En este juego de espejos, nadie es quien dice ser y la moneda está a punto de caer del lado de la justicia... o del caos.
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capitulo 9
El silencio de mi familia no fue un vacío, fue una sentencia de muerte social. Durante los primeros doce meses, aprendí que en la Prisión Central de Mujeres, el apellido De la Vega no era un escudo, sino una diana pintada en mi espalda. Sin el dinero de mi padre para sobornar a las guardias o comprar la paz en el patio, me convertí en "carne de cañón".
—¿Sigues esperando la carta, 4021? —se burlaba la oficial jefa de planta, una mujer llamada Mendoza que disfrutaba rompiendo las pocas fotografías que yo intentaba conservar—. Tu padre ya ha donado un ala nueva al hospital de la ciudad. Ha salido en todos los periódicos. Parece que tiene mucho dinero para extraños, pero ni un céntimo para una asesina.
Cada palabra de Mendoza era un latigazo. Pero los golpes físicos eran peores.
El bautismo de sangre en las duchas
Fue un martes de noviembre, cuando el frío de la sierra se filtraba por las tuberías oxidadas. Tres internas, lideradas por una mujer a la que llamaban "La Mole", me acorralaron en las duchas. No querían dinero, porque sabían que ya no tenía. Querían humillar lo que quedaba de la "niña bien".
—Dicen que las manos de las princesas son suaves —gruñó La Mole, sujetándome el cabello con una fuerza que me hizo ver estrellas—. Vamos a ver cómo aguantan el agua hirviendo.
Forcejeé, pero el suelo resbaladizo y la superioridad numérica me vencieron. Sentí el vapor escaldante cerca de mi rostro. En ese momento, algo se rompió dentro de mí. No fue el miedo, fue la paciencia. Recordé la mirada de triunfo de Isabella en la televisión y la cara impasible de mi padre en el despacho. Ellos me habían puesto allí. Ellos estaban apretando el grifo a través de estas mujeres.
—¡Hazlo! —grité, dejando de luchar—. ¡Mátame aquí mismo! Porque si no lo haces, si sobrevivo a esto, te juro que no habrá rincón en esta cárcel donde puedas esconderte de lo que voy a hacerte.
La Mole se detuvo, sorprendida por la falta de súplicas. En la prisión, la víctima que deja de serlo se vuelve peligrosa.
—Tienes agallas, niñita —dijo, soltándome bruscamente—. Pero las agallas no te salvarán de la próxima paliza.
Salí de allí temblando, con la piel roja por el vapor, pero con una certeza: el dolor físico era finito. El odio, en cambio, era una fuente de energía inagotable.
La tutoría de "La Maestra"
Antonia, la estafadora que me había tomado bajo su ala, me observaba desde la distancia. Esa noche, en el rincón más oscuro de la biblioteca —un lugar que nadie usaba y donde ella reinaba—, me entregó un libro de contabilidad viejo.
—Has dejado de llorar, Marina. Eso es bueno —dijo, sin levantar la vista de sus propios papeles—. Pero ahora tienes que empezar a pensar. El abuso que sufres es sistemático porque eres un cabo suelto. Tu familia no solo te ha abandonado; están esperando que alguien aquí dentro termine el trabajo por ellos. Un "incidente lamentable" entre reclusas les ahorraría muchas explicaciones en el futuro.
Me senté frente a ella. Mis nudillos estaban pelados y tenía un ojo morado que empezaba a tornarse amarillento.
—¿Qué tengo que hacer, Antonia? Enséñame.
—La contabilidad es el lenguaje de Dios, niña. Si sabes seguir el rastro del dinero, puedes predecir el futuro. Durante los próximos años, no vas a ser Marina De la Vega. Vas a ser mi sombra. Vas a aprender a leer balances, a entender los paraísos fiscales y, sobre todo, a detectar la codicia ajena antes de que ellos mismos la sientan.
Durante meses, bajo la luz mortecina de una bombilla que parpadeaba, Antonia me enseñó los secretos que habían hundido bancos. Me explicaba cómo Arturo De la Vega movía sus activos. Me hacía memorizar leyes fiscales, lagunas legales y tácticas de extorsión de guante blanco.
—Tu padre usa una estructura de "doble irlandés" para sus empresas de construcción —me explicaba ella, señalando un recorte de periódico—. Es legal, pero frágil si alguien sabe dónde golpear. Si cortas el flujo de efectivo en el punto A, la empresa B colapsa en efecto dominó.
Mientras mi mente se convertía en un arma financiera, mi cuerpo se transformaba en una herramienta de supervivencia. Antonia me obligaba a hacer flexiones hasta que mis brazos fallaban. Me enseñó a golpear en los puntos nerviosos, a usar un cepillo de dientes afilado como una daga y a moverme sin hacer ruido.
El primer año: El despojo final
Al cumplirse exactamente doce meses de mi ingreso, recibí la noticia de que mi apelación había sido rechazada definitivamente. Mi propio abogado, pagado por mi padre, no presentó las pruebas de descargo que supuestamente había recolectado. En el registro oficial, yo era una conductora ebria y negligente que no mostró arrepentimiento.
—Tu padre ha cerrado la puerta por fuera, Marina —me dijo Antonia un día en el patio—. Ya no hay vuelta atrás. Estás muerta para el mundo.
—Entonces es hora de que Marina De la Vega termine de morir —respondí, mirando hacia los muros de hormigón—. Si ellos quieren un cadáver, les daré uno. Pero no el que esperan.
Empecé a observar a las guardias. Descubrí que Mendoza, la oficial que tanto me acosaba, tenía una deuda de juego masiva en los casinos clandestinos de la ciudad. Antonia me dio el contacto de uno de sus "socios" en el exterior a través de una carta codificada.
Una semana después, abordé a Mendoza en un pasillo sin cámaras.
—Sé lo de tus deudas, oficial —le dije con una calma que la hizo retroceder—. Y sé que mañana vendrán a cobrarte a tu casa. Puedo hacer que ese dinero aparezca en tu cuenta hoy mismo.
—¿De qué hablas, estúpida? No tienes ni un céntimo.
—Yo no, pero mis contactos sí. Solo quiero una cosa a cambio: que me dejes de molestar. Y que me consigas acceso ilimitado a la sala de informática dos horas a la semana.
Mendoza me miró con una mezcla de odio y necesidad. Esa tarde, el dinero fue transferido. Por primera vez, entendí el poder que Antonia me estaba transmitiendo. No necesitaba el apellido de mi padre para mover el mundo; necesitaba su misma falta de escrúpulos, combinada con mi inteligencia superior.
La metamorfosis del alma
Los abusos continuaron, pero ya no me afectaban de la misma manera. Cada golpe que recibía en el patio, cada insulto de las internas, lo archivaba en un rincón de mi mente etiquetado como "Deuda a cobrar".
Empecé a rodearme de un pequeño grupo de seguidoras. No eran mis amigas; eran mujeres que me debían favores. Yo les resolvía sus problemas legales con las cartas que les escribía, o les explicaba cómo evitar que sus familias las estafaran fuera. Me convertí en una especie de oráculo oscuro dentro de la prisión.
—Ya no tienes la mirada de una víctima —me dijo Antonia al final de ese primer año—. Tienes la mirada de un depredador que está calculando la distancia antes de saltar.
—Isabella cree que me ha quitado la vida —le dije, mientras afilaba una pieza de metal contra el suelo de la celda—. Pero lo que ha hecho es liberarme. Me ha quitado el miedo, me ha quitado la culpa y me ha quitado la piedad. Ahora soy libre para destruirlos.
El primer año terminó con un evento simbólico. En las noticias, mostraron a Isabella inaugurando una nueva ala en un orfanato. Llevaba un vestido de seda que yo misma le había ayudado a elegir antes del accidente. Sonreía a las cámaras con esa pureza fingida que tanto odiaba.
Apagué el televisor de la sala común con un gesto lento. Las internas a mi alrededor guardaron silencio. Sabían que no debían molestarme cuando Isabella aparecía en pantalla.
—Disfruta de tu luz, Isabella —susurré para mí misma—. Porque estoy aprendiendo a vivir en la oscuridad. Y cuando salga de aquí, la oscuridad será lo único que te quede.
Antonia se acercó y me puso una mano en el hombro.
—Mañana empezamos con las lecciones de inversión de riesgo, Marina. Si quieres arruinar a Arturo, tienes que saber cómo crear una burbuja financiera y hacérsela tragar.
Asentí. El dolor de mi corazón se había convertido en una costra dura, fría e impermeable. Marina, la hija, la hermana, la víctima, ya no existía. En su lugar, en la celda 4021, habitaba una entidad que solo vivía para un propósito.
Había sobrevivido al espejismo, a la traición, al juicio y al primer año de infierno. Había aprendido que la venganza no es un plato que se sirve frío; es un algoritmo que se ejecuta con precisión matemática.
Miré mis manos. Estaban llenas de callos y cicatrices, pero eran manos que sabían cómo estrangular una fortuna y cómo romper un cuello si era necesario.
—Cinco años —dije en voz alta, mirando el calendario rayado en la pared—. Solo faltan cuatro.
La planificación de mi familia había sido perfecta para eliminarme, pero habían olvidado una variable fundamental: la voluntad humana cuando se le despoja de todo excepto del odio. Y ese odio era ahora mi único y más fiel compañero de celda.