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"Amarte Es Mi Mayor Debilidad"

"Amarte Es Mi Mayor Debilidad"

Status: Terminada
Genre:Hombre lobo / Brujas / Maldición / Completas
Popularitas:1.9k
Nilai: 5
nombre de autor: Claudette

En un mundo donde la luna elige a quienes están destinados a amarse, Alessandra Montenegro Valerius ha pasado toda su vida huyendo de cualquier emoción. Fría, racional y convencida de que el amor solo destruye, ha construido una existencia perfecta… pero vacía.

Todo cambia cuando asiste al compromiso de su hermana y descubre que ese lugar no pertenece al mundo humano, sino a uno donde los hombres lobo gobiernan y los lazos del destino son imposibles de romper. Allí, no solo enfrentará secretos ocultos sobre su propia sangre —un antiguo linaje de brujas—, sino también al único hombre capaz de desafiar todo lo que cree: un rey que ha esperado siglos por ella.

Entre magia, poder, heridas del pasado y un amor que ninguno de los dos desea aceptar, Alessandra tendrá que decidir si seguir negando lo que siente… o arriesgarse a vivir por primera vez.

Porque a veces, el destino no pide permiso. Solo reclama lo que siempre fue suyo.

NovelToon tiene autorización de Claudette para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 1: LA MUJER QUE NO SENTÍA

Alessandra Montenegro Valerius despertó como lo hacía cada mañana desde que tenía memoria: con la certeza helada de que no había ninguna razón para abrir los ojos.

No era tristeza. La tristeza, al menos, era algo. Un dolor que se podía nombrar, un nudo en la garganta que se podía deshacer con lágrimas. Ella había visto tristeza en los demás: en su madre cuando los abuelos paternos la criticaban, en sus amigas de la universidad después de una ruptura, en los noticieros con imágenes de desastres que hacían llorar a otros. La tristeza era un lujo que ella no podía permitirse porque para estar triste, primero había que sentir algo.

Alessandra no sentía nada.

El despertador sonó a las 6:15 a.m., como todos los días. Lo apagó con un movimiento preciso, sin el fastidio que otros sentían al salir de la cama, sin el alivio de un fin de semana, sin la esperanza de un día mejor. Simplemente… apagó el despertador. Se levantó. Fue al baño. Abrió la regadera y esperó a que el agua caliente empañara el espejo.

Se miró en él antes de que el vapor borrara su reflejo.

Cabello negro azabache, lacio, cortado a la altura de los hombros. Ojos grises que algún compañero de la universidad había descrito como “acero pulido”. Facciones finas, simétricas, casi intimidantes en su perfección. Era hermosa, lo sabía. No porque se sintiera hermosa—la belleza era otra emoción que le resultaba ajena—sino porque se lo habían dicho suficientes veces como para registrarlo como un dato objetivo.

Una belleza fría, le había dicho una vez un jefe anterior. Como una escultura. Perfecta para mirar, pero no para tocar.

Alessandra había asentido con la cabeza, tomándolo como el cumplido que probablemente no era, y había seguido con su día.

Se duchó con el agua más caliente de lo que era recomendable. No porque disfrutara el calor—disfrutar era otra palabra que no significaba nada para ella—sino porque el calor era la única sensación física que lograba penetrar la capa de hielo que la envolvía. El agua golpeaba su espalda, dejándole la piel rosada, y ella contaba los minutos mentalmente. Seis minutos con treinta segundos. Suficiente para despertar el cuerpo, no suficiente para llegar tarde.

Salió, se secó, se vistió. Un traje sastre negro, impecable. Camisa blanca, botones de nácar. Zapatos de tacón medio, los mismos que había usado durante los últimos tres años porque eran cómodos y no requerían pensar en ellos. Maquillaje mínimo: base, rímel, un labial nude que su madre le había regalado en su cumpleaños número veintitrés y que aún no se había terminado porque solo lo usaba en ocasiones que lo requerían.

Cada movimiento era eficiente. Calculado. Automático.

En la cocina, preparó su café como todas las mañanas: dos cucharadas de café molido, agua a punto de hervir, sin azúcar, sin leche. Lo bebió de pie, mirando por la ventana de su departamento en el décimo piso. La ciudad despertaba allá abajo, con sus luces que se encendían y sus primeros transeúntes que caminaban con el apuro de quienes tienen algo que esperar.

Alessandra no tenía nada que esperar.

No es que su vida fuera mala. Esa era la parte que la gente no entendía cuando ella intentaba explicarlo—y había dejado de intentar hace años. Tenía un buen trabajo, un departamento en una zona segura, padres que la querían a su manera, dos hermanas que la adoraban. Había estudiado una carrera que eligió con la cabeza, no con el corazón, y le había ido bien. Muy bien. Era una de las ejecutivas de cuentas más jóvenes en una de las agencias de publicidad más importantes de la ciudad. Sus clientes la respetaban. Sus jefes la valoraban. Sus subordinados le tenían ese miedo reverencial que ella no había buscado pero tampoco había evitado.

Por fuera, era perfecta.

Por dentro, era un desierto.

No había dolor. No había trauma que justificara su vacío. No había una infancia rota, un abuso, una pérdida. Había tenido una infancia normal dentro de una familia que, aunque no era perfecta, tampoco era disfuncional. Sus padres estaban casados, sus hermanas eran sanas, nunca faltó comida en la mesa. Había ido a buenas escuelas, había tenido amigos—no muchos, porque la amabilidad calculada de Alessandra mantenía a la mayoría a una distancia segura, pero suficientes para llenar la cuota social que la vida requería.

Esa era la parte que la hacía sentirse como una anomalía. Como un error de la naturaleza. Porque la gente que había pasado por cosas difíciles tenía derecho a estar rota. Ella no. Ella simplemente… no había aprendido a sentir. O había olvidado cómo. O quizás nunca había sabido.

La terapia le había ayudado. Eso era cierto.

Había empezado a los diecisiete años, cuando la directora de su preparatoria llamó a sus padres preocupada porque Alessandra había tenido un promedio perfecto, participaba en todas las actividades extracurriculares, era amable con todos, y sin embargo, cuando la observaban en los recesos, la veían sentada sola, mirando el vacío, con una expresión que la directora describió como “alguien que ya no está aquí aunque su cuerpo siga presente”.

Su madre se había asustado. Su padre había fruncido el ceño. Alessandra había aceptado ir a terapia con la misma docilidad con que aceptaba todo: porque era lo que se esperaba de ella.

La psicóloga, una mujer de cabello canoso y ojos cansados que debía haber visto demasiado dolor en su carrera, le había dicho después de tres sesiones: “Tú no estás triste, Alessandra. Tú estás vacía. Y el vacío es más difícil de llenar que la tristeza, porque la tristeza al menos tiene forma. El vacío no.”

Esa frase le había resonado más que cualquier otra cosa en su vida. Porque por primera vez alguien nombraba lo que ella sentía—o mejor dicho, lo que no sentía.

La terapia no le había devuelto la capacidad de sentir. Pero le había dado herramientas. Le había enseñado que no debía importarle lo que su familia extendida criticara, que su valor no dependía de la aprobación de sus abuelos o de los primos que la miraban con lástima. Le había enseñado que no tenía que ser perfecta para ser suficiente.

Pero también le había enseñado algo que ella había convertido en un mantra: no les des motivos.

No les des el placer de verte tambalear. No les des el poder de lastimarte. Construye una vida tan sólida, tan impecable, que no puedan encontrar una grieta por donde colarse.

Y eso hizo.

Estudió Negocios y Mercadotecnia con una determinación que sus compañeros confundían con ambición. No era ambición. Era un cálculo frío: si tenía éxito, nadie podría señalar su vida como un fracaso. Si era independiente, nadie podría usar el dinero como control. Si era intachable, nadie podría encontrar el punto débil.

Sus abuelos paternos la habían adorado al principio. Era la primera nieta, la niña que su abuela Isabel nunca había tenido después de cuatro hijos varones. Alessandra recordaba vagamente los primeros años: los brazos que la alzaban, las mejillas que le pellizcaban, la voz de la abuela diciendo “mi princesa, mi niña bonita”.

Luego sus tíos se casaron. Llegaron los primos varones. De repente, Alessandra dejó de ser especial. Y su madre, a quien los abuelos consideraban “débil” por no defenderse de sus críticas, se convirtió en el blanco fácil.

Alessandra aprendió entonces que el amor de los abuelos era un privilegio que podía retirarse. Que el afecto era condicional. Que por más que hiciera, por más que sacara las mejores calificaciones, por más que se comportara como la nieta perfecta, nunca volvería a ser suficiente porque había dejado de ser la única.

Aprendió a no esperar nada de ellos. Y de ahí, el salto a no esperar nada de nadie fue pequeño.

La familia materna fue diferente. Nunca los conoció. Su madre era “la poco agraciada” en una familia donde todas eran mujeres y todas competían por ser la más bella, la más exitosa, la más digna de orgullo. Hacía más de veinticinco años que no veían a esos abuelos. Alessandra había crecido con la ausencia de unos abuelos maternos que simplemente no existían para ella, y con la presencia fría de unos abuelos paternos que la habían dejado de mirar antes de que ella aprendiera a hablar completo.

Eso no la había hecho fría. Eso la había hecho cautelosa.

Lo que la había hecho fría fue algo más antiguo. Algo que no recordaba pero que su cuerpo guardaba como una memoria secreta.

Cuando Alessandra era pequeña, veía sombras.

No era una metáfora. Literalmente veía figuras que se movían en los bordes de su visión, susurros que nadie más escuchaba, una presencia constante que la observaba desde los rincones oscuros. Su madre la había llevado a especialistas. Le habían hecho estudios. Le diagnosticaron “trastorno de ansiedad con síntomas visuales atípicos”. Le recetaron medicamentos que la hacían sentir más vacía de lo habitual, si eso era posible.

Con los años, las sombras desaparecieron. O eso creía ella.

En realidad, las había enterrado. Las había sepultado tan profundamente en su mente que su conciencia dejó de registrarlas. Como había sepultado la esperanza. Como había sepultado el deseo. Como había sepultado cualquier emoción que pudiera hacerla vulnerable.

El vacío era más seguro. El vacío no dolía.

Terminó su café, lavó la taza, la dejó en el escurridor con la precisión de quien ha hecho lo mismo miles de veces. Tomó su bolso, sus llaves, su teléfono. Salió del departamento con el mismo gesto automático con que hacía todo.

En el ascensor, una vecina de cabello canoso y olor a talco le sonrió.

—Buenos días, Alessandra. Qué temprano sale.

—Buenos días, doña Elena. Sí, tengo una reunión temprano.

La sonrisa de Alessandra fue perfecta. La amabilidad en su voz fue medida. La vecina asintió, satisfecha con la interacción, y no notó que los ojos grises de la joven no reflejaban nada.

Nadie notaba nunca.

La oficina era un edificio de vidrio y acero en el corazón financiero de la ciudad. Alessandra llegó a las 7:45, quince minutos antes de su hora de entrada, como todas las mañanas. La recepcionista, Valeria, le dedicó una sonrisa cómplice.

—¿Café, señorita Montenegro?

—Sí, gracias.

—¿Con leche y sin azúcar, como siempre?

—Sí.

Valeria asintió, anotando algo en su cuaderno. Alessandra sabía que la recepcionista la encontraba intimidante. También sabía que la mayoría de sus compañeros la encontraban intimidante. No le importaba. La intimidación era útil en su trabajo: los clientes no intentaban engañar a alguien que no podían leer, los subordinados no intentaban tomar atajos con alguien que no perdonaba errores, los jefes no intentaban subestimar a alguien que siempre tenía los números exactos.

Subió en el ascensor de ejecutivos hasta el piso doce. Su oficina era pequeña pero tenía ventana. Una mesa de vidrio, una computadora, una silla ergonómica. Una foto de sus hermanas en un marco de plata: Clarissa y Fiorella, las dos sonriendo en la playa, el cabello revuelto por el viento, los brazos enredados en un abrazo que decía más que mil palabras.

Alessandra había estado en esa foto. Había sido ella quien la tomó.

Esa era la versión más honesta de su relación con sus hermanas: ella detrás de la cámara, observándolas, protegiéndolas desde la distancia que su naturaleza le exigía. Las quería. Eso sí lo sabía. Las quería con una intensidad que era la única cosa que lograba rasgar un poco el hielo. Si alguien lastimara a Clarissa o a Fiorella, Alessandra no dudaría en hacer cosas que su fachada civilizada no permitiría.

Pero no podía decírselo. No podía abrazarlas sin sentir que estaba fingiendo un calor que no tenía. No podía decir “las amo” sin que las palabras sonaran huecas, como monedas que caen en un pozo sin fondo.

Clarissa, la menor, era la más parecida a ella en carácter. Delicada en las formas pero feroz en las convicciones, con una inteligencia analítica que había canalizado en su carrera de Tecnologías de la Información. Alessandra había visto cómo su hermana menor desmontaba un argumento falso con la misma precisión con que ella desmontaba un contrato mal redactado. Era su orgullo silencioso.

Fiorella, la del medio, era diferente. Temperamental, impulsiva, con un carácter que se encendía como fósforo y se apagaba igual de rápido. Estudiaba Mercadotecnia porque le fascinaba la atención al cliente, entender a las personas, hacerlas sentir escuchadas. Alessandra a veces la veía discutir con clientes difíciles en su trabajo de medio tiempo y sentía una mezcla de exasperación y ternura. Fiorella se enojaba con facilidad, pero también pedía perdón con una sinceridad que Alessandra no podía emular.

Eran las únicas personas en el mundo que podían hacer que su pecho se apretara un poco.

No era amor. No era la emoción que otros describían, ese fuego que ardía en el pecho y hacía todo más brillante. Era más bien un eco de algo que debería haber sido amor, una vibración lejana, una nota que resonaba en una cuerda que hacía años no se tocaba.

Pero era lo único que tenía.

La mañana transcurrió como todas: reunión con el equipo, revisión de métricas, llamada con un cliente insatisfecho que Alessandra manejó con la eficiencia de una cirujana. El cliente colgó satisfecho, los números se alinearon, el equipo respiró aliviado.

A la una en punto, su teléfono vibró.

El nombre en la pantalla hizo que su pulso se acelerara una fracción. Clarissa.

Alessandra contestó con su voz de oficina: neutral, controlada.

—Hola.

—¡Al!

La voz de Clarissa era un torrente de energía. Alessandra podía imaginarla, probablemente en su departamento, el cabello castaño oscuro aún húmedo de la ducha, los ojos avellana brillando con esa intensidad que la caracterizaba.

—Necesito que vengas este fin de semana —dijo Clarissa sin preámbulos.

—¿Por qué?

Hubo una pausa. Alessandra podía escuchar la sonrisa en la voz de su hermana antes de que hablara.

—Porque Sebastián me pidió que nos casemos. Y quiero que conozcas el lugar donde me lo pidió antes de que se lo diga a los papás.

El mundo, por un segundo, se detuvo.

No era sorpresa. Alessandra sabía que Clarissa tenía una relación seria con Sebastián desde hacía dos años. Había investigado al novio de su hermana con la minuciosidad de quien prepara un informe financiero: antecedentes laborales, situación familiar, estabilidad económica. Todo estaba en orden. Demasiado en orden, quizás. Pero Alessandra no había encontrado ninguna bandera roja, ninguna razón para objetar.

Lo que la detuvo fue otra cosa.

La emoción en la voz de Clarissa. Ese brillo que se filtraba a través de las palabras, ese temblor de felicidad que Alessandra había escuchado en otras personas pero nunca había entendido del todo.

Su hermana estaba feliz. Realmente, profundamente feliz.

Y Alessandra no sabía qué hacer con eso.

—¿Al? ¿Estás ahí?

—Sí —respondió, recuperando el control—. Claro que iré.

—¿En serio? —Clarissa soltó una risa que sonó como campanillas—. ¡Ay, Al, sabía que dirías que sí! Te voy a mandar la dirección. Es un lugar precioso, en medio de la montaña, con árboles que parecen de otro mundo. Vas a alucinar.

—Seguro.

—Y Al…

—¿Qué?

—Gracias. Por venir. Sé que no te gusta salir de tu rutina. Sé que… —Clarissa dudó, y Alessandra supo que su hermana estaba eligiendo las palabras con cuidado—. Sé que no es fácil para ti. Pero es importante para mí. Que estés ahí.

El pecho de Alessandra se apretó. Ese eco, esa vibración lejana. Casi dolorosa.

—Iré —repitió, y fue lo más cerca que pudo estar de decir “te quiero”.

Cuando colgó, se quedó mirando la foto de sus hermanas en el escritorio. Clarissa sonriendo, Fiorella abrazándola, el mar de fondo. Un momento capturado que ella no había vivido, solo había observado.

Por un instante, apenas un latido, Alessandra sintió algo.

No podía nombrarlo. Era demasiado tenue, demasiado lejano. Pero estaba ahí. Como una sombra en el borde de su visión, como un susurro que no podía entender.

Lo dejó pasar.

Era lo que mejor sabía hacer.

Esa noche, en su departamento, Alessandra buscó en internet la dirección que Clarissa le había enviado.

La finca estaba en una zona montañosa a tres horas de la ciudad. En las imágenes de Google, el lugar parecía sacado de un cuento: rodeado de bosques centenarios, con una casa principal de piedra y madera que parecía crecer del paisaje, y un cielo tan despejado que las estrellas se veían como diamantes sobre terciopelo negro.

Alessandra sintió algo.

Esa cosa otra vez. Ese eco.

Apagó la pantalla y se fue a la cama.

Durmió sin soñar, como todas las noches.

Pero algo en el aire, algo que no podía ver ni nombrar, había empezado a moverse. En los rincones de su departamento, en los bordes de su visión, las sombras que había sepultado hacía tantos años comenzaban a despertar.

Y en una finca entre montañas, a tres horas de distancia, un hombre de ojos dorados que había vivido más de doscientos años sintió un escalofrío recorrer su espalda.

Su lobo, que había estado en silencio durante décadas, abrió los ojos.

Ella viene, susurró una voz antigua en su mente.

¿Quién?, preguntó él, aunque ya lo sabía.

Nuestra Luna. La que esperamos doscientos años.

Aeron Thorne, Alfa de Alfas, Rey de todos los clanes, miró por la ventana de la finca. La luna estaba llena, brillando con una intensidad que no había tenido en siglos.

Sonrió.

No era una sonrisa cálida. Era la sonrisa de un depredador que ha olido a su presa después de una larga cacería.

—Al fin —murmuró, y su voz se perdió en la noche.

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