Cuando Gael Andrade se muda a Buenos Aires para empezar de nuevo en un prestigioso colegio artístico, cree que su vida será tranquila por fin. Pero todo cambia cuando conoce a Noah Beltrán, el chico más talentoso y problemático del instituto.
Noah tiene fama de meterse en peleas, faltar a clases y mantener a todos lejos… excepto a Gael.
Lo que empieza como una relación llena de discusiones y tensión termina convirtiéndose en algo mucho más profundo cuando ambos descubren un secreto relacionado con un antiguo teatro abandonado detrás del colegio.
Entre ensayos de música, noches lluviosas, cartas escondidas y sentimientos que ninguno sabe cómo explicar, Gael y Noah tendrán que decidir si enfrentarse al pasado… o seguir huyendo de lo que sienten.
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Capítulo 16 La última canción
La luz dorada envolvió toda la sala.
Tan brillante que Gael tuvo que cubrirse los ojos.
Los símbolos de su cuello y el de Luca comenzaron a flotar en el aire, desprendiéndose de sus cuerpos como pequeñas estrellas doradas.
La criatura rugió con furia.
Por primera vez parecía asustada.
—NO.
Las paredes temblaron.
El teatro entero comenzó a sacudirse.
Pero la luz seguía creciendo.
Más fuerte.
Más intensa.
Más hermosa.
Gael sintió que algo tiraba suavemente de él.
Como una corriente invisible.
Y entonces comprendió.
El sello estaba despertando.
A su alrededor comenzaron a aparecer figuras luminosas.
Docenas.
Cientos.
Los estudiantes desaparecidos.
Los herederos de generaciones pasadas.
Todos estaban allí.
Observándolos.
Protegiéndolos.
Gael reconoció algunos rostros de las fotografías.
Otros pertenecían a épocas mucho más antiguas.
Pero todos tenían la misma expresión.
Esperanza.
La criatura retrocedió.
—USTEDES ME PERTENECEN.
Una joven vestida con un uniforme antiguo dio un paso adelante.
Era la chica que habían visto en el aula de música.
La misma que les había advertido que corrieran.
Ella negó con la cabeza.
—Nunca te pertenecimos.
Detrás de ella aparecieron más figuras.
Cada heredero.
Cada estudiante perdido.
Cada alma que había protegido el sello.
La oscuridad comenzó a debilitarse.
Luca observó la escena con lágrimas en los ojos.
—Así que nunca estuvimos solos...
Esteban sonrió por primera vez.
Una sonrisa verdadera.
—No.
Su aspecto comenzó a cambiar.
La apariencia cansada que había llevado durante más de un siglo empezó a desaparecer.
Poco a poco volvió a parecer el joven que había sido alguna vez.
—Jamás estuvimos solos.
Gael sintió una emoción extraña en el pecho.
Aquellas personas habían sido olvidadas por el mundo.
Pero seguían allí.
Cuidando de los demás.
Protegiendo el futuro.
La criatura lanzó un rugido desesperado.
Y atacó.
Una enorme ola de oscuridad avanzó hacia ellos.
Noah corrió inmediatamente hacia Gael.
—¡Cuidado!
Lo empujó fuera de la trayectoria.
La sombra pasó rozándolos.
El impacto hizo temblar toda la sala.
Gael cayó al suelo.
Cuando levantó la vista vio a Noah frente a él.
Protegiéndolo.
Sin dudar.
Sin pensar.
Como si fuera lo más natural del mundo.
Y en ese instante comprendió algo que llevaba semanas intentando ignorar.
Ya no era solo amistad.
Ya no era solo preocupación.
Era mucho más que eso.
Su corazón lo sabía.
Y probablemente el de Noah también.
Los ojos de ambos se encontraron.
Durante apenas unos segundos.
Pero fue suficiente.
Porque los dos entendieron.
Sin necesidad de palabras.
—¡Gael!
La voz de Luca los devolvió a la realidad.
La criatura estaba reuniendo toda la oscuridad que le quedaba.
Preparando un último ataque.
El más poderoso.
El definitivo.
—Ahora o nunca —gritó Luca.
Gael asintió.
El símbolo dorado volvió a brillar.
Y esta vez Luca tomó su mano.
La energía atravesó sus cuerpos.
Los recuerdos.
Las canciones.
Las historias.
Todo aquello que el teatro había protegido durante más de un siglo.
Todo comenzó a transformarse en luz.
Una luz inmensa.
Pura.
Hermosa.
La criatura rugió.
—NO QUIERO VOLVER A LA OSCURIDAD.
Pero ya era tarde.
El círculo de sellos apareció alrededor de ella.
Uno.
Dos.
Diez.
Cien.
Miles de símbolos dorados cubrieron toda la sala.
Las almas de los antiguos herederos se unieron.
Y la prisión volvió a cerrarse.
Lentamente.
Irremediablemente.
La criatura intentó resistirse.
Pero no pudo.
Porque esta vez no estaban solos.
Esta vez todos luchaban juntos.
Y con un último rugido...
Desapareció.
La oscuridad fue absorbida por la grieta.
El suelo comenzó a cerrarse.
Las paredes dejaron de temblar.
Y el silencio volvió al teatro.
Había terminado.
Por fin.
El monstruo había sido derrotado.
El sello estaba restaurado.
Y el instituto estaba a salvo.
Gael respiró profundamente.
Sentía el cuerpo agotado.
Pero también una inmensa paz.
Entonces recordó algo.
Y giró inmediatamente.
—¡Luca!
Luca seguía allí.
Pero algo estaba mal.
Su cuerpo comenzaba a volverse transparente.
Como una fotografía que desaparece lentamente.
Noah corrió hacia él.
—No...
La voz se le quebró.
—No, por favor.
Luca sonrió.
Una sonrisa tranquila.
—Está bien.
—No.
—De verdad.
Las lágrimas volvieron a aparecer en los ojos de Noah.
—Acabo de recuperarte.
Luca apoyó una mano sobre su hombro.
Aunque ya casi podía verse a través de ella.
—Y yo pude despedirme.
El silencio fue doloroso.
Profundo.
Hermoso y triste al mismo tiempo.
Luca miró entonces a Gael.
Y luego volvió a mirar a Noah.
Una pequeña sonrisa divertida apareció en sus labios.
—Cuídalo.
Noah se quedó inmóvil.
Gael sintió que el rostro le ardía.
—Luca...
—En serio.
Su risa fue suave.
—No lo hagas esperar demasiado.
Y antes de que pudieran responder...
La luz comenzó a envolverlo.
Cada vez más.
Cada vez más.
Hasta que finalmente...
Desapareció.
Como una nota final perdiéndose en el aire.
Noah permaneció inmóvil.
Observando el lugar vacío donde había estado su hermano.
Gael se acercó lentamente.
Sin decir nada.
Y tomó su mano.
Noah la apretó con fuerza.
Como si necesitara recordar que todavía había alguien allí.
Que no estaba solo.
Y por primera vez en mucho tiempo...
No lloró en silencio.
Porque esta vez tenía a alguien a su lado.