"Un pacto con el diablo por amor a su familia. Porque a veces, para salvar la luz, hay que aprender a caminar en las sombras".
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Capítulo 7: La Trampa de Terciopelo
El muelle viejo crujía bajo los pies de Bianca. Cada sombra parecía un enemigo y cada ráfaga de viento un susurro de advertencia. Había logrado escapar de su habitación usando la sábana de seda —un regalo de Andrés que ahora servía para traicionarlo—, deslizándose por el balcón con el corazón en la garganta.
Buscaba a Juan. Necesitaba el fuego de sus labios para borrar el frío de su jaula. Pero al llegar al final del muelle, la figura que se despegó de la niebla no era la de Aguilar. Era una presencia pesada, que cargaba un aura de derrota y una rabia silenciosa que Bianca no reconoció de inmediato.
— ¿A quién esperas con tanta prisa, Bianca? —la voz de Santiago sonó como una lija sobre metal.
Bianca se detuvo en seco. Santiago ya no olía a tierra fresca; olía al perfume barato de Gaby y a la amargura del aguardiente. Sus ojos estaban inyectados en sangre.
— Santiago, vete de aquí. No es seguro —susurró ella, retrocediendo.
— ¿No es seguro para quién? ¿Para tu amante? —Santiago soltó una carcajada seca que se perdió en el mar—. Gaby me lo contó todo. Me dijo que te gusta que te miren, que te gusta el poder. Me hizo ver que yo era un estúpido por quererte salvar. Así que decidí que si yo no puedo tenerte, nadie lo hará. Especialmente ese delincuente de Juan.
Bianca palideció. — ¿Qué has hecho, Santiago?
— Le dije a uno de los hombres de Urrieta que te encontrarías con alguien aquí —sentenció él con una calma aterradora—. Nos hemos condenado los dos, Bianca. Disfruta de tu noche.
Santiago se dio la vuelta, perdiéndose en la oscuridad del muelle y dejando a Bianca sola, temblando ante el abismo.
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La Reacción de la Bestia
El sonido de un motor de lujo rompió el silencio. Dos luces potentes cegaron a Bianca, recortando su silueta contra el agua negra. Ella cerró los ojos, esperando el impacto, el grito, la mano de Don Andrés cerrándose sobre su cuello. Esperaba que él bajara del coche rugiendo de furia por su escape.
Pero no hubo gritos.
La puerta del coche se abrió con una elegancia gélida. Andrés bajó con calma, acomodándose el reloj de oro en la muñeca. No corrió hacia ella. Se quedó apoyado contra el capó, observándola con una sonrisa pequeña y enigmática que le resultó a Bianca más aterradora que cualquier insulto.
— Qué noche tan hermosa para un paseo, ¿verdad, Flor? —dijo Andrés. Su voz era suave, casi cariñosa—. Aunque el muelle es un lugar un poco rústico para alguien que viste sedas tan caras.
Bianca no podía hablar. El aire se le había quedado atascado en los pulmones.
— ¿Por qué no estás gritando? —logró decir ella, con un hilo de voz.
Andrés se acercó a ella caminando despacio. Al llegar, no la golpeó ni la sacudió. En su lugar, le colocó un mechón de cabello detrás de la oreja con una delicadeza que la hizo temblar.
— ¿Gritar? ¿Por qué lo haría? —Andrés se inclinó hacia su oído—. Sabía que vendrías aquí desde que Juan Aguilar te rozó la mano en la barra. Santiago solo fue la confirmación de lo que ya mi instinto me decía. Te dejé escapar, Bianca. Dejé la ventana mal cerrada a propósito. Quería ver cuánto tardabas en correr hacia el peligro.
Él le tomó la mano y la obligó a mirar hacia el otro extremo del muelle, donde un bulto oscuro yacía en el suelo, rodeado de dos de sus hombres. Era Juan Aguilar, inmovilizado y sangrando.
— Pensaste que esto era una aventura romántica —continuó Andrés, su tono volviéndose más oscuro—. Pero esto es una lección. No te voy a castigar con golpes, Bianca. Eso sería demasiado fácil. Tu castigo es mirar.
Andrés sacó un sobre de su bolsillo y lo puso en la mano de Bianca.
— Ahí tienes las fotos de Santiago saliendo del cuarto de Gaby esta mañana. Y ahí tienes a tu amante, humillado a tus pies. Ahora tienes una opción: puedes subir al coche conmigo y ser la reina de mi casa por voluntad propia, o puedes quedarte aquí y ver cómo termino con la vida de estos dos hombres en este mismo segundo.
Bianca miró a Juan, luego recordó la traición de Santiago y, finalmente, pensó en sus hermanas en casa, ajenas a que su seguridad pendía de un hilo. El cristal no se rompió; se transformó en una armadura de hielo.
— Súbete al coche, Andrés —dijo Bianca, con una voz despojada de toda emoción—. He terminado de correr.
Andrés sonrió, una mueca de triunfo absoluto. Le abrió la puerta del coche como a una verdadera dama.
— Sabia elección, mi joya. Ahora sí... ahora sí eres completamente mía.
El coche se alejó del muelle, dejando atrás las sombras de los dos hombres que, cada uno a su manera, habían sellado el destino de la mujer que decían amar. Bianca miró por la ventana, viendo cómo su libertad se alejaba, mientras la espina de su corazón se volvía de acero.