Solo había amado una vez en la vida, solo a ella, y después de mucho tiempo lo descubrí, verlos juntos causó en mi desesperación y debo ganar esta lucha.
Debo ganar su amor.
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Cap 16
Dios existía y sus ángeles también, porque yo estaba frente a uno, y uno muy avergonzado. Verónica tenía las mejillas coloradas, como aquella noche. Esa noche fueron los efectos del alcohol, ¿pero hoy? No tenía planeado hacer nada; no quería llegar a tercera base, solo quería abrazarla y darle tiernos besos. Pero no creo que pueda, ni creí que pudiera contenerme.
Me puse de pie y tomé su mano para guiarla a la cama. Dios, se veía divina. Vero se recostó con los ojos cerrados. Me incliné un poco sobre su cuerpo y besé su frente.
—Acomódate, amor. Hoy vamos a dormir.
Sus ojos se entornaron un poco y lo supuse: ella quería esto tanto como yo. Me acosté a su lado y la atraje hacia mí. Primero besé su frente, luego su nariz y, por último, sus labios. Un beso casto y corto. No quería negarme ninguna sensación; si estaba deseoso por hacerla mía, mía... porque ella me pertenecía, es mi esposa. Pero antes de tocarla, de acariciarla de forma carnal, quería contemplarla. Acariciar su cuerpo y sentir cómo su temperatura aumentaba por mí, por mi causa, no por otra razón. Así que eso haría esta noche.
Me acosté con la cabeza apoyada en mi brazo derecho y, con la mano izquierda, acaricié su rostro, inclinándome de a pocos para besar sus labios. Sé que era una tortura, pero era una tortura que deseaba vivir. Sin embargo, no esperaba su reacción. Vero se inclinó más hacia mí, y su beso no fue tierno; no, su beso fue hambriento, cargado de deseo, de necesidad. Mi cordura se rompió; lo que estaba reprimiendo se quebró por completo. Sujeté su rostro y la atraje más hacia mí.
—Dios, me vas a enloquecer.
—No metas a Dios aquí, Mark. No voy a permitir seguir en esta sequía.
—Entonces, te comenzaré a conquistar desde mañana, porque no pienso ser delicado hoy.
Sus ojos se abrieron, creo que de sorpresa.
—No puedes ser muy ruidoso, mis padres te escucharán.
—No te prometo nada. Solo déjame disfrutarte. Pero, Vero... —ella me miró—. No te arrepientas.
—No lo haré —lo dijo dándome besitos cortos.
No quería ser brusco, quería contemplarla, ver su rostro y sus expresiones, y no podía dejar que ella tomara el control. Me subí sobre ella y besé sus labios, su rostro; repartí cortos besos aquí y allá. Me apreté a ella; quería que sintiera lo que ocasionaba en mí. Y cuando lo sintió, gimió. Yo me excité más. Lo disfrutaría, sí que lo disfrutaría, y ella más que yo.
Besé su cuello, suave y delicado, y después pasé mi lengua; cuando arqueó su cuerpo, presioné un poco con mis dientes. Después bajé a su pecho y, con mi mano, acariciaba el otro sin dejar de presionar. Ella ya había abierto sus piernas para mí. Sabía que no soportaría mucho; estaba más que listo para la batalla, casi al borde. Liberé su seno y comencé a bajar hasta su sensibilidad.
—Solo jugaré aquí un poco, porque no quiero hacer mucho ruido.
Y puse mi boca allí. Vero se removía y su esencia fluyó en mi boca. Era extraño; no es que nunca hubiera hecho un oral, pero Vero tenía un aroma atrayente que me hacía querer más de ella. Subí por su cuerpo dejando besitos aquí y allá. Su rostro rojo y su respiración jadeante eran música para mí.
—¿Estás lista para recibirme?
Ella asintió, mirándome a los ojos. Entré en ella, disfrutando cada centímetro, descubriéndola. Sabía que Vero tenía sus juguetes, juguetes con los que lograba llegar al éxtasis, pero yo sentía como si nada hubiese entrado allí. Como si ese lugar jamás hubiese sido tocado, no después de mí; era un redescubrimiento.
Vero abrió los ojos cuando comencé con el vaivén. Jugaba con sus pezones con mi boca y me alternaba a su cuello; no quería dejar marcas, su piel era sagrada y no merecía llevar algo que quitara de ella lo sublime. Estocada tras estocada, su humedad fue aumentando y yo me deslizaba con una exquisitez que jamás había sentido. Seguí bombeando hasta que la sentí tensarse; volvió a liberarse y yo fui arrastrado por ella.
Me quedé allí, allí adentro, hasta que la última gota salió de mí y mi hombría se hubo dormido. La besé de nuevo, esta vez con la convicción de que volvería a suceder y de que no tenía necesidad de acelerarme. Quería disfrutar; disfrutar todo de ella. Así que la abracé a mí y ella se acomodó en mi pecho como nunca antes. Su cuerpo exhausto junto al mío anhelante.
Primero fue mi amiga, después mi esposa. Ahora será mi amante y mi novia. Es mía, y nadie la alejaría de mí.
Y así, ella se quedó dormida y yo decidí observarla, contemplarla. No sé en qué momento me quedé dormido. Pero a la mañana siguiente, un par de revoltosas brincaban en la cama, y vi los ojos de pánico de mi esposa. Ambos estábamos desnudos y nuestras hijas estaban allí.