Sinopsis
Tras morir en un trágico accidente, Sheila Roy despierta en el cuerpo de Saori, la hermana mayor de un personaje secundario en una popular novela de supervivencia zombie. Sabiendo que el fin del mundo comenzará en cuestión de días, utiliza sus conocimientos y los recursos de sus padres para construir un búnker inexpugnable y rescatar a sus hermanos.
Sin embargo, tras la primera noche del apocalipsis, Saori recupera un recuerdo aterrador: el mundo en el que habita no pertenece a una sola novela, sino a la fusión de dos historias distintas. La segunda trama introduce las "Olas de Mutación", eventos globales que transforman el clima, la flora y la fauna en depredadores letales.
Ahora, con un bebé rescatado, un perro que empieza a mostrar una inteligencia inquietante y un grupo de supervivientes bajo su mando, Saori debe liderar a los suyos a través del "Destello de los Mil Soles", un sueño profundo que marcará el inicio de la verdadera evolución biológica.
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Capitulo 16
En un sector de la ciudad que las cámaras del búnker de Saori no podían alcanzar, la oscuridad no era un refugio, sino una jaula.
Haruto abrió los ojos con una bocanada de aire gélido que le quemó los pulmones. No recordaba haberse quedado dormido en el suelo de madera podrida de aquella casa abandonada, pero el dolor punzante en su nuca le recordaba que había pasado días en la misma posición.
—¿Dónde...? —Su voz sonó extraña, más profunda de lo que recordaba.
Trató de incorporarse, pero sus extremidades se sentían pesadas, como si estuviera operando una maquinaria que no le pertenecía. Con manos temblorosas, buscó un rastro de luz. Un rayo de luna —o lo que fuera que emitiera ese resplandor pálido y enfermizo tras el Destello— se filtró por las tablas clavadas en la ventana, iluminando sus manos.
Se quedó paralizado.
Aquellas no eran sus manos. Eran manos grandes, de dedos largos y piel suave, sin las cicatrices que él mismo se había hecho trabajando antes del fin del mundo. Eran las manos de Alexander Walker, el protagonista de El Despertar del Titán. El "héroe" perfecto que Haruto siempre había criticado en los foros por ser demasiado idealista y absurdamente fuerte.
—No puede ser —murmuró, pasándose los dedos por el rostro, encontrando facciones más angulosas y una mandíbula firme—. Estoy en su cuerpo. Soy el maldito Alexander.
El conflicto de identidad lo golpeó como una ola. Haruto, un chico común y corriente que apenas sabía defenderse, ahora habitaba el recipiente del guerrero más poderoso del país. Intentó ponerse de pie y casi se cae; el cuerpo de Alexander tenía un centro de gravedad diferente, una potencia muscular que Haruto no sabía cómo manejar. Se sentía como un niño pequeño intentando conducir un tanque de guerra.
Un sutil crujido en la habitación contigua le devolvió la lucidez.
No estaba solo. En la penumbra de la casa abandonada, pudo distinguir las siluetas de tres personas más. Eran los miembros del grupo con los que se había refugiado antes del gran sueño. Pero algo estaba mal. El olor en la habitación no era de sudor o polvo, sino un aroma a flores dulces y putrefacción.
Al agudizar la vista, notó que uno de sus compañeros, un hombre llamado Marcus, tenía pequeñas espinas negras brotando de sus orejas. Sus ojos, aún cerrados, se movían frenéticamente bajo los párpados.
De repente, una interfaz holográfica similar a la de Saori, pero de un color rojo agresivo, parpadeó frente a Alexander:
[Sincronización de alma: 45%]
[Estado: Inestable]
[Misión detectada: Sobrevivir al despertar del Nido]
Haruto sintió un escalofrío. En la novela original, Alexander despertaba solo después de que su grupo fuera masacrado por la primera mutación. Él no era Alexander, era Haruto, y no tenía idea de cómo usar los poderes del "Titán" que supuestamente residían en ese cuerpo.
—Si no me muevo ahora —pensó, mirando cómo las espinas de Marcus empezaban a vibrar—, el héroe de esta historia va a morir antes de que empiece el primer capítulo.
Haruto se dejó caer contra la pared descascarada, apretando los dientes mientras una punzada de dolor atravesaba su nueva sien.
—¡Pero qué mierda! —exclamó en un susurro cargado de rabia—. ¿Cómo terminé en este cuerpo? Recuerdo que estaba en esa cafetería cuando... hubo un terremoto y...
La imagen del techo desplomándose y el sonido de los huesos quebrándose bajo el escombros lo golpeó con tal fuerza que se le revolvió el estómago. Recordar su muerte era una agonía que su mente intentaba bloquear. Sin embargo, la indignación fue más fuerte que el trauma.
—¡Oye! —gritó hacia el techo, como si pudiera interpelar a la entidad que lo arrojó a ese infierno—. ¡Salvé a una niña de morir aplastada! ¡Mínimo me hubieras enviado a un mundo pacífico! ¿Por qué en esta novela? ¡¿Y por qué en este protagonista idiota?!
Haruto conocía bien a Alexander Walker. Lo odiaba. Era el tipo de personaje que siempre ponía la otra mejilla y cuya moralidad inquebrantable solía causar la muerte de los secundarios más interesantes. Ahora, él era ese "héroe".
Un escalofrío repentino lo sacó de sus quejas. No era un frío común; era una ráfaga de aire que no olía a lluvia normal, sino que traía un matiz metálico y un aroma a ozono quemado. Era una advertencia física de que la naturaleza estaba reescribiendo sus propias leyes. El aire se sentía espeso, casi sólido, como si intentara asfixiar a los que no habían mutado lo suficiente.
Afuera, el cielo no era negro, sino de un violeta oscuro que parecía absorber toda la luz restante.
—Este cuerpo se siente... demasiado tenso —murmuró Haruto, estirando los brazos.
Sus bíceps se marcaron bajo la tela de la camiseta militar, y sintió una corriente de energía recorriendo su columna. Sus sentidos estaban tan agudizados que podía oír el roce de las hojas de los árboles a dos manzanas de distancia, pero el sonido no era el de una brisa suave; era el chirrido de plantas que se movían con voluntad propia.
—Si el sistema dice que mi sincronización es baja, significa que Alexander todavía está ahí... o que mi alma rechaza este poder —pensó, mirando de reojo a sus compañeros dormidos.
De pronto, una de las ventanas de la casa estalló hacia adentro. No fue el viento, ni un zombie. Fue una raíz negra y húmeda, tan gruesa como el brazo de un hombre, que entró buscando calor humano. La planta no esperaba, simplemente cazaba.
Haruto se tensó. El "protagonista idiota" habría intentado salvar a todos, pero él... él solo quería sobrevivir una noche más.
Haruto hurgó en los cajones de la cocina, buscando desesperadamente algo con qué defenderse. Sus dedos, ahora largos y callosos, tropezaron con un cuchillo de cocina oxidado. Mientras su mirada escaneaba la penumbra, fragmentos de la trama original de la novela golpearon su mente como ráfagas de estática.
—La cura... —murmuró, su voz vibrando con una profundidad que aún le resultaba ajena—. ¿Por qué tenía que ser algo tan absurdo como el chocolate?
Recordaba vívidamente el capítulo donde los protagonistas, acorralados en una vieja fábrica, descubrieron la salvación por un error garrafal. Todavía podía imaginar el vapor del chocolate caliente inundando el lugar; un sistema de emergencia que nunca se terminó de usar y que, años después del inicio, seguía listo para funcionar. Fue un milagro ridículo: el dulce líquido no los quemó, sino que restauró la humanidad de los muertos vivientes en apenas cinco minutos.
—Pero no fue un final feliz para todos —pensó Haruto, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima—. Recuperar la consciencia solo para recordar cómo devoraste a tu propia madre... Qué giro tan sádico le dio el autor.
Afuera, el aire se volvía más denso. No era solo que pudiera hacer un frío insoportable en las próximas horas; era la presión atmosférica, que parecía querer aplastar la estructura de madera de la casa. El olor a ozono se mezclaba con el hedor de las raíces negras que seguían rascando las paredes exteriores.
En la novela, la humanidad casi se extinguió antes de que ese "descuido científico" fuera subsanado. Pero Haruto sabía algo que Alexander Walker no: con la fusión de las novelas, los zombies eran ahora el menor de sus problemas. Si el chocolate podía curar un virus, dudaba mucho que pudiera detener a una planta carnívora gigante o a un animal mutante con inteligencia estratégica.
De pronto, un sonido de succión provino del rincón donde Marcus dormía. Haruto giró la cabeza justo a tiempo para ver cómo las espinas en las orejas de su compañero se dilataban, expulsando un polen amarillento y brillante.
—Mierda... —Haruto retrocedió, apretando el mango del cuchillo—. Decidieron quedarse aquí para estar seguros, pero esto ya es un nido.
La interfaz roja parpadeó frente a sus ojos con una nueva urgencia:
[ADVERTENCIA: Evento de "Cosecha" en progreso]
¿Desea activar el protocolo de "Héroe" o el de "Superviviente"?
Haruto apretó los dientes. El Alexander original se habría lanzado a abrazar a Marcus, intentando salvarlo con palabras bonitas. Pero Haruto murió una vez por ser una buena persona, y no planeaba que la historia se repitiera.
—Elijo superviviente —siseó, justo cuando Marcus abrió los ojos, revelando que sus pupilas habían sido reemplazadas por pétalos negros y fibrosos.
Haruto soltó el cuchillo oxidado sobre la mesa de madera podrida. El sonido metálico resonó en la habitación, pero a Marcus —o a lo que quedaba de él— no pareció importarle. La criatura seguía expulsando aquel polen amarillento, transformando el aire de la habitación en un caldo denso y letal.
—De nada sirve quejarse ahora —se dijo Haruto, apretando los puños. Sentía la potencia de Alexander Walker fluyendo por sus venas, una fuerza física que reclamaba ser usada—. Las reglas de la novela del chocolate ya no son las únicas que mandan. Esta maldita mezcla lo cambió todo.
Mientras buscaba en los armarios, los fragmentos de información que recibió durante el "Gran Sueño" empezaron a ordenarse en su mente. No era solo la fauna o la flora lo que quería matarlos. Era el cielo mismo.
—El clima... —susurró, sintiendo un escalofrío que le erizó el vello de los brazos—. Si los datos son correctos, las estaciones han muerto.
Recordó con pavor que, en la segunda novela, el ecosistema se volvía esquizofrénico. En cuestión de horas, podía hacer un frío tan extremo que el nitrógeno del aire casi se congelaba, para que al día siguiente cayera una lluvia de granizos del tamaño de puños, destrozando cualquier refugio que no fuera de hormigón armado. Incluso la temperatura podía subir de forma tan drástica que el asfalto se derretía bajo los pies de los supervivientes.
—Tengo que encontrar ropa térmica. Y tengo que hacerlo antes de que el sol vuelva a salir —pensó con urgencia.
Sabía que el regreso del sol no traería esperanza, sino el inicio del caos climático. La luz solar actuaría como un catalizador para las esporas y las mutaciones térmicas. En unas semanas, el mundo exterior sería un horno o un congelador, sin términos medios.
—¡Marcus! —gritó Haruto, intentando una última vez despertar la consciencia de su compañero, pero el hombre ya no respondía. Sus ojos eran ahora dos bulbos vegetales que brillaban con una luz violácea en la penumbra.
La casa crujió. El viento afuera empezó a aullar, pero no era un silbido natural; era un rugido metálico. El aire ya no olía a humedad, sino a una mezcla de azufre y flores podridas. La primera fluctuación climática estaba golpeando la zona.
Haruto agarró una mochila vieja y empezó a meter todo lo que pudiera servir de aislante: mantas raídas, una chaqueta de cuero que pertenecía a otro miembro del grupo y unas cuantas latas de conservas. No podía quedarse allí. El nido estaba madurando y el clima estaba a punto de volverse una guillotina.
—Perdóname, Alexander, pero tu "moral de héroe" no va a salvarnos de una lluvia ácida o de una helada instantánea —sentenció Haruto, dirigiéndose hacia la ventana rota.
Saltó hacia la calle justo cuando un rayo de luz violeta rasgó el horizonte. El sol estaba regresando, pero con él, venía el primer cambio drástico de temperatura. El aire, que hace un momento era templado, se volvió tan gélido que sus pulmones dolieron al respirar.