Rafael Arismendi es un hombre de hielo, un tiburón de los negocios cuya única pasión es el poder. Brisa es una abogada penalista invicta, capaz de desarmar a cualquier criminal con una mirada. No creen en el amor, pero creen en la estrategia. Cuando un ultimátum familiar amenaza con arrebatarle a Rafael la presidencia de su empresa, y la presión materna asfixia la carrera de Brisa, ambos deciden reactivar una vieja promesa de juventud: casarse para que el mundo los deje en paz. Seis cláusulas, un año de duración y una regla de oro: prohibido enamorarse. Pero entre cenas familiares orquestadas y besos fingidos que saben a verdad, el contrato que juraron proteger está a punto de convertirse en su sentencia más peligrosa.
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Capítulo 18: Maldivas
—Sabemos que ambos son adictos al trabajo, pero como regalo de nuestra parte, les hemos organizado una luna de miel de dos días en una villa privada en las Maldivas. El avión sale mañana a primera hora.
Me quedé helada. Miré a Rafael, quien por primera vez en toda la noche parecía haber perdido su capacidad de respuesta. Dos días. Solos. En una isla.
-Carlos: ese es el regalo por parte de mi esposa y mi regalo es una casa, para que empiecen a construir su futuro!.
Las palabras de mi suegro, Carlos, resonaron en el salón como una sentencia judicial firme e inapelable. “Una casa para que empiecen a construir su futuro”. El choque fue tan violento que sentí un pitido agudo en los oídos. En mi meticulosa mente de abogada, había analizado el contrato de Rafael desde todos los ángulos legales, pero había pasado por alto el factor más impredecible: la generosidad desmedida de los Arismendi. En mis planes no estaba mudarme de ciudad, ni dejar mi bufete, ni mucho menos compartir un techo real con el hombre que ahora me sujetaba por la cintura con una firmeza que empezaba a quemar.
Me recompuse como pude, activando mi máscara de frialdad profesional.
—Gracias, suegros. De verdad, no tenían que molestarse tanto —dije, forzando una sonrisa que esperaba no pareciera una mueca—. Honestamente, estoy desbordada en el trabajo con el nuevo reto del bufete. Viajar y mudarme por los momentos no está en mis planes inmediatos, y Rafael está de acuerdo con que priorice mi carrera. ¿Verdad, Rafa?
Le lancé una mirada de auxilio, esperando que su legendaria capacidad de mando pusiera orden. Pero Carlos se adelantó con una suficiencia que me heló la sangre.
—No te preocupes por el trabajo, Brisa —dijo Carlos, dándole un sorbo pausado a su copa—. Rodrigo, el dueño de tu bufete, es un viejo amigo mío de la universidad. Ya hablamos con él y se encargó de organizar tus pendientes. Tienes el permiso concedido.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis tacones. ¿Habían movido hilos por encima de mi cabeza? Miré a Rafael, exigiendo una explicación.
—¿Padres, por qué no me dijeron nada de esto? —preguntó Rafael, aunque su tono era más de resignación que de sorpresa.
—Hijo, es una sorpresa, claramente —respondió Patricia, dándole un palmadita en la mejilla—. Queremos que empiecen con el pie derecho.
—¡Agradecidos! —soltó Rafael de repente, cerrando el tema con una brusquedad ejecutiva—. Pero creo que ya ha sido suficiente emoción por una noche. Me quiero llevar a mi mujer a nuestra noche de bodas. ¿Me permiten?
Escuchar “mi mujer” saliendo de la boca de mi amigo de toda la vida fue como recibir un balde de agua helada en el rostro. No era la palabra en sí, sino la posesividad natural con la que la pronunció. Sin darme tiempo a reaccionar, puso su mano en la parte baja de mi espalda, guiándome con paso firme hacia el ascensor del hotel.
El camino a la suite fue un silencio sepulcral. Las puertas del ascensor se cerraron y el reflejo en el espejo nos devolvió una imagen inquietante: dos extraños vestidos de gala, unidos por un papel y una mentira millonaria. Rafael estaba sumergido en sus pensamientos, con la mandíbula apretada.
Al entrar a la habitación, el lujo era insultante. Pétalos de rosa, velas aromáticas y una botella de champaña helada nos daban la bienvenida a una intimidad que no deseábamos.
—¿Rafael, y ahora qué vamos a hacer? —estallé en cuanto la puerta se cerró—. Esto se está saliendo de control. Maldivas, una casa nueva... ¡Hablaron con mi jefe!
—Nos vamos a Maldivas, Brisa —respondió él, desanudándose la corbata con dedos impacientes—. Tómalo como las vacaciones que no has tenido en años. Con respecto a la casa, ya veremos cómo lo gestionamos después. Un problema a la vez.
—¿Y con esta situación ahora? —señalé la enorme cama matrimonial adornada con cisnes de toalla—. ¿Qué hacemos?
Rafael me miró con una ceja arqueada, recuperando esa arrogancia que tanto me irritaba.
—Millones de veces nos quedamos juntos a dormir de niños, Brisa. ¿Lo ves como un problema ahora?
—Esas millones de veces no estábamos casados legalmente y no pesaba sobre nosotros la presión de dos familias —repliqué, cruzando los brazos—. No somos niños, Rafael.
—Calma, mujer —suspiró él, lanzando la corbata sobre una silla—. Duermo en el sofá. No voy a violar ninguna cláusula de tu preciado contrato en la noche de bodas.
—Bien —asentí, aunque una parte de mí se sintió extrañamente ridícula.
A la mañana siguiente, la luz del sol entró sin piedad por los ventanales. Al despertar, lo vi. Estaba encogido en el sillón, con las piernas colgando y una expresión de incomodidad absoluta incluso en sueños. "Él inició esta locura, que aguante", pensé con un resto de resentimiento matutino.
Me duché rápido y me vestí con ropa ligera para el viaje. A las 9:00 a. m. ya estábamos en el coche rumbo al aeropuerto privado. Rafael no decía una palabra; estaba oculto tras sus gafas de sol y su laptop, quizás arrepentido de haber arrastrado a la "abogada perfecta" a su desastre personal.
Horas más tarde, el azul turquesa de las Maldivas se extendió bajo nosotros. Era un paraíso de playas blancas y villas que flotaban sobre el agua. Realmente, por mi propia voluntad, jamás habría tomado un descanso así; mi mente siempre estaba en el siguiente juicio, en la siguiente demanda.
Llegamos a nuestra villa privada, una estructura de madera y cristal rodeada de nada más que océano.
—Lo oportuno es que nos quedemos aquí los dos —dijo Rafael, dejando su maletín sobre la mesa de diseño—. Mis padres tienen ojos en todas partes y este hotel pertenece a una cadena asociada a nuestro grupo. No podemos dar pasos en falso.
—No hay problema —respondí, tratando de sonar indiferente—. Aprovechando que estamos "atrapados", me cambiaré para tomar el sol. ¿Tú vienes?
—Trabajaré un rato en la laptop —respondió él sin mirarme—. Nos vemos para cenar en el restaurante de la villa.
Fui al baño y busqué en mi maleta algo que no fuera un traje de chaqueta. Saqué un bañador de dos piezas blanco, minimalista, y sobre él me puse un vestido tejido del mismo color, muy calado, que dejaba ver bastante piel pero mantenía un aire elegante. Al salir a la estancia principal, Rafael levantó la vista de la pantalla. Pude notar una chispa de sorpresa en sus ojos, una fracción de segundo donde el "socio" desapareció para dejar paso al hombre. Arqueó una ceja y cerró un poco la laptop.
—¿Y saldrás así? —preguntó con un tono que no supe descifrar.
—¿Cuál es el problema? Me parece que luzco bien —dije, ajustándome el bolso de playa.
—No es eso... solo que, a mi parecer, quizás muestras demasiado. Ahora eres una Arismendi, recuerda las apariencias.
Sentí una punzada de rebeldía. Me acerqué a él, invadiendo su espacio hasta que pude oler su perfume cítrico. Me incliné y le susurré al oído, con la misma voz que usaba para sentenciar a un testigo en el estrado:
—¿Y cuál es el problema, Rafael? Es un contrato de conveniencia, no firmé para ser una monja recatada ni para que seas mi dueño. Disfruta de tu laptop.
Me marché sin darle oportunidad de réplica, escuchando el sonido de mis sandalias contra la madera. Mientras caminaba hacia la arena, sentí su mirada clavada en mi espalda.
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