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Las Cuatro De La Medianoche.

Las Cuatro De La Medianoche.

Status: Terminada
Genre:Fantasía épica / Mundo de fantasía / Mundo mágico / Completas
Popularitas:1.1k
Nilai: 5
nombre de autor: Leydis Ochoa

Cuando la noche hace un pacto con la luz, nacen juramentos que ni el tiempo osa romper.

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Capítulo 21 — El libro encadenado

Las sombras trajeron un libro antiguo envuelto en cadenas de juramento. No era un objeto que simplemente ocupara espacio; parecía desplazar la realidad a su alrededor, creando un campo de gravedad emocional que dificultaba la respiración de las cuatro elfas. La obsidiana de sus tapas no reflejaba la luz violeta del cielo del Atrio, sino que la devoraba, dejando una mancha de nada absoluta en el centro del anfiteatro. Las cadenas que lo rodeaban, hechas de un metal que palpitaba con la calidez de un ser vivo, emitían un sonido metálico sordo, como el latido de un corazón encerrado en una jaula de hierro.

Ravenna Shadow se adelantó, sus manos temblando de una forma que nunca había permitido que sus hermanas vieran. Ella era la erudita, la que encontraba consuelo en los márgenes de los manuscritos y en la lógica fría de los hechizos, pero este libro... este libro era el final de toda lógica.

—Es el *Códice de lo Inconfesable* —susurró Ravenna, y su voz se quebró—. En las leyendas de mi clan, se decía que este libro fue forjado con la primera sombra que proyectó el mundo cuando nació la luz. No es solo papel y tinta. Es la memoria física del universo antes de que los reyes decidieran qué partes de la historia nos estaba permitido conocer.

Xylia Brook, con su mano dorada aún brillando con un fulgor mortecino, se colocó al lado de Ravenna.

—Las cadenas... no son solo para proteger el libro, ¿verdad? —preguntó Xylia, extendiendo un dedo hacia uno de los eslabones rojos—. Siento que me llaman. Siento que conocen el sabor de mi sangre.

—Son Cadenas de Juramento, Xylia —respondió Ravenna, deteniendo la mano de su amiga antes de que tocara el metal—. Se alimentan de las promesas rotas. Cada vez que un rey de tu linaje o un señor de las sombras de Lyraka traicionó su palabra, estas cadenas se volvieron más fuertes. Para abrirlas, no necesitamos una llave. Necesitamos una verdad que sea más poderosa que la mentira que las forjó.

Lyraka, que se mantenía a unos pasos de distancia, recuperando el aliento tras su canción, soltó una risa amarga.

—¿Una verdad? Llevamos años viviendo en una mentira. ¿Qué verdad quieren estas malditas cadenas? ¿Que odio lo que soy? ¿Que tengo miedo de que Shapira nunca vuelva a ser ella misma?

En cuanto Lyraka pronunció esas palabras, uno de los eslabones de la cadena estalló en mil fragmentos de luz carmesí. El sonido fue como el de un cristal rompiéndose en una catedral silenciosa.

—Eso es —dijo Ravenna, mirando a Lyraka con ojos brillantes—. Honestidad bruta. El libro no quiere salmos ni poemas heroicos. Quiere el reconocimiento de nuestra propia ruina.

Shapira, el Eco, se acercó al libro. Su forma translúcida parecía fundirse con la oscuridad de la obsidiana. No podía hablar, pero su presencia era un grito constante de sacrificio. Colocó sus manos sobre el lomo del libro, y las cadenas que rodeaban sus propios brazos empezaron a entrelazarse con las del objeto. Un dolor compartido recorrió el vínculo que las unía a las cuatro.

—Ella está asumiendo el peso —dijo Xylia, apretando los dientes mientras sentía una presión insoportable en su pecho—. Nos está pidiendo que confesemos. Que dejemos de fingir que somos las heroínas de esta historia.

Xylia dio un paso al frente y puso su mano dorada sobre el libro.

—Mi verdad es la culpa —declaró Xylia, y sus ojos se llenaron de lágrimas que se tornaron doradas al caer—. Sabía que mi padre estaba purgando a los disidentes. Sabía que la paz de los Brook se construyó sobre las fosas comunes de los que no querían arrodillarse ante el sol. Y no dije nada. Me quedé en mi torre, puliendo mi armadura, fingiendo que la luz justificaba el silencio. Me avergüenzo de mi sangre, y me avergüenzo de mi corona.

Otro eslabón se pulverizó. El libro vibró, soltando un vapor negro que olía a incienso y a tierra mojada.

Ravenna se unió a ellas, sus dedos acariciando la obsidiana fría.

—Mi verdad es el orgullo —confesó la erudita—. Creí que si sabía lo suficiente, podría controlar el destino. Miré por encima del hombro a mis hermanas porque yo tenía los libros y ellas solo las armas. Pero todo mi conocimiento no sirvió para salvar a Shapira. Soy una ignorante que solo ha coleccionado cenizas de otros hombres.

La última cadena que quedaba, una gruesa banda de metal negro que envolvía el centro del libro, comenzó a brillar con una intensidad blanca. Era la cadena más antigua, la que sellaba el juramento de la Reina Elowen.

Todas miraron a Shapira. La elfa muda no podía confesar con palabras, pero la intensidad de su mirada lo decía todo. A través del vínculo, las otras tres sintieron una oleada de un sentimiento devastador: Shapira no se había sacrificado por heroísmo. Lo había hecho por miedo a la soledad. Prefería dejar de existir como persona antes que ver cómo sus hermanas se alejaban de ella por el peso de sus pecados. Su sacrificio era un acto de amor desesperado y egoísta, una cadena propia para mantenerlas unidas a ella para siempre.

—Oh, Shapira... —sollozó Lyraka, abrazando la forma etérea de su amiga.

La última cadena se fundió, convirtiéndose en un líquido dorado que fue absorbido por las tapas del libro. Con un sonido pesado, como el de una tumba abriéndose, el *Códice de lo Inconfesable* se abrió por fin.

Las páginas no eran de papel. Eran láminas de un cristal oscuro que contenían imágenes en movimiento, constelaciones que cambiaban según quién las mirara y ríos de letras que susurraban sus propios significados. Al abrirlo, el aire del anfiteatro se llenó de proyecciones holográficas que flotaban a su alrededor.

—No son solo crónicas —dijo Ravenna, pasando las páginas con reverencia mientras las imágenes envolvían sus cuerpos—. Son planos. Son las coordenadas de la realidad que fue descartada.

Vieron ciudades que no estaban en ningún mapa conocido. Ciudades de cristal que crecían hacia abajo, hacia el centro del mundo; fortalezas construidas con el sonido de las estrellas; bibliotecas que existían en el espacio entre dos parpadeos.

—Miren estos nombres... —susurró Xylia, señalando una página que ardía con una luz azulada—. *Nadir-Ghoul*, la ciudad de las sombras eternas que fue borrada por el primer Rey Solar. *Aethel-Gard*, el jardín de la luz que no quema, que fue sacrificado para alimentar el sol de mi linaje.

—Y aquí —Lyraka señaló un mapa que mostraba una red de venas que recorrían el continente—. No son ríos. Son las líneas de sangre del mundo. Cada ciudad olvidada es un nodo de poder. Si estas ciudades siguen ahí, aunque sea en el plano de las sombras, significa que el mundo que conocemos es solo una cáscara vacía.

Ravenna se detuvo en una página central. En ella, el mapa del mundo se superponía con los nombres de las familias nobles de las elfas. Pero los nombres estaban tachados con runas de prohibición. Eran nombres que la historia había intentado digerir sin éxito.

—El juramento de Elowen no fue para proteger el mundo —concluyó Ravenna, el horror pintado en su rostro—. Fue para encarcelarlo. Ella y los otros reyes "desprendieron" estas ciudades de la realidad porque no podían controlarlas. Las convirtieron en olvido para poder reinar sobre lo mediocre.

Las elfas se miraron entre sí. La magnitud de la tarea que tenían por delante las sobrepasaba. Ya no se trataba solo de recuperar una corona o salvar un reino; se trataba de restaurar la arquitectura misma de la existencia, de devolverle al mundo las piezas que le habían sido arrancadas por la codicia de sus ancestros.

Shapira señaló una página específica, la última del libro. En ella, la caligrafía era diferente, más reciente, como si hubiera sido escrita con sangre que aún no se había secado del todo. Los mapas en esa sección eran más detallados, apuntando a lugares que estaban más cerca de lo que imaginaban.

Al abrirlo, descubrieron mapas que señalaban ciudades olvidadas y nombres prohibidos.

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