la vida de Giovanna no era color de rosa, pero la noche en que todo cambió descubrió que aquella persona que debería haberla protegido, la había condenado.
¿que ocurre cuando el monstruo arrastra consigo a la persona que mas amas en este mundo? ¿puedes perdonar que alguien te arrebate a tu madre por error?
Aleksei creyó que estaba vengando a su hermana, pero descubrió su error y ahora debe pagar las consecuencias.
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Los hombres que dejan de responder
La lluvia golpeaba con fuerza el cristal de la ventana.
Una.
Y otra vez.
Y otra.
Como si intentara atravesarlo.
Carlo Rossi observaba la tormenta desde la pequeña habitación del motel.
El lugar olía a humedad, cigarrillos viejos y café barato.
Nada quedaba del hombre que había sido semanas atrás.
Su traje había desaparecido.
Su reloj ya no estaba.
La barba comenzaba a cubrirle el rostro.
Las heridas de los golpes aún coloreaban su piel con tonos oscuros.
Y las ojeras bajo sus ojos revelaban una verdad sencilla.
Llevaba días sin dormir.
Dormir era peligroso.
Dormir significaba bajar la guardia.
Y Carlo ya no podía permitirse ese lujo.
No después de todo lo ocurrido.
No después de perder a su esposa.
No después de perder a Giovanna.
No después de que un reloj invisible comenzara a descontar cada uno de los treinta días que Alekséi le había concedido.
Miró el teléfono sobre la mesa.
Había realizado siete llamadas durante aquella mañana.
Siete.
Y ninguna había sido respondida.
Al principio intentó convencerse de que era una coincidencia.
Después de todo, la gente tenía vidas.
Familias.
Problemas.
Pero en su mundo las coincidencias rara vez existían.
Especialmente cuando siete personas diferentes decidían ignorarlo al mismo tiempo.
La verdad era mucho más simple.
Tenían miedo.
Y el miedo era contagioso.
Se pasó una mano por el rostro.
Necesitaba respuestas.
Necesitaba nombres.
Necesitaba descubrir quién había traicionado a la hermana de Alekséi.
Y cada hora que pasaba sentía que la cuerda alrededor de su cuello se tensaba un poco más.
No porque temiera por sí mismo.
Aquello había dejado de importarle.
Lo que realmente lo aterrorizaba era no saber qué estaba ocurriendo con Giovanna.
Aquella incertidumbre lo consumía.
No saber si comía.
No saber si dormía.
No saber si lloraba.
No saber si seguía viva.
El teléfono permanecía inmóvil sobre la mesa.
Silencioso.
Como una burla.
Carlo tomó aire.
Marcó otro número.
Esperó.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Nadie respondió.
Cortó.
Volvió a intentarlo.
Nada.
Maldijo por lo bajo.
El siguiente número tampoco respondió.
Ni el siguiente.
Ni el siguiente.
Las horas comenzaron a deslizarse lentamente.
Y con cada llamada ignorada, una conclusión se volvía más evidente.
Alguien había dado la orden.
Alguien había advertido a todos que mantenerse cerca de Carlo Rossi era una sentencia de muerte.
La idea le revolvió el estómago.
Porque confirmaba algo que llevaba días sospechando.
Lo estaban aislando.
Y cuando una organización criminal te aislaba, normalmente había tomado una decisión.
Eliminarte.
El teléfono sonó de repente.
Carlo se incorporó tan rápido que la silla casi cayó al suelo.
Miró la pantalla.
Número desconocido.
Su corazón comenzó a latir con fuerza.
Respondió inmediatamente.
—¿Sí?
Durante unos segundos solo escuchó respiración.
Agitada.
Nerviosa.
Asustada.
—¿Señor Rossi?
La voz era masculina.
Joven.
Temblorosa.
Carlo frunció el ceño.
La reconoció.
Marco.
Uno de los hombres que había trabajado para él durante años.
—¿Dónde demonios estás?
—No me llame más.
Aquella respuesta lo sorprendió.
—¿Qué?
—No vuelva a llamarme.
La voz sonaba aterrorizada.
Como si alguien pudiera escucharlo.
—Marco, ¿qué está pasando?
Silencio.
—Contéstame.
—Lo están buscando.
Carlo soltó una carcajada amarga.
—Eso ya lo sé.
—No.
La respiración del hombre se aceleró.
—Usted no entiende.
El silencio que siguió fue diferente.
Pesado.
Oscuro.
Y entonces llegaron las palabras que Carlo llevaba días temiendo escuchar.
—El jefe ordenó matarlo.
Todo se detuvo.
La lluvia.
El tiempo.
El aire.
Durante un instante Carlo simplemente permaneció inmóvil.
Observando la pared frente a él.
Porque una cosa era sospecharlo.
Y otra muy diferente escucharlo en voz alta.
La confirmación tenía un peso distinto.
Un sabor distinto.
Una realidad distinta.
—¿Cuándo?
—Hace tres días.
Carlo cerró los ojos.
Tres días.
Tres días cazándolo.
Tres días intentando encontrarlo.
Tres días durante los cuales cualquiera de sus antiguos compañeros habría podido dispararle por la espalda.
—¿Por qué?
Marco soltó una risa nerviosa.
—¿De verdad necesita preguntarlo?
Carlo permaneció en silencio.
Y el hombre continuó.
—Todo el mundo cree que sigue vivo porque hizo un trato.
Aquellas palabras cayeron como piedras.
Porque eran ciertas.
Él seguía vivo gracias a un trato.
Un trato desesperado.
Un trato que tenía como precio a su hija.
—¿Qué dicen exactamente?
—Que el ruso le dio tiempo.
Que usted le está entregando nombres.
Que está colaborando.
La mandíbula de Carlo se tensó.
—Y por eso quieren matarme.
—Por eso quieren asegurarse de que no hable.
La llamada quedó envuelta en silencio.
Carlo apoyó una mano sobre la mesa.
De pronto todo comenzaba a encajar.
Las llamadas ignoradas.
Los contactos desaparecidos.
Las puertas cerradas.
No era casualidad.
Era una cacería.
Y él era la presa.
—Marco.
—¿Sí?
—Necesito información.
—No puedo.
—Escúchame.
—No puedo.
La voz sonó al borde del pánico.
—Ya he arriesgado demasiado llamándolo.
—Solo dime una cosa.
Silencio.
—¿Qué cosa?
Carlo cerró los ojos.
Y formuló la única pregunta que realmente importaba.
—¿Has oído algo de mi hija?
Al otro lado de la línea no hubo respuesta inmediata.
Aquello ya era una respuesta en sí misma.
Porque significaba que Marco entendía exactamente por qué preguntaba.
—Dicen que sigue viva.
Carlo sintió que el aire regresaba a sus pulmones.
Solo un poco.
Lo suficiente.
—¿Eso es todo?
—Es todo lo que sé.
—¿Está bien?
—No lo sé.
Aquellas tres palabras lo destruyeron.
Porque eran sinceras.
Y la sinceridad dolía más que una mentira.
No lo sé.
Nadie sabía nada.
Nadie sabía cómo estaba Giovanna.
Nadie sabía qué ocurría en Rusia.
Nadie sabía cuánto tiempo más aguantaría aquella situación.
—Lo siento, señor Rossi.
Marco sonó genuinamente arrepentido.
—Me gustaría ayudarlo.
—Lo sé.
—Pero si vuelvo a llamarlo...
—Te matarán.
—Sí.
Carlo cerró los ojos.
Años atrás habría considerado aquella conversación imposible.
Había sido respetado.
Temido.
Escuchado.
Ahora sus propios hombres le hablaban como si ya estuviera muerto.
Y quizás tenían razón.
—Gracias por llamar.
Marco no respondió inmediatamente.
—Cuídese.
La llamada terminó.
El silencio regresó al motel.
Más pesado que antes.
Más frío.
Carlo permaneció inmóvil.
Observando la pantalla apagada.
Hasta que finalmente dejó el teléfono sobre la mesa.
Y entonces ocurrió algo extraño.
Por primera vez en días sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Dolorosa.
Triste.
Pero real.
Porque Giovanna seguía viva.
No era mucho.
No solucionaba nada.
No la traía de vuelta.
No eliminaba el peligro.
Pero era algo.
Y en aquel momento cualquier cosa era mejor que nada.
Lentamente abrió la billetera.
Sacó una fotografía vieja.
Una de las pocas cosas que aún conservaba.
Sus dedos recorrieron la imagen.
Giovanna tenía nueve años.
El cabello recogido.
Las mejillas manchadas de tierra.
Y una enorme sonrisa.
Aquella fotografía había sido tomada en el jardín de su casa.
Un domingo por la tarde.
Ella y su madre acababan de plantar flores nuevas.
Recordaba perfectamente aquel día.
Giovanna había insistido en ayudar.
Había terminado cubierta de barro.
Y su esposa no había dejado de reír durante horas.
Carlo observó la fotografía.
Y sintió cómo algo se rompía nuevamente dentro de él.
Porque aquella niña ya no existía.
La habían arrastrado a un mundo que jamás debió conocer.
Un mundo que él mismo había construido.
Su garganta se cerró.
—Resiste un poco más, bambina.
Su voz apenas fue un susurro.
—Solo un poco más.
La lluvia continuó golpeando la ventana.
Incansable.
Constante.
Como el tiempo.
Como la culpa.
Como el miedo.
Carlo guardó la fotografía.
Se puso de pie.
Y observó la ciudad gris al otro lado del cristal.
Alguien había traicionado a la hermana de Alekséi.
Alguien había intentado utilizarlo como chivo expiatorio.
Alguien estaba desesperado por mantener enterrada la verdad.
Y eso significaba una sola cosa.
La respuesta estaba cerca.
Lo suficiente para que quisieran matarlo.
Lo suficiente para que todos tuvieran miedo.
Lo suficiente para que el verdadero culpable comenzara a cometer errores.
Por primera vez en días sintió algo parecido a una dirección.
Un camino.
Una posibilidad.
Y mientras la tormenta rugía sobre la ciudad, Carlo Rossi tomó una decisión.
Si iba a morir, no sería huyendo.
No sería escondido en moteles.
No sería esperando una bala.
Encontraría la verdad.
Aunque tuviera que atravesar el infierno para hacerlo.
Porque al final de aquel camino lo esperaba la única persona que aún le quedaba en el mundo.
Y por ella estaba dispuesto a arriesgar lo único que todavía poseía.
Su vida.