En un valle oculto por la magia de las hadas, una loba blanca destinada a un matrimonio impuesto encuentra a un lobo negro moribundo cuyo olor despierta en ella la certeza de haber hallado a su verdadero amor. Juntos desafiarán a un tirano, unirán dos manadas separadas por siglos de mentiras y demostrarán que ni la distancia, ni la guerra, ni la muerte pueden contra el poder de los destinados por la Diosa Luna.
Una historia de amor imposible, magia ancestral, pasión y rebeldía que te hará creer en el destino.
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capitulo 3
Luna no recordaba cómo había logrado llevarlo hasta allí.
Solo sabía que sus brazos ardían, que su vestido blanco estaba irreconocible, empapado en sangre y barro, y que el lobo negro pesaba tanto como una montaña apoyado contra su hombro mientras ella lo guiaba, paso a paso, hacia la única entrada que conocía para esconderse.
La cueva de los susurros, la llamaba su abuela.
Estaba oculta detrás de una cascada, al norte del valle, tan lejos del poblado que nadie iba nunca por allí. Las hadas la habían creado hacía siglos, decían, como refugio para las lobas que necesitaban escapar del mundo por un rato. Luna la había descubierto cuando era pequeña, persiguiendo una luciérnaga que resultó no ser una luciérnaga sino un hada traviesa que quiso jugar con ella.
Desde entonces, era su escondite secreto. El único lugar donde podía llorar sin que nadie la viera, donde podía soñar sin que nadie la juzgara.
Y ahora, ese lugar iba a ser la tumba de su lobo negro si no lograba salvarlo.
—Ya casi llegamos
mintió, porque en realidad no tenía ni idea de cuánto faltaba, solo sabía que no podía detenerse, que si se detenía él se moriría, y que si él se moría algo dentro de ella se rompería para siempre.
— Solo un poco más. Aguanta. Por favor, aguanta.
El lobo negro no respondió. Apenas si podía mantener los ojos abiertos, y su respiración era cada vez más débil. Las flores de luna habían detenido la hemorragia, pero no eran suficientes. Necesitaba verdadera ayuda. Necesitaba un curandero. Necesitaba magia.
Pero no podía llevarlo al poblado. Eso sería condenarlo a muerte.
—No sé qué hacer
susurró, y su voz se quebró.
— No sé qué hacer, no sé qué hacer...
Un destello de luz, diminuto como una luciérnaga pero más brillante, apareció frente a sus ojos.
Luna levantó la vista y vio a un hada flotando en el aire, no más grande que su mano, con alas tan transparentes que casi parecían de vidrio. Su cabello era del color de la miel y sus ojos, verdes como las hojas después de la lluvia, la miraban con una mezcla de curiosidad y algo que Luna no supo identificar.
—Tú
dijo Luna, y no supo si era un saludo o una acusación.
— Tú estabas en el claro. Te vi. Entre los árboles.
El hada inclinó la cabeza, como si reconociera el hecho.
—Necesitas ayuda
dijo el hada.
— La loba blanca necesita ayuda.
—¿Puedes curarlo?
Luna casi suelta al lobo negro para agarrar al hada entre sus manos, pero se contuvo.
—Por favor. Tienes que curarlo. Tienes que...
—Nosotras no podemos
la interrumpió el hada, y en sus ojos verdes había algo parecido a la tristeza.
— La magia de las hadas no cura a los lobos. Solo los protege, los esconde, los observa. No los cura.
—Entonces, ¿para qué sirves?
Las palabras salieron de la boca de Luna antes de que pudiera detenerlas, ásperas, desesperadas.
— ¿Para qué sirven las hadas si no pueden ayudar cuando alguien se está muriendo?
El hada no se ofendió. Simplemente la miró, y en esa mirada había una sabiduría antigua, mucho más antigua que la propia Luna, mucho más antigua que la manada.
—Las hadas sirven para recordar
dijo suavemente.
— Para recordar lo que los lobos olvidan. Y tú, loba blanca, has olvidado quién eres.
Luna parpadeó, confundida.
—¿Qué?
El hada voló más cerca, hasta quedar frente a sus ojos, y levantó una manita diminuta para señalar el pecho de Luna.
—Eres hija de la Luna, igual que él
dijo, señalando al lobo negro.
— Pero tú has crecido en la mentira, y él ha crecido en la verdad. Por eso huele así para ti. Porque su olor es el de lo que deberías ser y no eres.
—No entiendo...
—No necesitas entender ahora
la interrumpió el hada.
— Necesitas llevarlo a la cueva. Necesitas esconderlo. Y luego necesitas recordar lo que tu abuela te enseñó.
Luna abrió la boca para preguntar más, pero el hada ya se estaba alejando, flotando hacia la cascada, hacia la entrada de la cueva.
—¡Espera!
gritó Luna.
— ¿Cómo se llama, Cómo se llama él?
El hada se detuvo, volvió la cabeza, y por un instante sus ojos verdes brillaron con una luz antigua.
—No tiene nombre
dijo.
— Los lobos de su manada no reciben nombre hasta que encuentran a su destinada. Es la tradición más antigua. La que vosotros olvidasteis.
Y dicho esto, desapareció entre el velo de agua, dejando a Luna sola con su lobo negro, con su peso insoportable, con su olor a hogar, con su desesperación y su esperanza mezcladas en un nudo tan apretado que apenas podía respirar.
—Vamos
susurró, apretando los dientes y retomando la marcha.
— Vamos, mi lobo sin nombre. Vamos a la cueva.
La cueva de los susurros era más grande de lo que recordaba.
O quizás era que nunca la había visto con la urgencia clavada en el pecho, con la certeza de que cada segundo contaba, con el peso de una vida apoyada en sus hombros.
El interior era fresco y húmedo, y el sonido del agua de la cascada creaba un murmullo constante que daba nombre al lugar. Había musgo en las paredes, musgo que brillaba con una luz tenue, fosforescente, y en el centro de la cueva, justo donde ella solía sentarse a pensar, había un montículo de pieles.
Pieles que no estaban allí la última vez que vino.
—Las hadas
murmuró Luna, dejando caer suavemente al lobo negro sobre ellas.
—Las hadas las trajeron.
El lobo negro gimió cuando su cuerpo tocó las pieles, un sonido tan débil que apenas se escuchó por encima del murmullo del agua. Tenía los ojos cerrados, y su pecho apenas se movía al respirar.
—No, no, no
Luna se arrodilló junto a él, pasándole la mano por el pelaje, buscando sus heridas, buscando algo, cualquier cosa que pudiera hacer.
— No puedes morirte. No puedes. Acabo de encontrarte. La Diosa no puede ser tan cruel. No puede.
Pero la Diosa estaba en silencio, allá arriba, en el cielo que no se veía desde el interior de la cueva.
Luna miró sus manos, manchadas de sangre. Miró al lobo negro, tan grande, tan frágil ahora. Miró las paredes de la cueva, el musgo brillante, las pieles que las hadas habían dejado.
Y entonces recordó.
—Flores de luna
susurró.
— Necesito más flores de luna.
Pero el claro donde las había encontrado estaba lejos, muy lejos, y ella no podía dejar al lobo solo, no podía...
—Ve.
La voz era tan débil que al principio Luna pensó que era el viento, o el agua, o su propia imaginación jugándole una mala pasada. Pero entonces los ojos dorados se abrieron, y la miraron, y ella supo que había sido él.
—¿Puedes hablar?
preguntó, atónita.
Continuara....