En Valdoria, donde la mafia controla cada sombra de la ciudad, dos almas rotas se cruza sin saber que sus pasados están unidos por sangre, traición y secretos enterrados.
lo que empieza como desconfianza se convierte en un vínculo imposible de romper.... incluso cuando la verdad amenaza con destruirlo todo.
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Amenaza real
Los días posteriores a la salida por la ciudad transcurrieron con una calma engañosa.
Alex ya se había acostumbrado un poco a la mansión Marzanto. No completamente, porque seguía pensando que algunas reglas eran absurdas y porque Ian seguía apareciendo cuando menos lo esperaba, pero al menos ya no sentía que estuviera atrapado en territorio enemigo.
Ahora conocía los horarios de la casa.
Conocía a varios empleados.
Incluso había empezado a disfrutar algunos momentos allí.
Algo que jamás admitiría en voz alta.
Por supuesto, tampoco admitiría que empezaba a sentirse cómodo cerca de Ian.
Era mejor evitar ese tema.
Mucho mejor.
Aquella mañana estaba sentado en el jardín junto a Elena, escuchándola contar una historia exageradamente dramática sobre una fiesta a la que había asistido meses atrás.
—Y entonces la mujer le lanzó la copa encima.
Alex abrió los ojos.
—¿En serio?
—Completamente.
—¿Y qué hizo él?
—Llorar.
—Eso no puede ser verdad.
—Lo es.
—Te la estás inventando.
—Tal vez un poco.
Alex soltó una carcajada.
Elena sonrió satisfecha.
Desde una ventana del segundo piso, Ian observó la escena durante unos segundos antes de volver a concentrarse en los documentos que tenía sobre el escritorio.
O al menos lo intentó.
Porque alguien llamó a la puerta.
—Adelante.
La puerta se abrió.
Entró Marco, uno de los hombres de mayor confianza de la familia.
La expresión seria que llevaba hizo que Ian dejara inmediatamente los documentos a un lado.
—¿Qué pasó?
—Tenemos un problema.
Ian se puso de pie.
—Habla.
Marco avanzó unos pasos.
—Volvimos a detectarlos.
La expresión de Ian se endureció inmediatamente.
—¿Dónde?
—Cerca de la mansión.
—¿Cuántos?
—Tres esta mañana.
Ian permaneció en silencio.
No le gustaba aquello.
Nada.
—¿Estás seguro?
—Completamente.
Marco cruzó los brazos.
—Y no es todo.
—Continúa.
—También aparecieron durante la última salida de Alex.
Ian sintió una presión desagradable en el pecho.
—¿Los mismos hombres?
—Algunos sí.
—¿Los reconocieron?
Marco asintió.
—Coinciden con varios de los individuos relacionados con el intento de secuestro.
La habitación quedó en silencio.
Aquello era justo lo que Ian temía escuchar.
Porque significaba que no se trataba de una coincidencia.
No era curiosidad.
No era vigilancia aleatoria.
Era algo mucho más serio.
Seguían observándolo.
Seguían siguiéndolo.
Y no parecían tener intención de detenerse.
—¿Intentaron acercarse?
—No.
—¿Hablar con él?
—Tampoco.
—Entonces ¿qué hacen?
Marco tardó unos segundos en responder.
—Esperan.
Aquella palabra no le gustó a Ian.
En absoluto.
Porque las personas que esperan suelen estar preparándose para algo.
Y nunca para algo bueno.
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Durante el resto del día la información siguió llegando poco a poco.
Pequeños informes.
Pequeñas observaciones.
Nada definitivo.
Pero suficientes para construir una imagen preocupante.
Había más vigilantes.
Más movimientos.
Más interés.
Y todo giraba alrededor de Alex.
Ian comenzó a revisar personalmente cada informe.
Cada fotografía.
Cada descripción.
Buscando algo.
Cualquier cosa.
Una respuesta.
Pero no encontró ninguna.
Porque seguía faltando la pieza más importante.
El motivo.
¿Por qué Alex?
¿Por qué un chico que había crecido en un orfanato?
¿Por qué alguien estaba dispuesto a seguirlo durante semanas?
¿Por qué intentaron secuestrarlo?
Y sobre todo...
¿Por qué parecía que cada día estaban más interesados en él?
---
Cuando cayó la tarde, Ian terminó de revisar los últimos informes.
Se acercó a una de las ventanas de su despacho.
Desde allí podía ver parte de los jardines.
Alex seguía abajo.
Ahora hablaba con Elena mientras caminaban entre los senderos de piedra.
Parecían relajados.
Tranquilos.
Completamente ajenos a todo lo que ocurría alrededor.
Ian los observó durante varios segundos.
Especialmente a Alex.
Todavía recordaba el día en que apareció en Distrito Noctis.
Todavía recordaba lo fácil que habría sido ignorarlo.
Dejarlo marcharse.
No involucrarse.
Sin embargo, algo lo había empujado a intervenir.
Y desde entonces todo se había vuelto cada vez más complicado.
Porque cuanto más aprendía sobre Alex, menos entendía.
No sabía quién era realmente.
No sabía qué ocultaba su pasado.
No sabía por qué aquel colgante le resultaba tan familiar.
No sabía por qué tantas personas parecían interesadas en encontrarlo.
Y lo peor era que Alex probablemente tampoco lo sabía.
Un golpe suave en la puerta interrumpió sus pensamientos.
—Adelante.
Marco entró nuevamente.
—Hay algo más.
Ian lo observó.
—¿Qué ocurre?
—Siguen observándolo.
La mirada de Ian se endureció.
—¿Cuántos?
Marco exhaló lentamente.
—Más que antes.
El silencio volvió a llenar la habitación.
Ian regresó la vista hacia la ventana.
Hacia el jardín.
Hacia Alex.
Hacia el joven que seguía riendo por alguna tontería que Elena acababa de decir.
Y mientras lo observaba, comprendió algo inquietante.
No sabía quién era realmente Alex.
No sabía por qué lo buscaban.
No sabía qué secreto escondía su pasado.
Pero cada día parecía haber más personas interesadas en encontrarlo.
Más personas observándolo.
Más personas siguiéndolo.
Y eso solo podía significar una cosa.
El verdadero peligro apenas estaba comenzando.