Sinopsis
"La Bailarina Rota" es un drama romántico de superación y redención escrito por Sherly Blanco. La historia sigue a Emmeline, la máxima promesa del ballet clásico, cuya brillante carrera se trunca trágicamente una noche en la playa tras sufrir una grave lesión en la pierna al salvar a un joven llamado Felipe de morir ahogado.
Conmovido por su sacrificio y deslumbrado por su belleza, Felipe se casa con ella y promete cuidarla. Sin embargo, a los pocos meses el idilio se rompe: él empieza a distanciarse y Emmeline termina descubriéndolo burlándose de sus cicatrices ante sus amigos, mientras trata con extrema delicadeza a otra mujer. Tras enfrentarlo con dignidad, Emmeline lo abandona para reconstruir su vida desde las cenizas, encontrando un nuevo propósito como maestra de ballet para ayudar a otras jóvenes a cumplir sus sueños, mientras un arrepentido Felipe la busca desesperadamente.
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Capítulo 17: La Prisa y el Silencio
El eco de la discusión de la noche anterior todavía flotaba en el aire de la casa familiar, denso y amargo. En el piso de arriba, Emmeline permanecía encerrada en su habitación, refugiada en esa trinchera de silencio que había levantado contra el criterio de sus padres. La puerta de madera cedió con un suave quejido y la silueta de Emely se recortó en el umbral. La hermana mayor, que tanto tiempo había pasado entre costuras e hilos invisibles cuidando de la menor, entró cargando una bandeja con té caliente. Se sentó al borde de la cama, observando el brillo obstinado, pero defensivo, en los ojos de Emmeline.
—Sé que estás enojada con todos, Emme —comentó Emely, rompiendo el hielo mientras le extendía la taza—. Y no te voy a mentir: yo tampoco estoy de acuerdo con esta prisa. Mamá y papá tienen razón, diez años de diferencia pesan y todo esto está yendo a una velocidad que da vértigo. Pero eres mi hermana menor. Te he visto llorar de dolor en la barra y te he visto levantarte de un lago helado. Si estás convencida de que tu felicidad está al lado de Felipe, no voy a dejar que pases por esto sola. Tienes mi apoyo, aunque me muera de miedo por ti.
Emmeline abrazó a su hermana mayor, sintiendo cómo la rigidez de su postura se ablandaba por un instante ante el único puente que quedaba tendido en esa casa. Sin embargo, la determinación de la joven de diecinueve años no flaqueó.
Esa misma semana, la noticia del compromiso llegó a oídos de Juliana. La primera solista, arrastrando sus propias sombras y el secreto de su vientre, citó a Emmeline en un pequeño café apartado. En cuanto vio el anillo de terciopelo y plata en la mano de su amiga, el rostro de Juliana se endureció, despojado de cualquier rastro de alegría.
—Esto es una locura, Emmeline —sentenció Juliana, tomando las manos de su amiga con una desesperación que rozaba la rudeza—. Estás cometiendo el peor error de tu vida. Ese hombre no me agrada, hay algo en su devoción que no es limpio. Apareció de la nada en el peor momento de tu vulnerabilidad. Te lo advierto: Felipe te va a hacer daño, te está consumiendo el espacio y no estás escuchando a nadie.
—Estás equivocada, Juliana —respondió Emmeline, retirando sus manos con frialdad aristocrática—. Hablas desde tu propia amargura. Felipe me devolvió la vida y me dio un motivo para sonreír cuando el teatro me cerró las puertas. Me voy a casar con él, quieras o no.
La ceguera del amor apresurado se impuso sobre los consejos de la mejor amiga y la sensatez familiar. Apenas dos semanas después de aquella propuesta en el mirador, Emmeline y Felipe se casaron en una ceremonia civil exprés, pequeña y desprovista de la pomposidad que el país hubiera esperado para el enlace de su Prima Ballerina. Ernesto y Melina asistieron con el corazón encogido, mientras que Emely se mantuvo al lado de su hermana firmando como testigo, cumpliendo la promesa de no soltarle la mano en esa carrera desbocada hacia un destino incierto.
El tiempo continuó su marcha inexorable, tejiendo otra realidad paralela en el seno de los Fontane. Semanas después de la boda, cuando el embarazo de Juliana ya alcanzaba los dos meses de gestación, el ambiente familiar volvió a fracturarse de una manera que nadie vio venir. Durante un almuerzo dominical en la casa, donde la ausencia de Emmeline —ahora instalada en su nueva vida con Felipe— dejaba un vacío notable, Andrés se puso de pie al final de la mesa. Sus padres, Ernesto y Melina, junto a Mateo, Luis y Emely, lo miraron con atención, notando la extrema palidez de su rostro.
—Tengo algo muy importante que decirles —anunció Andrés, con una voz carente de la alegría habitual de un futuro padre, endurecida por la resignación—. Juliana y yo... vamos a ser papás. Ella tiene dos meses de embarazo.
Melina dejó caer los cubiertos sobre el plato y Ernesto clavó la mirada en su hijo mayor, procesando el segundo impacto consecutivo que golpeaba las estructuras de la dinastía.
—Sé lo que están pensando —continuó Andrés, antes de que su madre pudiera hablar—. Pero Juliana y yo conversamos esto seriamente hace unas semanas en su apartamento. Llegamos a un mutuo acuerdo: decidimos mudarnos juntos para recibir al bebé y asumir la responsabilidad como adultos, pero no nos vamos a casar. No hay amor de pareja entre nosotros, y un matrimonio forzado sería un infierno para ambos. Viviremos bajo el mismo techo por el niño, pero nada más.
La revelación del acuerdo mutuo dejó una mezcla de alivio y profunda preocupación en Ernesto y Melina. Sabían que Andrés estaba actuando bajo el estricto mandato del deber, pero también sabían que el corazón de su hijo mayor seguía perteneciendo en secreto a aquella chica universitaria y humilde que el destino le obligaba a postergar. Con Emmeline unida a un hombre diez años mayor tras quince días de compromiso, y Andrés conviviendo por obligación con una Juliana rota por el desamor, los días de gloria y perfecta armonía de la familia Fontane quedaban sepultados bajo las complejas e imperfectas decisiones de una nueva y dura realidad.