El destino los unió… pero no para salvarlos. Cuatro jóvenes, atados por cadenas invisibles, vivirán en un mundo donde la traición se respira y los reinos se arrebatan con sangre. La maldad intentará borrarlos. Ellos aprenderán a usarla. Porque en esta historia, la libertad tiene un precio… y no todos están dispuestos a pagarlo.
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EL REINO DESCONOCIDO.
...Reino de Sloughware...
Amaia siguió a la mujer, quien la guió por los pasillos de entrada del castillo. Había quedado impresionada por los grandes muros y la manera en que flores de todos tipos y colores crecían entre las cimentaciones del castillo.
Jamás había visto jardines tan vivos.
Estanques de agua decorados hermosamente.
Cuando se introdujeron al interior del castillo, había decoraciones de oro puro, grandes pasillos con miles de puertas que llevaban a distintos sitios.
Desde hacía unas horas ya había sentido el calor sofocante de aquel lugar, pero trató de mantenerse lo más presentable posible dentro del carruaje, sin que su vestido se desalineara.
—Deberá estar presentable, majestad, antes de ver al rey —le explicó la mujer.
—¿Presentable? —se desconcertó Amaia.
¿Acaso no lo estaba?
La introdujeron en una habitación donde sirvientes que no parecían sirvientes, debido a su forma tan fina de vestir, se movían con elegancia. Tocados y vestidos ligeros que mostraban más piel de la que estaba acostumbrada a mirar, y que ella jamás habría imaginado. Todas y cada una de ellas acomodaban un banquete enorme en la mesa de la habitación.
—¿No va a recibirme nadie de la familia real? —preguntó Amaia, ansiosa por saber más de lo que se avecinaba.
—Más tarde habrá un banquete en el que se presentará con toda la familia… —dijo la mujer, moviéndose con confianza por la habitación—. Si necesita algo que no se encuentre dentro de esta habitación, podrá pedirlo a cualquiera de estas mujeres que se encuentran aquí. Todas y cada una de ellas están para cumplir con sus órdenes y demandas.
La futura reina miraba a su alrededor y, sin poder evitarlo, su mente contó una por una a las mujeres que se encontraban en ese lugar.
—Por favor, preparen a su majestad para el anochecer —dijo la mujer caminando hacia la salida.
¿Hasta el anochecer? Pero si apenas era mediodía.
La mujer salió de ahí, dejándola completamente sola… bueno, con todo un arsenal de mujeres.
Amaia no supo qué hacer.
Detalló la habitación. La cama era enorme. Los colores crema y dorados se hacían presentes en todos los aposentos. Cortinas blancas colgaban alrededor de la cama y las ventanas, muebles a juego de los mismos tonos y sábanas de seda.
La estructura y el diseño eran magníficos.
Les gusta el dorado.
La magia de Sloughware era dorada; se podría decir que era el reino más lujoso de los cuatro.
No solo por el sustento del reino, sino porque todo estaba hecho y diseñado de manera hermosa.
Amaia no había reparado demasiado en las mujeres a su alrededor, pero no tardó en darse cuenta de que la observaban con miradas juzgadoras.
Una de las mujeres salió del armario con un vestido precioso, de tela ligera, brillos y tonos claros.
—Majestad, este es el vestido elegido para usted. El baño ya se encuentra listo —le hizo una seña.
Amaia sentía las múltiples miradas seguirla cuando caminó hacia donde le indicaron. Se sentían pesadas, tanto que lograron hacerla sentir incómoda.
Todas y cada una de las mujeres la siguieron.
Se dio la vuelta hacia ellas para detenerlas.
—No es necesario que me acompañen —hizo un leve gesto con la mano.
—Nos han ordenado acompañarla en todo momento, mi lady —comentó otra.
—Yo estoy bien —informó Amaia con una sonrisa—. Necesito privacidad.
—Me temo que eso no será posible —la misma mujer habló con un toque de condescendencia—. No es posible que pueda quedarse a solas.
Amaia soltó una sonrisa incrédula.
—¿No se supone que todas obedecerían mis órdenes y demandas?
—Sí, todas sus órdenes y demandas —asintió la mujer—, excepto una —levantó un dedo, haciendo una pausa—: dejarla sola.
La mujer sonrió, pero su sonrisa no era sincera.
El rostro de Amaia se volvió serio.
No quería crear un problema tan pronto, no si quería que su plan funcionara, por lo que ya no dijo nada y, con la dignidad pisoteada, caminó hacia el interior.
Una tina dorada, con una sustancia extraña de color blanco, decorada con flores de todos colores.
Se veía exquisito, pero eso no le quitaba la incomodidad de que la estuvieran viendo.
Ella tenía servicio a su disposición en el palacio de su padre, pero nunca la habían acompañado durante el momento del baño.
Se giró.
Dos de ellas se acercaron y comenzaron con los cordones de su corsé.
Esa parte fue sencilla; siempre la ayudaban con sus vestidos, pero retirar el resto de la ropa fue extraño. Sus manos temblaban mientras terminaba de quitarse las medias.
Una vez libre, algunas mujeres se miraron entre sí. Lo que pensaron de ella sería un secreto que Amaia jamás sabría.
Una de ellas salió.
Amaia se desconcertó, pero lo dejó pasar. Caminó hacia la tina. Una de ellas la tomó de la mano con delicadeza y la ayudó a entrar.
Una vez dentro, Amaia se sumergió lentamente, pasando sus manos por los bordes de la tina, sintiendo el agua tibia. Se preguntó por qué no estaba fresca si hacía tanto calor, pero permaneció sentada, abrazando sus rodillas que sobresalían del agua.
Con delicadeza comenzaron a lavar su cuerpo, empezando por su cabello, que era de los mismos tonos dorados que las decoraciones del castillo.
Los rizos poco a poco comenzaron a volverse pesados con el agua.
Las mujeres tomaron partes de su cuerpo y lavaron con una delicadeza casi reverente.
La mujer que había salido volvió con un vaso.
—Por favor, majestad, beba —pidió mientras Amaia seguía sumergida.
—¿Qué es? —Amaia estiró el brazo para tomar la copa.
—Es… vino, majestad —aclaró la mujer—. Va a necesitarlo.
—¿Por qué?
Su vista se dirigió al recipiente sobre las brasas de carbón.
—Vamos a retirar todo su vello, majestad. Es doloroso. Si toma vino, dolerá mucho menos.
Amaia se tensó. El agua dentro de la tina se agitó.
—De ninguna manera permitiré tal cosa —se negó, poniéndose de pie.
—Es costumbre retirar todo el vello corporal. Se considera de bajo estatus permanecer con vello en el cuerpo. Nuestra reina no puede demostrar tal barbarie.
—No me importan las costumbres. No pasará. Soy su futura reina y le ordeno que no —sentenció Amaia.
El rostro de la mujer se transformó, y otra tomó la palabra.
—Majestad, comprendemos que puede ser incómodo para usted —la mujer volvió a ese tono condescendiente—, pero no es solo la costumbre. El cuerpo suele sudar más con el vello, y también en la ropa de lino tan fina suele atorarse. Es peligroso, puede caer.
A Amaia le pareció absurdo, pero al final cedió.
El dolor de cada depilación la hacía casi querer llorar.
Las mujeres reían mientras chismeaban a su alrededor, sin darle demasiada importancia a cómo ella se sentía.
Después de que todo su cuerpo quedó acicalado, a excepción de las cejas y el cabello, el baño terminó.
Le colocaron un vestido de lino, pero no era el que le habían mostrado. Este era más sencillo, pero se sintió incómoda; era tan delgado que casi se transparentaba.
Le pidieron comer, y así lo hizo, además de que tenía un hambre atroz.
La fruta era deliciosa, el vino era rico, el caldo le dio calor, pero no se quejó.
Después de comer, buscaron entretenerla con libros. Amaia no quiso ninguno, pero sí tomó el que llevaba con ella, antiguo, maltratado, mientras todas las mujeres recogían y acomodaban cosas en la habitación.
Quería salir, pero con semejantes harapos le parecía difícil.
Después de un tiempo del que Amaia no se había percatado, absorta en aquel libro de encantamientos, la llamaron para continuar con su preparación.
Amaia cerró el escrito y dejó caer un destello de magia sobre él, apenas perceptible, para que nadie pudiese leerlo.
Caminó hacia el tocador. Comenzaron a untarle aceites aromáticos por todo el cuerpo, a peinar su cabello con una técnica que jamás había visto y que hacía resaltar sus rizos. El tocado no era de flores, sino de oro, con un diseño de ramas precioso que se perdía entre la tonalidad de su cabello.
Le colocaron el hermoso vestido de lino, que dejaba sus brazos al descubierto y pronunciaba su escote. Se sintió hermosa, pero también indecente. La abertura en la pierna fue lo que terminó por incomodarla.
—Se está mostrando demasiado —Amaia comenzó a quitarse el vestido—. Yo seré la futura reina, debo mostrar decoro.
—Majestad, no hay falta de decoro en mostrar el cuerpo que uno posee —una de las mujeres dio un paso al frente—, menos cuando se posee una figura tan majestuosa como la suya. El rey quedará encantado con tales atributos.
“Todo esto por el rey” pensó.
—No me parece apropiado. Me pondré uno de mis vestidos.
—Majestad, si lo hace, llegará a la presentación oliendo a oveja vieja. Podrían creer que no está a la altura de la corona. Aunque las temperaturas bajan de noche, aún hace calor.
Amaia sabía que hablaban con la verdad, pues todas vestían de la misma forma, pero eso no evitaba que se sintiera expuesta.
—Bien, majestad, ya es momento de marchar.
El sol en el horizonte estaba a punto de esconderse. Habían durado todo el día preparándola.
La guiaron por los grandes pasillos del castillo.
Grandes puertas se alzaron frente a ella al llegar. Todas las damas se colocaron detrás de ella, perfectamente alineadas en sus posiciones. Solo una se quedó a su lado, la que parecía la más capaz de todas durante su preparación.
Amaia se tensó ante los hombres que custodiaban la puerta: fornidos, con ropas de lino y detalles metálicos. Sus cuerpos, perfectamente depilados también.
Comprendió que no solo las mujeres lo hacían… también los hombres.
Incluso uno de ellos no llevaba cejas, ni cabello en la cabeza.
Sus cuerpos eran hermosos, fuertes.
Llevaban partes de armadura en el cuerpo, aun cuando se veía expuesto el torso.
Abrieron las puertas frente a ella.
Creyó que entraría a un salón lleno de personas, a una fiesta, a una celebración… pero no. El encuentro fue más íntimo: un banquete.
Frente a ella yacía la familia real, y las figuras importantes de aquel reino.
Se sintió nerviosa, pero ella era una princesa, la futura reina, y todos y cada uno de los presentes le debían respeto. Con ese pensamiento en mente, se llenó de seguridad.
Poco sabía que acababa de entrar a un territorio donde lo que menos podría ejercer… sería su poder.