Ella es una esclava del Reino, obligada a entregarle su cuerpo a los guardias reales y Samuráis Buscará ascender En la alta sociedad sin importarle nada
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Capitulo 15
Kakashi se fue cuando el sol comenzaba a caer.
Ai se quedó en la habitación de Soka, tocando el ave fénix en su cabello. El oro brillaba con la luz del atardecer. El pájaro parecía vivo, listo para alzar el vuelo.
Se sentía renovada.
No solo por el regalo. No solo por el cariño. Sino porque en medio de tanto dolor, había recordado quién era.
Y lo que podía hacer.
Había escuchado a los guardias hablar. Hoy habría una reunión importante. Los hombres del consejo, incluyendo a Ren y Akino, estarían con el emperador.
Eso significaba que las habitaciones de Ren estarían vacías.
Era el momento perfecto.
Esperó a que la noche cayera lo suficiente.
Salió de la habitación de Soka con sigilo. Conociendo los pasillos, las sombras, los momentos en que los guardias miraban hacia otro lado. Se movía como una sombra más.
La puerta de Ren estaba cerrada, pero no con llave. Los hombres poderosos confían demasiado en su posición.
Entró.
La habitación era grande, llena de lujos. Buscó rápido, con método. Y lo encontró con una facilidad que la sorprendió.
En un cojín. Ahí, escondido como si nada.
Las cartas.
Montones de cartas. La letra de ella, delicada, llena de promesas. La letra de él, más firme, pero igual de apasionada.
Y entre las cartas, algo más.
Un medallón de oro. Joyas. Las mismas que el emperador le había regalado a su concubina favorita. Ahora estaban aquí, en manos de Ren.
—No puedo creer que sean tan estúpidos —susurró Ai.
Agarró todo. Cartas, medallón, joyas. Lo escondió bajo su ropa.
Salió tan silenciosamente como había entrado.
Pero en el palacio, siempre hay alguien que te ve.
Una sombra en un pasillo. Unos ojos que la siguieron. No supo quién era. No tuvo tiempo de averiguarlo.
Siguió caminando. Salió del palacio.
Y fue directa a Kakashi.
Lo encontró en su puesto de la calle, apoyado en una pared, mirando la nada.
—Kakashi —dijo, acercándose.
Él se enderezó al verla.
—Ai, ¿qué haces aquí? Deberías estar descansando.
—Ten —dijo, poniendo el paquete en sus manos—. Necesito que escondas esto. Muy bien.
Kakashi miró el paquete. Luego la miró a ella.
—¿Qué es?
—Pruebas —respondió Ai.
—¿Pruebas de qué?
—De Ren y la concubina favorita del emperador. —Mantuvo la voz baja, pero firme—. Son amantes. Y tengo las pruebas.
Kakashi palideció.
—Dioses —murmuró—. Todo esto es una locura.
—Sí —dijo Ai—. Lo sé.
Lo miró a los ojos.
—Guárdalas, Kakashi. En un lugar seguro. Donde nadie pueda encontrarlas. Mi vida depende de esto.
Él asintió. No dudó. Nunca dudaba con ella.
—Las guardaré —prometió.
Ai sonrió. Le tocó el rostro un instante. Luego se fue, deslizándose entre las sombras de vuelta al palacio.
Volvió a entrar sin problemas. Nadie la detuvo. Nadie preguntó.
Fue directo a la habitación de Ren.
Y esperó.
Cuando Ren volvió de la reunión, la encontró ahí.
Sentada en su futón. Con las manos cruzadas sobre las rodillas. El ave fénix brillando en su cabello.
—¿Cómo te atreves a meterte en mi habitación? —dijo, y su voz era un latigazo—. Largo de aquí. Vete. No estoy de humor.
Ai no se movió.
—Y tú —dijo lentamente, saboreando las palabras—. ¿Cómo te atreves a follarte a una concubina del emperador?
El mundo se detuvo.
Los ojos de Ren se abrieron de par en par. Todo el color abandonó su rostro.
—Guarda silencio —exclamó, pero su voz ya no era autoritaria. Era suplica.
—Todo silencio tiene un precio —dijo Ai.
Ren la miró. Realmente la miró. Como si la viera por primera vez.
—¿Qué quieres? —preguntó.
Ai sonrió. Tocó el ave fénix en su cabello.
—Que Akino me deje en paz. —Hizo una pausa—. Si me proteges, tu secreto está a salvo conmigo.
Se inclinó ligeramente hacia adelante.
—Y si no... haré que te ejecuten.
Ren no dijo nada.
Solo la miró. Con una mezcla de miedo, respeto y algo que quizás era admiración.
—Eres peligrosa —dijo al fin.
—Lo sé —respondió Ai.
Y su sonrisa, en la penumbra de la habitación, era la de alguien que acaba de ganar una batalla sin mover un dedo.
—¿Protegerte de Akino? —preguntó Ren, con una ceja levantada.
—Sí. —Ai se levantó lentamente. Dio un paso hacia él. Luego otro—. Mírame. Mira cómo me dejó.
Ren la observó. Vio los moretones que aún no sanaban del todo. Las marcas en su cuello. La forma en que su cuerpo aún se movía con cuidado, como si cada paso doliera.
—Necesito que me protejas —continuó Ai—. Porque entré aquí como su sierva. Estoy en sus manos. Si no hago algo, me matará. O peor.
Hizo una pausa.
—Si me proteges... voy a guardar silencio.
Ren la miró fijamente. Un segundo. Dos. Tres.
—Bien —exclamó.
Ai parpadeó.
Esa respuesta fue tan rápida, tan directa, que la sorprendió. Ren no había dudado. No había negociado. No había amenazado.
Solo dijo "bien".
Y eso solo significaba una cosa: él también quería algo de ella.
De lo contrario, habría mostrado resistencia. Habría intentado ganar ventaja. Habría hecho lo que todos los hombres hacen: regatear.
Pero no. Aceptó de inmediato.
Porque él también necesitaba algo.
—Te voy a proteger —dijo Ren—. Pero también necesito tu ayuda.
Ai lo miró, esperando.
—Yo también necesito deshacerme de Akino —confesó Ren—. Pero no puedo hacerlo solo. Necesito tu ayuda.
—Bien —respondió Ai.
Ren asintió. Se acercó un paso.
—Te voy a nombrar dama de la concubina. Así estarás lejos del alcance de Akino. Si eres dama de una noble, no podrá tocarte.
Ai contuvo el aliento.
Dama de la concubina.
Eso significaba estar cerca de ella. Cerca de la mujer que la odiaba. Cerca de la mujer que la había humillado en el yuukaku.
—Y de paso —continuó Ren, con una sonrisa que no era amable— me ayudas a vigilar a... tu amada.
Ai sonrió.
—Acepto —dijo.
Ren extendió la mano.
Ella no la tomó.
En lugar de eso, se acercó más. Mucho más. Hasta quedar pegada a él. Lo tomó del cuello y lo besó.
Apasionado. Profundo. Con todo lo que era.
Cuando se separó, sus ojos brillaban.
—Tenemos un trato —dijo.
Ren la miró como se mira a un igual. Con respeto. Con cautela. Con algo que quizás era miedo.
—Sí —respondió—. Tenemos un trato.
Ai salió de la habitación con el corazón latiendo fuerte.
El fénix dorado brillaba en su cabello.
Acababa de sellar una alianza con el hombre más peligroso del imperio después del emperador. Acababa de convertirse en pieza clave de un complot contra Akino. Acababa de dar un paso gigante hacia arriba.
Pero también acababa de meterse en la boca del lobo.
Dama de la concubina.
Estar cerca de la mujer que la odiaba. La mujer que la había agredido. La mujer que tenía el poder de destruirla si descubría la verdad.
Ai sonrió en la oscuridad del pasillo.
Qué divertido, pensó.
Toqué el fénix.
Esto recién empieza.
Y ella se llena la boca ... Mi esposo.