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BAJO LA MISMA ORDEN

BAJO LA MISMA ORDEN

Status: En proceso
Genre:Romance / Malentendidos
Popularitas:1.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Leidy Ocampo

Después de años de separaciones, heridas y secretos, Natalie Cardona, una valiente capitana de élite, y Dereck Stein, un estratega marcado por la guerra, se reencuentran entre el deber y el amor que nunca pudieron apagar, descubren que incluso las almas rotas pueden volver a latir...

NovelToon tiene autorización de Leidy Ocampo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El peso de la calma

El amanecer en el pueblo tiene un ritmo propio.

El aire huele a café recién tostado y a tierra húmeda, los gallos cantan antes de tiempo, y el sol se asoma despacio, como si le costara abrir los ojos.

Yo también me tardo en hacerlo.

Últimamente he aprendido a disfrutar de esas pequeñas rutinas que antes me parecían insignificantes.

Caminar descalza por el pasto, sentir el frío de la mañana en la piel, lanzar una pelota y ver a Tango, mi labrador color miel, correr detrás de ella como si su vida dependiera de eso.

Él no sabe nada de guerras ni de estrategias, y quizás por eso su lealtad es tan pura.

—Eres el único hombre que no me ha traicionado —le dije riendo mientras me devolvía la pelota con la lengua afuera.

Tango movió la cola y ladró, como si entendiera más de lo que aparenta.

Estábamos en eso cuando escuché una voz conocida a mis espaldas.

—Siempre hablando sola, ¿eh, Capitana de la nada? —bromeó Sebastián, mi hermano menor.

Me giré.

Ahí estaba, con su cabello revuelto y una taza de café en la mano, sonriendo con esa mezcla de sarcasmo y cariño que lo caracteriza.

Tiene veintidós años y está en la universidad, estudiando arquitectura.

El orgullo de mis padres.

Y, aunque no lo diga en voz alta, también mi debilidad.

—No me digas así, enano —le advertí con una sonrisa—. Hace cuatro años que no soy capitana de nada.

—Eso dices tú. Pero igual das órdenes como si todavía estuvieras en algún cuartel —rió mientras se sentaba en el césped—. Mamá dice que tienes un radar para detectar cuando alguien no hace las cosas como tú quieres.

—Mamá exagera.

—Sí, claro… —respondió burlón—. Por cierto, papá te está buscando. Dice que el administrador quiere hablar sobre los nuevos terrenos.

Asentí, recogí la pelota y miré hacia el horizonte.

Las montañas estaban cubiertas por una neblina ligera, y por un instante pensé en lo diferente que era este paisaje del que solía ver antes:

no había desiertos, ni ruinas, ni helicópteros sobrevolando el amanecer.

Solo verde. Solo vida.

Sebastián me observó en silencio.

—Te ves más tranquila últimamente —comentó de pronto.

—¿Tranquila? —me reí suavemente—. Quizás aprendí a aceptar que la vida no siempre necesita adrenalina.

—O tal vez estás fingiendo muy bien —dijo con media sonrisa—. Siempre he pensado que tienes esa mirada de quien está en otro lugar, aunque esté aquí.

Su comentario me atravesó más de lo que esperaba.

A veces los que menos saben son los que más aciertan.

—Vamos, deja de analizarme —respondí dándole un empujón suave—. Anda, ve a estudiar.

—Sí, señora —bromeó haciendo un saludo militar que me hizo sonreír con ironía.

Cuando se alejó, volví a lanzarle la pelota a Tango.

El perro corrió detrás de ella con la misma energía de siempre.

Y yo, por un momento, sentí que todo estaba bien.

Al mediodía, el olor a guiso de mi madre llenaba toda la casa.

Mi padre revisaba papeles en el comedor, mientras el noticiero murmuraba de fondo.

Era una escena tan cotidiana que dolía de tan perfecta.

Llevaba años queriendo esa estabilidad, pero ahora que la tenía, a veces sentía que no sabía qué hacer con ella.

—¿Natalie? —me llamó mi madre desde la cocina—. ¿Puedes probar la salsa? No me fío de tu padre, dice que todo está “perfecto” aunque no tenga sal.

Me acerqué, probé con una cuchara de madera y sonreí.

—Está bien, mamá. Pero sí, le falta un poco de sal.

—¿Ves? Te lo dije, Alberto —respondió ella entre risas.

Mi padre levantó la vista del periódico, con ese gesto serio que siempre intenta mantener, aunque los años le hayan suavizado la mirada.

—¿A qué hora vas al pueblo, hija?

—Después del almuerzo. Tengo que revisar unos documentos de la fundación.

—No trabajes tanto —dijo él sin despegar los ojos del papel—. Últimamente te veo más cansada.

—Estoy bien, papá. Solo es el calor.

Mentí sin querer.

No era el calor. Era esa sensación constante de estar viviendo una vida prestada.

Una vida que me queda bien, sí, pero que no me pertenece del todo.

Mientras almorzábamos, Sebastián hablaba entusiasmado sobre un nuevo proyecto universitario.

Mi madre reía, mi padre asentía.

Y yo los observaba a todos intentando memorizar la escena, porque sabía que la tranquilidad, para mí, siempre ha sido algo temporal.

Un alto en medio de la tormenta, no el destino final.

Por la tarde, cuando el sol comenzó a caer, salí al balcón con una taza de café.

El viento traía el aroma del campo, mezclado con el sonido lejano de los grillos.

Tango dormía a mis pies, y la casa entera estaba envuelta en calma.

Era un cuadro perfecto, casi irreal.

Y, aun así, una parte de mí no podía evitar sentirse fuera de lugar.

Quizá es porque, aunque el uniforme ya no esté colgado en mi armario, sigo sintiendo su peso en la piel.

Quizá es porque hay heridas que no se ven, pero siguen respirando debajo de la superficie.

O quizá, simplemente, porque en el fondo sé que la calma no dura para siempre.

Y aunque no lo sepa aún, ese día fue el último en que mi vida sería así de tranquila.

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