Noah Sullivan lleva años preparándose para obtener la beca internacional más prestigiosa de la universidad. Cada examen, cada trabajo y cada sacrificio han tenido un único objetivo: ganar.
Todo parece ir según lo planeado hasta que aparece Leo Moreau.
Popular, talentoso y desesperadamente encantador, Leo se convierte en el único rival capaz de disputarle la beca. Desde el primer encuentro, la tensión entre ambos es inmediata. Cada clase se transforma en una competencia y cada conversación en un desafío.
Cuando el director del programa anuncia que los dos candidatos finales deberán colaborar en un proyecto conjunto para demostrar sus capacidades de liderazgo, Noah siente que es una condena.
Sin embargo, cuanto más tiempo pasan juntos, más difícil resulta ignorar lo que hay detrás de las máscaras que ambos han construido.
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12
El festival de "Ritmos de Otoño" vibraba con una energía que Noah no había previsto. Era caótico, sí, pero un caos productivo. La gente se mezclaba, reía, comía de los puestos de comida local. Maya y su banda estaban en el escenario, y su música rockera con toques de jazz creaba una banda sonora perfecta para la tarde.
—No está mal para un plan sin lógica —dijo Noah a Leo, mientras observaban desde un lado del escenario principal—. El flujo de gente es constante. Las ventas de camisetas de Javier son... sorprendentemente robustas.
—Te lo dije —dijo Leo, con una sonrisa de suficiencia que no era irritante, solo... Leo—. La gente responde a la autenticidad. A la pasión. Cosas que no se pueden cuantificar, Sullivan.
—Noah —corrigió Noah, sin apartar la vista de la multitud—. Me llamo Noah, ¿recuerdas?
—Noah —repitió Leo, y la forma en que dijo su nombre hizo que un escalofrío recorriera la espalda de Noah, a pesar del sol de la tarde—. ¿Listo para tu momento de estrellato?
Noah frunció el ceño. —No es mi momento de estrellato. Es una transacción comercial. Vender una hora de mi tiempo por una buena causa. Nada más.
—Si tú lo dices —dijo Leo, con ese tono juguetón que Noah ya conocía bien—. Pero intenta sonar un poco menos como un manual de economía cuando subas al escenario. La gente se asusta.
Noah estaba a punto de replicar cuando Sarah se acercó, con una tablet en la mano. —Chicos, ya casi es la hora de la subasta. Noah, tienes el primer lote. Leo, el tuyo es el tercero. ¿Están listos?
Noah asintió, sintiendo cómo se aceleraba su pulso. No era miedo. Era... emoción. Una sensación extraña y poco familiar.
Subió al escenario improvisado, el micrófono frío en su mano. La multitud lo miró, cientos de pares de ojos fijos en él. Por un instante, el viejo Noah, el que necesitaba el control, el que temía la imprevisibilidad, sintió pánico. Pero entonces, vio a Leo entre la multitud, asintiendo con una sonrisa de ánimo. Y el pánico se disipó, reemplazado por una calma sorprendente.
—Buenas tardes —dijo Noah, su voz clara y firme—. Mi nombre es Noah Sullivan. Y estoy aquí para ofrecerles algo que el dinero no puede comprar fácilmente. Una hora de mi tiempo.
Hubo un murmullo entre la multitud.
—Soy estudiante de física —continuó Noah, sintiéndose más cómodo—. Y estoy ofreciendo una sesión de tutoría privada. Pueden traerme su problema más difícil, su pregunta más elusiva, y trabajaremos en él juntos. No es solo sobre resolver una ecuación. Es sobre aprender a pensar. A abordar los problemas de una manera nueva. La puja empieza en cincuenta dólares.
Hubo un silencio, y Noah sintió el viejo miedo regresar. Y entonces, una voz desde el fondo gritó: —¡Cien dólares!
Noah miró, sorprendido. Era una estudiante de matemáticas que reconocía de una clase avanzada.
—¡Ciento cincuenta! —gritó otra voz.
Y luego comenzó. La puja subió, más rápido de lo que Noah hubiera imaginado. No eran solo estudiantes. Había exalumnos, profesores. Gente que veía el valor no solo en su conocimiento, sino en la oportunidad que representaba.
—¡Trescientos! —gritó una mujer elegante que Noah reconoció como una exalumna exitosa en el campo de la ingeniería.
La multitud vitoreó. Noah se quedó mirando, atónito. No era solo el dinero. Era el respeto. Era el reconocimiento.
—¡Vendido! —gritó Noah, sintiéndose extrañamente emocionado—. ¡Por trescientos dólares!
Mientras bajaba del escenario, Leo lo esperaba con una sonrisa enorme. —¿Lo ves? Te lo dije. No vendías ecuaciones. Vendías acceso. Vendías un pedazo de esa brillante mente tuya.
Noah se rio, un sonido libre y genuino. —Estás loco. Pero... gracias.
Le tocó a Leo. Subió al escenario con una facilidad que Noah envidiaba. No tenía notas, no tenía guion. Solo tenía su carisma.
—Bueno, muchachos —dijo Leo, su voz cálida y amigable—. El señor Sullivan aquí demostró que la inteligencia es sexy. Ahora, voy a demostrarles que patinar sobre hielo también lo es.
La multitud se rio y vitoreó.
—Estoy ofreciendo una sesión de entrenamiento privada de una hora. Para ustedes, o para sus hijos. Les enseñaré todo lo que sé: cómo patinar, cómo manejar el stick, cómo hacer un lanzamiento potente. Y, lo más importante, les enseñaré a amar este juego tanto como yo la amo. La puja empieza en... ¡cincuenta dólares!
La puja fue aún más frenética que la de Noah. Leo era una celebridad en el campus, y la oportunidad de entrenar con él era un sueño para muchos.
—¡Doscientos cincuenta! —gritó un padre con su hijo pequeño a su lado.
—¡Trescientos! —gritó una estudiante que Noah reconoció como una de las jugadoras del equipo femenino de hockey.
—¡Quinientos! —gritó una voz potente desde el fondo.
La multitud se volvió. Era el decano de la facultad de ciencias, con una sonrisa pícara.
—¡Seiscientos! —gritó otro hombre, un exalumno que Noah reconoció como un exitoso abogado de la ciudad.
La puja continuó, finalmente terminando en una sorprendente cantidad de ochocientos dólares.
—¡Vendido! —gritó Leo, su voz llena de emoción—. ¡Por ochocientos dólares!
Mientras bajaba del escenario, Noah fue a su encuentro. —Ochocientos dólares. Moreau, eres un fenómeno.
—Es Leo —dijo él, su sonrisa brillante—. Y no soy yo. Es la idea. Es la pasión. Es lo mismo que contigo, Noah. La gente responde a la pasión.
Mientras caminaban de vuelta al centro del festival, el sol empezaba a bajar, tiñendo el cielo de naranja y púrpura. La música de Maya se mezclaba con las risas y conversaciones de la multitud.
—Lo logramos —dijo Noah, mirando a su alrededor—. Con la subasta, con el pre-festival... creo que no solo cubrimos el déficit. Creo que... lo superamos.
Leo se detuvo, mirando a Noah. Su expresión era seria, pero sus ojos brillaban. —No solo lo logramos, Noah. Lo creamos. Creamos algo hermoso. Algo real.
—Gracias por no dejarme rendirme —dijo Noah, su voz baja pero sincera—. Por empujarme. Por... creer en mí, incluso cuando yo no creía en mí mismo.
Leo sonrió, y en esa sonrisa, Noah vio todo el camino que habían recorrido. Desde la rivalidad en el laboratorio y la pista de hielo, hasta la alianza en el salón de estudios, hasta este momento, bajo un cielo de atardecer, en medio de un festival que era tanto suyo como de todos los demás.
—Siempre, Noah —dijo Leo, su voz apenas un murmullo—. Siempre.
Y mientras se quedaban allí, observando el festival que habían salvado juntos, Noah se dio cuenta de que la beca Richardson, que había sido el centro de su universo durante años, de repente parecía menos importante. Porque había encontrado algo más valioso que cualquier prestigio académico. Había encontrado un rival que se había convertido en un amigo, un caos que se había convertido en orden, y una conexión que se sentía más real que cualquier ecuación que jamás hubiera resuelto.