, me quedé frente al monitor, tocando las teclas con miedo, con reverencia. El ventilador rugía a mi lado. La pantalla parpadeaba cada tanto. Pero la máquina estaba viva.

Afuera, el barrio dormía. Y yo, Sofía Ramírez, vendedora de tortas, becaria sin recursos, hija de una madre que aprendió a escribir de grande, acababa de recibir el regalo más valioso de mi vida: algo roto que aún podía repararse.

Esa noche no dormí. Me quedé aprendiendo. Porque el milagro no era la máquina. Era lo que vendría después.

 

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