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La Orden De Montelupo II (Crónica Veraldi)

La Orden De Montelupo II (Crónica Veraldi)

Status: En proceso
Genre:Amor-odio
Popularitas:860
Nilai: 5
nombre de autor: Uma campo

La Flor de los Veraldi
Clara, una dulce florista, se enamora de Alessio Veraldi, un mafioso de ojos verde olivo. Su relación es acechada por Maximiliano, el patriarca de la familia, quien desprecia el origen de Clara y cuenta con la complicidad silenciosa de Bianca, la gemela de ojos grises de Alessio.
Al descubrir que Clara está embarazada, Maximiliano la obliga a desaparecer bajo una identidad falsa a cambio de dinero. Años después, la frágil joven se ha transformado en una loba implacable: una madre poderosa que ha criado a su hijo en las sombras, lista para volver y enfrentar el imperio que intentó destruirla.

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XXIII- el peso de las máscaras

Clara:

El aire dentro de mi florería, mi santuario, se había vuelto irrespirable. El aroma de las gardenias y el eucalipto, que normalmente me daba paz, ahora olía a muerte inminente. Me quedé petrificada contra el mostrador, con los nudillos blancos de tanto apretar la madera, observando la escena dantesca que Alessio había traído a mi puerta.

Allí estaba él, el hombre que juró dejarme en paz, con su mandíbula tensa y esa mirada de depredador que tanto odiaba. Pero lo que más me revolvía el estómago no era su presencia, sino el tablero de ajedrez humano que Lilith había montado.

Miré a la chica, la "pajarita" de Dubái de la que Bianca se había burlado. Estaba aterrorizada, con el acero del cuchillo brillando contra su cuello. Luego miré a Lilith, esa mujer que parecía sacada de una pesadilla de seda negra, disfrutando de mi miedo y del dilema de Alessio.

—¿A quién vas a salvar hoy, Alessio? —la voz de Lilith era un susurro venenoso.

Vi a Alessio dudar. Por un microsegundo, sus ojos saltaron de la chica al cuchillo, y luego a mí. Fue un instante, un parpadeo, pero en ese silencio absoluto pude leer su mente. Vi el cálculo frío, la sopesada importancia de sus "juguetes". Vi que, para él, la vida era solo una cuestión de estrategia y posesión. Estaba a punto de moverse, a punto de dictar quién vivía y quién moría bajo su ley, cuando el destino decidió que Alessio Veraldi no era el único que podía jugar a ser Dios en esta ciudad.

El estruendo no vino de una bala, sino de madera chocando contra hueso.

La puerta trasera de la florería, la que daba a mi pequeño depósito, se abrió de golpe. Rocco apareció como una exhalación de furia contenida. No traía una pistola ni un cuchillo elegante; traía el bate de béisbol de madera de fresno que siempre guardaba bajo el mostrador "por si acaso".

Antes de que el guardia de Lilith pudiera reaccionar o hundir el cuchillo en la garganta de la chica, Rocco le asestó un golpe seco y brutal directamente en la nuca. El sonido fue sordo, definitivo. El hombre se desplomó como un saco de patatas, soltando el cuchillo y a la chica, quedando inconsciente en el acto sobre un cubo de rosas blancas que se tiñeron de su sangre.

—¡Fuera de mi tienda! —rugió Rocco, su pecho subiendo y bajando, con los ojos inyectados en sangre fijos en Lilith.

Lilith, que hasta hace un segundo se creía la dueña de la función, soltó un bufido de asco al ver que su "obra maestra" se desmoronaba por culpa de un civil. Miró a Alessio, luego a Rocco y, con una sonrisa de "esto no ha terminado", dio media vuelta.

—Demasiado testosterona barata para mi gusto —soltó ella con desdén.

Salió disparada de la florería, sus tacones repicando en el suelo mientras corría hacia su sedán negro. El motor rugió y el coche desapareció en la oscuridad de la calle antes de que Alessio pudiera siquiera levantar su arma.

El silencio que quedó era espeso, roto solo por los sollozos de la chica de rasgos persas que se había hecho un ovillo en el suelo. Rocco soltó el bate, que rodó por el suelo con un sonido hueco, y corrió hacia mí, rodeándome con sus brazos protectores.

—Clara, ¿estás bien? ¿Te hizo algo esa loca? —me preguntó, revisando mi rostro con una angustia genuina que me hizo querer llorar.

Yo no podía responder. Por encima del hombro de Rocco, mis ojos se encontraron con los de Alessio. Él seguía allí, de pie, con la pistola en la mano y una expresión de furia gélida. Me sentí enferma. Me sentí sucia porque, por un momento, había esperado que él me salvara, cuando el hombre que realmente me amaba acababa de arriesgarlo todo con un simple trozo de madera.

Alessio guardó su arma con una lentitud insultante. No miró a la chica que lloraba en el suelo, ni miró al guardia desmayado. Me miró a mí, ignorando por completo la existencia de Rocco, como si el abrazo de mi prometido fuera solo un estorbo en su campo de visión.

—Vámonos, Soraya —dijo Alessio, su voz sonando como el hierro golpeando el hielo—. La función terminó.

El silencio que siguió al estruendo del bate contra el cráneo del guardia fue asfixiante. Rocco respiraba con dificultad, con el pecho subiendo y bajando, mientras mantenía su brazo firme alrededor de mis hombros. Sus ojos, usualmente cálidos y llenos de una calma que me daba paz, estaban inyectados en odio puro mientras miraba a Alessio.

Rocco era un hombre fuerte, un hombre real, pero frente a la figura espigada y letal de Alessio, la diferencia física era ridícula. Alessio le sacaba casi una cabeza de altura, y lo sabía. No dijo ni una palabra, pero su mirada recorrió a Rocco de arriba abajo con una lentitud insultante, deteniéndose en sus zapatos y subiendo hasta sus ojos con una mueca de superioridad. No necesitaba hablar; su postura gritaba que Rocco no era más que un estorbo insignificante en su mundo de gigantes.

—Rocco, por favor... vete un momento atrás. Déjanos —susurré, apretando su brazo. Mi voz temblaba, pero necesitaba que él saliera de la línea de fuego antes de que Alessio decidiera que un bate de madera no era competencia para su plomo.

Rocco dudó, apretando los dientes, pero al ver el ruego en mis ojos, asintió con amargura y se retiró hacia la trastienda, lanzándole una última mirada de desprecio al monstruo que seguía en medio de mi local.

En ese momento, la puerta se abrió de nuevo. Uno de los hombres de Alessio entró con pasos mecánicos y, con una cortesía fría, tomó a Soraya del brazo. La chica, que seguía temblando y sollozando por el susto del cuchillo, se dejó guiar sin protestar. Parecía una muñeca rota siendo guardada en su caja.

Alessio se dio la vuelta para marcharse, su abrigo oscuro ondeando como el ala de un cuervo. El pánico me cerró la garganta. No quería que se fuera, no así, no después de ver a esa mujer en su vida.

—¡Espera! —el grito salió de mi garganta antes de que pudiera procesarlo. Fue un sonido desesperado, roto, que lo detuvo en seco justo antes de cruzar el umbral.

Él se giró lentamente, con una ceja arqueada, esperando. Yo me quedé muda. El corazón me golpeaba las costillas y las palabras se me atoraron en la boca. ¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué lo detenía?

—¿Quién... quién era ella? —logré articular, mi voz apenas un hilo—. Es... ¿es tu nueva...?

No pude terminar la frase. En un parpadeo, Alessio acortó la distancia entre nosotros con una agresividad que me hizo retroceder hasta chocar contra el mostrador. Sus manos se estrellaron a ambos lados de mi cuerpo, acorralándome, atrapándome entre la madera y su calor abrumador. Su rostro estaba a milímetros del mío; podía oler el tabaco, el perfume caro y ese aroma a peligro que siempre lo rodeaba.

—No... No puedo sacarte de mi puta cabeza, ratoncito... —gruñó entre dientes, su voz era una vibración gruesa que me calaba hasta los huesos—. Eres como un tatuaje imborrable adherido a mí. ¿Sabes cuánto odio eso?

Sus ojos ardían con una mezcla de deseo y furia pura. El agarre de sus manos en el mostrador era tan fuerte que la madera crujía.

—Odio todo lo que tenga que ver contigo. Te detesto, Clara... —continuó, sus palabras saliendo en un siseo letal—. Odio que me hagas sentirme así... No sé cómo mierda decírtelo. Pero eres mía, aunque salgas con ese hijo de puta, tu cuerpo me pertenece. Yo fui tu primera vez, conmigo estuviste antes de que ese puto de mierda se entrometiera en tu vida.

El aire se me escapó de los pulmones. Sus palabras eran veneno, una marca de propiedad que me recordaba que, por mucho que intentara florecer en mi pequeña tienda, mis raíces seguían enterradas en su suelo podrido. Sus labios rozaron los míos mientras hablaba, una tortura de cercanía que me hacía odiarme a mí misma por no apartarlo.

El impacto de mi mano contra su mejilla resonó en toda la florería, un chasquido seco que cortó el aire cargado de testosterona y pecado. Mi palma ardía, pero mi alma ardía más. Le di el golpe con toda la rabia acumulada de las cinco semanas de su ausencia, con el asco de ver a esa chica persa en su coche y con la humillación de sus palabras reclamándome como si fuera un mueble de su herencia.

Alessio se quedó con el rostro ladeado, su piel blanca tornándose roja por la marca de mis dedos. El silencio que siguió fue aterrador. Podía oír el tic-tac del reloj de pared y mi propia respiración entrecortada.

—¡No vuelvas a decir que te pertenezco! —le grité, las lágrimas quemándome los ojos mientras lo empujaba inútilmente por el pecho—. ¡No soy un trozo de carne, Alessio Veraldi! ¡Vete con tu "pajarito", vete a Dubái, vete al infierno, pero déjame en paz! ¡Rocco me respeta, Rocco me cuida, cosa que tú no sabes ni deletrear!

Alessio levantó la cabeza lentamente. Sus ojos no eran los de un hombre, eran los de un animal herido que acababa de perder los estribos. Golpeó el mostrador con ambos puños, haciendo que los floreros saltaran y varios pétalos de cristal se hicieran añicos en el suelo.

—¡¿Respeto?! ¡¿Crees que me importa su puto respeto?! —rugió él, acortando la distancia hasta que nuestras frentes se chocaron. Su voz era un trueno que hacía vibrar mis pulmones—. ¡He intentado arrancarte de mi sistema como si fueras un virus! ¡He pasado cinco semanas buscando tu cara en otras mujeres, buscando tu olor en perfumes caros, y nada funciona! ¡Nada!

—¡Pues sigue intentándolo! ¡Odíame, Alessio! ¡Odíame hasta que me olvides! —le chillé, golpeándolo de nuevo, esta vez con los puños cerrados contra su hombro.

—¡Eso es lo que intento! —gritó él, perdiendo el control por completo, su máscara de frialdad desmoronándose como un castillo de naipes bajo la lluvia. Me agarró de los brazos, no con fuerza para dañarme, sino con una desesperación que me dejó sin aliento—. ¡Te detesto porque eres mi única debilidad! ¡Odio que cada maldita decisión que tomo pasa por el filtro de si estarías orgullosa o decepcionada de mí!

Se detuvo, jadeando, su rostro a milímetros del mío, desencajado. Y entonces, con una vulnerabilidad que nunca, en los pocos meses que lo conocía, se había permitido mostrar, su voz se quebró en un susurro desgarrador que llenó la tienda de una verdad insoportable.

—¡Pero aunque intente odiarte, mi puto corazón grita lo contrario! ¡Maldita sea, Clara... yo sí te amo! ¡Te amo tanto que me quema por dentro, y odio cada segundo de este sentimiento porque no sé qué hacer con él!

Se quedó mirándome, con los ojos empañados por una rabia que ahora era pura agonía. El heredero del imperio Veraldi, el hombre que no le temía a nada, acababa de desnudarse frente a una jardinera en una tienda llena de flores rotas. El "yo te amo" flotaba entre nosotros como una granada que acababa de estallar, destruyendo todas las mentiras que nos habíamos contado para sobrevivir el uno sin el otro.

Yo me quedé sin aire, con el corazón martilleando contra mis costillas. Sus dedos temblaban contra mi piel. En ese momento, no había mafias, ni Roccos, ni Sorayas, ni deudas de sangre. Solo estábamos dos personas rotas gritándose verdades que nos iban a destruir a ambos.

Alessio:

Mis palabras quedaron suspendidas en el aire, vibrando entre los pétalos rotos y el olor a tierra mojada. Por un segundo, el mundo se detuvo. Había soltado la única verdad que me hacía humano, la única que me volvía débil, y la entregué en bandeja de plata en medio de una florería de mala muerte.

Pero Clara no me dio el consuelo que esperaba. Me miró a los ojos, y vi cómo una cortina de acero caía sobre su mirada. Sus sollozos se volvieron más profundos, sacudiendo sus hombros, pero sus palabras fueron cuchillos oxidados.

—No te amo, Alessio. Nunca te he amado —soltó ella, y supe que mentía. Lo sabía por la forma en que su pulso golpeaba contra mis dedos, por cómo sus pupilas se dilataban al sentirme cerca—. Fue un error, una confusión de juventud, un cautiverio que confundí con pasión. Pero ahora... ahora solo siento lástima por ti. No te amo, entiéndelo de una puta vez.

Me obligué a no retroceder. Me hice suave, bajando la voz hasta que fue solo un susurro que buscaba romper su coraza.

—Mírame a los ojos y dímelo de nuevo, ratoncito. Dime que no sentiste cómo el mundo se quemaba cuando te tocaba. Dime que ese hombre que tienes ahí atrás puede hacerte temblar con solo pronunciar tu nombre. No mientas, Clara. No me hagas esto. Di la verdad, solo una vez. Di que me amas tanto como yo te odio por hacerme quererte.

—No te amo —repitió ella, cerrando los ojos con fuerza, dejando que las lágrimas corrieran por sus mejillas—. No te amo, Alessio. Vete. Vete con esa mujer, vuelve a tu palacio de sangre, pero deja de inventar sentimientos donde solo hay cenizas. No queda nada aquí para ti.

—Mientes —insistí, acortando el último milímetro de distancia, sintiendo su aliento errático contra mis labios—. Sé que me amas. Lo siento en tu piel cuando me acerco, lo escucho en el silencio que dejas cuando me voy. Admítelo. Di que eres mía, que siempre lo has sido. Di la verdad, Clara. Por favor, solo una vez, dime la verdad.

—No... no te amo —su voz se quebró, pero su negativa fue firme, una muralla de mentiras construida para salvarse de mí—. No te amo. No te amo. No te amo.

Me incliné y capturé sus labios en un beso suave, casi casto, un contacto que no tenía nada de la violencia de antes. Fue una súplica silenciosa. Clara no respondió, no movió sus labios contra los míos, pero tampoco se apartó. Se quedó allí, estática, permitiendo que ese breve roce quemara lo poco que nos quedaba de cordura. Podía sentir el sabor de sus lágrimas saladas y el calor de su boca, una promesa de un cielo que nunca alcanzaría.

Apoyé mi frente contra la suya, cerrando los ojos, inhalando su aroma a gardenias y miedo. Me permití un segundo de debilidad absoluta, algo que no había hecho con nadie, ni siquiera con mi propia sangre.

—Si supieras... si tan solo pudieras ver el infierno que es mi mente desde que no estás —susurré, y mi voz tembló de una forma que me avergonzó—. Eres la única luz que ha tocado esta familia de sombras, Clara. Sin ti, solo soy un monstruo esperando que alguien termine con su agonía. Eres mi redención y mi condena al mismo tiempo. Nunca he sido de nadie más que de ti, aunque el mundo entero me pertenezca.

En ese momento, la puerta trasera se abrió y uno de mis guardias entró en silencio. Sin decir una palabra, agarró el cuerpo inconsciente del hombre de Lilith por las axilas y lo arrastró hacia afuera, dejando un rastro de sangre en el suelo que nadie se molestó en limpiar.

Solté un suspiro tembloroso, un sonido que delataba que mi alma estaba hecha pedazos. Me aparté de ella con una lentitud tortuosa, dejando que mis manos resbalaran por sus brazos hasta soltarla por completo. La dejé allí, apoyada contra el mostrador, con el corazón en la boca y los ojos nublados por una verdad que se negaba a decir.

No volví a mirarla. No podía. Me di media vuelta y caminé hacia la salida, con los hombros pesados y el frío de Italia calándome los huesos. Crucé el umbral y el tintineo de la campana sonó como el cierre de una tumba.

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Anonymous
me encantó!! bendiciones 🙏
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