El Desconocido de mi Almohada es una historia de amor, misterio y autodescubrimiento que te hará cuestionar los límites entre la realidad y la fantasía.
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capitulo 11
El amanecer en Seúl tras la noche en el templo de Insadong no tuvo nada de poético. Fue un despertar crudo, teñido por el gris del cielo y el frío metálico que se filtraba por las rendijas de las ventanas. Dejé a Min-ho en su apartamento de lujo pasadas las cinco de la mañana. Él apenas podía mantenerse en pie, no solo por el alcohol, sino por el peso de los recuerdos que habían reventado como una presa vieja.
Me quedé un momento en la puerta de su edificio, viendo cómo el sol intentaba abrirse paso entre los rascacielos. Tenía la ropa impregnada de incienso, frío y el olor de su desesperación.
—¿En qué te has metido, Valeria? —me pregunté, frotándome los ojos hinchados.
No tuve tiempo de dormir. Me duché en el hotel con una urgencia casi maníaca, intentando borrar la sensación de sus manos aferrándose a mi abrigo. A las ocho y media, ya estaba en la oficina. El café quemado de la máquina me supo a gloria bendita. Necesitaba cafeína para mantener la fachada de profesionalidad mientras por dentro me sentía como un edificio a punto de ser demolido.
Min-ho no apareció en toda la mañana. Su asistente estaba lívida, cancelando reuniones y dando excusas vagas sobre una "indisposición repentina". Yo me encerré en mi cubículo, fingiendo que analizaba las métricas de la campaña, pero mis ojos no dejaban de mirar hacia su despacho vacío.
A mediodía, cuando el silencio en la planta 42 empezaba a volverse insoportable, mi teléfono vibró sobre la mesa. No era un mensaje de Min-ho. No era una alerta de trabajo.
Era una foto por WhatsApp.
La abrí y casi me ahogo con el sorbo de café. Era una foto de la terminal de llegadas del Aeropuerto de Incheon. Y en el centro de la imagen, con una maleta de mano y su sempiterna sonrisa de "aquí no pasa nada", estaba Marcos.
"¡Sorpresa, Val! No podía esperar al mes que viene. Acabo de aterrizar. Pásame la dirección de tu hotel, que voy para allá en el tren".
Sentí que el mundo se detenía. El aire se volvió sólido en mis pulmones. Marcos. Aquí. En Seúl. En el peor momento posible.
—No, no, no... —susurré, tecleando con dedos torpes—. "Marcos, estoy en medio de una crisis en la oficina. No es buen momento. Deberías haber avisado".
"Venga, tonta, no te enfades. He venido a darte ánimos. Te espero en el lobby de tu hotel a las tres. ¡Te quiero!".
Bloqueé el teléfono y lo dejé sobre la mesa como si fuera una granada activa. Me tapé la cara con las manos, sintiendo el pánico subir por mi garganta. ¿Cómo iba a explicarle a Marcos que mi "crisis de oficina" incluía abrazar a mi jefe borracho en un templo budista a las cuatro de la mañana? ¿Cómo iba a mirarle a los ojos y hablar de encimeras cuando mi cabeza estaba llena de playas de arena negra?
Intenté concentrarme en el trabajo, pero era inútil. Cada vez que escuchaba el ascensor, pensaba que era Min-ho volviendo para pedirme perdón, o Marcos apareciendo con un ramo de flores y una reserva para cenar hamburguesas.
A las dos de la tarde, la puerta principal de la oficina se abrió. No era Marcos. Era Min-ho.
Entró como un huracán. Llevaba un traje gris claro, el pelo perfectamente engominado y unas gafas de sol que ocultaban cualquier rastro de la vulnerabilidad de la noche anterior. No miró a nadie. No saludó. Caminó directo a su despacho y cerró la puerta con un estruendo que hizo vibrar los cristales.
Diez minutos después, mi extensión sonó.
—A mi despacho. Ahora —dijo Min-ho. Su voz era una cuchilla de afeitar.
Entré esperando cualquier cosa: un agradecimiento, una disculpa, quizá un momento de ternura. Lo que encontré fue una pared de piedra. Min-ho estaba sentado tras su mesa, revisando documentos como si no hubiera pasado nada. Se quitó las gafas de sol. Tenía los ojos inyectados en sangre, pero su mirada era de una frialdad absoluta.
—Sobre lo de anoche... —empezó a decir él, sin levantar la vista.
—Min-ho, no hace falta que...
—Señor Kang —me corrigió bruscamente—. Lo de anoche fue un error lamentable. Me encontraba bajo una presión extrema y el alcohol me nubló el juicio. Le agradezco que me llevara a casa, pero quiero dejar claro que no volverá a repetirse. Espero que mantenga la discreción absoluta.
Me quedé sin palabras. Me sentí como si me hubiera abofeteado.
—¿Un error? —pregunté, con la voz temblando de rabia—. Me llamaste pidiendo ayuda. Me hablaste de tu madre. Me dijiste que yo era lo único real...
—¡Dije muchas estupideces anoche, señorita Valeria! —exclamó, levantándose y apoyando las manos en la mesa—. Estupideces que no tienen cabida en este edificio. Usted está aquí para asesorarme en marketing, no para ser mi confesora ni mi enfermera. ¿Ha quedado claro?
—Perfectamente claro, señor Kang —respondí, apretando los puños—. Pero debería saber que no soy la única que ha venido a Seúl con intenciones que no son solo de marketing. Mi novio acaba de aterrizar. Está en mi hotel esperándome.
Vi cómo el color desaparecía de nuevo de su cara. Fue un segundo, un parpadeo de dolor puro antes de que volviera a ponerse la máscara.
—Ah. Entiendo —dijo, volviendo a sentarse—. En ese caso, supongo que estará muy ocupada. Puede irse. No la necesitaré más hoy.
Salí de su despacho sintiendo que me ardían los ojos. La injusticia de su actitud me quemaba por dentro. Me había abierto su alma en la oscuridad y ahora, con la luz del día, me trataba como a un estorbo.
Cogí mis cosas y salí de la oficina casi corriendo. No quería que nadie me viera llorar. Me subí a un taxi y le di la dirección del hotel. Durante el trayecto, intenté recomponerme. Me retoqué el maquillaje, me puse un poco de perfume y ensayé una sonrisa en el reflejo del móvil.
"Eres Valeria. Eres una profesional. Tienes un novio fantástico que ha cruzado el mundo por ti. Todo lo demás es una fantasía", me repetí.
Llegué al hotel y allí estaba él. Marcos estaba sentado en un sofá de terciopelo azul en el lobby, mirando su teléfono. Cuando me vio, se levantó de un salto y me rodeó con sus brazos. Olía a Madrid, a su suavizante de siempre, a una seguridad que me resultaba asfixiante.
—¡Val! ¡Estás guapísima! Un poco pálida, pero guapísima —dijo, dándome un beso en los labios que me supo a nada—. ¿Cómo estás? No me lo creo, ¡estoy en Seúl!
—Hola, Marcos —dije, intentando que mi voz sonara alegre—. No puedo creer que estés aquí. Ha sido una locura de sorpresa.
—Te lo mereces, nena. Has estado trabajando demasiado. He reservado en un sitio de comida italiana que me han recomendado en Tripadvisor. Nada de comida rara coreana por hoy, ¿vale?
Me llevó a la habitación y empezó a sacar cosas de su maleta: embutido al vacío, fotos de nuestra última escapada a la sierra, planes para la reforma del piso. Me hablaba de los problemas de su oficina, de los vecinos, de la boda de su primo. Yo lo escuchaba como si estuviera oyendo una radio de fondo mientras miraba por la ventana.
Seúl seguía allí, vibrante, caótica y llena de secretos. Y en algún lugar de esa ciudad, Min-ho estaba encerrado en su despacho de cristal, odiándose a sí mismo y odiándome a mí por haberlo visto llorar.
Fuimos a cenar. Marcos estaba entusiasmado, haciendo planes para los tres días que se iba a quedar. Yo asentía, comía pasta con tomate y sentía que me estaba muriendo por dentro. La desconexión era total. Marcos me hablaba de comprar un sofá nuevo y yo solo podía pensar en el tacto de la mano de Min-ho en el templo.
—Val, estás muy distraída —dijo Marcos, dejando el tenedor—. ¿Pasa algo? ¿Es ese jefe tuyo? Me pareció un poco borde por teléfono.
—Es que... es muy exigente, Marcos. El mercado coreano es muy agresivo. No es nada personal —mentí.
—Bueno, pues mañana me paso por tu oficina y le invito a un café. Así verá que no estás sola aquí —dijo él, con esa confianza masculina que me daban ganas de gritar.
—¡No! —exclamé, quizá demasiado rápido—. No es buena idea. Él es muy estricto con las visitas. De verdad, prefiero que no vayas.
Marcos arqueó una ceja, pero no insistió. Terminamos la cena y volvimos al hotel. Él quería ver una película en el portátil, pero yo me sentía agotada. Me quedé dormida en el sofá mientras él buscaba algo en Netflix.
Y entonces, el sueño volvió.
Pero esta vez no fue una playa ni un templo. Estaba en un laberinto de espejos. En cada espejo veía una versión diferente de mi vida. En uno estaba con Marcos en una cocina moderna, riendo mientras cortábamos verduras. En otro estaba con Min-ho en una azotea de Seúl, mirando las estrellas en silencio.
De repente, todos los espejos se rompieron.
Min-ho apareció en medio de los cristales rotos. Llevaba el abrigo gris, pero estaba empapado de sangre. Me miró con ojos vacíos.
—Has elegido —dijo—. Has elegido la seguridad de la mentira sobre el dolor de la verdad.
—¡No he elegido nada! —grité en el sueño—. ¡Estoy perdida!
—Si no eliges, el destino elegirá por ti —respondió él—. Y el destino no es tan amable como yo.
Me desperté sobresaltada, con el corazón en la boca. Eran las cuatro de la mañana. Marcos dormía plácidamente a mi lado, roncando suavemente. Me levanté con cuidado y fui al baño. Me mojé la cara con agua fría y me quedé mirando mi reflejo.
—¿Qué estás haciendo, Valeria? —me pregunté.
En ese momento, mi teléfono personal, que estaba en la encimera del baño, se iluminó. Un mensaje de un número desconocido. Pero yo sabía quién era.
"No puedo dormir. El despacho huele a ti. Por favor, dile que se vaya. Dile que se vaya o me volveré loco del todo".
Me senté en el suelo frío del baño, abrazándome las rodillas. Estaba atrapada entre dos hombres, dos mundos y dos realidades que no podían coexistir. El capítulo 8 terminaba con el sonido del silencio de la noche coreana, roto solo por el pitido de un nuevo mensaje.
"Estoy abajo, en la puerta de tu hotel. Sube conmigo al coche. Solo una hora. Necesito saber si lo de anoche fue real para ti también".
Miré hacia la cama donde dormía Marcos. Miré la puerta de la habitación. Y supe que, si salía por esa puerta, mi vida en Madrid moriría para siempre. Pero si me quedaba, la Valeria que había empezado a nacer en Seúl moriría también.
Me puse los zapatos.